Una ventana indiscreta

Acaba de suceder algo extraño y desde hace un rato que estoy inseguro sobre lo que debo hacer. Yo subí como todas las noches a regar las plantas de la marquesina y luego prendí un cigarro. Me quedé contemplando la ciudad mientras el humo desaparecía entre las estrellas, luego un ruido de cosas moviéndose me hizo voltearme. Miré hacia el tejado del vecino y me escalofrié al ver un marihuano sobre la azotea.

«Es un ladrón» fue lo primero que pensé y lo observé sin esconderme, como esperando a que mi presencia lo intimidara de sus propósitos, pero luego me arrepentí porque no sabía a qué loco estaba mirando. Ideas grises y escenarios de represalias atravesaron mi cabeza y, antes de que hiciera cualquier cosa, el muchacho reparó en mí. Debo decir que reconocí en sus ojos cierto temor que me provocó compasión. Entonces el muchacho se alejó nervioso y retrocedió, cómo si con caminar hacia atrás fuera suficiente para camuflarse entre la noche. En esos instantes me sentí fuerte, al menos por fuera, porque por dentro seguía sin saber qué hacer. Pensé en gritarle alguna grosería, pero mejor callé, puesto que hacía un tiempo que les había perdido la pista a los vecinos y quizá aquel muchacho fuese algún pariente o conocido de su pueblo. No pasó mucho para que la fragilidad del muchacho terminara por cimbrar mis fugaces pensamientos. Su ropa harapienta y las carnes chupadas clamaban por compasión y creyendo que solo era un drogadicto inofensivo sólo me limité a vigilarlo. Entonces lo vi meterse a gatas en una especie de cobertizo. Cómo lo juzgué inofensivo, ya no pensé en dar parte de él hasta la mañana siguiente.

Me bajé al primer piso y se lo conté a mi esposa quien preocupada me reconvino a que diera aviso a la policía. Cuando quedó en el aire la implicación de una actividad que no habíamos pedido, nos miramos a los ojos. El peso de la responsabilidad nos abrumó. Como buenos cincuentones cualquier cosa salida de nuestras rutinas nos provocaba incomodidad y más si eso condicionaba un sacrificio de tiempo por personas que no tolerábamos. Porque eso era cierto, nosotros y los vecinos ya sólo éramos unos «buenos días» fríos y ocasionales. Atrás habíamos dejado los tiempos de saludarnos con cordialidad, de pedirnos prestadas las herramientas o de mandarnos alguna fruta traída desde los ranchos. Creo que la envidia fue la que puso la distancia entre nosotros. Obvio me refiero a la envidia de ellos. Aquí le echamos siempre ganas para todo sin dejar de pensar en el futuro y allá vivieron al máximo cada día ignorando los tiempos de adelante. En una cara de la moneda estuvimos nosotros, haciendo sacrificios y viajando cada vez que teníamos la seguridad de un ahorro; y en la otra ellos, saliendo de vacaciones en cada mes y viviendo en la fiesta durante los fines. Como resultado de nuestra casa salieron nuestros hijos con sus carreras y buenos trabajos y de la de ellos un montón de nodrizas y desobligados que los dejaron regados de nietos.

Al final me volví a convencer de esperar hasta la mañana, después de todo: ¿Qué tanto peligro podía representar un muchacho mugroso? Me fui a acostar, pero no paré de dar vueltas sobre la cama. Caí en cuenta que no podía despegarme a la cara atormentada del marihuano. Sus ojos vidriosos se me habían enterrado. Sentí pena por él y por unos momentos valoré la bendición de tener una buena vida y una casa confortable. Afuera el viento aullaba al estrellarse contra los limoneros, y a cada ráfaga me ponía más triste de imaginar al muchacho andando por la oscuridad y en medio de esos remolinos. Entonces empecé a tejer una infinidad de fantasías dónde yo trataba de resolver ese problema y también el problema de todos los muchachos del mundo. En parte, estos “planes” siempre habías sido mi herramienta infalible para conciliar el sueño y distraer la culpa personal por permanecer indolente a la tragedia social de mis alrededores. Al final tanta disertación me fue adormilando y a punto estuve de rendirme a la noche revuelta, pero un grito me hizo estremecer. Un presagio de pesadilla me obligó a levantarme de una carrera. Avancé presuroso mientras mis sentidos me decían que el sonido había venido de dónde yo imaginaba.

Me quedé al pie de la ventana de la calle con la vista perdida en las negruras. En mis oídos solo había una resonancia y por demás el viento azotando las ramas de los árboles. Al no escuchar nada y ver muertas las luces del vecino, me quedé abrumado por la incertidumbre. Miré a su tejado desde el que tan solo horas atrás se había escurrido el muchacho. Cuando mi pulso se recuperó de la impresión del grito, un nuevo sonido vino a alterarme: eran voces de personas. Abrí la ventana con cuidado y atisbé desde la cortina. No vi nada, pero al menos escuché un poco. Reconocí la voz de los vecinos entre las palabras atropelladas. Estaban histéricos. Oí el sonido de platos rotos en medio de reclamos y maldiciones, y también atrapé una frase del aire: «estoy hasta la madre de niños y todavía te traes otro». Yo pensé que el tema de discusión era el marihuano de la azotea, pero también otros escenarios bullían de mi cabeza; escenarios acordes al alboroto que venía desde la casa, y aunque estaba acostumbrado a sus escándalos, aquello me rebasaba porque ellos vivían dotados de impulso y la discusión se acaloraba a cada momento. Todo sonaba tan encendido que cada lamento me golpeaba al estómago. Mi temor a que sucediera una tragedia me obligó a actuar: llamé a la policía. Para ese punto mi esposa ya había bajado conmigo.

Aguardamos al filo de la ventana mientras esperábamos a que las autoridades aparecieran. En la casa de ellos la trifulca había crecido. Las voces sonaban más claras; era una discusión cargada de veneno. Luego un destello azul apareció para iluminar la calle tenebrosa. Miramos con alivio a la patrulla que se estacionó frente a mi casa ¡Suerte que hubieran llegado tan pronto! La discusión orientó a los oficiales quienes tocaron en la puerta mientras pasaban revista a las banquetas desoladas. La tensión se sentía en el aire y a cada llamado en el zaguán la atmosfera se volvía sofocante. Nosotros mirábamos impotentes la escena mientras los reclamos de la casa se intensificaban. Los oficiales tocaron con más energía y por fin escuché como se abrió una puerta. Alcancé a identificar a la vecina. Era difícil distinguir desde la ventana, pero, aun así, vi como los policías entraron junto con ella. Los minutos pasaron y la calle se quedó como detenida: el zaguán abierto de los vecinos, la patrulla que iluminaba las fachadas y mi esposa y yo con nuestras caras de espanto. Después de un tiempo que pareció eternidad, de su entrada volvieron a salir los policías: traían al muchacho con ellos y detrás venía la pareja enemistada.

─ Deje que se vaya el muchacho, señor. Mejor deje que busque a su familia. Aquí no le va a hacer ningún bien.

─ Es que… no puedo, oficial. No puedo.

─ Pero mire dónde lo tiene.

─ Es que no tiene nada el pobre. Nada de nada, solo sus vicios y la caridad que le damos.

Entonces vi al oficial llevarse al vecino hasta la esquina. Ahí estuvieron hablando por largo rato. Yo estaba admirado de su actitud. Era como si nunca lo hubiese conocido. Se le veía preocupado, pero también sereno. Traía esa tranquilidad en la cara de quien ha dicho y hecho lo que le ha nacido, y ya solo espera con resignación al orden natural de las cosas. Mientras tanto su esposa aguardaba a que terminaran la conversación. En sus ojos se veía el cansancio y también la resolución. Pareciera que solo esperara el fin de la charla para aprestarse a lo que en ella se decidiera. Por demás su mirada agachada dejaba ver el reflejo de una tristeza que yo no podía entender, pero luego miré al muchacho y pasé saliva: lloraba.

La luz de las patrulla destellaba en su rostro y a cada pulso de la sirena yo veía el brillo que se le escurría desde las lágrimas. Dolía verle la cara esquirlada. Quedé conmovido y deseé que este rato amargo se fuera, que nada cambiara para el muchacho porque, aunque no lo pareciera, ese “antes” que tenía a esta noche era quizá el curso que su vida necesitaba. Realmente, desee un final más justo, pero tristemente los anhelos no van con la realidad. Momentos después el muchacho era subido a la carrocería de la patrulla y esta se alejaba a toda prisa. Los vecinos entraron a su casa sin dirigirse la palabra. La calle quedó hecha un vacío.

Por la mañana vi a mi vecino por casualidad. Yo barría la banqueta y el despuntaba un arbolillo. Me dio los buenos días sin un asomo de emoción. Su saludo me tomó por sorpresa, pero no por la cortesía, si no por el golpe que ahora él representaba para mis prejuicios; prejuicios que no sabía cómo resolver y que me encarnaban la culpa y la vergüenza. Le devolví el saludo, y quise alzar la vista para verlo, pero no pude sostener sus ojos, era como si algo dentro de él estuviera elevado muy lejos de mi vista y yo, ni, aunque me esforzara, pudiera alcanzarlo.

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