Menina

En una gran casona del norte de España una joven pareja confluye en la agitación de sus más nerviosos temores. Ellos arden en una conversación desde donde buscan resolver la oportunidad que su apellido siempre ha buscado: una eventual alianza con el linaje del rey.

─ Querido, tenemos doce horas hasta que inicie la celebración. Debemos planear todo con mucho cuidado

─ Estás segura que debemos obrar tanto siendo este solo un encuentro social de los más común.

─ Claro, debemos anticiparnos a los Velázquez, a los Bravo y a los Muñoz. Ellos no fueron invitados y nosotros sí. Tenemos que aprovechar esta oportunidad para hacer méritos con el conde y acercar a nuestra hija con su heredero. Estas pequeñas convivencias a edad tan temprana son las que más guardan en su memoria los muchachos. Ya verás que al estrecharse entre los juegos habrá de ir creciendo en ellos el cariño, y así en un futuro cercano nuestra casa quedará asegurada con su unión.

─ Siendo así, pues que no se hable más, querida. Le daré la orden al mayordomo para que se arreglé a la niña como es debido. Debemos aprovechar las virtudes de la pequeña y dejarla hasta mas guapa que la mismísima princesa. Estoy pensando que deberíamos aprovechar la ocasión para retratarla y enviar al conde como muestra de buena fe al cuadro resultante.

─ Esa es una excelente idea. Hay que hacer la ordenanza de la contratación de un buen artista. Hoy hay mucho trabajo que hacer ¡Que así se haga todo! Me despido, querido. Debo apresurarme a preparar el salón y el banquete ¿Puedes tú encargarte de la niña?

─ Si…

En la planta baja de la casa, el señor hizo el llamado a su mayordomo. Este se acercó con solemnidad y acomedido se puso a disposición del señor.

─ Armando, al rato en la noche vendrá alguien muy importante. Es menester que la infanta quedé arreglada para la ocasión. Deseo que cada detalle en ella sea tan perfecto que hasta deslumbre a los ángeles. Además, quiero que mandes traer al retratista y que lo hagas con suma urgencia. Queremos perpetuar la imagen de la niña para atesorar el momento de su infancia más tierna.  

─ Cómo ordene, señor

El mayordomo se apartó de su patrón meditando la mejor forma de proceder con el encargo. No quería dejarlo como una simple tarea delegada a la servidumbre si no que también quería participar activamente en esta. Vio en la encomienda a una pequeña oportunidad para conseguir ese puesto de administrador que tanto deseaba para tener un tranquilo retiro. Entonces con las intenciones ocultas pero centrado en el éxito deseado de la petición fue a buscar al ama de llaves.

En la cocina, doña Pilar, estaba supervisando el trabajo de los cocineros. Repartía ordenes y regaños con continuas promesas de escarmiento. Se paseaba como dueña y señora de esos cuartos y así estaba, ejerciendo libremente su autoridad, cuando vino a encontrarla el mayordomo.

─ Señora Pilar, le ruego encarecidamente que dejé lo que está haciendo y se dedique en cuerpo y alma a cumplir la siguiente orden del señor. Hoy la niña será retratada y para ello los patrones han dispuesto que se le embellezca conforme a la ocasión. Es de mucha prioridad que se vigile su correcto aseo y vestidura.

─ Está bien.

La ama de llaves miró con amargura al cuerpo esmirriado de don Armando mientras este se desvanecía en el pasillo. Pensó en la nueva tarea que le habían encargado. En su mente idealizó la imagen de la niña vestida y, junto a esa escena, imaginó el reconocimiento que le darían los patrones de la casa por el cumplimiento tan cabal de sus órdenes. Vio incluido entre esas consideraciones a su marido ─ el jardinero ─ a quien doña Pilar planeaba desde hace años convertir en el nuevo mayordomo. Pensó que la persona más capaz para arreglar a la niña sería la institutriz, pero como esta llegaba hasta la tarde, entonces facultó la tarea a la criada más joven. Fue a buscarla.

María estaba limpiando la mugre de las ollas en una tina de madera llena de Jabón de Castilla. Sin mediar siquiera un saludo, doña Pilar la abordó y la ordeno levantarse. La muchacha se acomodó los negros cabellos y se seco las manos en el delantal. Casi con temor miró a la señora.

─ Muchacha, necesito que arregles muy bien a la niña. Tienes permiso de ir a su cuarto. La metes a bañar, luego haz que te enseñe su mejor vestido y se lo pones, después la peinas, le aceitas el cabello y le perfumas la cara. Corre, mujer. Tiene que quedar toda perfecta. Ya en un rato terminarás lo que hacías.

─ Como diga, señora.

La muchacha no se atrevió a replicar, aunque el miedo la embargaba con semejante tarea. Apenas y contaba con ese trabajo para sobrellevar su vida inestable. Deseó que esta nueva responsabilidad saliera bien, pues en la conclusión de todo quería creer que habría algún aumento que la ayudara a tener una vida más digna. Así llegó a la habitación, saludó a la infanta, tragó saliva y luego se aprestó para cumplir el encargo.

A pesar de la torpeza de la chica y de la poca experiencia que tenía en el ejercicio de la vanidad y la ostentación, la niña de la casa fue quedando como la viva representación de una princesa. El vestido largo y sedoso, solo ayudó a enmarcar los dulces rasgos de la pequeña, que con su cara lavada y los cabellos dorados realmente parecía un ángel. La niña fue recibida por el ama de llaves, quien orgullosa se la llevó al mayordomo y este último a los señores.

Al caer la tarde, la institutriz llegó a la casona para cumplir con su respectiva clase habitual. Mientras la adolescente atravesaba la entrada alcanzó a percibir la agitación que turbaba la casa. El jardín estaba muy arreglado y los pasillos sencillamente impecables. Intuyó que tal vez habría alguna reunión organizada por los señores, pero se extrañó de que no fuera notificada para así suspender la instrucción a Menina. Cuando llegó al recibidor se sorprendió de ver en la estancia a una gran multitud y toda ella giraba en torno a su alumna. La chica recién llegada fue a saludar a la niña.

─ ¿Menina, porque estás tan arreglada?

─ Porque debo verme guapa.

─ ¿Y para qué?

─ Pues no lo sé.

Bajo el preciso trazo del pincel fueron formándose las líneas que inmortalizaron la belleza de la niña. Cuando el artista concluyó la obra todos quedaron boquiabiertos. En frente de ellos yacía la ensoñación de un espejismo, pues costaba distinguir si la niña era tan bella como el cuadro o el cuadro tan bello como la niña. Cada persona en la casa miraban con deleite la perfección de sus matices. Se les veía felices y no era para menos, en los atributos de la pequeña estaban las esperanzas de los presentes. Y así quedó la casa en aquella tarde: con Menina en su interior, su belleza angelical, y las ambiciones voraces de todos sus conocidos; afuera María lavaba los trastes.

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