
Hace un rato mientras cenaba, recibí una notificación de Facebook: era una solicitud de amistad. Al revisarla me encontré con un nombre que no reconocí y una imagen de perfil aun más misteriosa. Me dio curiosidad por revisar el muro del desconocido, pero hallando que la persona vivía en Argentina y que no tenía fotografías propias mejor desistí, cerré la aplicación y luego proseguí a terminar mi comida.
En mi cuarto estaba en la total relajación. Había intentado leer un libro, pero había fracasado, así qué entonces volví al vicio del celular. Abrí mis juegos y después, cuando estos me aburrieron, entré a las redes sociales. En Twitter e Instagram no hallé gran cosa: lo mismo de siempre. A pesar de la hora volví a abrir Facebook para agotar mis ojos y así ya irme a dormir. De pronto me acordé de la solicitud que no había contestado e hice otro “stalkeo” al perfil del usuario. No sé por qué, pero la foto junto a su nombre me produjo cierta familiaridad.
Al ir recorriendo las distintas publicaciones del muro fui advirtiendo que en ellas había un humor inteligente y los comentarios que solo podía hacer alguien que sabe defender sus ideas. Me cayó en gracia la honestidad que desprendía y así seguí navegando hasta que llegué al tope de su contenido. Definitivamente era una cuenta creada recientemente, apenas de unos seis meses. Al ir revisando las imágenes de perfil ─ todas ellas de pinturas y artes de lo más diversos ─ fui a encontrarme entre la última a la caricatura de un rostro. Ahí fue que vino a mi cabeza una oleada de recuerdos sobre una chica que yo había conocido: Yuna.
Ella había sido mi compañera en la universidad, bueno, solo en una clase. Ahí acabamos siendo más que conocidos – aunque menos que amigos-. Aun así, guardo de ella un grato recuerdo.
Hace como siete años yo estaba en el octavo semestre de la carrera. Para ese entonces ya estaba liberado de todas mis mates y, con ese peso quitado de encima, decidí iniciar mis cursos de inglés con miras de prever una tranquila titulación. Por conveniencia elegí llevarlos en mi escuela, después de todo tenía los recursos limitados y por tiempos se ajustaba mejor a mi horario. Así quedó decidido: clase de ingles del tercer nivel en el salón de al lado del laboratorio de quimica.
Recuerdo mucho el primer día de aquella clase. Yo no era el peor en los idiomas, aunque si distaba por mucho de ser un alumno regular. Mi pronunciación era decente, mi fluidez era muy mala y mis nervios eran peores, así, previendo que iba a sufrir mucho el inicio de curso, traté de fumar más de lo normal. Cuando entré al salón me sorprendió la escasa cantidad de personas, ya qué conmigo no pasábamos de cinco. Antes de que reparara en mis compañeros el profesor entró con un efusivo“Good afternoon” que respondimos con timidez. Después comenzó a pasar lista; recuerdo que yo moría de estrés por lo que se quisiera hacer después de eso. El teacher nos ordenó presentarnos en voz alta, y más o menos lo hice dominándome lo mejor que pude, luego vino una actividad : un diálogo con un compañero elegido al azar, y si, el profesor terminó juntándome con ella, con Yuna. Nos presentamos con brevedad y luego proseguimos con el ejercicio.
Admito que conocer a Yuna me intimidó un poco, y lo hizo más que la misma actividad de conversación que debíamos hacer. El estilo con que ella vestía era algo fuera de lo común. Llevaba consigo un vestido hasta los tobillos, una blusa blanca de manga larga y unas facciones físicas de lo más llamativas. Ella tenía la nariz pequeña y el cabello teñido de rubio, y si estos ya eran atributos que la hacían resaltar por sí mismos, de lejos se acercaban a la fascinante imagen que tejían los ojos y la boca, pues en cada uno de ellos convivían dos colores que armonizaban mutuamente. Yuna fue la primer persona que conocí con heterocromía. Nunca hubiera imaginado que ese “defecto” podría combinarse como lo hacía ella: un labio pintado de azul y el otro de café, exactamente igual que los matices en sus iris. Todo, en conjunto, le daba a aquella chica un aire tan excéntrico, pero también atractivo, no en el sentido de belleza, si no de alguien con una vibra interesante. No sé si pueda decirlo mejor, pero todo en ella irradiaba seguridad.
Naturalmente, en el ejercicio me fue mal, y ella con una paciencia infinita trató de llevar el hilo de mis palabras enredadas. Cuando fue mi turno de preguntar me di cuenta que su personalidad coincidía con la imagen. En cada respuesta que me dio yo encontré la certeza de una contestación autentica y original. Aprendí que ella no era de mi escuela y que estudiaba bellas artes en otra universidad, solo la cercanía de la clase a su casa la había convencido de inscribirse. Por más, no hallaba interesante el ambiente de mi escuela y cada conclusión que hizo me pareció un dogma que difícilmente podría rectificar. Me di cuenta que sus gustos no eran corrientes, pero también por todo ese valor que se daba, ella sonaba egocéntrica. Con todo y eso me agradó mucho.
A partir de esa primera clase, no pocas veces nos tocó ser pareja para terminar los ejercicios. Nos empezamos a llevar muy bien conforme avanzó el curso. Recuerdo que cada vez nos abríamos a compartir temas más personales y ya que hablábamos en español pude redimir mi torpeza inicial. Me fue muy grato percibir que tenía buen concepto de mí. Coincidimos en más de una cosa y de todo, lo que se sentía genial, era que no eran pensamientos puros y corrientes si no de cosas interesantes o cuando menos que nosotros sabíamos hacerlas parecer tal. La afinidad más que venir de la películas, los libros o la música, salía de las ideas que nosotros hacíamos con nuestro propio criterio y siento que eso fue un sentimiento mutuo. Mi clase de inglés se convirtió en la más amena del semestre y parte de eso se lo debía a Yuna.
Con el tiempo, ya superada la barrera de la diferencia de personalidades, dejé de sentirme subyugado por su presencia. Aprendí a dejar de idealizar su estilo, y vi que Yuna no era la chica perfecta que aparentaba ser, ni física ni mentalmente, y no digo esto con intención de menospreciar, sino simplemente porque mi seguridad dejó de depender de la búsqueda de su aprobación. Así dejé de encumbrarla y a partir de ahí traté de verla como una chica normal ─ dentro de lo que cabe ─. En cuanto ella lo notó siento que comenzamos a llevamos mejor. A cada semana la idea de estarme ganando a una persona realmente interesante con la que pudiera platicar de todo me hacía sentir muy bien. Dicen que debes rodearte de las personas con virtudes que tú quieras tener y Yuna definitivamente era una de esas personas.
En mi aprecio por ella comencé a nombrarla como “Yuna 310”. Si, sé que suena como a una tontería, pero me agradaba verla entrar por el salón y pensar: “Ya llegó mi amiguita Yuna 310” ¿Qué de dónde saqué tal apodo? Pues, la primera vez que me dijo su nombre no sé por qué me trajo una reminiscencia como a desierto. Cada vez que la veía, su cabello rubio me trasladaba a las paisajes de una aridez cubierta de cactos, arena y matorrales. Un día me acordé del nombre de un Western con Christian Bale y Russell Crowe: “3:10 to Yuma”, y así mi imaginación hizo el resto. En un impulso mío me dio por decírselo y al hacerlo ella se quedó mirándome muy fijo. Me sentí tonto al terminar de hablar, luego me justifiqué y traté de cambiar de tema, pero ella acabo respondiéndome que le había parecido graciosa la referencia.
Tristemente el semestre hubo de terminar y con ello venía la certeza de que cada quien seguiría por su rumbo, pues ese sería su último curso en la escuela. No dijimos mucho en el último día y aunque habíamos sido buenos compañeros y nos agradábamos mutuamente, intuí que ambos pensábamos que solo la coincidencia de la clase era la que nos había acercado. Seguramente en cualquier otro entorno seríamos personas casi destinadas a repelerse.
La única forma de seguirnos la pista fue por Facebook. Así terminé de conocer más sobre su vida personal y sus posturas con respecto a otros temas que nunca habíamos tocado. De mi ─ aunque ella hubiera querido estar pendiente ─ seguramente no pudo aprender mucho, porque en ese entonces era muy reservado con mis redes sociales.
El tiempo pasó y, fuera de comentarios nuestros en alguna foto o mensajes de cumpleaños, dejé de recibir noticias de ella. Meses después en un rato de ocio y revisando mis contactos me di cuenta que Yuna había dado de baja su perfil. Me dio mucha curiosidad el hecho y en el fondo deseé que no hubiera sido por algo malo. Ya no volví a saber de ella. Así pasaron los años, dónde su memoria pareció esconderse de mi cabeza y solo con este nuevo indicio suyo es que de pronto la he recordado.
Ahora he decidido aceptar su solicitud. Después de todo, aunque las circunstancias no nos volvieron amigos, esa misma casualidad, al menos a mí, me trajo la sorpresa de encontrar una conexión especial en la persona más inesperada. Pienso que no es muy común que pase esto, pero cuando se da, te hace sentir tan bien, porque encontrarte con alguien que te tiene buena fe y la confianza de compartirte lo interesante de su mundo, no es algo que pase todos los días.
En cuanto nos hicimos “amigos” sus fotografías privadas comenzaron a aparecerme. Navegué por ellas y me alegré de ver lo novedosa que lucía su vida. Se había mudado a Argentina y lo había conseguido: era una artista que participaba activamente en galerías y encuentros culturales. En cierta forma todo armonizaba con las ambiciones que siempre me había platicado. Seguí “poniéndome al corriente” de todo lo que compartía. Me imaginé si ella experimentaría la misma buena vibra en cuanto supiera de mí. Antes de responderme a mí mismo, llegué a la última publicación y no pude reprimir mi emoción. Ella estaba luciendo toda su personalidad en una fotografía muy bonita. Con todo la belleza que había en su voluntad de vivir, estaba en medio de un desierto, con un lindo sombrero y abrazando a un cactus. Junto a la foto había escrito: “Yuna 310” y al lado de las palabras el emoji de una sonrisa.

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