
Es una noche calurosa y a pesar de eso, no dejo de tiritar de frío. Tengo las palmas entre los muslos, pero ni así consigo calentarme. La cama me parece que no deja de pulsar, está como sacudiéndose junto conmigo, y entre más tiemblo más la siento que se estremece.
Algo sucede de pronto; algo que me corta la respiración: mi cuarto ha comenzado a agrandarse. Entonces veo crecer las paredes y volverse tan vastas como montañas. Los objetos de la habitación aumentan junto a los muros, y en sus nuevas dimensiones los miro tan misteriosos. El techo también ha cambiado, se ha vuelto un enorme firmamento. Dentro de las imperfecciones de su blanco voy identificando unas formas sugerentes que van cobrando vida cuando las contemplo con detenimiento. Lo que antes eran telarañas, grietas y mosquitos embarrados, ahora se van volviendo las representaciones de unas escenas de lo más diversas. Miro carreteras solitarias, lugares abandonados, horizontes luminosos, labios familiares, sonrisas que no fueron, memorias que son heridas, recuerdos que son victorias y una infinidad de cosas más. Tengo al alcance de mis ojos muchas impresiones, todas tan diminutas dentro del universo que es el techo de mi cuarto. Siento que se ha abierto para mí un mural viviente con un significado invaluable, algo así como un enjambre de fantasías.
Con toda la atención en mi alrededor me olvidé de mirar a mí. Así me di cuenta que nada había crecido: yo era el que se había vuelto pequeño. No puedo explicarlo, pero mi percepción de las cosas venía desde fuera de mí, y entonces yo podía verme y sentirme, pero desde un punto ajeno, como si yo fuera un testigo. Al mirar mi cuerpo un sentimiento extraño anidó en mi cabeza. No fue el saber que yo era tan colosal como una cordillera, sino que también vino a mí la pesadez de saberme inamovible.
Quise levantarme, pero solo conseguí arrastrar mi mano entre las sabanas. Al hacerlo pude percibir cada fibra de la tela y también al golpe que esta hacía cuando rebotaba contra las minucias de mis huellas dactilares. No creía que mi sensibilidad pudiera dar para tanto, pero de alguna forma todo era así. Luego, quise mover mis pies y fue lo mismo. El roce de la ropa con mi piel produjo un sonido rasposo que llegó a cada hueco de la habitación. Con mucho esfuerzo intenté moverme, y en el acto, imaginé que yo era una marea de carne que revolvía como un sismo al relieve de mi lecho. Con ese par de movimientos quedé exhausto. La agitación no me dejaba respirar y cada resoplido que salía de mi boca me parecía el viento de un remolino. El sudor que me escurría me era como el cauce de un rio descontrolado y mis latidos sonaban como el compás de un reloj enloquecido.
Mientras me reponía del agotamiento, mis ojos se movieron por el cuarto y se posaron en un objeto: una pecera. Era redonda, estaba encima de mi librero y tenía el tamaño de un balón. Junto a ella estaba la figura de un braquiosaurio. En la penumbra yo apenas y distinguía la silueta, pero perfectamente se veía el largo cuello y la elongada cola. No sé cómo, pero el juguete comenzó a moverse. Primero lo vi bajar la cabeza y luego dar un paso. En ese única zancada la habitación retumbó como si el que hubiera dado el paso fuera un elefante. Yo miraba con asombro al animal que caminaba. En su marcha las paredes se sacudían y hasta temí que se fuera a cimbrar la casa. Vi como el dinosaurio se acercó a la pecera y se sumergió en el agua. En cuanto lo hizo el líquido se volvió oscuro como el betún. Después, la bestia salió del recipiente y caminó de regreso a dónde había iniciado.
Me he acalorado de mirar al dinosaurio. No entiendo porque lo sigue haciendo. Primero permanece muerto como estatua, luego se mece para desengarrotar las extremidades y después retruena el piso en su camino a la pecera. Cada una de sus pisadas me escalofría. La reverberación de los impactos de sus patas me dejan agobiado por que me llenan de vulnerabilidad. Quiero salir del cuarto, pero no puedo moverme. Los ecos de su marcha me tienen paralizado. No sé cuántas veces ha repetido el mismo recorrido y tampoco imagino el sentido que hay en ello.
De súbito una neblina blanca aparece en la habitación, lo va envolviendo todo y luego se camufla con los colores de mi cuarto. Con su visita mi habitación se volvió como un santuario y cada cosa un monumento. El misticismo bulle de todas esas nubes luminosas. El fenómeno, aparte de traer a mi cuarto la tranquilidad de sus volutas vaporosas, vino a dejarme unas ganas incontenibles de dormir. Mis ojos se volvieron una carga, el espacio se volvió vacío, y ya no supe nada de las vibraciones en mis paredes ni del estruendo del dinosaurio.
Cuando amanecí ya no tenía fiebre. Ya más repuesto de la frenética velada agarre fuerzas para empezar el día. Como primer paso decidí limpiar la habitación que apestaba a medicinas. Cuando estaba ordenando los jarabes que tenía sobre el libero vi una cosa que me produjo curiosidad. Sobre mi mueble había un charco de emulsión derramada y su viscosidad no evitó que esta escurriera por la madera. La suciedad parecía un cuajarón de sangre y era del mismo matiz que el betún. Me nació mirar al techo. Arriba todo era blanco. Busqué las manchas que habían abrigado mis fantasías de la noche pasada. Las vi tan normales. Sólo estaban ahí sin hacer nada, sin ser nada, como esperando que yo les diera sentido.