Otro recuerdo

Hoy es mi último día en Cancún. Quisiera quedarme pero debo volver a la ciudad. Sé que cada minuto en estas arenas es otro que también me acerca a ese próximo regreso. Al menos lo he disfrutado. Por ahora trataré de aprovechar lo más que se pueda este sol que quien sabe hasta cuando podré volver a sentir.

Llevo dulces y playeras para mi familia. Ya solo quisiera buscar el detalle adicional que me llevo en cada viaje, pero en este tiempo de descanso no he podido encontrarlo. Voy a investigar la tienda de recuerdos del hotel, lo haré antes de entregar mi habitación. De mientras haré la última caminata por la costa.

Voy a extrañar mucho el sonido del mar enterrándose en la arena. No cabe duda que ese barullo espumoso es uno los más bellos regalos que se nos ha dado. Es tan reconfortante y su repetición con cada ola que se rompe siempre le trae la calma hasta al corazón más estrujado. Otra cosa que me encanta es caminar descalzo por la playa mojada. La fresca sensación del agua, mas el masaje que te das en cada paso, termina acallando a todo mal pensamiento. Podría seguir describiendo más cosas que realmente disfruto, pero no tengo tiempo. Ya se hace de noche y la luz se escapa en medio de la melancolía de un atardecer moribundo.

La tienda de regalos es muy bonita. Tiene todo lo que necesitas para disfrutar la estancia en el hotel. Los suvenires son de lo más variados, algunos artesanías bien hechas; otros, cosas sin sentido que el mero pretexto del lugar vuelve atractivo. Yo solo estoy buscando un imán. Lo quiero para mi refrigerador. Coleccionarlos es una pequeña tradición que yo inicié ─ me siento orgulloso ─ y que espero que mis hermanos puedan adoptar. Junto a mis recuerdos y las buenas ─ o amargas ─ experiencias, siempre he traído como memoria un objeto que me recuerde al lugar en cuestión. Ya tengo varios provenientes de los sitios que he tenido el privilegio de visitar. Con ello quiero dejar una especie de evidencia de todos los destinos en dónde he dejado una parte de mi y, porque no, me he traído otra consigo.

He encontrado el imán perfecto. Está muy bonito con su impresión multicolor y sus dibujos de delfines, aparte se ve de buena calidad. Sin más, lo he comprado y luego regreso a preparar la entrega de mi habitación. Después hago mis maletas y guardo el imán hasta el último porque no quiero que se raspe o se doble. Diría yo que es el objeto mas valioso de mi equipaje. Abandono el hotel y a partir de ahí todo se vuelve un soporífero viaje de regreso.

En casa todos me reciben con animación. Empiezo a hablar sobre el viaje, a mostrar fotos y a dar regalos. Es todo risa y alegrías y tanta emoción sirve para coronar la aventura de un viaje perfecto. Cuando la casa vuelve a la normalidad, yo desempaco mis cosas en mi habitación y luego saco con cuidado el imán y bajo a la cocina. Ahí lo desenvuelvo del embalaje y con cuidado lo pegó en el metal. Lo miro y con su nombre me llegan las escenas, vividas aún, de los horizontes, los colores y los sonidos de la playa. Luego miro los otros magnetos ─ los más viejos ─ y la nostalgia se abraza a mi interior. Los acomodo un poco, y con ello acomodo también a mis recuerdos. Esa colección de cosas lleva el ir y venir de emociones, personas y esperanzas que he dejado atrás. Es lo que yo quiero que ustedes vivan hermanos míos: que persigan la belleza de existir y conozcan más de esta tierra tan misteriosa a la que hemos de estar sujetos.

Después de cuadrar mi imán junto a los otros, veo que aún queda mucho espacio y junto a mi hilera, noto con satisfacción que ustedes ya han empezado a colocar los suyos ¡Eso me alegra como no tienen idea! Han iniciado su camino y yo solo pienso que ojalá nos sobre refrigerador para testificar todo ese paso nuestro por el mundo.

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