
El capitán Redford siempre ha tenido el hábito de salir en las tardes a descansar bajo su almendro. Él es la última persona civilizada de ese páramo cerrado. El pueblo hace mucho que dejó de ser pueblo, y él, un militar retirado, no puede renunciar al hogar que le ha valido el sacrificio de toda una vida.
Desde ese remanso se deja acariciar por el aire salvaje de las llanuras. Sobrelleva la monotonía de los días entre el humo de la pipa que se le mete en las arrugas y los llamados de su ganado . En esa rutina se abandona hasta que las estrellas asoman del cielo rojizo. Cuando llega la hora de acostarse, mira por última vez su horizonte y contempla al reino que le ha llevado toda su juventud erigir, luego, entra despacio a su morada.
Mientras está envuelto en sus mantas. El viejo capitán queda a merced de los sonidos de las estepas. Los aullidos de los coyotes, de los búhos y del remolino parecen ser la música que su oído siempre está aguardando para arrullarse, pero, por otro lado, también duerme peor con cada velada. Tiene la certeza de que su vejez acabará sobreponiéndose a su fama de guerrero y entonces llegaran a quitarle lo suyo. Ya lo oye: el rumor lejano de unos galopes marchando en la noche silenciosa. A cada madrugada Redford los distingue mejor.
Sabe que un día ya no habrá otro día…