
De pronto y desde la nada: yo fui algo. Dejé de saberme en el vacío y, algo así como mi consciencia, me hizo identificar unas palabras en la oscuridad: “¿Aun tienes dudas? ¿Verdad?” Eso fue lo que escuché y yo confundido traté sin éxito de identificar al dueño de la voz. El susurro continuó y me hizo una propuesta que nunca hubiera imaginado: me dio a elegir un alma humana, la que yo quisiera de la época que fuera, para así tener con ella una entrevista de ocho preguntas. Pensé muchos nombres, pero al final me decidí por Fiódor, el más grande que he leído, luego elegí un tiempo y un lugar. Después, todo se volvió luz.
Como escenario escogí cualquier casa de campo en la Rusia del siglo XIX, y cuando abrí los ojos no podía creer que en verdad estuviera ahí. Había abedules adornando el jardín, y también lilas, cerezos y nieve fresca. Me sentí adentro de una estampa de ensueño. La bella casa de piedra me distraía con su evocadora figura de paz y tranquilidad. Mientras me adaptaba a los detalles de esa visión no pude evitar abrumarme porque, detrás de mí, sentado en un banco, estaba la figura del mismísimo Dostoievski.
Por un momento el deseo cumplido me atemorizó ¿Quién podría tener tal poder? Mi alma había quedado en suspensión después de mi muerte. Qué alguien me regresara al mundo me intrigaba demasiado. Me imaginé a Dios o incluso al diablo, pero ninguna de las reglas de sus respectivas concepciones se habían cumplido conmigo. Después de mi fin ─ qué ya no casi no recuerdo ─ no hubo un cielo o un infierno que yo pudiera identificar. Simplemente había estado flotando entre la negrura absoluta. No tenía sensaciones, ni pensamientos, ni nada que me aportara emoción o pesar: solo era una cosa ciega volando entre la nada.
Definitivamente esta entidad quiere que aprenda algo porque mi sensibilidad ha regresado: ya puedo oler los perfumes de las flores y sentir el castigo de la nieve bajo mis pies. Junto a todas esas sensaciones que reaprendo a cada segundo también vuelven las preocupaciones del trato humano. Mi héroe más idolatrado está mirándome ¿Sabrá él lo que yo hago aquí? Tal pensamiento me congela las ideas, pero más dispuesto por la extrañeza de mi situación que interesado por la entrevista, he decidido acercarme.
Fiódor, es un hombre maduro, apenas y le asoma la vejez de su cara arrugada. Sus ojos son jóvenes, sinceros, y a la vez fuertes. Llevan en su reflejo la seguridad de un hombre que se sabe dueño de sus propias ideas. Su ropa es modesta, lleva botas, pantalones cafés, una levita más o menos elegante y encima de todo un grueso capote. Las barbas castañas cuelgan como cascadas de su rostro y el peinado está sencillamente echado a un lado. Su porte desprende serenidad y sabiduría, y quien sabe que es lo que mirará él a su vez en mí ─ ojalá que sea algo bueno ─.
Antes, de preguntar cualquier cosa, decido presentarme con la mayor de las modestias. Me importa demasiado la opinión de aquel hombre y no quiero que mi torpeza provoque en él una impresión negativa. Por otro lado, tampoco estoy seguro de si simplemente estamos en su época, o también él fue sacado de su descanso. Con toda esta inseguridad me abro paso a iniciar las primeras preguntas que ya he meditado. No quiero quedarme con dudas de nada y, también pienso que si ya estoy rodeado de este privilegio pues debo aprovechar lo más que se pueda.
Para mi sorpresa, el me responde en un ruso fluido que yo entiendo perfectamente. No sé qué brujería es esta, pero puedo imaginar las palabras y las frases y comprender su significado ¡Con que esta es la voz de la persona que más admiro! ¡Increíble! Es lo primero que pienso al recibir el viento que sale de su boca. Al parecer está todo listo para que tengamos la conversación a la que fui enviado. Sin más, decido tomar la iniciativa:
─ Señor Dostoievski, me han pedido que elija a una persona para que yo pueda preguntarle lo que quiera. Naturalmente mi presencia indica que lo he escogido a usted. Soy un gran admirador suyo y, sobre todo, de la aurora que usted nos ha legado. Seguro usted ya sabe lo importante que es su nombre en el mundo de los vivos, pero, con todo y eso, quisiera preguntarle ¿Está orgulloso del alcance de su obra?
Dostoievski, me mira con superioridad, pero no a propósito. Creo que he dicho algo ingenuo y el me mira con ternura, como yo miraría a un niño después de preguntarme algo muy trivial. Por un momento me siento avergonzado pero una discreta sonrisa suya me devuelve la tranquilidad. Luego él me dice su respuesta.
─ Muchacho, ¿No crees que el hecho de enorgullecerme por lo hecho en otra vida, debería estar ahora lejos de la vanidad? Viví bajo los términos que esa existencia me ofrecía, pero ahora estamos en otro tipo de vida y aquí hemos renacido para volver a crear otra obra independiente de la anterior. Simplemente agradezco el privilegio del tiempo que me fue otorgado. Hice el esfuerzo de dilucidar el misterio de esa primera existencia y, con ello, me acerqué a mí y a todos nosotros. Así fue fácil empezar aquí después. Seguramente no lo entiendes ahora pero ya lo irás viendo…
─ Pero, entonces, ¿Me dice que todo lo que usted hizo es completamente inútil en este presente? Sus actos políticos, su carrera como escritor, sus novelas más poderosas y su vida errante, todo junto no representa más que una excentricidad sin justificación.
─ No del todo. Es cierto que la idea original era alcanzar la cumbre como persona, y eso implica una consagración con la moral y el provecho de tus actos, pero nosotros nacimos bajo nuestras propias reglas, y aunque podíamos disfrazar de superiores a todas las guías que nos imponíamos, nuestra misma intercesión las volvió imperfectas. A todas ellas las hemos corrompido. Sobre la fe, el razonamiento y la sensibilidad hemos erigido un triunvirato que, lejos de volvernos una armonía, sólo consiguió dividirnos para intentar poner a una de ellas por sobre las demás. Fuimos muy pocos los que intentamos hallar el equilibrio de las tres ¿Te has puesto a pensar que nuestro propósito no es encontrar un propósito? Es decir, no era hacerlo al menos en esa primera vida. Con esto quiero decir que no podemos buscar el sentido de vivir si primero no hallamos nuestra humanidad.
─ Entonces, ¿Quiere decir que las respuestas a nuestras preguntas más importantes no nos están destinadas a ser alcanzadas como mortales?
─ Exacto. Cuando yo estaba en el mundo terrenal, ya habían pasado milenios y las mismas dudas persistían. Ahora que me he ido de allá, las mismas preguntas continúan y, naturalmente, habrán de continuar.
─ Pero, si en la vida mortal no podemos conseguir mucho ¿Tiene algún caso vivirla?
─ Yo diría que su finalidad es encontrar tu propio camino; la reafirmación viene después. Podrá parecer una sencilla proposición de dos partes, pero seguro sabes lo colosal que puede ser tan solo el cumplir la primera. Y como respuesta directa a tú pregunta, ¡Claro que tiene caso! El universo de experiencias de las que te rodeas es lo que más templa tu espíritu.
─ Para ser honesto, señor Dostoievski, estoy un poco confundido. Realmente esperaba encontrarme una opinión más esperanzadora. Usted exploró como pocos las profundidades del alma. Quiero creer que todo eso que usted plasmó en sus novelas, es algo atemporal y que encierra cuando menos un poco de la luz que siempre estamos buscando. Ahora recuerdo “el gran inquisidor”, ese célebre capítulo suyo en los Hermanos Karamazov, dónde la humanidad reconocía su naturaleza como pecadora y totalmente apartada de las cualidades divinas. Esta es solo una de sus ideas, pero también, por ejemplo, en Crimen y Castigo dijo que la felicidad verdadera solo se valora desde el sufrimiento. Mi punto es, que necesito saber su opinión con respecto a todo lo que usted ha afirmado en su obra pasada: ¿Quisiera saber si esas perspectivas aún son compatibles con su presente?
─ Si y no. No puedo negarlas porque la esencia de todo ese aprendizaje es lo que me ha construido, pero, por otro lado, aquí es dónde debo poner un alto. Se me reconoce como un grande y se toma lo que he dicho como algo incontestable y dogmático. Cada hombre construye su propia verdad; yo he construido la mía, la he escrito desde mis propias heridas y no veo razones para que esta se eleve por sobre la de cualquier otra persona. En cuanto a verlas compatibles no puedo afirmarlo plenamente. Te repito: la vida material no es la misma que la vida etérea. Las percepciones y sus rigores son distintos, casi contrarios.
─ Creo que entiendo un poco el punto. Con todo esto no puedo dejar de pensar cómo usted, aun sabiendo que lo alcanzado aun distaba de acercarse al conocimiento ecuménico que supuestamente nos reserva la elevación humana; con toda su experiencia de vida y estas verdades que aprendió por sí mismo, con todo y eso ¿Como pudo sobrellevar el final y el posterior resurgimiento?
─ Simplemente entendí que cuando se acerca el final, no hay que agobiarnos por tratar de contestar lo que en esa vida es indecible e inimaginable. En cuanto al posterior resurgimiento supuse que algo sagrado debería desbloquearse en nosotros y así podríamos entender cosas que antes ignorábamos. Ya librados de las impureza terrenales y humanas alcanzaríamos por nosotros mismos ese estado de introspección que nos garantizaría el acceso a nuestra propia divinidad, así como fuimos creados.
─ ¿Usted entonces, nunca quiso estar en la presencia de algún maestro suyo para hacerle esta misma entrevista?
─ No. Decidí abrir yo solo las puertas de mis abismos.
─ ¿Ni a Jesús quiso usted conocer?
─ No, aunque te confieso que en algún arrebato mío quise verlo a él, más que a nadie, para entender como pensaba, pero luego entendí que esto no sería posible: Jesús no es más hombre ni menos ángel de lo que podríamos ser tú o yo.
─ Señor Dostoievski, agradezco mucho su dedicación en ilustrarme. Lo siento más un maestro que nunca, pero me temo que he desperdiciado ya mis ocho preguntas que tenía que hacerle. Una parte de mi se siente miserable con ello.
─ No te preocupes, muchacho. Sé que querrás preguntarme aún más cosas, pero, para ser honesto, no le hallo caso en contestarte ¿Qué acaso no te has dado cuenta? Tú mismo te has estado respondiendo todo este tiempo. Yo no existo, no me he movido y no he dicho nada que tú no pudieras sugerir si tuvieras el tiempo de reflexionar. No soy más que una idealización tuya derivada de las expectativas que tienes sobre ti. Te gustaría ser como yo, pero en el fondo sabes que eso no tiene sentido. Me usas como un consuelo para encontrar un ápice de esperanza a la vida que crees vacía y casi destinada al desperdicio. Tú sabes que las palabras pueden ser usadas para construir verdades y mentiras y, con estas, tú ya te has construido esta quimera. Ahora te digo que estoy próximo a irme, pero antes de desvanecerme yo quisiera hacerte una última pregunta: ¿Qué es lo que vas a hacer?
─ Usted ya debería saberlo, si es que somos iguales. Seguiré buscando mi camino entre los laberintos.
─ Bien dicho. Adiós.