
El sol se sigue elevando y yo sigo sin verla ¡Qué se apresure esa bruja! Aquí no hay nadie que nos vigile y llevamos mucho esperando. Traemos demasiado veneno y es peligroso que estemos así.
Mastigga continúa desaparecida y yo solo pienso en cuanto odio a este hombre. No sé cuántas veces la inquina me ha tentado a obrar contra él. Podría decirse que soy un hombre malvado, pero, no es mi culpa, este vecino mío se ha ganado todo el odio del que mi cuerpo es capaz y yo sé que a él le pasa lo mismo: lo siento cada vez que me mira. Quien sabe que pensamientos anidarán en su cabeza. Sé que a cada año que pasa él ya me hizo daño de mil formas. Por eso espero que la ceremonia salga bien porque no creo que podamos seguir así. De no pasar nada sólo es cuestión de tiempo para que rompamos la paz de la ciudad y eso ─ supongo ─ es lo que más buscamos evitar.
Trato de distraer mi aversión con los paisajes de las montañas de los Toros. Sus cumbres blancas me tranquilizan, pero luego me vuelve la antipatía en cuanto lo escucho caminar. Quisiera creer que si yo estuviera en medio de aquellos picos podría tener conmigo al frío que calmara a este ardor. Si, quisiera creer, pero ya veremos, tal vez si haya una solución. Hoy hemos venido a ver si los dioses pueden hacer algo.
Admito que he venido sin ganas, de hecho, ni siquiera fue voluntad mía. Mi esposa fue la que se puso de acuerdo con la mujer del otro para que nos purgáramos los anatemas. Ellas buscaron en secreto a la hechicera y después de sacrificar nuestros ahorros contrataron a esa leona para que nos curara los rencores. Renegué como nunca y hecho un relámpago insulté a mi mujer. Ella me calló la boca y me dijo que cualquier cosa era preferible a que yo hiciera una tontería sin que me importaran los castigos que habrían de caer sobre la familia. La razón de sus palabras me dejó avergonzado. La saña de mis pensamientos no era algo que yo ignorara, al contrario, los tenía presentes, y en ellos había encontrado la certeza de que me valía más mi resentimiento y su resolución que el bienestar de mi familia. Por eso es que he aceptado venir aquí; porque sé que necesito solucionar esto. Quiero creer que después de todo yo soy un buen hombre y que puedo ponerme por encima de las cosas.
Por fin ha aparecido la sacerdotisa. Viene andando junto a un carnero. Desconozco cuál será su propósito o que parte tendrá en el ritual, pero ahí vienen los dos, juntos, caminando como si fueran la escena de una pesadilla. La mujer avanza entre el viento que mece la hierba; el animal le resopla a las alturas. El vestido de lino de la anciana ondea como una bandera y su gorro de piel gobierna los encrespados cabellos. Camina con el vigor de una chiquilla y pronto queda en frente nuestro. No hay mucho tiempo para admirarla porque, sin siquiera recobrar el aliento o exhalar un mínimo suspiro, ha quebrado el aire con su voz rasposa para hacernos reunir. Intimidados por sus ojos afilados nosotros no hacemos otra cosa que obedecer.
Ahora estamos en manos de la mujer. A pesar de las arrugas, de la caminata por la cuesta, de traer lazado el carnero; a pesar de todo, no hay nada de lastimoso en su figura, al contrario, se le ve fuerte, viva, envuelta de una neblina invisible que la eleva sobre todo. No sé explicarlo, pero ahora entiendo porque tiene tanta fama, y no es para menos. Su presencia es avasalladora y reconozco que su imagen me tranquiliza, pero también me hace temblar de repente.
Mastigga nos escudriña con esos ojos que tiene, helados, estériles, sin ninguna emoción. Sostenerle la mirada hace que se estremezcan los huesos, pero resisto lo mejor que se puede, porque no quiero que el otro piense que soy menos que él.
Me muestro dispuesto a las primeras palabras del ritual. Ella nos ordena emparejarnos hasta tener las caras pegadas. Es una posición desagradable porque siento la respiración del otro. Por unos momentos quedamos en silencio y “acostumbrándonos” al vecino que odiamos. Es como si la vieja quisiera enfrentarnos, pero antes de ello intentara provocarnos primero. Luego nos dice que, sin guardarnos nada, nos gritemos todas las cosas que no nos gustan del otro y que lo hagamos sin pasar de las palabras, porque si en el calor de la discusión alguno se atreviera a otra cosa, ella daría por concluida la ceremonia y tendríamos que atenernos a la justicia del rey. La amenaza nos cae como un rayo. Ya hemos sido castigados y aun cargamos con el dolor de esa primera sentencia.
Sin más yo he sido el elegido para empezar. Dudo en la mejor forma de hacerlo. De cierta forma me avergüenza soltar todo lo que traigo. No quiero darle a mi rival la satisfacción de tener más resentimiento que él. Por otro lado está Mastigga. Temo que me juzgue como un ciudadano rencoroso y que me acuse con los concejales de la ciudad, pero más deseoso de vaciar mi ira es que empiezo a hablar. Al principio lo hago con mesura; trato de no verme afectado y justifico de la mejor manera las ofensas que Suppili, mi vecino, ha cometido en contra mía a lo largo de su vida. Después me es difícil contenerme y me dejo llevar por la rabia. Con las entrañas ardiendo le vomitó todo lo amargo que tengo contra él.
Hablo de nuestras primeras diferencias, de sus trampas en los juegos, de sus travesuras contra mi familia. Mientras voy sacando todo el desprecio también me doy cuenta de que me voy apenando y es que lo que digo parecen pequeñeces y cosas insignificantes; no sé cómo expresarlas para que tengan el peso que realmente merecen. Es frustrante porque dentro de lo poco que he dicho sé que Suppilli me acusará de lo mismo. Si, también le he hecho alguna que otra tontería y ahora todos esos actos se revuelven y de pronto no parecen tan grandes. Es como si me hubiera enojado por nada y solo tuviera que haberlo sacado para que dejara de afectarme. Desconozco si en esto que voy aprendiendo hay algo de la magia de la bruja. Ella ha lidiado con la enemistad toda su vida. Es bien sabido que para ella el odio es la peor enfermedad y ha convencido a nuestro rey de que a la menor rencilla el propio estado debe intervenir. Dicen que esa es la fuerza de nuestro imperio: la diplomacia que se alza sobre todos los problemas. Aunque en el fondo yo siempre he pensado que esto de mediar acuerdos es como regañar a los leopardos para que no se coman a las cabras. En la misma medida, ir contra el odio es ir contra la naturaleza y no creo que seamos tan fuertes.
Lo hice. Desahogué mi bilis en la fea cara de Suppili. Lo último lo dije conteniéndome lo mejor que pude y que milagro ha sido no lanzármele encima. Fue difícil soportar su mueca de estúpido, como de desafío. Su falsa dignidad me enferma, pero ahora le toca a él. Seguramente su retribución será buena. Ni modo, me he dejado lo más importante, pero de eso puedo hablar: hacerlo me condenaría.
Y ha empezado. Con su furia creciente me va salpicando de saliva. A cada acusación y señalamiento que hace siento que me vuelvo a encender. No sé si yo tenga la cara más roja que él; puede que sí, porque siento que me llamean los ojos a cada palabra que dice. Como esperaba, me ha reclamado las travesuras de niños, los ápodos, las burlas, los golpes, las revolcadas, las bromas de mala fe, todo, absolutamente todo me lo ha achacado a mí. Algunas de esas “barbaridades” ─ como él las llama ─ yo las reconozco, pero él las hace más grandes de lo que son y de otras ni siquiera sé de qué está hablando. Está claro que ha buscado un culpable para que se adueñe de todo ese desprecio que tiene guardado ¿Y quién mejor que yo? Al menos veo que tiene el mismo problema: lo que dice no suena tan alarmante como para qué Mastigga le dé la razón sobre mí. Ese es mi mayor temor: que la bruja se erija como la juez de nuestra rivalidad. La idea de ella favoreciendo a Suppili me aterra. Preferiría la muerte a que reconozca públicamente su causa. Afortunadamente no ha pasado nada de eso, y lo mejor es que siento que no pasará. Al final, cuando él ha callado casi estuvo a punto de hablar de lo prohibido… En serio, estuvo a punto y cuando intuí sus intenciones el estómago se me revolvió en una punzada. Le pegó a eso que más me duele y en serio que lo maldije, pero también otra parte de mi se alegró porque estaba incumpliendo un mandato real, y la bruja tenía todo el poder para castigarlo. Por desgracia se ha arrepentido y la voz se le murió con las primeras palabras. Al parecer quedamos igual. Nos hemos dicho casi lo mismo, y al menos, de mi lado, deshacerme de un poco de lo que traía adentro me ha liberado un poco.
Mastigga nunca dijo nada mientras nosotros “hablábamos”. Su cara, como corteza de cedro, apenas y se ha movido. El carnero bajo sus pies se retuerce furioso, pero quien sabe de dónde saque tanta vitalidad la vieja, quien con solo una mano puede sosegarlo. Es tan extraño, juraría que al menos el animal pesa el doble de lo de ella.
Después de unos momentos, dónde el viento retoza con escándalo junto a nosotros, ella habla por fin. De pronto se ha exaltado diciéndonos que hemos fallado al compromiso de decirnos todo; que esto es algo serio y que solo nos dará otra oportunidad para volverlo a hacer. Ella sabe. No sé si realmente sus sentidos sean muy agudos o antes de venir haya investigado sobre nosotros, pero de algo si estoy seguro, su voz impone autoridad e ir en contra de ella parece la peor de las respuestas. Para tranquilidad nuestra nos ha liberado del juramento solo para que no reprimamos los sentimientos que llevamos. De nuevo me toca empezar. Me tomo unos segundos para meditar, pues quiero que todo lo que diga llevé el peso del dolor que me he enterrado.
Cuando pronuncio el nombre de mi hija siento que se me aplasta el corazón. Mi voz apenas y puede soportar las letras de su nombre. El sonido de mis labios recorre la campiña y parece que retumba en la tierra. He estrujado una herida delicada y ahora esta bulle con todo su dolor por mis sentidos. Pero ya he empezado y no puedo detenerme.
Mi única hija creció como el más precioso de los seres. Era alta, risueña y en sus coletas castañas iba enmarcada la sonrisa más valiosa. Era un verdadero tesoro y yo la amaba, y aunque sabía que llegado el momento escogería su propio camino: nunca me hubiera imaginado que sería seducida por el hijo de Suppilli. La cercanía de nuestras casas, que tuvieran la misma edad y que yo estuviera todo el tiempo ocupado en el trabajo y los movimientos de mi vecino, seguro ayudaron a que el muchacho usara sus artimañas contra ella. Mi hija se «enamoró» del muchacho, o al menos era eso lo que ella me decía entre lagrima viva; mi esposa la secundaba. Naturalmente me opuse porque no podía concebir que mi Alluwa acabara unida a esa familia de chacales. Así abrí la distancia entre nosotros. En un principio creía que mi amor de padre sería suficiente para convencerla de que recapacitara, pero ella se encaprichó con el otro, y estoy seguro que el muchacho la manipuló para que se apartara de mí. Acabé con Suppilli dándome de golpes y desde ahí, como patriarcas de nuestra familia terminamos de zanjar el desprecio entre nosotros. Separamos a los muchachos y recluí a Alluwa creyendo que la madurez de vivir poco a poco me traería su perdón. Renuncié al cariño de mi hija y me gané su odio, pero todo lo hice por su bienestar. Ese es el mayor acto que puede dar un padre, pero ella no lo entendió. Por otro lado, el muchacho de Suppilli trató de abordarme para explicarme que sus sentimientos eran verdaderos. Entendí porque mi hija estaba obsesionada. Él era hábil con las palabras, y hasta hubiera pasado por un buen yerno, pero al final lo rechacé, por que conocía a su papá y sabía que nada bueno podía salir de un hombre así. Por esas épocas hubo un reclutamiento general desde Hattusa y el muchacho salió elegido. La noticia me alegró aunque dejó devastada a la niña. Dentro de todo, yo esperé que la distancia acabaría de matar ese amor adolescente ¿Cómo imaginar que todo acabaría en tragedia? Estábamos en guerra contra la tierras del Nilo, el vasto imperio que tiene su reino en las doradas arenas del sur. La prueba para nuestra civilización era enorme, pero nosotros siempre hemos sido fuertes y desde la capital se creía en la gloria de nuestro país. Comenzaron las campañas de Kadesh y todos, como ciudadanos, redoblamos los esfuerzos para garantizar las provisiones del ejército. Con el muchacho lejos le volví a dar libertad a Alluwa, luego, ella desapareció…
Esas semanas fueron horribles. No tuve ninguna noticia suya y las autoridades del pueblo estaban tan ocupadas con los suministros que poco pudieron hacer por este viejo. Un mes después de su ausencia, cuando venía de la granja, encontré a unos soldados apostados en mi puerta: la habían encontrado. Esa debió ser la última vez que me alegré tan abiertamente: me había adelantado. La verdad era que ella se había fugado con el hijo de Suppilli. Lo habían planeado desde hace mucho: él se uniría a un regimiento y desde allá desertaría; ella lo alcanzaría después. Les había salido todo perfecto pero poco les duró el gusto pues una patrulla los reconoció cerca de Ugarit. Los aprehendieron y los trajeron de vuelta. La cara se me heló de espanto con la noticia. Más allá de que me sintiera traicionado, estaba la convicción de que todo acabaría de la forma más horrible y por eso no he podido dejar de retorcerme.
La desobediencia al rey es la peor de las ofensas que puede cometer un hitita. Se paga con la vida y la pena no es individual, sino que se castiga también a las familias de los rebeldes. Sabiendo nuestro historial de disputas y que realmente nunca habíamos consentido la unión de los muchachos, fuimos perdonados por los jueces. Mis suplicas de nada sirvieron. La ejecución se llevó a cabo y a mi niña me la regresaron chamuscada, vuelta algo menos que un carbón maloliente. Se nos hizo jurar que a partir de ahí viviríamos en paz como vecinos y que nunca habríamos de reclamar las consecuencias de la irresponsabilidad de nuestros hijos. El tema fue sellado y con el corazón arrancado tuve que seguir adelante. Mi odio por Suppilli y su familia creció con el tiempo, y yo concluí que, si su muchacho no hubiera cometido la tontería de fijarse en Alluwa, aun la tendría conmigo. Mi vecino es tan culpable como el hijo porque solo él podría criar a un hombre tan conflictivo. El odio a ellos también me trajo mi propia carga de culpa y a veces llegué a recriminarme el haberle negado a la muchacha la oportunidad de hacer su voluntad.
Todo esto lo he dicho con los puños apretados. Mastigga no me ha dejado de mirar mientras el otro se apresta a decir lo suyo. Siento que he vomitado todo el dolor del mundo. Las lágrimas me escurren y no me importa que me mire mi enemigo ¡Qué sepa todo lo que me produce su figura!
Sacarme todo desde las vísceras me ha desmejorado, pero de alguna forma mi cuerpo ha rejuvenecido. Es como si me hubiera visto obligado a ir a toda partes con una carreta a cuestas, y de pronto, de la nada, alguien me dijera que ya no debería llevarla, que debería moverme únicamente bajo el rigor de mis pies. Algo dentro de mí se siente descansado pero la sensación no dura mucho porque Suppilli ha comenzado a hablar y yo armado de todo lo que no creo tener, debo escucharlo.
Suppilli, se ha metido con mi hija. La ha tachado de inmoral y seductora. Dice que fue ella la que enredó a su hijo y la culpable de que perdiera el camino. Es difícil tolerar sus mentiras, pero Mastigga me mantiene a raya con su severidad. Reuno las fuerzas que me quedan y dejó que mi vecino descargue su odio contra mí. Ahora, veo que nos hemos guardado tanto y no puedo creer que hayamos soportado tanta oscuridad. Por fin terminó de hablar, y parece que el viento se ha revuelto con las palabras que ha dicho. Poco a poco se levantan los remolinos en la colina y dónde ha quedado jadeando mi vecino, yo he visto otra persona que no había visto antes. No quiero admitirlo, pero una simpatía remota me surge por mi rival. Reconozco entre sus lagrimas amargas a los mismos sentimientos que me agobian. Es el dolor de un padre herido que ha de cargar con el peso de una pérdida irreparable y junto a eso irá el remordimiento, la responsabilidad y el amor propio. Y me sigue ardiendo lo que me dijo, pero también me tocan sus lágrimas. Ya no podemos más, bajamos los ojos y nos dejamos escurrir mientras miramos nuestras botas. Mastigga, duro testigo de nuestras declaraciones, acomoda su semblante. Apenas y le asoma una discreta mueca de su cara arrugada. Parece complacida. Creo que hemos hecho tal y como esperaba.
De pronto, un sonido horrible ha cortado de tajo la “tranquilidad” del ritual y es que sin anticiparnos a nada la bruja a tumbado el carnero al suelo y este ha lanzado un grito que nos ha estremecido. Vemos al animal retorcerse con todas sus fuerzas, pero es inútil, no sirve de nada. Es él contra Mastigga y pronto la bestia se rinde a las habilidades de la vieja. Ella nos explica la siguiente parte del rito: ahora debemos decir el nombre del otro y luego escupir dentro de la boca del carnero. Como me siento subyugado por la superioridad de la mujer, obedezco sin la más mínima objeción. Entonces acerco la cara al animal y arrojo el escupitajo a su boca, no sin sentir antes su aliento apestoso; Suppilli hace lo mismo. Una vez cumplidas las ordenes de Mastigga, aguardamos a que ella haga su magia.
Creí que haría una especie de llamamiento al cielo o qué pronunciaría alguna fórmula secreta que solo en sus labios tendría efecto, pero no. En lugar de eso ha hecho algo que nos ha aterrorizado. Después de que le apretó el hocico al carnero para que se pasara nuestros gargajos ella sacó una daga de bronce y degolló al animal. Lo hizo en un parpadeo ¡Qué mujer tan temible! Juro que nunca había visto tal destreza ni en el soldado mas renombrado. Creo que vio nuestra turbación y con toda la calma de la tierra, nos ha dicho que no nos preocupemos, que ahora ella pedirá a los dioses que intervengan en nuestra reyerta. Nos consuela diciéndonos que dará buena fe de nuestra voluntad en enmendar las cosas y que ahora todo quedará en sus manos. La vieja nos explica que enterrará “el mal” y que orará por nuestra sanación. Sin más, nos ordena regresar en paz al pueblo.
Vamos bajando a nuestra bella Kizzuwatna. Lo hacemos en una incomoda procesión. Ninguno le da la espalda al otro. Aunque ahora tengamos cierta bendición divina aun no confiamos que sea suficiente para mitigar los rencores. No sé si alguna vez pueda perdonar a Suppilli. Tal sólo vez pueda hacerlo en cuanto lo haga conmigo. Pienso esto mientras veo las calzadas del pueblo que ya asoman claras en el horizonte. Por ellas va desfilando el hormiguero de gente que es nuestra ciudad ¿Cuántos de ellos vivirán igual que nosotros? Tal pregunta me entristece pero no hay tiempo para respuestas. Pronto estaremos allá: haciendo la eterna voluntad de nuestras acciones. Que bien se siente mirar hacia adelante. Lo que dejamos atrás nos escalofría la espalda y no es para menos. Los clamores de Mastigga quiebran el aire y se nos entierran en los oídos. El puro sonido hiere la sensibilidad, pero ahí dónde nosotros escuchamos cosas horribles tal vez los cielos oigan otra cosa. La verdad, no sé qué creer; porque si desde arriba no nos llega la paz, entonces tendremos que vivir con lo que los cielos no pueden deshacer, y no, no me hago a la idea.