
En la tenencia de Guerrero siempre se ha sabido de su fama por las fiestas. Es como si este pueblo tuviera por mandato el retumbar todos los fines de semana. Naturalmente cuando tienen motivos, el “echar la casa por la ventana” se queda corto para describir todo el alboroto que puede salir de su modesta arquitectura. Una boda, unos quince años, y hasta una graduación son perfectos para presumir el derroche y la riqueza que una familia es capaz de convidar; pero de todas estas celebraciones, no hay ninguna que sea tan vistosa como si lo es el día de los muertos.
Ese año, las ansias en el pueblo estaban disparadas, pues ya estaba próximo el dos de noviembre. No solo era la emoción de la próxima fecha lo que estaba en boca de todos, sino también los detalles adicionales que había en torno a ella. Esta sería la primera fiesta sin don Felipe Mendoza, el legendario abogado que había sido el hombre más rico de la región. Sus tierras, que podían abarcar todo un horizonte completo, eran de envidia; incluso el panteón del poblado había sido construido por él. De su familia se esperaba un homenaje debidamente hecho a su altura. Seguramente, en el intento de validar su apellido, no dudarían en invitar a todo el pueblo para así defender la memoria del difunto. A eso había que sumarle otro motivo para hacer a ese día de muertos todavía más especial: la iglesia de San Gabriel, la principal de la comunidad, estaba por cumplir los doscientos años. Entre todas esas expectativas se esperaba una conmemoración que nadie se quería perder.
Llegó el bendito domingo. Desde temprano las calles se barrieron y los patios se limpiaron. El campo se llenó con los ecos de los puercos y las reses sacrificadas. Comenzaron a prepararse las carnitas, los chicharrones y todos los distintos animales que ese día serían barridos por la voracidad y la glotonería. El aroma del cempasúchil y la flor de nube se prendó del aire y, de cada casa, poco a poco, empezó a salir la gente ataviada con sus mejores vestiduras.
La misa de ese día tuvo una afluencia extraordinaria; afuera quedaron centenares de personas escuchando desde los atrios y los jardines. Las charolas de la limosna no se dieron a vasto de tanta generosidad. Finalmente, la multitud de la capilla recibió la bendición del padre y luego fue a regarse entre el pueblo, el panteón y la kermés, que, a fin de cuentas, ya eran parte de lo mismo.
Los señores desfilaban elegantes y se enorgullecían con cada persona que saludaban. Las muchachas reunidas en grupos buscaban con sus tiernas miradas a los galanes que abrigaban sus fantasías para los bailes de la noche. Los niños no cabían de emoción al ver los diferentes juegos, además ese día sus madres iban en un plan tan dadivoso que de caprichos y antojos no reprimieron a nadie. Entre todo ese alboroto la gente del pueblo parecía vivir el mejor de los días.
Un sepulcro dice mucho de alguien y sobre todo de su familia. No importa la condición en que haya terminado, de alguna forma se buscará redimir su figura por medio de una tumba llena de dignidad. Para este pueblo no era la excepción. En ese día el cementerio dejó de ser un desierto. En el panteón a todas horas entraron caravanas de familiares y plañideras. No importa lo humilde o suntuoso que fuera el lecho de alguien, las tumbas de todos se barrieron con manojos de ramas y las pencas de los magueyes se despuntaron para que no les estorbaran. Los floristas fueron los más afortunados pues se metieron fajos de billetes a manos llenas. Todo el pueblo acudió en la presurosa ansiedad de dejar sus ofrendas para luego salir disparados al tumulto que ya eran las calles.
El propósito del día acabó quedando en un segundo plano ─ como lo hacía todos los años ─. Las cantinas rebosaban de personas y pronto comenzó a escasear la cerveza fría y la carne preparada. Cada casa parecía tener su propia alegría y en todas ellas daban ganas de meterse, aunque si de comparaciones se tratara, de todas, ninguna podía igualar al escándalo que ya salía desde la casa de los Mendoza: los grupos norteños e imitadores desfilaban en su patio como si de una audición se tratara y se servía tanta comida en sus mesas que parecía como si ahí tuvieran al gobernador. Cada familia se sentía ciudadana del más rico de los países y, entre las calles bulliciosas y las fiestas privadas, definitivamente iban armándose las memorias de un domingo inolvidable.
La gente seguía entre los juegos de feria, la comida y el alcohol. La misa de la tarde no tuvo el mismo éxito que la de la mañana, aun así, dentro de poco se comenzaría la tradicional “cuetiza” para conmemorar el bicentenario de la capilla. La mayoría de la gente veía esto como la atracción principal y en cuanto notaron a la camioneta que ya se iba preparando fueron rodeándola para asegurar el mejor lugar posible.
La camioneta era una carcacha de los ochenta que sobre su maltratada carrocería llevaba los botes con la pólvora y al grupo encargado de dar las vivas de los santos. Detrás de los cohetes estaba la icónica estatua de la virgen María que con sus ojos vehementes daba solemnidad al evento. Pronto inició el recorrido y a cada exclamación que se hacía, esta se acentuaba con el lanzamiento de un explosivo. La peregrinación iba jubilosa abriéndose paso entre la feria y la algarabía; avanzaban como un milagro sobre los puestos llenos de borrachos y gente alborotada. En el pueblo trataron de corresponder lo ceremonioso del recorrido y fueron bajando el volumen de sus estéreos y así la avenida quedó a merced del grupo que la atravesaba con sus oraciones. En medio de la armonía de Dios y del sentimiento gregario de una sana comunión con sus tradiciones, esto vino a pasar para sorpresa de todos:
Un rugido paralizó a la audiencia. La gente vio como volaron cuerpos desde la camioneta y de su carrocería solo quedó una masa deforme y chamuscada. Luego, una llama endemoniada se elevó entre los negros vapores y quedo acompañada de los ecos de decenas de estallidos. La gente comenzó a correr en medio de una gritadera. Quisieron huir, pero estaba tan amontonados que acabaron mallugándose entre ellos.
Unos minutos después, la explosión ya se había apagado y la multitud espantada se acercó con morbo para ver lo que había quedado del desastre: un brazo solitario en la puerta de la iglesia, una pierna en medio de unos magueyes, dedos empolvados en el suelo, una carrocería achicharrada, dos quemados inconscientes, dos personas sangrando a chorros, aullidos de hombres heridos, mujeres en crisis de pánico, un conductor al que las esquirlas le dejaron la cara rajada.
Cada secuela del siniestro se clavó en el corazón de los espectadores. El doctor del pueblo entró como un loco a la escena del accidente. Habilitaron la iglesia como hospital y allí se hizo el primer reconocimiento. Mandaron a los amputados junto a sus extremidades aun bullendo directo al hospital del municipio. El médico suturó cortadas y aplicó vendajes en las quemaduras. De las dos personas inconscientes ya no pudo hacerse nada: la explosión y la subsecuente caída habían hecho su daño.
La fiesta en el pueblo quedó suspendida. La muchedumbre quedó aglutinada alrededor de la iglesia esperando quien sabe qué. Tal vez buscaban alguna explicación que redimiera el fracaso de su celebración religiosa, pero nadie decía nada, todo el mundo traía la pesadumbre en el rostro. En ellos se abrían pensamientos negativos y luego veían los excesos de su fiesta y hasta se sentían culpables por las pruebas de sus derroches. Miraron con ojos apagados a los pedacitos de la virgen que había sido el orgullo de su pueblo por generaciones. Luego, el doctor salió y se dirigió a los familiares y después de hablar con ellos se marchó ensombrecido hacia su casa.
La multitud poco a poco comenzó a dispersarse. Las imágenes de los cuerpos reposando en las bancas y cubiertos de manteles se les enterraron en el estómago. Fue difícil regresar a la fiesta y pareciera como si todo el mundo ya solo quisiera irse a encerrar a la casa, pero, poco a poco, el baile de la noche a todos fue animando. La música de los grupos arrastró primero a los muchachos, luego fueron acercándose las jóvenes parejas y, ya pasadas las horas, apenas y se podía respirar de la polvadera que levantaban las botas y los tacones. La celebración había hallado su segundo aire y de nuevo los puestos de comida y las distintas atracciones fueron atascándose de gente y, del amargo episodio que había cimbrado a todos hace unas horas, todo mundo ya se iba olvidando.
En la madrugada aparecieron los pleitos: hubo golpes, balazos y uno que otro acuchillado, pero dentro de lo que cabe, nada de gravedad y hasta cierto punto, todo estuvo entre la normalidad de lo esperable. Las calles poco a poco se fueron vaciando y las carreteras alrededor del pueblo se llenaron con el desfile de las camionetas que en su retirada iban a regarse a todos los puntos del mundo. La música aún seguía fuerte en la casa de los Mendoza y el lugar quedó como el último bastión de la felicidad decadente del pueblo.
Mientras, en la iglesia, los cuerpos de los difuntos habían sido abandonados y casi al punto del amanecer fue que llegaron sus parientes a hacer los reclamos correspondientes. Entraron en la pura seriedad y así miraron los restos desafortunados. Como aún faltaba para que abrieran las funerarias decidieron dejarlos sobre las bancas. Absolutamente, ese no había sido su día, pero solo tenían que esperar, en un año más todos los recordarían como se debe. De nuevo cerraron las puertas de la capilla y los familiares vieron el ruido que aún salía de la finca de los Mendoza. Se les ocurrió irse a meter allá para ver si alguien les podía dar algo de desayuno, y en caso de que no se pudiera, no importaba, al menos tendrían el escenario perfecto para observar y reunir ideas. Después de todo, había dos difuntos que enterrar y una nueva fiesta que ofrecer.