Una tinta ajena

Hoy me di el lujo de salir a vivir. Realmente no es nada excepcional, pero si una cosa ajena a mi rutina de ermitaño. Ya llevaba semanas sin que me diera el sol, y si hiciera cuentas, antes de eso contaría otras tantas más. No sé en qué punto el encierro se volvió para mí el sentimiento de tener la libertad más plena. Ahora el simple hecho de salir de casa se vuelve una aventura que me ayuda a acordarme que sigo siendo parte del mundo.

Creo que las vistas solitarias tienen un efecto paliativo en mí. Aquí afuera los paisajes vacíos le van trayendo paz a mis profundidades. Ir hacia allá, hacia mi lugar favorito, siempre me renueva las ganas de existir. La mera idea del destino vuelve mágico el camino de ida porque no se siente como que tu vayas yendo al lugar si no que él te va jalando mediante una fuerza misteriosa. La carretera ese ese hilo embrujado que me lleva entre campos, arboledas y rancherías desamparadas.

El polvo que levanta mi coche siempre me ha parecido un enjambre. Entre más me acerco más veo como se alza amenazante y con toda intención de ahogar a aquello que perturba la quietud de sus caminos. Mi carro avanza envuelto con su mortaja por las veredas arenosas, como si llevara a enterrar una pena. Es como si el lugar me reconociera y supiera a dónde voy y lo que voy a hacer.

Dentro de mi lugar favorito tengo un lugar favorito y es que al final de un arroyo cristalino, el agua se vuelve caudalosa y termina en una hondonada cobijada de laderas bestiales e inexploradas. En esa caída de agua se forma una poza en la que las tortugas orbitan serenas. De vez en cuando las hojas caen en remolinos y fuera de ellas o del viento que sacude los árboles, solo existe un sonido: el agua que mana y corre libre entre las rocas y hacia los confines de la espesura.

Yo siempre descanso en el lecho del rio mientras me dejo envolver de las armonías que nacen de la poza. Ahí miro las paredes musgosas, los árboles leñosos, las nubes infinitas. Por fuera veo tanta quietud y por dentro algo de todo eso siempre se me termina pegando. Desde el primer día que me senté en ese lugar, me dejé llevar por su calma interminable. Supe que ese sitio era para mí. Lo nombré mi templo, y le delegué la tarea de ser el altar dónde debía descargar mis preocupaciones.

Al ir entendiendo el mundo bajo mi propia sensibilidad me dio por incursionar en la escritura. La actividad se volvió tan importante que en ella deposite las esperanzas de dejar un testimonio que sirviera para medir mi progreso emocional y espiritual. No dejé fuera de todo a mi lugar, de hecho, le di más responsabilidad. Ya hace algunos años que guardé un cuaderno y una pluma en una grieta oculta entre las piedras. Cada vez que tengo el privilegio de meditar junto a la poza busco mi cuaderno y luego escribo lo que me nazca: reflexiones, pensamientos, preguntas, etc. Todo lo que me aflija en el momento y que, con un poco de esperanza tenga el deseo de poder revisitar después.

Hoy he hecho lo mismo. Con cuidado he atisbado entre las rocas y he sacado la libreta. Ahorita mismo no tengo nada nuevo que aportar, sigo sintiendo más de lo mismo: aversión; una aversión generalizada por la falta de propósito o sentido de hacer cosas. Al final escribo algo breve en la página y después hojeó el cuaderno. El recorrido me sirve como recordatorio de los problemas y las preocupaciones que he tenido a lo largo de los años. Me enorgullezco al reconocer cosas a las que ya les he dado la vuelta, pero me lleno de frustración cuando veo otras que aún no sé cómo responder. Una luz me dice que sea paciente, que aguarde con fe y que mi propia voluntad de vivir me irá resolviendo las dudas y cerrando las heridas, pero otra parte se alza oscura y negativa. Al final me quedo repasando los escritos mientras el aire me revuelve los cabellos.

El papel se me escurre entre los dedos mientras mis ojos se posan en las decenas de palabras que persisten en el cuadernillo. Veo las letras que llevan la parte más complicada de mí y que trazan una infinidad de senderos sin salidas. Un suspiro se me escapa en cuanto cierro el cuaderno. Decido que ya es tarde. Me levanto para estirar las piernas y miro a la poza de nuevo, después viene a mí ese pensamiento: las ganas de aventar la libreta al fondo del agua. La idea me seduce porque ya hace tiempo que siento que libro una guerra perdida. ¿Y si hago como que nunca he escrito? ¿Y si arrojo al fondo a todas estas ganas de saber o recibir? Afuera el mundo no cambiaría en lo más mínimo y adentro… tampoco. Sólo se perdería la evidencia de mi confusión, y eso no me afectaría en lo más mínimo porque la libreta seguiría intacta en lo más hondo de mí. Recapacito un poco y abro la libreta. Una pequeña esperanza se abre cuando leo algunas cosas que me gustan. La amargura se distrae un poco de la cabeza mientras continuó la lectura, pero luego descubro en una página algo que me deja intrigado: un color desconocido.

Sólo unas cuantas palabras han perturbado mis ojos; palabras de tinta extraña y de color ajeno. Un pensamiento me atraviesa mientras miro con desconfianza a los alrededores y me planteó lo imposible: alguien ha usado mi libreta. Veo la tinta azul que refulge como candil ¿Quién? ¿Cuándo? Me pregunto mientas leo la página mancillada tratando de entender cada detalle de la caligrafía. Yo he escrito «¿A dónde debo ir?» y el extraño ha respondido: «A dónde te lleve la vida».

Me recupero de la impresión y trato de recordar si alguna vez yo llegué a usar una pluma diferente en el cuaderno, pero lo cierto es que nunca he traído nada para escribir conmigo. Todo lo he tenido siempre aquí, el cuaderno, el bolígrafo y hasta el sobre que uso para proteger a este pequeño capricho. La idea de alguien descubriendo mi remanso y atisbando en mis pensamientos más secretos me llena de una penosa sensación. La vergüenza, la vulnerabilidad y el yugo de sentirme juzgado se va imponiendo por sobre la sorpresa y el escepticismo.

Como un relámpago me llega la solución. Nadie pudo haber hallado la libreta porque no hay otra alma que venga por aquí. Este es mi lugar, solo yo lo conozco… sólo yo lo voy a conocer. Me envuelvo en la certeza de ser el autor de las palabras, aunque estas encierren el peso de una seguridad que yo nunca he sentido. Me conozco tanto como me tengo estima, y sé lo que puedo hacer y lo que no, y afirmar de forma temeraria que tengo las respuestas no es algo que me nazca ni en mis mejores momentos. Una luz se abre cálida e iluminadora. Es esa pequeña parte de ti que siempre huye y que nunca está cuando la buscas: la aurora que punza y respira en tus instantes más puros. Ella es la que me ha respondido. Lo creo y lo deseo. Por unos instantes mi espíritu se eleva con la idea de que no hay misterios cuando tienes paz en tu corazón. Siempre he pensado que para alcanzar esa tranquilidad solo hay dos maneras. Enloquecer o tener fe: los dos únicos caminos posibles.

He traído a enterrar una pena moribunda, y le he dado forma al sepulcro con la pluma entre mis dedos. Finalizo la entrada de este viaje y guardo la libreta para mirar la poza antes de regresar a casa. Parto pensando que en algún punto sabré responderme usando otros colores o que yo mismo me los inventaré para llenar de alguna forma las páginas del cuaderno. En el camino de vuelta los momentos vividos con las página se van volviendo recuerdos, y después esperanzas.

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