
Manuel trataba de disimular su incomodidad. El malestar no venía de la chica con quién caminaba, ni tampoco del lugar que recorrían, qué, si bien le parecía un sitio extraño y sin propósito, no era para el hombre motivo de preocupación como si lo era el hecho de no saber que hacer ni mucho menos que decir. Estaba fuera de su elemento y subyugado por los colores en sus alrededores. La cita con la había fantaseado estaba ocurriendo y no la estaba disfrutando.
Ya la conocía desde la preparatoria. Una amiga cualquiera y un amor no correspondido, eso era ella. En pocas palabras el “no fue” que más le había dolido. Años después coincidieron por Facebook. Un «¿Cómo estás?» y una breve conversación bastaron para avivar los deseos. La hebra de la posibilidad se alzó por encima del tiempo, de los caminos vívidos y de los mundos de cada uno. Para el hombre fue como si hubieran salido de la escuela el día anterior y ahora se presentará la oportunidad para aprovechar el tiempo que no había disfrutado. Eso quería pensar Manuel quién se hallaba investido de una efímera seguridad. En las respuestas por el chat fue atento sin sonar efusivo. Luego el muchacho quedó pendiente y a cada foto que ella subía, él aprovechaba para conocer sus intereses y el ritmo de vida que llevaba. Quedó prendado, incluso más que en la etapa de sus ardores adolescentes. Alejandra poco a poco se volvió la luz de sus redes sociales y la fantasía que anidaba en su corazón por las noches. Decidió que volvería a hablarle para invitarla a salir cuando llegara el momento, pero primero trataría de atraerla siendo lo más interesante posible.
Comenzó a seguir las páginas que ella compartía, a ver los videos que recomendaba, y prácticamente reaccionó a toda su actividad esperando que en ese acto fuera notado y guardado en los pensamientos de ella como un hombre interesante y una pareja potencial. Hubo intentos de él por tantear el terreno en que se encontraba con Alejandra, pero los comentarios o intentos de conversación, confundieron al hombre quien al final asoció la amabilidad natural de la chica con un oculto juego de seducción que enmascaraba sus verdaderos pensamientos. «Debo seguir intentando» se animaba a sí mismo durante la creciente frecuencia con que se escribían.
Un día vio su oportunidad y mandó con nerviosismo el mensaje que proponía una invitación. Resulta qué habría una exposición en una sala de arte que sabía que le agradaría a Alejandra. Con el pulso enloquecido aguardó la respuesta de la muchacha. En la tarde, después de un saludo cordial y de una tensa espera, Manuel sonrió emocionado: Ella había accedido.
Durante el anhelado día y desde el primer instante Manuel se sintió atrapado en un sueño. Ahora ella estaba caminando junto a él. El hombre sentía las mejillas encendidas y trataba de llevar el hilo de la conversación mientras en su cabeza, otro hilo, el de sus deseos, empezaba a construir escenarios dónde ese primer acercamiento era el inicio de algo más. Pero pronto Manuel tuvo que ir soltando ese hilo porque la realidad de Alejandra comenzó a parecerle una cumbre más alta de la que había previsto. El sentimiento comenzó a crecer desde que intercambiaron información de sus presentes, y aunque Manuel creía estar preparado a sus respuestas, la verdad fue que al poco tiempo su personalidad se fue apagando y herido en su amor propio fue cediendo la diligencia que llevaba en ese día. Con todo y las dudas del hombre acordaron ir a comer previo al evento.
El restaurante que escogieron no fue del agrado de Manuel, porqué le pareció caro y totalmente fuera de sí. Una vez adentro, trató de apegarse a los gustos de ella y la imitó en todo lo que pidió: tabla de quesos y vino para acompañar. Manuel trataba de parecer seguro, pero era evidente que estaba inhibido. Se disculpó para ir al baño y en el espejo se miró la cara descompuesta. Se veía nervioso y preocupado. Se mojó la nuca para recuperar la frescura y regresó a la mesa para retomar la iniciativa de la conversación. Pronto Manuel se encontró adornando y exagerando las experiencias propias para llenar las expectativas que suponía esperaba Alejandra, pero parecía que entre más hablaba él más seria se ponía la chica. El presagio de fracaso lo fue incomodando y lejos de detenerse continuó atropellando las palabras como si de ese frenesí dependiera la conquista de la chica.
La sonrisa de Alejandra atravesaba a Manuel y el trataba de seguir adelante en medio de una mueca congelada, pero era claro que escucharse a sí mismo le producía bochorno. Fue de nuevo al baño y esta vez no se miró al espejo. Se sentía avergonzado. Volvió a la mesa tratando de dejarle a ella la responsabilidad de guiar la conversación. Alejandra retomó la charla hablando de temas más genéricos: clima, amistades pasadas, problemas de la vida adulta y demás cosas que hay en cualquier plática. Con esto Manuel estuvo más cómodo, además el vino le había hecho efecto y algo más animado pudo sobreponerse un poco de su abatimiento.
Con el consuelo de la remontada en la conversación, Manuel pidió la cuenta pensando que la cita estaba tomando su segundo aire. Aún faltaba la visita a la galería y en esa actividad el hombre tenía toda la fe para revivir sus esperanzas. De camino al museo, ambos muchachos iban riendo y recordando los viejos tiempos. Manuel caminaba embelesado del perfume de la chica y ella, hecha un misterio, se dejaba llevar por las toscas maneras del muchacho. Cuando llegaron al lugar, Manuel pasó saliva y se adentró con Alejandra en la galería.
Era la primera vez que el hombre acudía a una presentación de arte. No sabía que esperar del lugar y extrañado miraba las rarezas que colgaban de las paredes o que se alzaban de los pedestales. Pasaba y las veía con una curiosidad natural pero también sin prestar atención a ningún detalle o a la información en las placas. Más de una vez se encontró apartado de Alejandra quién se detenía de vez en cuando a examinar algún lienzo o escultura. Entonces Manuel trató de ir al ritmo de ella e incluso le dio por demorar a propósito en cierta cosa u otra para tratar de fingir interés y profundidad. La mujer le iba preguntando que pensaba de tal o cual pintura y el hombre se esforzaba en dar respuestas cultas y apropiadas, pero era como si las palabras se le estuvieran olvidando. «Pues está bonito”, “No le entiendo”, “Creo que me gusta» y así iba el hombre imponiendo su laconismo por sobre la ignorancia en la materia. A su vez el trataba de cuestionarle a la chica sus percepciones de los distintos objetos expuestos, esperando que con lo que ella dijera el tuviera una base para poder utilizar después. De todo lo que le decía Alejandra el hombre se sentía deslumbrado. Era difícil para Manuel llevar el hilo de las ideas de la chica y sumiso asentía a todo lo que afirmaba. En su cabeza las ideas propias le supieron a tan poco. Manuel dio por perdidas las esperanzas. Una herida nueva se abría en el hombre: el peso de su propio conocimiento. Su forma de vivir y ver el mundo nunca le había parecido tan pobre y si él lo reconocía no quería ni imaginar lo que pensaba ella.
Llegaron a la última sala de la exposición. Unos cuantos cuadros y dos esculturas colgaban de sus espacios. Alejandra platicaba algunas curiosidades de las obras y el hombre la escuchaba con atención y se guardaba los pensamientos. Nunca había conocido a una mujer tan brillante y Manuel temeroso de sonar estúpido asentía a todo lo que le comentaba. De repente Alejandra calló y lo miró:
«¿En general qué te ha parecido la muestra, Manuel?» preguntó desafiante.
Manuel sintió como si le apretaran la garganta. Sus ojos buscaron dentro de la sala algo que le sirviera para rescatar una respuesta. Contestó con irritación en que se atenuó al mirar la luminosidad de la chica y qué terminó en un escape de sinceridad.
«Creo que… no me agradó tanto. Cómo que esperaba otra cosa… pero estuvo interesante el recorrido y sobre todo qué hayamos podido platicar. Me la estoy pasando muy bien».
La respuesta gustó a Alejandra. Fueron juntos a la salida y caminaron hasta la plaza desde la que cada uno tomaría su camino. Cuando se abrazaron para despedirse Manuel la estrechó con fuerza, cómo si supiera que debía aferrarse, porqué más allá de ese contacto la promesa de un nuevo abrazo se veía lejana. Ella subió a un taxi y vio el auto alejarse hasta perderse en la ciudad. Por un momento Manuel dudo de lo vívido, de si la sonrisa de Alejandra existió, de si el perfume en su ropa era real.
De camino a casa, Manuel miraba deprimido las rayas de la carretera. Algo en ellas le traía una reminiscencia del penoso compromiso. Cada pincelada de color era una evocación a los objetos de la sala de arte que lo habían estresado, hasta el más mínimo trazo disparaba en su cabeza una variedad de formas que iban y tomaban lugar en enigmáticas figuras que él no sabía descifrar. De pronto le pareció que era la primera vez que pensaba en esas cosas, y se planteó hasta qué punto la experiencia le serviría para llevar una vida diferente que le permitiera acercarse al pensamiento de otras personas, pero también pensó que todo era tan fugaz y tan personal que, si a cada hombre le diera por crear, el mundo no acabaría de mirarse nunca. Su conclusión le pareció tan verdadera que se lamentó de no haberla dicho durante su cita. Luego volvió a pensar en Alejandra, la artista, la que lo había intimidado con la luz de su presencia. La imaginó tan misteriosa, tan elevada, que le pareció broma la idea de un escenario con ella. Debía aprender más, eso era un hecho, porque al menos por hoy, él había sido como una obra de ella, una obra inútil que se había dejado modelar y que no tuvo el valor de rebelarse.