El ojo sin párpado

Escribo esta entrada en mi blog ─ tal vez la última ─ para dejar un testimonio que sirva de advertencia o cuando menos de precaución para todos aquellos que quieran entrar a la “Dark Web”. Sé que el morbo y la curiosidad por entrar a las profundidades de internet a más de uno le habrá intrigado, y también intuyo que poca persuasión podrá provocar el honesto aviso de este informático, pero, en serio, de corazón, espero que mi experiencia sirva como una especie de catarsis para alejar a todos aquellos que quieran aventurarse a los insondables abismos de nuestras redes. Yo lo hice, y como consecuencia mi tranquilidad se ha roto. Ahora vivo vigilado por una sombra que me ha ido cercando a cada día. Sé que en cualquier momento esa cosa se cernirá sobre mí y, antes de que eso pase, quiero referirles mi historia.

Siempre tuve curiosidad ─ como todos ─ por la Deep Web que es toda esa parte que ocultan los navegadores en las búsquedas que hacemos. Hay que entender que una pequeña proporción de la información contenida en internet es la que se nos muestra, y la incuantificable cantidad de datos restantes simplemente no son indexados de las lista final de resultados. La leyenda negra asociada a esta porción no está exenta de mitos y exageraciones, pero también, por otro lado, en ella es posible hallar cosas que ni en nuestras ideas más repulsivas podríamos concebir. La famosa analogía del iceberg describe perfectamente todo esto. En la cima está todo lo que vemos con normalidad: redes sociales, investigaciones en Google, los videos en Youtube, el uso de nuestro correo y hasta lo que consideramos “inseguro” como la pornografía de páginas verificadas, pero, en cambio, si descendiéramos de la superficialidad de ese iceberg comenzaríamos a hallar cosas cada vez más perturbadoras. Mejor será que ustedes juzguen.

En ese primer domingo de Julio recuerdo que hacía un sol horrible. A pesar de que era temprano, las paredes de mi departamento ya exudaban agobio y la calle estaba repleta de ruido. El alboroto de la ciudad no me dejó dormir hasta tarde como habría esperado, pero, en cualquier caso, recuerdo que desperté emocionado por los planes que me había hecho. En la noche anterior me había desvelado investigando sobre teorías de conspiración y así caí de improviso en todo lo referente a la Deep web. Después de leer varias experiencias ajenas que me impresionaron y otras tantas que sentí irreales, decidí hacer un recorrido por mí mismo y para ello me tomé la velada para documentarme sobre las herramientas necesarias para hacer una inmersión con la mayor seguridad.

Pues a medio día de ese domingo decidí encender mi laptop para hacer las instalaciones necesarias. Primero una VPN que disfrazara el origen de mi ubicación, es decir de la nacionalidad asociada a mi IP, luego instalé uno de los programas más utilizados para hacer navegación profunda, y una vez hecho todo, cubrí con cinta la cámara de mi computadora. Así con un tutorial en mano, comencé a hacer el recorrido.

Quedé un tanto decepcionado de la bienvenida que me dio la famosa Deep web. Me imaginaba algo más visual, quizá. El Tor me mostró una pantalla de inicio llamada “The hidden Wiki” y realmente era eso. Un índice de enlaces con extensión “onion” que supuestamente estaban dentro de la red del navegador. Estas ligas correspondían a los distintos sitios anónimos que constantemente cambian su origen para ser indetectables a las autoridades cibernéticas. Con tales atributos no es difícil imaginar las ventajas que con ello pueden explotarse en el bajo mundo. Al ir picando en las ligas vi que el contenido era de lo más variado: desde páginas con software y juegos piratas, hasta foros para discutir las más diversas preguntas y teorías de conspiración. Entre más navegaba más me daba cuenta de que estaba entrando a un universo donde la moral y la ética estaban excluidas. Así, poco a poco, fueron apareciendo enlaces a sitios cada vez más tenebrosos: tutoriales para hacer bombas, manifiestos de asociaciones extremistas, catálogos de tarjetas clonadas, etc. Si, era cierto, dentro de la Deep Web estaba todo eso que se decía que estaba, había eso y más. Conforme me moví por las diferentes categorías de las “confiables” opciones que me ofrecía el navegador, fui encontrando cosas que me fueron estremeciendo. Creí que el apartado de servicios donde podías rentar hackers para obtener contraseñas, contratar sicarios para asesinatos, o comprar las más diversas drogas, sería de lo peor para hallar, pero de lejos llegaban al contenido alojado en las categorías de “erotica” y “video”.

Dicen que la personalidad está construida a partir de nuestras pulsiones sexuales. Unos lo aceptan tal cual, otros debaten y algunos más diversifican esta teoría, lo cierto es que esa pequeña oración se cumple cabalmente dentro de la enorme telaraña que es la red oscura ¿Como describir todo lo que ahí vi exhibido aquel día? Tan solo imaginarlo lastima mi sensibilidad. Creo que describiré superficialmente, pero sin dejar de sugerir el horror que yace escondido en nuestra supuesta elevación tecnológica. No importan los fetiches más retorcidos que uno pueda imaginar, ahí se es capaz de encontrarlos junto a muchas cosas peores. Salí de estas páginas con una sensación incomoda. Dudé en entrar en las otras galerías, pero por quitarme de una vez la curiosidad, y cierto deseo morboso que no voy a negar, volví a entrar a otro sitio ¡Ojalá no lo hubiera hecho! Esta página me produjo todavía más asco. Allí había filmaciones de accidentes, cuerpos, torturas, ejecuciones hechas por narcos y terroristas, y también una cantidad increíble de películas snuff que harían parecer a Holocausto Caníbal como un juego de niños. Recuerdo que los cachetes me comenzaron a doler por el desagrado y me sentí rebasado de tanta barbarie. Salí de ahí.

Simplemente no pude creer la enorme cantidad de visitas que tenía cada video. Lo peor fueron los comentarios que tenían los usuarios: todos eran anormalmente positivos. Es decir, alababan lo que pasaba en los videos. No pude evitar pensar en la enorme cantidad de psicópatas en potencia ─ y también consumados ─ que vivían en el historial de estos sitios. Creo que la cosa que más me hirió fue la idea de cuantificar el número de personas martirizadas a cambio de satisfacer todas esas desviaciones. Niños, mujeres, animales, todo aquello que veríamos como puro e inocente, acá irremediablemente, eran simples objetos usados para satisfacer las fantasías de gente degenerada. Ahora entiendo por qué siempre hay una vigilancia permanente de las policías del mundo sobre todas las actividades en estos lugares.

Definitivamente acababa de mirar por una ventana a lo peor que tenemos: la verdadera inhumanidad. Creo que esta sima nuestra no es más que un reflejo de todo lo que somos; la misma internet en si misma lo es. En todo ese tráfico cifrado y dominios perfectamente encriptados va oculta la vanidad, violencia, lujuria y todas las perversiones de las que sólo nosotros somos capaces.

Para ese punto ya tenía decidido que había tenido suficiente de la bien llamada “Dark Web”. Ya solo me dediqué a navegar por otros sitios que creí podrían redimir mi malestar derivado de tanta cosa desagradable. Ya nadamas entré a algunas páginas corrientes sobre documentos filtrados y demás foros con consejos para resolver problemas. Pienso que debí haber dejado esa necedad por seguir explorando en esos momentos, pero no, quise continuar. Aquí es dónde todo se complicó. De la nada recuerdo que mi computadora se puso blanca y el cursor quedó ciclado, luego vino una alerta diciéndome que el sistema no respondía. El pánico me atrapó.

Intenté hacer todas las cosas que uno hace cuando una página se traba. Abrí el administrador de tareas, intenté finalizar el proceso del navegador y le piqué a todos los botones de “cerrar” que me encontré: nada resultó. Pensé en darle “switchazo”, o sea, forzar el apagado con el botón de encendido, pero el temor de dejar caché con información mía me persuadió a no hacerlo. Entonces cerré mi lap unos minutos y cuando volví a abrirla, para mi sorpresa, ya se estaba cargando una nueva página con un nombre muy raro en ella. En cuanto se mostró la bienvenida del portal, eso sí, después de muchos minutos ─ porque si, la Deep web es muy lenta ─, quedé muy confundido con sus encabezados. Al parecer estaba escrita en una combinación de cirílico y caracteres chinos. Había fotografías en blanco y negro de científicos sonriendo, de instalaciones de laboratorios, de animales muertos y de cadáveres recostados sobre camillas. Casi parecía ser todo una especie de documental sobre investigaciones antiguas. No entendía nada y no quise arriesgarme a abrir un traductor para averiguarlo. Solo me seguí deslizando por la página y yo, agradecido de reponerme de ese primer susto y también cansado, decidí abandonar el sitio, pero ¡Ah!  ¡Aún faltaba más! El botón de regresar por alguna razón dejó de funcionar. Quise regresar al Home del navegador y tampoco pude, usé las teclas de página anterior y lo único que conseguí fue actualizar el sitio y volver a lo mismo. Recuerdo que me asusté como pocas veces lo había hecho.

Esa página me ponía nervioso entre más reparaba en sus detalles. Fuera de que no me dejara cerrarla, también traía el pensamiento de que yo sólo había llegado a ella cuando esta secuestró mi navegador. La idea de este sitio abriéndose a sí mismo por sobre toda la protección que supuestamente me ofrecía el Tor, me dejó aún más intranquilo. Me comencé a desesperar y cuando ya estaba convencido de apagar a la fuerza mi computadora una ventana emergente se adueñó de todo.

Aclaro que el recuadro que estaba sobre mi pantalla era aún más misterioso que el sitio original. Era una especie de alerta con una información indescifrable. Tenía el fondo negro, letras amarillas, un extraño icono y un botón con una cuenta regresiva. Estaba claro que era una especie de ventana para que yo aceptara alguna condición o pregunta que se me estaba haciendo, pero ¿Acaso yo sabía cuál? Me dio una punzada al reconocer entre los extraños caracteres a la palabra “México”. Recuerdo que me sentí tan inseguro y en serio que me maldije por haber esperado que el Tor me mantuviera a salvo de cualquier ataque o intento de hackeo. Naturalmente evité el botón y agoté todos los medios posibles para abandonar el recuadro. En mis intentos descubrí algo muy curioso, el icono tenía a un lado el dibujo de un sol en cuyo centro estaba un punto con lo que simulaba ser un ojo. Cada vez que movía el ratón del mouse, el punto, como si fuese un órgano vivo, seguía al cursor con su “mirada”. Esto se me hizo interesante pero también aumentó mi inquietud. Como la cuenta regresiva estaba próxima al cero decidí mejor apagar el equipo no importándome las consecuencias. Sorprendentemente, por más que presioné el botón, este no se apagó. Renegué como nunca y azoté mi computadora y le dije las mil groserías. Quise quitar la batería de mi laptop, pero tenía un muladar bajo ella que me hizo perder instantes valiosos. Entonces, vi que la cuenta llegó al cero y luego el botón se pulsó a sí mismo. Una pequeña consola negra se puso en primer plano. En el escaso parpadeó que duró esa ventanita abierta, vi como un log infinito de sentencias y oraciones desfiló por su fondo oscuro, luego se cerró solo, y la ventana emergente que se había apoderado de mi navegación también se esfumó. La página original de “Los científicos” volvió a aparecer, se puso en blanco y, de la nada, ya estaba otra vez en la página de inicio del Tor. Antes de cualquier cosa cerré todo y luego apagué la computadora.

En la tarde de ese domingo no podía quitarme la impresión que la experiencia me había dejado. La posesión de mi equipo por esa extraña página me obligó a pasarle decenas de barridas del antivirus. Conforme pasó el día recuperé la tranquilidad y para la noche salí a comprar algunas cosas al mercado que tengo casi a un lado de mi casa. Con todo y eso mi rutina volvió a la normalidad. Entre la oficina y una que otra salida sobrellevé esa semana. Cuando llegó el domingo siguiente tocaron a mi puerta. Extrañado salí a ver quién era pues no esperaba a nadie. Este sería el inicio de la segunda parte de la historia.

Al abrir la puerta preguntaron por mi nombre. Frente a mi había un empleado de un servicio de paquetería y me dijo que traía un envío para mí. Yo le dije que no había ordenado nada, y él me dio los datos que venían en el paquete. En efecto, estaba a nombre mío y con mi dirección. Como el de la entrega ya estaba exasperado y afuera hacía mucho calor, opté por recibir la entrega. De vuelta en mi departamento lo puse en el sillón para examinarlo. Por un momento creí que alguien me había mandado un regalo.

Al quitar la cubierta quedé sorprendido: el paquete era más pequeño de lo que hubiera esperado. Traía un conjunto de calcomanías y lo que parecían ser sellos aduanales. Lo que más me intrigó fue la escritura en las leyendas, si, ¡Todas estaban en cirílico! No pude evitar asociar algún tipo de conexión entre este paquete y mi fallida experiencia de la semana pasada. La curiosidad le ganó a la prudencia y abrí el paquete casi con compulsión. Adentro había una cajita apenas del tamaño de una lata de atún. La abrí despacio y vaya que me sentí decepcionado: en su fondo sólo había un pedazo de papel y lo que parecía ser un gusano muerto.

Primero tomé el papel y lo examiné. Parecía una muestra de perfumería, pero en el reverso traía una pequeña leyenda apenas visible: “Mojar con una gota de agua.” Eso era todo. De la otra cosa no puedo dar en este momento una definición más acertada que una babosa muerta y seca, apenas y del tamaño de un arroz.

Por un momento me pareció risible mi temor inicial, pero también con el paquete creció mi inquietud. Indagué en las etiquetas de la envoltura y ahí vi la ubicación del remitente. No tenía sentido que alguien me hiciera un envío desde un rincón tan alejado del mundo ¿Yo que tenía que ver con la Bielorrusia de Europa del este? Me sentí abrumado y recuerdo que se me vino de nuevo a la cabeza la página de los científicos. La idea de que yo hubiera sido víctima de algún ataque comenzó a materializarse con cada indicio que acumulaba: el país de origen del paquete, el malfuncionamiento de mi computadora en aquel día, el extraño mensaje con el botón y sobre todo la consola de instrucciones que quien sabe que operación había hecho en mi equipo. Además, de alguna forma habían obtenido mi domicilio, y eso no podía pasarlo por alto, quien sea que estuviera detrás de todo, tenía un alcance y unos recursos aterradores.

No pude frenar mi curiosidad por el objeto que me habían enviado. Entonces, recordé el instructivo. Más deseoso de seguir la corriente de mi paranoia, que, movido por la advertencia, decidí hacerle caso a la nota. Metí mi dedo en un vaso de agua y con mucho cuidado dejé caer una gota sobre el cuerpo inerte del gusano. Para mi extrañeza, el bicho comenzó a pulsar y de sus flácidas carnes alcanzó a percibirse la agitación de sus entrañas. Increíblemente, fue aumentando su tamaño, no en algo espectacular, pero definitivamente lo había hecho hasta alcanzar el tamaño de un pulgar. Para mi propia psicosis vi cómo fue transformando su silueta.

Me quedé embobado mirando la metamorfosis. Vi cómo le aparecieron unas pequeñas patitas al gusano; tres pares de ellas para ser preciso y todas parecían sostenerse desde un esqueleto interior. De la parte trasera se formó una pequeña protuberancia como cola. El cuerpo se volvió aún más negro, de un color casi tan repulsivo, como el que tienen las sanguijuelas. Pero de todo, nada podía compararse con lo que pasó en su cabeza ─ porque si, le salió una ─. Primero fue alargando su frente sobre el suelo de la caja, luego cuando más o menos tuvo la forma de un bulbo, esta fue despegándose del piso. Fue alzando esa extremidad y, cuando estuvo en ángulo recto, se incorporó de un instante descubriendo en el acto un horrible ojo.

Recuerdo que se me escalofrió el cuerpo: ese ojo era espantoso, y entonces me di cuenta de que no era el único. Alrededor del ocelo fueron abriéndose unos poros diminutos desde los que brotaron varios ojales más pequeños, todos ellos dispuestos en un perfecto circulo armónico. No pude evitar pensar de nuevo en aquel domingo y recordar con ello al extraño icono del sol que simulaba ser una mirada. En cuanto aquella cosa quedó erguida esta puso su ojo sobre mí. Su pupila me provocaba ansias, estaba hecha una vibración irregular de contracciones y dilataciones. Un horror visceral se apoderó de mí. Me sentí traspasado y en el acto cerré la cajita.

Durante esa tarde hice caso omiso del contenedor. Creo que mi tranquilidad buscaba algo de paz y me hizo desperdiciar el resto de aquel día en historias e investigaciones sobre hackeos y demás cosas inútiles. Intenté buscar una especie de solución, pero no quedé contento y eso me hizo alterarme más. Me dio curiosidad de nuevo la cajita y cuando levanté la tapa me volví a encontrar al invertebrado en la misma posición y con su ojo siniestro sobre mí. Como realmente estaba horrorizado, no hallé mejor cosa que ir a la calle con la caja bien apretada y, una vez allí, la abrí y arrojé todo su contenido al pavimento.

Vi al gusano retorcerse y, luego, para mi horror, este se incorporó y de nuevo sentí su pupila sobre mí. Después un auto pasó y lo arrolló. Su masa negra quedó embarrada en el suelo y yo entré a mi casa completamente liberado de un peso que sentía infinito.

Una semana después viví cierta normalidad que me hizo olvidarme de todo. Traté de llevar mi rutina en esos días calurosos y sin novedades. Una noche ─ casualmente otro domingo ─ un ruido en la ventana de mi cuarto vino a despertarme. Salí a recorrer la persiana para asomarme al exterior, y entonces un bulto negro atravesó la luz de las farolas. Yo brinqué del susto y pensando que solo había sido un gato, volví a acostarme. Ya no pude dormir. Se me quedó encarnada en las ideas la impresión de esa sombra fugaz. Después comencé a sentirme mal. Es una sensación que hasta ahorita no sé cómo describir, solo sé que una fuerza invisible ha comenzado a oprimirme, me roba la serenidad y me agobia con la incertidumbre de sentirme acechado. Es como si algo me mirara desde afuera y atravesará todo con el haz de sus ojos, incluso las paredes.

A la noche siguiente hice el intento de tener una vigilia normal: fracasé. Salí por un vaso de agua y caí en cuenta que mi cuerpo se descomponía de miedo al pasar por la ventana. Un instante de valor me hizo atisbar por una de las ranuras de la persiana y casi se me sale un grito. En frente de la calle, encima de las casas de los vecinos, estaba la criatura observándome.

Desde ese día, la sensación de sentirme bajo su mirada no me ha abandonado. Poco a poco he puesto en el caos a toda mi rutina. Ahora, el miedo de salir a la calle y encontrármelo me ha hecho recluirme. Del trabajo, en un principio había podido resolver mi ausencia alegando incapacidad. Me creyeron al inicio y después, descubierta mi mentira, fui despedido. Creo que entre menos cosas tenga que hacer afuera mejor para mí. Pedí el favor a mis conocidos de que me fueran trayendo los víveres necesarios. Ellos están preocupados por mi salud, dicen que debo descansar o tomarme unas vacaciones; incluso se atrevieron a sugerirme que ver tantas cosas en la computadora me estaba trastornando. Yo únicamente no los he mandado al carajo porque reconozco que los necesito. Sin ellos tendría que salir y eso es lo que más pavor me provoca.

En las noches sigo batallando contra la ansiedad. Apenas y duermo, y entre cada una de las interrupciones de esos breves descansos he ido tomando la costumbre de mirar por la ventana. Entonces, lo veo a él: su ojo me hechiza y a la vez me hunde en el temor. Pero por más miedo que le tenga, prefiero mirarlo. Creo que, al pensar que sé en dónde está, me ayuda a sobreponerme. No sé qué sería de mi si una noche yo mirara por la ventana y ya no lo encontrara. Seguramente la incertidumbre de su ubicuidad terminaría de volverme loco.

Aquí, queridos lectores, llego al final de mi entrada. En efecto, he perdido mi privacidad y me sé vulnerable a un ojo que lo atraviesa todo. Mi ignorancia me hizo tomar una mala decisión y por eso quiero decirles que tengan cuidado. Allá afuera hay cosas que debemos evitar porque, si no tenemos cautela, estas pueden volverse hacia nosotros.  

Hoy, como todas las noches, lo he visto. Su ojo me carcome y no quiero pensar en lo que hay detrás de esa deformidad. Yo solo trato de huir de la perversión y la vastedad de su mirada, y también de la insignificancia que me hace sentir. Tenía muchas ambiciones; ahora esos anhelos me parecen tan lejanos. Todos se han ido, menos el único que aun conservo y que se ha convertido en mi más sincero deseo: quiero poder mirar a la noche y solo hallar oscuridad; quiero poder dormir sin sentirme trasparente.

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