Azúcar

Elena se miraba con detalle en el espejo; se miraba y se compadecía porque reflejado en el cristal estaba lo que más odiaba: su cuerpo. Sus manos atenazadas pellizcaban los excesos que tenía en la barriga, y la muchacha se envenenaba al ver los tristes volúmenes que le colgaban de los demás lados. Si fuera una época cualquiera, ella hubiera podido sobrellevar los complejos que le producía su figura, pero esa tarde por fin sus papás le confirmaron lo que tanto esperaba: le organizarían una fiesta de cumpleaños, y para ello le habían pedido que fuera dando la noticia en su escuela. Elena les asintió con la sonrisa fingida, sus papás poco podían saber que las clases eran un calvario para la hija. Así, ella, se echó la ansiedad encima por todo lo que le habría de venir. Su sueño siempre había sido tener el reconocimiento de sus compañeros, y en ello iba el ser popular, el tener un novio, que la respetaran y que fuera notada de la mejor manera. Esos podrían ser los anhelos de cualquier chica común y corriente, pero para desgracia de Elena, ser adinerada, obesa e inteligente le reservaba otra clase de atención.

La niña miró el calendario y se reconfortó al ver que aún faltaba un mes y medio para la fiesta. Creyó que era el tiempo suficiente para conseguir invitados y una silueta más delgada. Elena tenía mucha imaginación y todavía más ansias de cariño, y con todo eso, no podía dejar de fantasear con la noche de su fiesta: ella en el centro del salón, envuelta de un precioso vestido azul, y a la vista de sus conocidos. La muchacha volvió en sí, porque para que todo eso pasara primero tendría que armarse de valor al día siguiente y enfrentarse al miedo que le producían sus compañeros. La posibilidad del rechazo casi la puso al borde del pánico. Pensó que lo mejor sería no agobiarse más por ese día, ya mañana durante la escuela vería que hacer con las invitaciones. De momento, la preocupación le roía el estómago y necesitaba comer algo con urgencia. Ya pensaría en la dieta después.

Ese lunes estuvo más nerviosa en la escuela que de costumbre. Para desahogar un poco el hueco que llevaba en la panza, le contó a su mejor amiga sobre la próxima fiesta. Josefina era la otra niña aplicada del salón y como era muy humilde, el comentario de Elena la hirió. Josefina pensó a su vez en la fiesta de XV años que le negaron sus padres y luego trató de darle la menor importancia. Tocada en su interior, la otra chica felicitó a Elena de la forma más sincera que pudo. Juntas comenzaron a planificar la mejor manera de invitar a los chicos al evento.

Venían entrando del receso y mientras llegaba el profesor de Geografía, los adolescentes esperaban platicando en sus respectivas bolitas. El murmullo de las groserías y las carcajadas era ensordecedor. Elena y Josefina vieron su oportunidad y se acercaron nerviosas al grupo de Alfredo. Estos tardaron en notarlas y cuando Elena les hizo la invitación sintió que se desmayaba. No podía dejar de admirar los rasgos de los muchachos que ahora tenía tan cerca. Ellos la miraron con dureza y luego Alfredo le contestó que lo pensaría para confirmarle después. Elena aceptó y regreso a su lugar con la cara roja, el sudor escurriendo y una gratificante sensación liberadora. Ya lo había hecho: se había atrevido.

Los días pasaron, y la respuesta de Alfredo no llegaba. Elena a cada día se moría de la angustia. Conforme pasó esa semana fue invitando al resto de sus compañeros. Todos la miraban con incomodidad y le agradecían el gesto, pero la muchacha no podía dejar de sentirse intranquila con la duda que les veía en las caras. En cierta forma la iniciativa que había tomado le devolvió un poco la seguridad en sí misma. Las últimas invitaciones ya le habían salido con naturalidad, y parte de esa fluidez hacía que la gente poco a poco fuera interesándose de verdad en la fiesta. Para el viernes de esa semana Elena se sentía orgullosa de haber superado ese primer desafío. Había invitado a todos, bueno casi a todos, pues le había faltado Mario.

Él, alguna vez fue su amigo de la infancia. Ambos habían pasado un par de veranos leyendo historias y también jugando a representarlas. En ese corto periodo de tiempo se habían vuelto compañeros de aventuras y Elena realmente lo tuvo presente en cuanto supo que la cambiarían de primaria resultado de todo el acoso y los maltratos de sus compañeros. Luego, cuando regresó a la ciudad ellos volvieron a coincidir en la secundaria, pero ya no fue lo mismo. Una timidez infundada los hizo no hablarse. Ahora que para la muchacha la atención por el sexo opuesto era una prioridad había notado que a Mario le había caído muy mal la pubertad, casi tanto o peor que a ella. Mario era un gigante con una amplia panza, unos bigotes que parecían pelos de mosca, olía mal, y se fajaba la playera hasta en los shorts. De lejos podía ser el recuerdo del tierno niño con el que ella había pasado sus tardes. Si antes le había tenido cariño ahora eso iba disfrazado con el desprecio que secretamente le prodigaba y todo porque uno de los peores días de su vida había sido culpa de él.

En primer año había sido elegida para hacer una exposición acerca de su libro favorito, y para hacerlo bien, ella estudió y practicó su presencia en público. La presentación que hizo fue tan perfecta que el ardor con el que habló contagió a sus compañeros de la calidez que tenía en su interior. Cuando terminó y llegó a la parte de las preguntas, Mario levantó la mano sonriendo. Elena no entendió que pretendía, pero igual trató de responder a sus preguntas. Cuando se sintió rodeada de tantas miradas fue perdiendo la fortaleza y empezó a titubear, Mario le seguía preguntando y ella visiblemente avergonzada empezó a enredar las palabras para salir del apuro. Tanta atención la abrumó y acabó descomponiéndose para sorpresa de todos. Suplicó con un grito que la dejaran de mirar y regresó hecha una regadera a su asiento. A Mario lo volvió culpable de esa humillación y desde ahí anidó rencor por él.

En casa de Elena la expectación por la fiesta iba creciendo. Ya estaba apartado el mejor salón que había en el poblado, se había contratado músicos, y habían circulados los avisos entre los familiares. Elena incluso había hecho el compromiso consigo misma para bajar de peso y así poder resaltar en aquel día. Trataba de disminuir su voracidad y pedía menos comida de la que siempre acostumbraba. Sus padres entendieron que esto lo hacía para ella, y admiraron la entereza de la hija, sólo que ella siempre fallaba, comía poco en frente de ellos y luego cuando pensaba en la fiesta, en la escuela, y en toda su vida, se sentía oprimida de preocupaciones y bajaba en el impulso a buscar algo a la cocina. Después de consumar los impulsos de sus vicios caía en el castigo de los remordimientos y la autocompasión. Por último, con la lejanía de la fiesta terminaba de engañarse de que aún era posible cambiar. Así posponía la disciplina que pensaba le sería fácil lograr en cuanto se comprometiera de verdad.

En la escuela la sorprendió el acercamiento de la pandilla de Alfredo: habían aceptado. Elena les dio las gracias con mucha emoción, acordaron la fecha y el lugar y se despidieron como si no hubiera pasado nada. La muchacha apenas y podía contener la felicidad ese día. Pensó ella que a lo mejor ese sería el inicio del acomodo que necesitaba para que su fiesta fuera como ella esperaba.

El nerviosismo fue desmejorando a la muchacha conforme pasaron los días. Entre más se agobiaba más sentía el impulso de comer. Comenzó a lastimarse la garganta con el dedo, y solo cayó más en la depresión de saberse gorda. Fue aumentando de peso, y su humor siempre anduvo de malas. Más de un pleito se echó con sus papás. A ellos los culpaba de todo, pero en las noches amargas, que eran todas, Elena terminaba reconociendo que solo ella podía ser responsable de sus fracasos.

Pasaron las semanas y Elena fue con su mamá a escoger el vestido. La muchacha entró contenta en la tienda. Sus esperanzas volaron con las sedas y los satinados con los que se imaginó vestida. Pero la realidad, la cruel realidad, le quitó la dulzura de la boca pues no encontraron un vestido de su talla. Se tuvo que hacer algo a la medida, fueron con el sastre y el pedido quedó hecho. Elena regresó apagada a su casa, ya poca luz había en sus ciento y diez kilos, con respecto a la inminente fiesta.

El sábado de la reunión Elena aguardaba nerviosa mientras le retocaban su maquillaje. Pocas veces se había arreglado de verdad y una creciente vanidad le fue surgiendo de pronto. Reconoció en el espejo a una Elena que deslumbraba más de lo que esperaba. Con ese pensamiento se lanzó al salón, nerviosa, emocionada y esperando que fuera una noche para no olvidar.

En la fiesta tuvo que aprender a convivir al ritmo que imponían los demás invitados. Trató de mezclarse en las mesas de sus compañeros, pero poco pudo conseguir. De Alfredo apenas y recibió un saludo, y tuvo que contentarse con saber que si había asistido a su fiesta. De lejos lo miró mientras estaba en su mesa rodeada de muchachas, humo de cigarros y cervezas. Al principio lo había admirado, pero conforme llegó la noche no pudo mas que sentir una mala impresión de él.

De los demás asistentes recibió pocas sorpresas excepto de Mario, quien con su presencia inesperada había llegado casi transformado. Había acudido en un traje azul y con amabilidad felicitó y dio su regalo a Elena, luego con solemnidad fue a retirarse a las mesas dónde estaba con sus amigos. La fiesta avanzó y la chica se divirtió junto a sus compañeros y con todos trató de platicar, aunque fuera un poco. Se sentía animada, había bebido un poco a escondidas y eso había ayudado a apagar su seriedad habitual; hasta disfrutó cuando Mario la sacó a bailar. Por una hora se sintió como parte de ellos y hasta le vino el sentimiento de que esos momentos podrían ser el inicio de una naciente amistad y de un cambio de planes en la rutina escolar. Pero se hizo tarde y, poco a poco, fue vaciándose el salón. Terminó la fiesta.

Elena llegó a su cuarto agotada por el día, le daba vueltas todo y aunque la habían regañado por beber, ella no se arrepintió de haberlo hecho. Aunque las cosas no habían salido como esperaba, la experiencia de la noche le había dejado una agradable sensación. Como estaba toda movida por dentro y no quería dormir ella comenzó a abrir sus regalos. Solo halló las mismas cosas que siempre le daban: ropa, carteras y libros, nada con lo que no contara ya. De pronto se acordó del regalo de Mario y, la curiosidad la embargó; lo abrió apresurada. No pudo evitar asombrarse y luego sonreír en cuanto vio el contenido: era toda la serie de sus libros favoritos en una edición conmemorativa. Ese pequeño detalle proveniente de la persona que menos esperaba la hizo dormir con tranquilidad.

Al día siguiente Elena fue sorprendida por el trato especial que recibió de sus compañeros. La miraban a los ojos, la saludaban cuando pasaba y mas de uno la volvió a felicitar por la fiesta del día anterior. Ella no conseguía entender como una simple celebración había podido cambiar tanto. Se dejó llevar un poco, pero la idea de que este nuevo trato hacía su persona viniera de algo tan material no le agradó mucho. Ella no lo sabía, pero la amabilidad de los demás era honesta. Únicamente habían tenido la oportunidad de conocer un poco mejor a Elena la noche anterior y con ello descubrieron que les agradaba. Por alguna razón, la chica no dejaba de pensar en Mario y mas de una vez se distrajo de las clases para buscarlo con su mirada. Esperaba en el impulso descubrirlo haciendo lo mismo, pero ni una sola vez pasó. De todos modos, juró esperarlo para agradecerle personalmente por el regalo tan bonito que le dio el día anterior.

La muchacha esperó al chico tal como había prometido. Le expresó su gratitud por el detalle y este a su vez le hizo plática sobre la fiesta. El tiempo se les fue y se quedaron platicando hasta que todos ya se habían ido. Luego Mario la acompañó a su casa, en un viaje lleno larguísimo y lleno de risas que a los dos se les antojó corto.

Dos meses después, Elena se paseaba por la escuela con su nuevo novio. Muchos los criticaron, pero a ellos no les importaba ─ como tenía que ser ─. La chica entendió que tal vez nunca iba a verse atractiva con sus propios ojos, pero que importaba si Mario la hacía sentirse así. Agradeció a Dios por la fiesta de cumpleaños que no terminó como ella quería, pero que en todo su estrés le había traído algo mejor.

Disfrutaron el resto de la secundaria juntos y con sus cuerpos imperfectos supieron darse el amor más perfecto.

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