El umbral

Se había llegado el día. Por fin Hugo estaba en el lugar de sus sueños y sus ojos no podían con la tranquilidad. A través de los pasillos, el muchacho sentía que navegaba por algo más que un reino caído. La memoria se desprendía de cada templo, de cada escalinata. No podía concebir la inmensidad de la metrópoli y lo que más lo emocionaba era ver la enorme extensión de tierra sobre la que aún estaba insepulta el resto de la ciudad. Era como si un volcán hubiera vomitado una fortaleza de basalto y granito en medio de un llano abandonado.

El muchacho lamentó haber llegado tarde; ahora solo le restaban unas horas para seguir explorando. Con premeditación se apartó del grupo para recorrer las ruinas a su ritmo. Trató de alejarse para aprovechar su aventura por la ciudad. El viento corría libre entre las avenidas y silbaba cada vez que se estrellaba contra los izotes. Con esa música en sus oídos Hugo se sintió aún más maravillado de hallarse en las murallas de Cantona.

Se internó por la parte que no estaba abierta al público. Lo hizo en un capricho que pensó justificar con el argumento de haberse perdido. En cualquier caso, ya había memorizado el camino de vuelta y en la lejanía seguía mirando el autobús: así se quitó la preocupación de que lo dejaran. Entonces se adentró en las galerías como el arqueólogo que soñaba ser. Avanzaba despacio mientras trataba de descifrar el misterio de cada pared y de cada ídolo que se encontraba. Quedó satisfecho con las fotografías que hizo y también de las escenas de las que era testigo. El pensamiento de ser el primer hombre moderno en explorar esos laberintos se le enterró en lo más hondo. Dos horas después Hugo se hallaba completamente cansado. Buscó dónde sentarse, y encima suyo vio una extraña estructura que apenas y asomaba sobre la tierra: a ella se dirigió. Cuando se acomodó sobre las piedras descubrió algo muy particular. Debajo había un terraplén desde el que se alcanzaba a percibir un extraño portal. Hugo quedó intrigado.

El muchacho miró a su alrededor y no vio más que el mamposteo de los muros. Al parecer, las paredes del edificio lo tenían bien cubierto. Dudó en bajar la pendiente, pero dada la privilegiada posición que tenía, al final se decidió a descender. Fue descolgándose con cuidado sobre la gravilla resbalosa hasta que llegó al fondo de la bajada. Hugo pensó que si no hubiera tenido el impulso de perderse explorando jamás habría llegado a esa estructura ni hallado ese rincón oculto. Ahora estaba en el lecho de piedra mirando al extraño portón que tenía frente a él.

La puerta era un marco de obsidiana lleno de inscripciones. No tenía el más mínimo rasguño y desprendía tanta tersidad de sus travesaños, que Hugo quedó asombrado de los artesanos de la antigüedad. Una sensación de elevación lo hizo poner la mano en el umbral. Palpó los relieves y las suavidades de la piedra y luego miró al interior. Estaba oscuro como una cueva, y un vientecillo soplaba desde adentro. Hugo miró a su alrededor y se ilusionó con haber descubierto una cámara llena de secretos. El muchacho no quiso quedarse con las ganas y con la lamparilla de su celular se adentró en las negruras.

Adentro del túnel se respiraba una humedad helada y el polvo de las paredes se desgajaba en cada paso. La linterna del teléfono no alcanzaba a iluminar la profundidad del pasillo y el muchacho contemplaba la perfección de la hendidura. El eco de sus botas se acompasó a su respiración y entre esos sonidos el joven fue acercándose al final.

Hugo se sentía perdido en las entrañas de la tierra, con todo y que a su espalda aún se veía la luz de la salida. Arriba de él había toneladas y toneladas de materiales y ahora estaba debajo de todos ellos escudriñando en sus honduras. Cuan afortunado se sintió al iluminar el fondo del corredor. Quedó impresionado con lo que descubrió: un altar bajo un enorme mural.

Mucho del estuco de la pintura estaba descascarado por el suelo, pero aun así quedaba lo suficiente para distinguir a una especie de serpiente enroscada. En el altar había dos braseros y parecía ser junto a lo demás parte de un pequeño adoratorio. Hugo pensó en la puerta de entrada y luego la asoció con el enigma de la obra en la pared. Imaginó la alegoría de un ciclo infinito. Quiso tomar fotografías para atesorar el descubrimiento, pero no pudo hacerlo porque su celular se descargó dejándolo a merced de una oscuridad impoluta.

El muchacho quedó sobresaltado y ahogado en calor. Se dio la vuelta y se tranquilizó al mirar la luz de la salida. Caminó despacio, casi a tientas, y más de una vez trastabilló por los pedruscos en el piso. Después de unos minutos volvió a sentir la bendición de tener una cara iluminada.

Hugo miró su reloj, y luego a las alturas plomizas. Le pareció que ya era tarde y el temor de que su expedición lo hubiese dejado le vino a su cabeza. Quiso subir el desnivel, pero se detuvo extrañado: la tierra y la maleza habían desaparecido. Ahí donde recordaba una ladera de tierra y hierbajos, ahora había una pendiente adornada de estelas. El estudiante quedó confundido. No había permanecido demasiado en el túnel como para que los trabajadores del lugar hubieran limpiado el sitio. Incluso miró en la ciudad cierta frescura renovada en sus paredes. Tuvo que distraer sus percepciones sobre las ruinas porque en ese momento lo que más le preocupaba era volver al autobús. Subió la pendiente y cuando se halló en la cima atisbó en todas las direcciones para ubicarse. Hugo se estremeció.

La panorámica de la ciudad había cambiado. Ya no era de muros derruidos ni de vegetación desordenada. Ahora, frente a él, había un caserío interminable de paredes blancas y luminosas. Incluso el edificio del portal había cambiado. De su patio ahora se alzaban unas figuras labradas cuyas lenguas apuntaban a la dirección de la que Hugo había surgido. El muchacho notó la decoración del edificio que parecía la visión de una fantasía. Su fachada deslumbraba de azules, verdes y rojos, y aparte de esos matices, tenía en cada ventana adornos tan vistosos que le daban una presencia aún más elevada. Hugo no supo qué hacer con su confusión.

El muchacho abandonó el edificio y salió a los pasillos. Corrió a dónde se había separado del grupo escolar. El muchacho estuvo dando vueltas por la ciudad. No halló nada.

Mientras recuperaba el aliento la ciudad se veía tan viva e iluminada por los rayos tornasolados del ocaso. En los patios de las casas ya no había ni pinos, ni yucas y de todo se alzaba una sensación de abandono, pero también una vivacidad apenas marchita. Entonces Hugo quiso resolver el inconcebible escenario de su presente. Parecía ser que, de alguna forma, él había regresado en el tiempo de las edades y ahora se hallaba en la Cantona de quien sabe cuándo.

El estudiante era un rio de dudas. Se imaginó preso de un delirio y aunque la belleza de la ciudad le pegaba en lo más hondo, el peso de su nueva realidad lo lastimó. Hugo no sabía qué hacer, en su mochila apenas y tenía comida, su celular estaba apagado y el aire se enfriaba a cada minuto. Reflexionó sobre el desafío de su presente. Quiso desmenuzar al enigma que lo había apartado del mundo conocido y se sintió culpable por todos esos deseos que su soñador interior siempre se había hecho. La idea de vivir en el pasado realmente le era aterradora. En su mente solo había reclamos y maldiciones, pero no podía seguirse atormentando. Ya le llegaba la idea: “¡Todo era culpa del portal!”

Con ese pensamiento, salió frenético en la búsqueda del templo misterioso. Mientras se acercaba al destino el muchacho quedó maravillado con los pasillos de ciudad. Todo en ella respiraba mesura e inteligencia. Construida sobre un derrame de lava, se le había acondicionado para ser una capital que resistiera asedios e incursiones. Desde su posición estratégica había dominado el comercio del golfo y de las selvas. Hugo se sintió pequeño en la fortaleza. Imaginó las decenas de partidas que habrían muerto intentando traspasar las trampas de sus muros. El muchacho se sintió afortunado de estar en los vestigios de una urbe desierta. Poco podía preocuparle la vulnerabilidad de su situación porque sabía que era él y su sombra contra las memorias de un fantasma. Ya no había vigías ni centinelas, ni cantos al cielo, ni la grandeza de los hombres que viven temiendo a los elementos. No, ya sólo había las ruinas de una era olvidada y remota; una era por la que un muchacho se paseaba junto a su soledad ¿O eso creía? Hugo se había detenido de pronto: de una de las casas había salido un hombre.

El extraño parecía ser un indígena hecho y derecho. Sobre el cuerpo cobrizo traía un maxtlatl y una capa. En la mano llevaba una canasta de figurillas. Su cara parecía una piedra: rígida, dura, y hasta cierto punto tenebrosa. Hugo pensó que aquel hombre posiblemente era un habitante de la ciudad.

El hombre lo miró y le habló en una lengua incompresible. Ante el silencio de Hugo el indio comenzó a gritar; todo sin dejar de vigilarlo con las brasas de sus ojos. Al poco tiempo llegaron dos hombres. Hugo se sintió abrumado porque estos eran más intimidantes que el primero. Sobre los cuerpos fornidos traían detalladas vestiduras que los hacían lucir fieros e imponentes. El miedo de Hugo no venía por las pecheras de huesos o las pieles de animales en los tobillos, no: el miedo de Hugo venía del arco y la espada con los que estaban armados. Hugo pasó saliva y la parálisis le vino desde dentro del corazón.

Los tres hombres se quedaron mirándole. Susurraban en un extraño lenguaje, lo hacían con exaltación pues quién sabe qué cosa pasaba por sus cabezas en cuanto estudiaban al muchacho con su extraño color de piel y vestimenta. Hugo, intuyó la precaución de los indígenas y de ella se asió. Se quedó quieto, esperando que le tomaran por un Dios o algo parecido pero para desgracia de Hugo, el hombre más grande encordó una flecha. El muchacho trató de mostrarse sereno y hasta cierto punto, amenazante: no le quedaba más. Estos hombres seguramente conocían la ciudad y aparte de ser tres y estar armados, no le ofrecían la más mínima posibilidad de supervivencia. Hugo se imaginó atravesado por una de las flechas y pensó si eso sería suficiente para morir. Ahora que se le amarraban las ideas, cayó en cuenta que, aparte de ser una era dónde había mayor comunión con la tierra también era una más “salvaje”. El consuelo de caer bajo un disparo preciso le sedujo, porque otras ideas más pesimistas comenzaron a anidar en su cerebro; la que más lo aterró fue el imaginar que su misma rareza lo volviera digno de un sacrificio o de alguna otra cosa peor. El arquero seguía tensando el arma y entre los otros dos no dejaban de discutir; parecía ser que se libraba un debate con respecto al forastero.

Hugo fue afortunado. Los tres hombres no pudieron más con su figura y decidieron retirarse. Tomaron con cuidado sus pertenencias y sin dejar de apuntar fueron retrocediendo hasta abandonar el pasillo. Hugo aprovechó. Supo que si no demostraba seguridad sería tomado por un simple hombre y entonces su suerte quedaría echada. Entonces, mientras los otros se retiraban él caminó hacia ellos. Los indios salieron despavoridos de la ciudad. Hugo se sintió aliviado. Cayó en cuenta que había vencido a unos saqueadores y que solamente la ignorancia de ellos lo había salvado.

El muchacho ya había tenido suficiente emoción para un día o tal vez para toda una vida. Aun así, caminó con precaución y para la calma de su cuerpo temeroso pronto encontró el templo. Al examinarlo se dio cuenta de que lucía más altivo de lo que había advertido. Sin tiempo que perder se dirigió a la pendiente que conducía al portal. Cuando llegó a la entrada, la noche ya había caído. Llegó al marco de la puerta y con el corazón detenido se adentró en sus profundidades.

Caminó con las manos extendidas para guardar el equilibrio. Se dio cuenta que el suelo estaba liso y en perfectas condiciones. Llegó al fondo de la pared y lamentó no llevar consigo una fuente de luz para alumbrar el altar. Hugo no estaba muy seguro de lo que debía hacer ahí. Después de unos instantes de dudas él regresó por el pasillo esperando que el recorrido lo llevara de vuelta a su tiempo. Así caminó con toda la esperanza de hallarse en el mundo del que siempre renegaba.

Atravesó el portal y quedó decepcionado. Afuera seguía la misma noche, la misma pendiente y la misma ciudad; algo había hecho mal. Hugo se adentró en el túnel: el resultado fue el mismo. Repitió la operación hasta que el cansancio y la frustración lo arrojaron al suelo.

La noche crecía y los vientos corrían vigorosos entre las pirámides. El muchacho espero un poco para reponerse y retomar la constancia. Esa velada se la pasó entrando y saliendo de la boca del portal. Lo hizo hasta que las luces del nuevo día le trajeron la certeza de su derrota.

Hugo comprendió que no habría retorno. Se vio a sí mismo en una tierra de nadie, erguida sobre un malpaís desde donde solo se gobernaba a las secas llanuras. No tenía comida, no sabía hacer fuego, y le aterraba la violencia. Se vio vencido por este nuevo mundo y de hombre no quiso adornarse pues sus manos no podían crear nada. Era solo un chico con buenas intenciones y no sabía cómo abrirse camino con ellas. Dentro de toda la desesperanza un pequeño pensamiento le consoló: al menos, el terminaría sus días como el regente de un reino muerto, algo que en otro tiempo sería imposible.

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