Una lengua seca

Nunca imaginé que la peor de las traiciones viniera del único amigo que he tenido… Dicen que peor es nada, pero ahora, para mi está claro que eso es una mentira. En lugar de cualquier compañía hubiera preferido vivir en soledad, que doliera y todo, pero que al final yo supiera que era el dueño de mi fortuna. No sé qué caso tiene confiar en alguien que no seamos nosotros. Como si no pudiéramos encontrar adentro nuestro todo lo que necesitamos; todo lo demás nos corrompe: la dependencia emocional nos mata. Hoy traté de creer en la reciprocidad, pero he sido castigado. Quisiera tener las fuerzas para levantarme y buscar otra oportunidad, pero ya es tarde, otra vez pesa el dolor. Tal vez cuando despierte pueda… y si no… bueno, yo me lo he buscado…

Vine a velar los terrenos de don Ernesto. Ya hace seis años que lo hago y este modesto empleo es mi único sostén. Yo llegué aquí sin mujer, sin hijos y sin dinero, sin nada en los bolsillos pues, y así tuve que abrirme paso y buscar una voluntad de vivir. Confieso que alguna vez lo tuve todo, pero, la verdad, nunca supe entenderme con mi familia. Yo vivía entre el trabajo, la bebida y en pleito con la policía; mi hogar no tardó en resentirlo. Así fue como mi fama de alcohólico se sobrepuso a mis destrezas con los caballos. Los años se me fueron en un parpadeo, y cuando acordé ya tenía canas, otro hombre me había robado a la esposa, y los muchachos apenas y me miraban. Terminé de volverme un extraño en mi casa y un día decidí largarme. Así acabé desahuciado y a merced de la suerte. Esos tiempos para mí son como la niebla de las mañanas, más allá de que sean muy lejanos está el hecho de que siempre viví embrutecido, y ahora los recuerdos me son como las sucias pinceladas de una pintura sin terminar.

Después de que fracasó mi vida doméstica estuve rodando por varios pueblos tratando de hallar un trabajo que me ayudara a comenzar. No fue difícil encontrarlo, pues había nacido casi entre animales y hasta por ahí escuché que ellos me habían criado. Como sea, traté de serenarme dentro de lo posible, en un principio con vistas a recuperar mi antigua vida, y después al menos para sostenerme, pero fallé, pues siempre, en cuanto me llegaba la raya, yo salía corriendo a la cantina y ahí me atascaba del alcohol más barato que podía conseguir. Como era de esperarse pocos patrones soportaron esa vida licenciosa. Terminé en la calle.

Ese fue el inicio de mi etapa más vergonzosa. Me volví pordiosero y poco me importaba la dignidad con tal de conseguir unas monedas para comprar el licor más corriente. Yo tenía talento, sabía hacer rendir lo poco que tenía, pero, también admito que no pocas veces, cuando no había nada, estuve tentado a hacer daño para calmar a esa eterna sed que nunca se iba. No sé a quién deba agradecer que la cobardía sea la única cosa que el alcohol no me borra de la cabeza. Cuantas veces esta precaución me salvó de hacer una tontería que me terminara de desgraciar. Probablemente nunca pueda llegar a recordar todos aquellos impulsos por hundirme en la violencia. El miedo a terminar en la cárcel me instigaba a desistir, pero también la sobriedad ─ que dolía en el alma ─ renovaba mis ideas venenosas. Lo peor era cuando llegaba a descubrir mi reflejo en alguna vitrina o un espejo, porque entonces veía la piltrafa de hombre en que me había convertido: una figura harapienta, con los cabellos revueltos y los pantalones tiesos de orina. Esas veces que me encontraba con mi propia visión yo me partía por dentro, me aguantaba la frustración y luego salía corriendo a conseguirme un cuartito o un trago de lo que fuera. Así vivía, o más bien sobrevivía, con el alcohol que me metía por ganas y por fuerzas para que se llevara mis pensamientos, mis olores y mis esperanzas.

En esos años de pocas sorpresas y muchas lagunas encontré una rutina. Vivía en una casa medio derruida junto a otros borrachos. De todos ellos solo con uno me llevaba bien: Jaime. Él era una persona como yo, con el mismo vicio, con un pasado más o menos parecido y de todo, lo que más nos volvía afines era el gusto por los caballos. Para lo que puede decirse nos volvimos amigos y, a veces, cuando sabíamos que al otro le estaba yendo mal ─ de verdad mal ─ hasta nos compartíamos las bebidas; aunque la mayoría de las veces tratábamos de no hacerlo. Entre nosotros había un contrato secreto que siempre respetábamos. Sabíamos lo que el alcohol era para nosotros, algo más que unos labios mojados o una garganta ardiendo: era el placer que nos hacía olvidarnos del mundo y el único gozo que teníamos al alcance de nuestras vidas vacías.

Una mañana, mientras le rascaba a la basura para encontrar la chatarra que costeaba mis botellas, un perro se me acercó. Era un animal largo, flaco y de color negro, el pelaje lo tenía recubierto de costras y la sarna le estaba descarnando las patas. Creo que nunca había visto una bestia tan fea. Como fuera, el perro se acercó a mí con la silueta suplicante y mirándome fijo aguardó a que le diera algo de caridad. Como yo era alguien difícil de conmover me limité a lanzarle una patada que el esquivó, luego sin reparar en mi hostilidad, la criatura continuó mirándome. Estaba claro que, si yo era reacio a la compasión, él lo era al desprecio. Para que dejara de molestarme, recuerdo que abrí la bolsa de los desperdicios de la carnicería y le aventé una quijada de puerco. Esperé alguna clase de retribución, pero en lugar de eso, mordió el pedazo de carne, me miró con indiferencia y luego se fue como si nada. Algo de su oculto oportunismo me gustó, porque vi en él una especie de semejanza y fue extraño, porque hasta imaginé que, si yo fuera un animal y él una persona, seríamos exactamente como el otro.

A partir de ahí nuestros encuentros fueron más frecuentes. Las primeras veces trataba de no hacerle caso, pues imaginaba que no tardaría en hallarlo por ahí tirado y lleno de cal, pero contra pronóstico mío la bestia parecía rebozar de una fortaleza que ni en el perro más sano hubiera podido suponer. No era para menos, el abandono lo había asalvajado y permeado en las artes de la supervivencia. Por las calles iba con su revoltijo de pulgas y mechones encrespados, buscando la oportunidad y guerreando por la comida del día. No sé si así como comenzó a atraerme, a él también le fue pasando lo mismo ─ debo pensar que sí ─. Entonces empezó a seguirme cuando yo salía a buscar en los desperdicios. Ahí aguardaba a que le diera comida, luego me acompañaba al depósito a entregar los kilos, después me compraba mis botellas y cuando me iba a la casa a emborrachar, él me seguía a la distancia. Fue un día que cayó un aguacero que lo hice entrar a la vivienda. Con desconfianza y el ceño vigilante aguardó a que la tormenta se disipara y ni porque temblaba de frio quiso acercarse a la cobija que yo le tiré en el piso. Era orgulloso el maldito y eso me agradaba; creo que si hubiera estado en su situación yo hubiera hecho lo mismo. A partir de ese día nos volvimos más unidos. Íbamos juntos para todos lados y una tarde, preocupado por su salud, hice el sacrificio de conseguirle una comida más decente. Aceptó el gesto, pero debo decir que lo hizo con una extraña solemnidad que no supe explicar. Era como si reservara sus verdaderos pensamientos, casi como diciéndome: “acepto lo que me des, pero solo hasta dónde yo lo permita”. Respeté esos límites y ello no fue impedimento para estrechar nuestra convivencia. En el fondo reconocía en el perro a un ser parecido a mí, apartado del cariño del mundo y abrigado por la soledad que consuela al desafortunado.

Le puse un nombre: “Cuarto”, porque esa era la cantidad de croquetas que se comía al día, y aunque de verdad lo sintiera como un compañero, algo me decía que tal vez sólo fingía por conveniencia. Sé que suena muy amargado ese pensamiento, pero realmente no puedo evitarlo. Como sea que fuera, nuestra sociedad prosperó y hasta en su cuidado, poco a poco, iba viendo en mi un cambio. En cierta forma ese animal consiguió ablandarme, y en el trascurso de esa nueva etapa, dónde de a ratos me sentía contento, hasta llegué a pasar algunas noches en mis cinco sentidos.

Llegué a mis cincuenta y todo me iba relativamente bien. Había pocas novedades en mi vida. Jaime se había ido de la casa y en el acto me heredó toda su colección de periódicos viejos. Ya vestía un poco mejor y también había dejado de dormir en la calle. Ahora solo bebía cuando estaba encerrado en la casucha, dónde no tenía inconvenientes por los juicios de la gente ni por las presiones de la policía. Si en ese tiempo pensaba que conocer al perro me había cambiado la vida, ahora lo confirmo. Pero no quiero atorarme con el ahora, si no seguir anclado a esa vieja etapa de cambios y alegrías. El presente duele demasiado y solo en el pasado hallo las escenas que distraen mi padecimiento. Por eso creo que es mejor mirar hacia atrás.

En mi convivencia con Cuarto yo descubrí algo que creía enterrado hace mucho. Cada vez que lo veía comer, yo sentía vibrar mi corazón. Esa sensación de proteger, de ser importante y, como no, de ser querido me hizo mucho bien en su momento. La idea de una vida mejor dónde no dependiéramos de la basura o de la lástima de la gente se me comenzó a encarnar. Caí en cuenta que para cumplir esa ambición solo había un camino: dejar de beber.

Fue un calvario intentarlo y también sentir la debilidad en cada recaída. Aun así, traté de continuar y de medirme en cada arranque, pero no pocas veces fallé de la forma más patética. Fue el perro quien con su dura mirada me castigó lo suficiente como para que por orgullo fuera dejando de lado a mi adicción. Cuando no tenía una botella en la boca trataba desesperadamente de distraerme, pero me era muy difícil. No tenía mujer, amigos, un trabajo ni posesiones en los que pudiera volcarme para mitigar mis necesidades. Lo único que había en mi vida, aparte de Cuarto, eran los periódicos de Jaime, los cuales leí y releí hasta que los odié por su inutilidad. Leer tanto, creo que si me ayudo a distraerme y hasta siento que me volvió más correcto a la hora de hablar y de hilar mis ideas, y a veces, hasta me daba por mirar muy atrás, hacia los días dónde yo era un esposo, un padre y un empleado. Nunca adiviné que fue lo que me traía toda esa melancolía: si, el peso de los años o el fondo en el que me hallaba sumido. De todo, Cuarto estaba ahí para darme una motivación extra. Orgulloso miraba las enormes carnes del animal. Se había vuelto un perro grande y tosco. Ya no era aquel desparpajo que me había hallado aquel día si no que ahora tenía una vitalidad que lo hacía lucir imponente, y era cierto, seguía siendo un perro callejero, pero al menos era uno bonito. El trato mío también le quitó lo huraño y, a veces, lo llegué a descubrir observándome de una forma muy natural. Yo imaginaba que en mi había encontrado al compañero que él pensaba que nunca iba a encontrar. No diré más, pero esos días dónde estaba abandonando la vida ermitaña, fueron de lo más reflexivos y especiales.

Aprendí mucho, sí, pero de ello, nada me era de provecho para salir de aquella vida. Con todo, creo que leer tanto de alguna forma me ayudó a centrar lo que ya sabía del mundo. Al final eso fue bueno y de alguna forma se cumplió el cometido. Para cuando yo había cumplido mi tercer año de esa rutina, ya solo me emborrachaba una o dos veces por semana, a veces hasta pasaba días sin probar una gota. Decidí que para poder salir del hoyo necesitaba un trabajo formal y por suerte no batallé mucho en encontrarlo.

Llegó la oportunidad. Un domingo cualquiera me encontré con Jaime en el pueblo y nos quedamos platicando en la plaza. Él estaba diferente, ya no tenía esa barba zarrapastrosa que lo caracterizaba, ni esos feos pelos que le salían de las orejas, no, Jaime, el otro vago del pueblo se había convertido en el capataz de un rico hacendado y en una persona decente. Para mi suerte ese día me había bañado en el hotel y me había vestido con decencia. Algo de todo eso debió de gustarle a Jaime porque al despedirnos me habló de un puesto que tenía por encargo cubrir. Se trataba del cuidado de una fincas que solo visitaba su patrón en determinadas épocas del año. La propuesta me cayó como una bendición. Acepté casi con impaciencia, aunque el me hizo hincapié que tratará de llevar la tarea con responsabilidad. Acordamos ir a la ranchería al domingo siguiente y luego nos despedimos. La inseguridad que vi en él cuando nos dijimos adiós me dio a entender que se había apresurado con el ofrecimiento. Traté de no reparar en su desconfianza y regresé a mi casa preso de una emoción que apenas podía disimular.

Cuando llegó la esperada fecha me fui aseado debidamente; incluso traté de lavar a Cuarto, pero este apenas y se dejó. Llegué al lugar acordado y nos fuimos en la camioneta de Jaime hacia la finca. Verlo disfrutar de tanta estabilidad me produjo no poca envidia, pero esa era una ley, Jaime se lo había ganado a las buenas, y no podía dejar de respetarlo por eso.

Mientras nos relajábamos con las vistas de los prados y los horizontes cubiertos de bosques, no pude evitar notar que Jaime estaba sumamente nervioso. Estaba claro que se había comprometido en algo que no había anticipado. Verlo a él me puso un poco molesto, porque bueno él no sabía, pero yo estaba poniendo mi voluntad en esta nueva oferta y no quería que desestimaran eso, pero me relajé porque en el fondo pensé que él que podía saber de mí. Habíamos sido amigos y compañeros de copas, pero hay ciertas cosas que ni con todo el alcohol del mundo se puedo sacar uno desde adentro.

Llegamos y me gustó mucho lo que vi: la casa era sencilla pero muy bien cuidada, de adobe, tejas y paredes muy blancas, en los patios se mecían los rosales y cada cierto espacio había álamos regados sobre las praderas. Los colores extraños solo vivían en la casa, pues fuera de ella solo existía el verde de los pastizales. Jaime me habló un poco del lugar, luego me habló de su patrón y en cuanto lo hizo, se tornó serio. Me habló derecho ─ cosa que agradecí ─ y me advirtió que esta era una muy buena oportunidad; que de mi estaba no desperdiciarla. Una hora después llegó su patrón. Ahí me puse nervioso de veras, pero supe dominarme e incluso Cuarto, comprendiendo la situación, se cuadró cuando don Ernesto se acercó a acariciarlo. Él me llevó a hacer un recorrido por las caballerizas, me detalló mis actividades y me platicó lo que no le gustaría que pasara. Yo a todo le asentí sumiso. Sé que me miró con duda, porque yo supe que era de esas personas inteligentes que se dan cuenta que la miseria no puede esconderse con una lavada, no la miseria material, si no la otra. Para bien mío, no puso ninguna objeción y me dejó las llaves de la casa, me saludó de mano y se fue junto a Jaime deseándome la mejor de las suertes. Lo hice, conseguí el trabajo desde el que he vivido hasta ahora.

Mis actividades no eran difíciles: cada semana venía Jaime a dejar una carga con pacas de heno que yo metía a la casa con una carretilla, luego se las repartía a los caballos y a los bueyes. Al semental del patrón siempre traté de darle un poco más. También, los cepillaba, los desparasitaba y les daba sus paseos para que no se fueran a tullir de las patas. Don Ernesto venía cada dos meses a revisar como iba todo, entonces, cabalgábamos un rato, revisábamos las casas y luego él se marchaba satisfecho. Fuera de esa eventualidad, hasta se hubiera podido decir que este era mi rancho. Nadie sabía mejor que yo el relieve de esta tierra ni sus enredos ni sus secretos. Con los caballos me fui estrechando, dejaron de huirme y también dejaron de temerle a Cuarto. Él también se terminó acoplando muy bien, y bueno, no podía quejarse pues tenía comida en abundancia y, a veces, cuando sabía buscar, aún era capaz de prodigarse carne caliente desde el campo. Da igual que fueran liebres, perdices o güilotas: nada era rival para mi Cuarto.

Y los años se fueron y de verdad me acomodé aquí. La habitación dónde duermo tiene su propia cocina y un baño decente. El aire siempre pega fresco en las mañanas y el sol despunta sobre los pinos en las tardes. La belleza del campo me fue robando las ganas de beber, aunque naturalmente no pude dejar de hacerlo por completo, y eso es lo mejor, aquí puedo ponerme hasta donde yo quiera y estar a salvo de cualquier cosa, pero, he de reconocer que dejé de encontrarlo atractivo y también pienso en mis años de vagabundo y no puedo creer que de verdad viviera por y para el alcohol y cada qué amanecía crudo, realmente meditaba de esa necesidad de idiotizarme con tequila, entonces me decía que yo no había cambiado, pero luego me veía en el espejo y afirmaba que sí. Es muy contradictorio darle más peso a una razón que a otra. Creo que los cambios son relativos. Por ejemplo, a pesar de que Cuarto ya no es un callejero, aún sigue actuando como tal. Tiene ese espíritu bestial que se niega a ser domado o cuando menos a ser sumiso, y aún sigue comiendo sin tocar el piso con la lengua, lo hace con mesura, aunque lo que tenga por alimento sea el desperdicio más asqueroso. Y esa es otra cosa, nunca le ha puesto un solo pero a la comida, no importa cuán satisfecho esté o si la carne ya no sea comestible. No, él siempre lo devora todo, y es algo increíble de ver porque puede barrerse cualquier cosa que le ponga en el suelo ─ ahí come, porque nunca aceptó un plato ─ tripas, tortillas y huesos. Si no termina algo, no deja que lo tire, él lo guarda para la comida siguiente, y esto lo admiraba mucho, porque yo pensaba que a pesar de la abundancia él “no había perdido el piso”. Era como si siempre se preparara para la escasez que no sabía si algún día podría venir de nuevo. Esto último me desgarraba de muchas maneras. No supe cómo hacerle entender a Cuarto que quería estar para él hasta que me fallaran las fuerzas. No supe… ni tampoco sé que hacer ahora.

Hoy me levanté como cualquier otro día. Desayuné avena, pan y café. Salí con Cuarto a revisar la parcela, y después regresé a alimentar a los caballos. Como les había cambiado las herraduras decidí sacarlos de uno en uno para darles una paseada por el patio. Los animales se sentían suavecitos en sus galopes, y daba gusto percibir que también ellos estaban alegres. Saqué al caballo del patrón y a este, como hacía siempre, lo corrí más rápido que a los demás. Luego en un segundo mi suerte quedó echada…

Una víbora salió de los rosales y sorprendió al caballo quien se levantó en dos patas y luego resbaló en el cemento del piso yéndose de nuca y conmigo encima. No sé bien que pasó después. Solo recuerdo un crujido, un dolor atroz en mi pecho, y un horrible sabor a sangre. Mientras miraba al caballo incorporarse de mi cuerpo mallugado, vi como Cuarto le ladró a la bestia y luego, abrumado por todo, se quedó mudo. Yo, apenas y era consciente de lo que había sucedido. Un dolor espantoso nublaba mis pensamientos, también sentía la cabeza estrellada y no sé cuánto pasó hasta que pude por unos instantes vislumbrar mi situación. En cuanto me enfrié de lo repentino del accidente quedé rendido y perdí los sentidos.

Me despertó el perro y volví de a poco a la realidad. Dentro de la agonía de cada segundo pude levantar un poco la cabeza para mirarme. Cuando lo hice una punzada me estremeció y en esa sacudida mi cuerpo se llenó de tanto dolor que me volví hacia atrás azotando la cabeza en el piso. Si ya tenía la nuca lastimada, con ese movimiento terminé de hacerme más daño. Recordé la cabalgata y entonces entendí que había pasado: aquel caballo, que era el orgullo de mi patrón, se había desplomado sobre mí, reventándome el esternón con todo el poder de sus músculos. Estaba aterrado y ni siquiera podía quejarme porque hasta el más mínimo movimiento me rajaba los nervios. Apenas y pude mantenerme despierto y sentí adentro de mi un ardor horrible que se mezclaba con los piquetes que me castigaban por los costados. No sé cuántas costillas me rompí, pero la idea de mi vejez y mi fragilidad, más lo grave del accidente solo puso oscuridad en mi cabeza. Me imaginé herido de muerte y así me desvanecí, mientras el caballo marchaba a lo lejos y Cuarto no dejaba de mirarme.

Desperté otra vez, y yo, regado como una cruz en el suelo, miré al sol que estaba en las alturas. No recuerdo haberlo visto nunca tan brillante y enmarcándolo estaba esa aureola que solo se ve muy raras veces. No había una sola nube, y la dorada luz me bañaba con un calor que iba secando mi sangre en una mancha pegajosa que se iba llenando de moscas. Quise hablarle a Cuarto, pero apenas y salió un sonido sibilante de mis pulmones ─ creo que los tengo agujerados porque a cada soplo que hago me retumba el pecho y me cruje como si alguien estuviera pisando cucarachas ─ Intenté hablar de nuevo pero el suplicio me derrotó. En el desvanecimiento que en vano traté de evitar, vino a mí la tristeza de estar cerrando los ojos, quizá por última vez.

Con mucho esfuerzo conseguí hablarle a Cuarto. Apenas y le susurré: «Ve por Jaime… trae a Jaime… Jaime». El salió disparado, y en lo mientras, ante lo precario de mi estado, comencé a fantasear con las esperanzas que había depositado en el animal. Jaime, mi amigo, mi único amigo, estaba en la finca del otro lado de la región. Cuarto conocía perfectamente el camino pues habíamos ido muchas veces y hasta se llevaba un poco con él. Además, quise creer que el perro estaba al tanto de la gravedad de mi situación y que sabía que solo su ayuda podría salvarme. Yo, en el enorme trecho que fue su ausencia, seguí como una barca a la deriva en un mar de penosas sensaciones dónde el único aire que avivaba mi curso eran los picaduras que me recorrían el cuerpo deshecho.

Cuando Cuarto regresó yo tenía los ojos cerrados. Trataba de conservar mis energías y también de moverme lo menos posible esperando que eso detuviera, aunque fuera un poco, el cauce de la fatalidad que me envolvía. Abrí los ojos con esperanza, y lo vi acercarse, y cuando lo analicé bien, me estremecí. Venía directo hacia mí y cuando estuvo a unos pasos se detuvo. Se quedó contemplándome. Quise preguntarle qué dónde estaba Jaime, pero desistí sabiendo que no podría contestarme. Pensé con esperanza que él estaba en camino y que Cuarto, en su impaciencia había corrido de regreso antes de que el otro lo alcanzara. Entonces esperé sin intentar nada en un lapso de tiempo que me pareció eterno, pero lentamente, con la demora de mi salvador que no llegaba, vino a formarse en mis pensamientos la idea de que el arco en que había salido Cuarto en la búsqueda de Jaime, no era el tiempo necesario para ir y volver de su finca. La idea de que ni siquiera hubiera llegado con él de pronto comenzó a estremecerme.

Cuarto miraba mis heridas con los ojos embobados. Yo apenas y podía corresponderle. Mis ojos querían cerrarse, y solo los piquetes que me gobernaban me mantenían despierto. El perro se acercó a mí, de tal forma, que sentí el aire caliente de su boca sobre mi cara. Ahí trató de lamer mis heridas, y de alguna forma pensé que trataba de aliviarme. La calidez de su lengua era lo único bueno que podía sentir porque mis piernas eran como una masa muerta y el pecho un enredo de carne y huesos rotos; solo su saliva caliente me traía un poco de luz y hasta me ayudaba a ignorar el pesar que me atenazaba. Cerré los ojos esperando que mi accidente no fuera tan grave o que después llegaría Jaime a ayudarme, y entonces disfruté como Cuarto trataba de paliarme con su tacto. Los resoplidos de su nariz iban aliviando un poco las quemaduras del sol que brotaban de mi piel, luego su boca se deslizo por mi brazo y llegó a mis dedos: abrí los ojos.

Sentí dolor en la mano y cuando giré la cabeza descubrí a Cuarto tragándose mi extremidad. La retorcía en su boca, y gruñía como si estuviera matando una presa. Su mirada era bestial y me estremecía. Me quedé como un idiota observando como sacudía mis pobres dedos entre sus dientes. No entendía que pasaba o que estaba haciendo Cuarto. Traté de quitarle mi mano de su boca, pero poca cosa podía hacer yo. Busqué algo que me pudiera servir y vi el chicote del caballo. Lo tomé como pude y con lo poco que tenía de fuerza le estampé unos latigazos. Estoy seguro que la adrenalina hizo que fuera efectivo aquello, y entonces vi como Cuarto chilló y se alejó, pero después entendiendo que poca batalla podía dar, se acercó sin dejar de ladrarme. No supe que pensar y me quedé en blanco. Intenté creer que quiso jalarme para sacarme del patio, pero entonces no entendí porque me había lastimado al hacerlo. Busqué mil excusas para justificarlo, pero el mirarle los dientes manchados con mi sangre caí en cuenta que ya no era amo, ni amigo, ni nada, sino sólo un bulto de carne que él quería aprovechar.

Levanté la mano con el chicote, y a cada movimiento, las punzadas de mi figura maltrecha me pidieron prudencia. Cuarto no dejaba de gruñirme y sus ojos amarillos me paralizaban. Yo luchaba por no cerrar los míos y parecer lo más amenazante posible. Apunte con el látigo al perro, y entonces dejé de pensar en él como Cuarto, si no que traté de verlo como el animal salvaje y aprovechado que siempre fue. Darle nombre lo había hecho especial para mí, ahora tuve que quitárselo, para devolverle con ello su estado a la bestia que era; traté, pero no pude. Me sentía tan herido por dentro que no pude creer que todo fuera a terminar así, o que hubiera tenido que pasar todo esto para darme cuenta qué lo poco que creía haber conseguido no era real.

He ideado toda esta historia en mi cabeza para distraerme de mi realidad; la realidad de una vida desperdiciada. Me la he contado a mí, porque no tengo a quien más decírsela ¿Hace cuando fue el accidente? ¿Minutos? ¿Horas? Aun siento la boca encharcada y apenas y puedo respirar. Fuera de eso no tengo mucho que describir, solo los relinchos de los caballos y la extraña sensación de sentir mi carne arrancada. Lo demás no sé explicarlo. El dolor y el tiempo no se entienden, uno vuelve eterno al segundo y el otro, a su vez, vuelve insignificante al primero. Cuando menos debí emborracharme en la mañana para que este sangrerío que traigo en la lengua no me supiera tan mal. Eso era lo único que tenía y, ahora veo que lo he cambiado por algo peor.

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