El infierno de Gante

Definitivamente me la aplicaron de nuevo los cabrones, pero también fue mía la culpa: por pendejo no les dije que no. Con este suetercito no la voy a armar, tengo demasiado frío y pinche hoja de papel ya está toda mojada y llena de hoyos, ya ni aguanta a mi lápiz. Ahorita estaría durmiéndome en mi casa, pero no, querías quedarte porque pensaste que ella también lo haría. Mira, de seguro ya está ahorita en su casa, o peor tantito, dándose a alguien ¡Ay! Espero que no, y ¿Que fue esa mirada que me lanzó antes de salir? Allí había algo casi como pesar, le dolía irse. Casi siento que también quería quedarse, pero al final no quiso hacerlo pues con ello tal vez podría evidenciar algo que no pudiera justificar después. Realmente espero que sea algo así, pero ya, deja de pensar en eso, debo concentrarme, ya van a ser las dos y me anda de sueño. Como odio estos inventarios en los refrigeradores. Gracias a Dios que este será el último: en dos días seré libre, por fin.

Pues terminé de contar los yogures. Espero no enfermarme porque ya siento el picor en la garganta. Digo yo, ahora que pienso, siempre me quedé con la tentación de saber que pasaría si escribiera mal el número total de alguna cosa a propósito ¿Se darían cuenta? Creo que es bueno que no me haya arriesgado a hacerlo, después de todo, el nombre de uno queda anotado en la hoja. Solo que siento que, por tardarme más, hago las cosas diferente a como las hacen los otros. Ese rato, por ejemplo, todos me dijeron que habían acabado como una hora antes que yo, y luego se burlaron que porque conté muy despacito. Si ellos supieran que hago cálculos con cada producto en el aparador, y así estimó la cantidad que hay en el frente de una hilera y en su profundidad, luego veo los niveles ocupados por el empaque tanto arriba como abajo y así sacó de un vistazo todas las existencias. Estoy orgulloso de esa habilidad. No sé como ellos le hacen para acabar antes, no los imagino haciendo lo mismo, a menos que, su experiencia les haya dados sus propios métodos, tal vez sea eso, pero, la verdad, no creo. Como quiera que sea ya quiero irme a mi casa, se van a dar las tres, y del maldito taxi no hay ni sus luces. No estaría mal que ahorita alguien me ofreciera un cigarro. No ¡No manches! Ahí anda el pinche Miguel, también se quedó a inventariar, y creo que viene para acá: lo que me faltaba.

Claro que se da cuenta que no me cae bien y se hace pendejo el muy cabrón. Seguro disfruta verme incómodo. Espero no me toque irme con él, aunque es lo más probable. Suerte suya la de tener dos casas, mala suerte la mía de que una de ellas sea para mi zona. Me caías bien, Miguel, neta que si: fuiste la primer persona que me habló. Yo hace tres meses era el nuevo, y con mi timidez habitual me hice la sombra del supermercado, pero fui complaciente con cada cliente y con cada orden, así me integré a la tienda. << ¿Por qué eres tan serio? ¿Acaso te pegan tus hermanos?>> Eso fue lo primero que me dijiste, yo lo negué, y contesté algo como de que era normal ser así, puesto que, no hablas mucho cuando no conoces a nadie. Desde ese día, cada vez que te encontraba por el área de verduras te saludaba y así, de poco en poco, fuiste presentándome a los demás. Y si, terminaste presentándomela, aunque naturalmente yo ya la conocía y su nombre había sido lo primero que me aprendí de la tienda. Pero no, tenías que existir para ponérmela enfrente, y después, con solo seis palabras, hacerme querer alejarme de ella.

Por suerte, pronto llegó el taxi para Analco y ya no tuve que aguantar su conversación. Más afortunado me sentí cuando Miguel se subió a otro transporte. Una vez adentro del coche, me acurruqué con la calidez del interior que el frio de esa noche me había hecho olvidar. Ahora voy contento, dentro de lo que cabe, de camino a mi casa, aunque conmigo viene el Beto de acompañante, que, aunque no me cae del todo mal, siempre me acaba aburriendo. Pues esta vez no fue la excepción y sus hábitos chacos terminaron “amenizando” el trayecto ─ si, como siempre ─. Me fue presumiendo las paredes grafiteadas que, a mucho orgullo, él y sus amigos habían pintado. Me habló entusiasmado de la placa de su pandilla, de sus peleas, de las fiestas y de todas sus aventuras. Yo iba tan jalado del día que le asentí a todo y traté de mostrarme interesado, aunque en el fondo no puedo entender como alguien puede emocionarse con una vida así. Creo que el conductor piensa igual porque a cada rato lo descubro mirando a Beto por el espejo. Es muy curioso percibir el reflejo de sus ojos inquisidores, y como no, yo creo que cualquiera en su lugar haría lo mismo sabiendo que trae un malandro en su vehículo. Pues hasta eso, el viaje no fue a largo, llegamos a la casa de Beto, se bajó y luego el conductor y yo, nos seguimos para la mía. Así empezó la que es mi parte favorita de todos los días.

Disfruto bien mucho estos escasos minutos dónde el taxi entra por las calles de mi colonia y me conduce a mi casa. En ellos estoy en total calma, salvo la ocasional conversación del chofer, siempre soy yo y mis pensamientos. Bueno, realmente, siempre vivo así, pensando, meditando, pero no es lo mismo estar ausente en medio de las personas que cuando estás totalmente privado de ellas. En público no puedes perderte mucho, siempre hay algo de ti que debe estar alerta de lo demás, así el encierro mental no es profundo, es hasta molesto de hecho. A quien le hayan interrumpido una fantasía me entenderá perfectamente, porque no siempre se puede volver a ellas, y así, se te pueden perder ideas valiosas que ya no puedes recuperar después. Pensar es casi como soñar y, estaremos todos de acuerdo, que cuando tenemos un sueño bonito, lo sufrimos cuando se nos escapa y la realidad nos hace volver al mundo ¡Qué curioso! Me puse a pensar en lo que significa pensar, por eso me fascina tanto hacerlo. Pero bueno ya se ve mi casa. No puedo creer qué ya sea martes, y mañana, o mejor dicho, al rato tendré que trabajar de nuevo. Pero ya solo dos días nadamas; ¡Ay! Pero también son solo dos días también para verla. No quiero agobiarme con eso ahorita. De momento, tengo muchas ganas de dormir.

¿Qué hora es? Las nueve de la mañana, creo que me dormiré otro rato. No hace mucho aún seguía en la calle. Hoy entro a las tres, entonces me queda mucho para descansar. Hasta eso fueron amables en recorrerme el turno, otras personas que inventariaron ayer, ahorita ya han de estar trabajando como si nada. Ella ya debe estar allá, creo sólo la veré a la salida. Si, sólo me quedan dos días ¿Cómo podré decirle que siento algo por ella? O, puesto que tiene novio, mejor debería hacerme primero más cercano y ya dependiendo las cosas, pues estar ahí para cuando sea mi oportunidad ¿Qué hago? Al menos me alegra haber conseguido su teléfono, así será más fácil mantener el contacto. << Ten te dejo mi fonqui. Para que me eches un cable después >>, así me dijo aquella vez, y lo dijo sonriendo, y ¡Ay! ¡Que linda se veía con aquella sonrisa! ¿Y de que le hablaré después? Eso si no sé, igual lo tengo que pensar. No quiero buscarla sin demostrarle que soy un chavo aventado y odiaría que se decepcionara de mi seriedad y mi vida poco interesante. Espero pensar en algo.

Recuerdo la primera vez que me habló de verdad. Ya la había notado, era mi compañera de departamento, yo era el chico de muebles y hogar, y ella la de ferretería y jardinería. Se acercó casual a pedirme que sí no le podía ayudar a bajar unas macetas del último anaquel; yo acepté lo más amable que pude. En ese momento solo me parecía una chica agradable y, más allá de ello, no sentía nada más. Pues le ayudé con lo que ocupaba y empezamos a platicar. Al principio normal y después todo se animó, al final ya estábamos hablando de brujería, de anécdotas de la secundaria y de nuestros planes a corto plazo. Estuvimos así, hasta que nos llamaron la atención por los radios, y fastidiado me regresé a mi área con la boca seca y una agradable sensación en el cuerpo. A partir de ahí, cada que no lo permitían nuestras tareas, platicábamos un poco. Así me comenzó a agradar más y más. Poco después me di cuenta que mis ojos siempre la buscaban, que mi nariz vibraba con su perfume y que mis mejillas se prendían cada vez que me la encontraba. Entonces me empecé a ir dormir con ella en los pensamientos y de la misma forma amanecía con ella también.

Lucía podrá no ser la chava más preciosa del planeta, pero al menos para mí es perfecta. Es delgada, muy delgada, pero con gracia en su silueta. Tiene la piel blanquísima, de ese tipo muy pálido que sin ser güero brilla en el sol como la porcelana. Su nariz es ancha pero respingada al final. Los ojos son oscuros, muy coquetos, con unas pestañas enchinadas y enormes. Y el cabello, ¡ah!, el cabello, es negro y largo, y da lo mismo que lo lleve planchado o rizado, siempre se le ve increíble, y, además, huele bien mucho de rico. De su cuerpo no puedo decir otra cosa que no sea que me fascina. Tiene un lindo trasero, siendo ella muy delgadita, no será de lo más llamativo, pero se le ve todo tan bien en su pantalón negro, que yo cada vez que se puede me pierdo en el movimiento que hace mientras camina. Sus senos son pequeños, pero ella siempre lleva la blusa roja del trabajo con estilo, y de ahí dónde otros sólo verían escasez, yo veo la delicadeza de un secreto que anhelo descubrir algún día. A veces pienso en esto y en todo lo mirón que soy y me siento hasta culpable, casi como un pervertido indigno de ella. Pero luego me digo que no, su imagen para mi es como un tesoro y no veo nada de malo en adorar lo que a ti te gusta. Jamás te haría algo malo, solo quisiera estar ahí contigo, Lucía. Cada vez que convivimos, en mi solo están las ganas de estar lo más cerca de ti, de platicar mucho, de hacerte reír y de hacerte sentir como tu me haces a mí. Yo siento que soy un buen chico y porque no habría de pensar que te merezco.

Ya me revolví la cabeza y me espanté lo que me quedaba de sueño. Mejor me voy a parar de una vez, además en la calle ya hay un ruidero que no me dejaría en paz de todos modos. Creo que siguen dormidos en mi casa. A ver que me encuentro de desayunar en la cocina.

Veamos, veamos ¡Ay, jefecita! Te pasas de lanza. Ayer te dije que llegaría en la madrugada y aun así se te ocurre dejarme comida. Te pasas, en serio. Ja, ja, ja; pero que bueno, ya tengo desayuno.

¿Qué hace este balde de agua puerca en el baño? Huele asqueroso. Sepa mi jefa para que lo querrá. Ya nadamas me lavo los dientes y me voy al trabajo. Debo apurarme porque se me está yendo la hora ¡Qué onda con esto! ¡Qué asco! Esto no es agua ¡Apesta horrible! Huele como a gasolina ¿Qué está pasando? A ver probaré en la llave de la regadera: ¡Uf! Está igual. Mi familia no es que se muera de hambre pero que nos pasen este tipo de cosas neta que si cala mucho. A veces la pobreza duele demasiado. No manches no me quiero ir sin bañar hoy, aparte al rato es la fiesta de las cajeras y no quiero llegar todo sucio. Lucía me preguntó ayer si iba a ir, y yo le dije que a lo mejor asistiría, aunque obviamente sabiendo que ella iría, pues yo estaba todo ansioso del evento, así que disimulé. Me da mucha emoción la noche. No he ido a muchas fiestas en mi vida fuera de las de quince años de mi familia, o las que se atravesaron cuando iba en la escuela ¿Qué tan diferente será esta de aquellas?  Espero pasar mucho tiempo con Lucía y así poder platicar bien con ella, y no sé qué me da de pensar que hasta pudiera pasar algo después.

¡Ah!¡No mames! Es tardísimo. Pinche ruta te tenías que atorar en el tráfico. Por qué justo ahorita tenían que estar los de protección civil revisando las coladeras. Si les digo esto en el trabajo no me van a creer ¡Apúrense! No quiero que me descuenten nada. Si llegó tarde me rebajarán exactamente lo de las horas extras de ayer, entonces me habré desvelado para nada ¡Ojalá que no! No puedo darme el lujo de andar perdiendo el poco dinero que me gano.

Bueno, pues ya llegué tarde, ni modo. Al menos no lo es tanto, tal vez solo me llamen la atención. Ya se ve la entrada del Gigante, a ver, si llego en cinco minutos a checar tarjeta, solo tendré veinte minutos de retraso, y … si, no deberían descontarme mucho.

¡Ay! Ya me dio una punzada. Allí va saliendo Lucía. De prisa, camina más rápido para que la alcances. Ya me vio, pero no se detuvo ¿Qué raro? Creo que va a ese carro ¡No manches! ¡Se besó con alguien! ¡Vale madres! Entonces si era cierto lo del novio ¡No, no, no, no, no manches! ¡Ay! Después de todo sabía que no podía ser tan fácil; era todo demasiado bueno. Con que si tenías a alguien. Imagino que el otro vato es mas seguro de si mismo, y mas atractivo y más rudo y mas todo, además tiene carro. De todos modos, vi que, si me notaste, y otra vez me miraste igual; me miraste con esa cara de tristeza mientras te alejabas con el otro a tu lado ¿Qué significará esa mirada? ¿Acaso me tienes lástima?

Es horrible trabajar estando deprimido; haces todo como una máquina. El cuerpo se mueve sin pensar, como tratando de no molestar a la cabeza y al corazón que están todos enredados. Estoy enojado con Lucía, pero al mismo tiempo muy lastimado. Quiero irme a mi casa a encerrarme para olvidarme de todo. En serio que, qué bueno que ya me voy a ir pronto de aquí, pero, por otro lado, está bien que esté ahorita metido en el trabajo, me ayuda a distraerme de todo. Además, me gusta esto que estoy haciendo, es mi tarea favorita: el frentear cosas. Es tan relajante eliminar los espacios huecos y rellenarlos con los mismos productos. Así queda cada anaquel rebosante de líneas multicolores de objetos bien presentados y acomodados. Diría mi papá: “Gracias a Dios que hay trabajo”, ahora me cae como un rayo su frase. De a ratos, ella se me olvida, aunque luego regresa y me castiga en la panza con un ardor renovado.

Ahora le estoy ayudando a mi jefa, Adelita, que es muy amable y casi como una segunda madre. Me trata con cordialidad y hasta me ha defendido de los gerentes que quieren explotarme. Hoy nuestro departamento, creo, es lo más amargado en toda la tienda. Mi jefa está agüitada también, casi tanto como yo. En la mañana llegaron los nuevos descuentos y ella se equivocó al ponerlos en los mostradores de precios. Los clientes oportunistas se dieron cuenta del error y se aprovecharon de la oferta, aún cuando a simple vista, saltaba el error en el acomodo de las cantidades. Al explicarles mi jefa que todo había sido un malentendido, estos hicieron un escándalo y mandaron llamar al gerente quien, por complacerlos, acabó doblándose a los reclamos. Como la tienda no puede perder nada, resolvieron que la diferencia sería pagada del salario de Adelita. Ella lo aceptó, casi con lagrimas en los ojos. Entonces fuimos corriendo a corregir los precios de los muebles y seguimos con el día. Desconozco que tanto le descontaron, aunque hice una aproximación con el número de los clientes y los errores en los precios. Calculé que es varias veces mi sueldo de un mes. No sé que hubiera sido de mí si yo hubiera sido el responsable. Sin exagerar casi me habría pegado un balazo. No puedo dejar de compadecer a mi jefa, pobre Adelita.

Aquí sigo tratando de distraerme en las necesidades de mi departamento. Trato de quitarle lo más posible de carga a mi jefa porque ya la vi un par de veces sollozando por los pasillos. Me he acercado a decirle que todo es muy injusto y que cuente conmigo, ella me ha mirado como siempre, amable y con esos ojos cálidos: <<gracias, Santi. Eres un buen niño>>. Yo trato de no molestarme porque, aunque esa frase vaya con buena intención en el fondo me ofende. Por que me dicen “niño”, que no ven que ya tengo dieciocho: ya soy un adulto como ellos. Quizá eso sea lo único que me molesta de mi jefa, a veces cuando ella traspasa la barrera de su jerarquía y deja ver a la persona que hay detrás del uniforme, me hace ver eso, el concepto real que tiene sobre mí. Alguna otra vez me dijo: <<eres un buen muchacho. Qué lastima que las muchachas de aquí no te convengan>> eso me dolió, porque en su comentario iba incluida Lucía: << ¡Que puedes saber tú!>> pensé en su momento. Ese día estuve malhumorado con ella, pero bueno al final me dije que, que tanto podía entenderme una señora. Como sea, ella me cae muy bien y me pareció horrible lo que le pasó en este día.

Con todo lo de hoy, casi se me había olvidado la fiesta. Tuvo que venir el pendejo de Miguel a recordármela cuando me lo encontré en el pasillo de frutas. << Si, a lo mejor voy un rato porque me toca trabajar temprano mañana>> eso le dije; él me replicó: <<Deberías quedarte hasta morir. De todos modos, mañana es tu ultimo día.>> Le dije, con coraje en mi interior y una falsa sonrisa que él tenía razón. Me despedí y me fui a repartir a mi área el checado de las cosas de mi departamento que los clientes habían puesto en algún otro. Mi penúltima jornada casi acabó con esa actividad.

Miguel persistía en mis pensamientos de esa tarde. Él había sido el primero en traerme las pistas de que Lucía tal vez no era la chica que yo había idealizado. Un día de hace ya un tiempo salió casual la conversación que terminó en ella. Yo le digo “las seis palabras de Miguel”, y siempre las creí como una mentira descarada, pero con lo de hoy en la tarde, esas mismas palabras acabaron tomando un sentido que me acabó lastimando. Me acuerdo, que hace como un mes y medio, nosotros hablábamos de mi seriedad habitual y en dos segundos me hizo congelar la sonrisa con toda la sucesión de cosas que me dijo.

>> ─ Si. No deberías ser tan serio. Mira, hay muchas niñas aquí que te harían caso si fueras más animado…

>> ─ Luego deberías venir a una de nuestras fiestas, se ponen chingonas…

>> ─ Las viejas ya bien pedas se dejan hacer de todo. Les puedes agarrar lo que quieras: las nalgas, las chiches…

>> ─ Me he cogido a algunas de ellas y a las que no se dejan, mínimo me las he fajado…

>> ─ Hasta me he besado con Lucy.

Eso fue todo aquel día. Así se me enterraron las seis palabras. Si todas las demás frases me estremecieron, la última me acabó de fulminar. Cuando lo dijo sentí como si un millón de asquilines me hubieran picado en las entrañas. Y en serio que quise consolarme con que todo fuera la exageración de alguien desesperado por atención. Pero ya conviviendo con los demás, que, en sí, no eran muy diferentes a Miguel, me di cuenta que tal vez en todo había algo de verdad. Me quedé confundido a partir de ese día y hasta traté de apartarme de ella; naturalmente quedé decepcionado pues no podía entender nada. Miguel me llevaba diez años, era alto, con una panzota, y en su cara no había nada que ofreciera armonía ¿Cómo podía alguien como él conseguir el cariño de ella? Aunque fuera sólo por unos segundos. Pensé en Lucía cuando saludó con un beso al otro chavo, al que supongo era su novio, luego pensé en Miguel de nuevo y, también pensé en todo ese ambiente de la tienda, dónde todos podían llegar a estar con todos, y me sentí tan abrumado que más fuerte y dolorosa se volvió mi depresión de aquel día. Desde esa mañana horrible, mi concepto de ella se rebajó, la imaginé besada por un montón de bocas asquerosas y entre todas esas, ninguna había sido la mía. Como puede ser así, si yo me siento mejor que todos ellos. Luego me compadecí de seguir pensando de esa forma, le estaba dando mucho valor a mi persona y sentía que eso no era correcto. Unas pinceladas de iluminación de algo que no terminaba de entender pero que se estaba modelando lentamente en mí, me decía que de cierta forma yo no podía hacer nada y así todo tenía que ser, o, mejor dicho, simplemente todo era así. No era cuestión de voluntad si no solo de realidad.

Esa será una de las cosas que me tragaré cuando me vaya de aquí: las ganas de descontarme a Miguel o mínimo de mandarlo a chingar a su madre, pero bueno seguro en diez años que nos veamos a mi me irá mejor y el seguirá siendo un pendejo ¿Y tú, Lucía? ¿Dónde estarás? Seguro habrás saboreado cien bocas y roto cien corazones más. No, no debes hablar así. Ella no te ha hecho nada, al menos, no ha propósito. Contigo siempre ha sido amable, te ha tenido confianza y debo darlo por hecho, me ha mostrado algo que, estoy seguro, a los demás les ha escondido ¡Ay! Lucy, como me dueles en cada una de las letras de tú nombre.

Como fue que llegué a pensar que realmente podría darse algo entre nosotros. Si hiciera memoria llegaría casi al día siguiente de nuestra primera conversación. Desde ahí, si recordará cada momento “nuestro”, no pararía de juntar pruebas de que hay afinidad entre nosotros. Si, ¿Por dónde empezar? Siempre nos saludábamos en la mañana. Platicábamos cada vez que nos encontrábamos en los pasillos. Cuando había promociones especiales de nuestros departamentos, y debíamos poner islas cerca de las cajas, tú y yo nos hacíamos mensos armándolas mientras pudiéramos platicar lo más posible, y ¡Dios!, en serio que hablábamos de todo, lo hacíamos hasta que yo sentía la cara roja y la boca seca. Al principio eran los chismes del trabajo, luego cosas en nuestras casas y, por último, ya nos abríamos a compartir las cosas que realmente pensábamos sobre el mundo. Con eso me enteré de tus canciones, de tus películas, de tus recuerdos y de tus sueños. Yo sentía tan agradable la empatía y la confianza que me regalabas y cada día me iba contento a mi casa porque sabía algo nuevo de ti. Pero de todo, por mucho, lo que más disfrutaba era cuando me pedías que te acompañara a la bodega, y claro, yo intuía que no era necesaria mi presencia, pero allá íbamos los dos. Te llenaba el carrito con lo que me decías y luego platicábamos más. Me emocionaba que cuando me querías mostrar algo, me acercabas tanto la cara que hasta sentía tu respiración caliente sobre mí, ello, más el aroma de tu perfume siempre me traía hechizado. Así tus ojos se volvieron para mí el libro más misterioso. En ellos había una infinidad de señales que yo intentaba descifrar. A veces te sorprendía mirándome mientras yo limpiaba los espejos de los muebles, en otras, lo hacía cuando mirabas mi boca y luego mis ojos, yo sólo creía que mis dientes chuecos te producían morbo, pero otra parte de mi me decía que era algo más, y en ello intentaba fortalecer mis ilusiones. Una vez en el pasillo del almacén de ferretería quisiste pasar frente a mí, yo estaba de espaldas a los anaqueles, y te deslizaste de lado para atravesar el escaso espacio que quedaba libre, como este era muy angosto, pusiste tus manos sobre mis brazos para poder pasar, pero en el acto tus dedos se deslizaron sobre mi cuerpo como una caricia, y sentí tan rico cuando palpaste con tus yemas la suavidad de mi piel. Yo te dije: << ¡Cuidado!>>, porque había un tornillo clavado en el piso, y tú te alarmaste, te detuviste en seco y casi te arrojaste contra mí. Alzaste los ojos diciendo: << ¿Qué?>> y ¡Ay! Que nos encontramos con las caras casi pegadas. En cuanto correspondimos los ojos, sentí una sensación eléctrica que me recorrió todo, absolutamente todo ¿También la sentiste? Creo que es la única vez que te he visto roja.  Después de eso nos hicimos más cercanos, a veces en la noche mientras platicábamos esperando nuestros taxis, te quedabas callada y me recargabas la cabeza en el hombro. Después comenzaron los cumplidos, y primero me chuleabas los brazos, luego la espalda y después lo simpático que era. Yo creyendo que debía corresponder en todo, iba corriendo casi en el acto a devolverte el cumplido. Tú solo te reías y me mirabas sonriendo. Así me terminé de enamorar, porque si, así le puedo decir. Estaba y… lo sigo ahorita.

Creo que todo suena muy bien, y obvio que hay muchas cosas más, pero yo no intenté nada porque realmente no la quería regar. Me importas demasiado, lo sabes, pero el temor de dar un paso en falso y acabar rechazado con un simple: “te veo como amigo” me hizo estresarme y en cierta forma reprimirme. Quería estar seguro, pero nunca me diste la señal que necesitaba. Además, yo ya había escuchado los rumores de que tenías novio, y al principio me desanimaron bastante, pero nuestra conexión cada vez más creciente, me hizo renegar de todos los chismes y rumores que te envolvían. Un día, me lo confirmaste y entonces me hice a la idea de que mis sentimientos solo iban a ser platónicos. Si, recuerdo perfectamente esa conversación:

>> ─ Y… ¿Tú tienes novia?

>> ─ … No, ahorita no.

>> ─ Pero no te pongas nervioso ¿Sabes? Se me hace raro que no tengas…

>> ─ ¿Y…? ¿Tú?

Recuerdo que le di un pausado dramatismo a mis palabras, y mi voz casi se apagó. Seguramente con ello evidencié el temor que me producía hacerte la pregunta, o más bien el temor de que me confirmaras la respuesta. De pronto te pusiste seria y hablaste:

>> ─ … Si… tengo un como novio. Bueno digamos que estoy saliendo con alguien…

Intuyo que te diste cuenta del daño que me hicieron tus palabras. Recuerdo que la cara se me puso rígida y mis ojos se vidriaron. Por suerte, el gerente nos interrumpió, y me hizo un encargo que me hizo alejarme de ti.

 Desde ese día comenzó mi sufrimiento. Yo anclado en todo lo vivido, traté de sobreponerme a la verdad que me azotaba: tú ya eras de otro. A partir de ahí las cosas se enfriaron mucho. Ya no me pedías que te acompañara a la bodega, nos saludábamos y hablábamos menos, y empezamos a coincidir poco en los pasillos. Hasta parecía que nos evitábamos. Una que otra vez se dieron bonitas casualidades que me trajeron un poco a todo lo bueno de los días chidos, pero en cada una de esas oportunidades, hasta sentía yo que te limitabas a propósito. Quise creer que solo me veías como un amigo, y que solo así habríamos de estar, pero algo me hacía desconfiar. A veces me soltabas pistas de que no estabas a gusto con tu vida fuera del trabajo y eso obvio lo incluía a él. Yo por no delatar mis sentimientos nunca te preguntaba, y aunque nos íbamos distanciando, en el fondo sentía encendida la brasa de una unión entre nosotros y así seguí aferrado a ti.

Así lo podría resumir: el primer mes nos hablamos, en el segundo nos conocimos y en el último nos alejamos. No estuvo en mis manos nada, parecía ser yo un barquito de papel en un rio caudaloso, que simplemente era arrastrado y deshecho sin poder oponer resistencia, no importando el esfuerzo de navegar hecho en el acto. Pues me quedé prendado a los viejos tiempos, a nuestros mejores chispazos, y en ellos traté de hallar las respuestas que mi cobardía no se atrevía a sacarte. Como yo desde un principio quedé decepcionado de este empleo, me hice el compromiso de ya no renovar el contrato. A parte la paga es muy poca, y de seguir así jamás conseguiría el auto que siempre he anhelado. En este día, más que nunca, me doy cuenta que un coche propio puede ser la clave de todo. A las chicas como Lucy, les gustan los hombres con sus propios carros, es más si tuviese uno ahorita, podría llevarla y traerla de su casa. Se acabarían los taxis, y ella me vería más como alguien independiente, como un chico capaz de conseguir cosas importantes por si mismo, eso creo que me daría muchos puntos. Pero bueno ya presenté mis intenciones de renunciar en los días pasados, para mi extrañeza, a todos les ha caído de sorpresa. Desconozco qué pensará Lucy cuando se entere.

No le dije que ya me iba, aunque no era mi propósito ocultarlo. Solo le conté a unos chavos en el comedor, y como no sabía que tan rápido corrían los chismes por aquí. Descubrí que para la tarde ya lo sabía casi toda la tienda. Por un momento eso me alivió, ahora que Lucia se me esfumaba de mis posibilidades, no consideré necesario avisarle ya. Solo éramos amigos, después de todo, eso y nadamas. La visión de ella con el otro me atormentaba, pero al menos me dio la certeza de que no había, ni habría, nada entre nosotros, todo fuera de ello, eran mis fantasías.

 Me encontré a Lolis de perfumería por mi pasillo, ella sin más, me preguntó que si era cierto lo de mi salida. Se lo confirmé, luego me dijo: << ¿Y ya se lo dijiste a Lucy?>> Su pregunta me confundió, puesto que ella era su mejor amiga del supermercado. Entendí que había algo de secreto en sus palabras. Yo solo atiné a decir que se lo diría al día siguiente o al rato en la fiesta. Luego ella se fue, mirándome extrañada. Ahora más que nunca los sentimientos por Lucia se me revolvieron en el pecho. Recogí mis cosas porque en ese día turbulento mi jornada ya había acabado. Debía llegar rápido a mi casa, la fiesta sería en la noche y, debo admitir, que quería irme lo más arreglado posible para así impresionar a Lucy.

El taxi llegó como un rayo a mi calle. Vi con sorpresa que la avenida estaba hecha un tumulto. Protección civil seguía revisando las coladeras. A su alrededor había bomberos y muchos vecinos míos reclamándoles algo. No les presté mucha atención; mi cabeza estaba en mis cosas, y entre todo lo que sucedía yo solo rezaba para que todo el desmadre que traían con el agua ya se hubiera resuelto y así pudiera bañarme en paz.

Pues no. La regadera sigue siendo una porquería. Menos mal que hoy no sudé tanto, con todo y el calor horrible de este abril. Me enjuagué la cara, me vestí lo mejor que tenía, y me peiné con mucho cuidado. Me gustó mucho mi reflejo en el espejo, caray que si me veía muy diferente: así salí a la fiesta. Ahora estoy esperando mi taxi. Lo hago con paciencia, no me conviene removerme en la ansiedad de lo que me espera en la noche: con la esperanza de verla y con la determinación de aclarar las cosas que nos debemos me basta.

Ya voy de camino. Continuamente me reviso el aliento y me toco el peinado esperando que aun siga estando todo en su debida manera, me reconforta sentir que todo va bien. Ahora pienso que he gastado mucho en los taxis. Sin duda desbalanceará un poco mis ahorros. Ese “golfito” del 80 que siempre he querido supongo que llegará uno o dos días después. Si para eso me voy a salir de acá del Gigante, para trabajar en la fábrica con mi tío. Ahí a uno le va mejor. Ya cuando tenga mi carro definitivamente todo me irá de maravilla.

En las noticias de la radio suena el presidente. Ha estado muy de moda últimamente. Dice que con el tratado que está gestionando con Estados unidos y Canadá, habrá más dinero y empleos ¡Ojalá sea cierto! Yo quiero llegar al dos mil teniendo ya mi casa y mi coche ¿Cuántos años tendré para aquel entonces? Veintiséis ¡Órale! Quién sabe todo lo que no viviré en estos ocho años que quedan.

Es aquí, esta es la casa de Martha la cajera. Ya se escucha la música ¿No habré llegado muy temprano? ¿Ya habrá llegado, Lucy?

Pues, esta fiesta no se me hace la gran cosa. Hay unos poquitos del trabajo y otros que no conozco. Hay muchas cervezas y apesta a cigarro. No hay nadie a quien hablarle. Nadie. Me siento incómodo. Todos están platicando y yo no sé qué hago aquí sentado todo callado, siento que debería acercarme y hablar, pero no sé cómo hacerlo. Nunca he sabido como socializar. Creo hasta agradecería que estuviera aquí Miguel o Beto. De ella no hay ni sus luces, pues no sé, iré por una cerveza y me pararé por ahí a ver si alguien me habla.

Pues esto se ha animado. Ya llevo cinco cervezas y siento como se me va quitando la pena. Me junté en la bolita que armaron Miguel y Beto y con ellos me he pasado ya un buen rato. En el fondo me alegró que Lucy no haya llegado, así ya no tendré que lidiar con encontrarme con ella y, luego, en frente de todos. Además, me anima hasta cierto punto el rumor general de que yo he asistido a la fiesta. Siento que eso dejará buena impresión de mí, me imagino.

Todo esto me parece tan extraño. Sentía miedo de venir porque realmente esto no es lo mío. Aparte los malditos cuentos de Miguel sobre sus reuniones me habían dejado mosqueado de ellas. Sus horribles “seis palabras” habían tenido la culpa de todo. Ellas habían sembrado el precedente de la existencia de un mundo secreto en el que personas como él y… Lucy explotan sus instintos en el más logrado libertinaje. Ese mundo que creía inalcanzable para mí, ahora está frente a mis ojos y ahora yo soy parte de ello. Si, no hay diferencias entre todos y yo, eso me reconforta y con cada cerveza abierta o con cada cigarro fumado. La idea de un yo elevándose por todos mis defectos, acaba sobrepuesta en la ilusión de estarme convirtiendo en el ideal de hombre que chicas como Lucy desean. Me siento satisfecho de mí, de dejarme llevar, de ser “extrovertido” por así decirlo, y que agradable la sensación de sentirte igual que cada persona en esta bola.

Alguien ha dicho de pronto que Lucy viene por la puerta. Siento que se me van a doblar las rodillas.

Y ahí estaba ella. Era como una visión. Qué diferente se veía sin su uniforme, y peor para mí, que bonita: ¡El escote! ¡El maquillaje! ¡El pantalón! De pronto caí en cuenta que no solo yo la miraba embobado, y la idea, de que ella siempre había sido mucho más que solo la belleza discreta que yo creía haber descubierto, me hirió. De pronto sentí la vibra lujuriosa que todos le lanzaron, y yo casi estuve tentando a gritarle a todos de que miraran a otro lado. Ella inspeccionó la reunión y me clavó la mirada en cuanto me identificó entre el grupito que estaba. De pronto me sentí avergonzado, porque un ápice de sentido común, me hizo mirar las cosas desde sus ojos. Mis compañeros ya estaba pedísimos, lo que era peor es que yo seguro no ofrecía buen aspecto. De haber sabido que ella estaba por atravesar el umbral, me hubiera desaparecido de esta bola de idiotas para ponerme en otro lado y mostrarle un aspecto mas decente. Lo único rescatable de todo, es que el alcohol me hace sentir envalentonado y con ella frente a mis ojos, doy rienda suelta al escenario de poder encontrar un espacio donde podamos estar sólo nosotros.

No importa que tanto hubiera ideado en mi cabecita tonta: no se iba a poder. Dos minutos después de que ella hizo su espectacular aparición, entraba por detrás un chavo mal encarado que llegaba a prendarse a besos de ella. Si, era el novio. Ella, se dejó tomar de la mano, casi como temerosa, y se dejó conducir hacia nosotros. No recuerdo cuantas veces he pasado saliva en mi vida, pero ahí debí hacerlo como la mitad de ellas. Nos saludaron de uno por uno. En cuanto lo hizo el novio, quedé subyugado por la firmeza de su carácter, era difícil sostenerle la mirada sin sentirse intimidado. Lo de ella me dolió más, al besarme la mejilla, sentí el aroma familiar de su dulzura que se me desvaneció de los sentidos en cuanto habló: << ¿Qué tal el muchacho? ¿Quién se lo hubiera esperado?>> Lo dijo lo suficientemente alto como para que todos lo oyeran. Yo sentí como si me hubieran dado un cañonazo en el estómago.

De eso ya hace un rato. Yo sigo en la fiesta viendo el otro güey disfrutar de ella, le mete la lengua en la boca, la abraza, la acaricia. Todo lo ebrio que llevaba se me ha cortado de golpe con la llegada de ambos y ahorita que los miro, pues peor. No sé que hago aquí, ya todos me parecen tan idiotas y de ella que me esperaba tanto no puedo creer lo que veo. Después de todo tenían razón. La vi, por ejemplo, cuando amagó con abrir la boca para que le sirvieran tequila directo de una botella; ver la sumisión a su novio me lastimó mucho. Al final acabó declinando el trago, pero ya que importaba, el daño que me hizo mi imaginación ya estaba hecho. Luego bailaron juntos, después ella lo hizo con algunos amigos, mientras, el otro, se deslizó por cada conversación y a cada lugar que iba parecía que lo estaban esperando. Sentía que los celos me mataban.

Ya no aguanté y me salí un rato al jardín de la casa. Estoy con una cerveza que bebo con hastío. No me sabe a nada, yo solo siento unas ganas horribles de llorar. Adentro están los gritos y la música a todo volumen, afuera la noche, yo, y mi soledad. Después de todo, si hay un mundo secreto del que yo no formo ni formaré parte ¿Para qué vine a esta chingadera? Tengo tantas ganas de irme, pero me da vergüenza que me vean todo descompuesto en el camino. Trataré de tomarme esto y me iré esperando ya no encontrarme a nadie. Eso pensaba cuando un rumor de pasos vino a distraerme. Volteé y en frente mío estaba: Lucy.

Se me quedó mirando, y leí como un libro el dolor en sus ojos. Se acercó a mí.

 ─ ¿Qué haces acá afuera tan solito?

 ─ Nada, me mareé un poquito y salí a tomar el aire.

Me quedé mirándola. Nunca la había visto así, tan inestable, tan insegura. Era casi como si fuera a explotar en cualquier momento. Aun así, traía una sonrisa que a todas luces se veía forzada. Se adelantó a hablar:

─ Oye ¿Por qué no me dijiste qué ya habías renunciado?

─ No pensé que debiera decirte… Digo no lo vi necesario. Bueno, no sé cómo explicarlo. Simplemente no quería decírselo a todos. No sé si se entienda mi punto. Ya sabes como soy de serio…

Mi respuesta me dio vergüenza. Lo dije todo mal, todo torpe como no podía hacerlo alguien más que yo. Sentí la decepción de ella, y luego su resignación, pero de alguna forma un chispazo de lo que dije le cambió el rostro.

─ Si sabes que te voy a extrañar mucho…

─ …Yo… también te voy a extrañar… no sabes cuánto, Lucy. Y también lo sabes.

Sin más se acercó para abrazarme. Yo quedé en blanco. Ella recargó su cara sobre mi pecho y la ceñí con mis brazos casi por impulso. Nos quedamos así quien sabe cuántos minutos, ella con sus ojos abiertos mirando hacia la nada y yo acariciándole los cabellos. Ese abrazo duró para mi una eternidad y juro que cada segundo se quedó marcado en mi ser. Su cuerpo envuelto en todo mi cariño me decía que estaba dónde y con quien deseaba estar, y de dónde no quería moverme nunca. Y ahí estuvo ella también ─ otra vez ─, la Lucy de siempre, la que sentí que sólo yo había conocido de verdad. Ahora si lo veía todo: ella me quería también. Me castigué por el tiempo de que tuvo que pasar para descubrirlo, pero que importaba, de alguna forma todo estaba empezando a amarrarse. Luego, despegó la cara de mi pecho, me miró y por fin sentí el milagro de su boca.

En ese beso sentí que le di mil besos, y le dije mil cosas hermosas más. El misterio de nuestros labios unidos me trajo la serenidad que mi alma imploraba. No puedo describirlo, simplemente ¡Juro por Dios que nunca había sentido algo como ese instante! Cuando separamos los ojos yo sonreía como un idiota; ella estaba a punto del sollozo. Su semblante melancólico me dejó preocupado. Ella habló:

─ También me gustas, Santi. Me siento bien sabe cómo contigo, en serio que mucho, pero no podemos tener nada más que este momento. Te mereces muchas cosas y yo no puedo dártelas. Eres un chico muy lindo y si se hubiera podido lo nuestro, seguro te hubiera acabado rompiendo el corazón… y yo no quiero eso… Santiago… estoy embarazada. Me voy a casar…

Me quedé abrumado por unos momentos, tratando de digerir lo dicho y hallar, aunque fuera la ilusión de algo dónde pudiera haber una oportunidad para nosotros. De esa imagen me quise asir, pero no la pude encontrar ni supe que hacer, menos que decir. Me quedé con la sensación de que me había explotado el corazón y también el cerebro, y ya no fuera ni capaz de pensar ni de sentir cosa alguna. Ella me vio con los ojos llorosos. Me dio un beso en la mejilla y regresó a la fiesta casi corriendo, yo le hablé, pero ya no se volteó.

Me quedé solo de nuevo en el jardín. Permanecí unos minutos reponiéndome de todo lo vivido. Estaba deshecho y como no, alegre al mismo tiempo, todo revuelto junto a la duda y la confusión. Era un remolino de emociones y a todo le daba fuerza Lucy, la que era mía y también la que se me iba. Entré de nuevo a la fiesta. Ya no la vi, tampoco a su novio, así que decidí mejor despedirme y mañana buscarla en el trabajo a como diera lugar. Dije adiós y todos me miraron con extrañeza, pero también con compasión, pensé que se burlaban, pero en más de uno, vi ojos sinceros que me ofrecieron un instante momentáneo de fortaleza.

En el taxi de regreso me sentía molido por todo; me dolía hasta la vida. La cabeza me punzaba y traía el estómago revuelto. Con cada tope que pasaba el carro, me daban unas nauseas horribles y por un momento temí que vomitaría dentro del auto. Mi corazón estaba en el abrazo y el beso con Lucy, y mi cabeza con en el hijo que era de otro y en mis posibilidades encerradas en un laberinto sin salida. Abrí la ventanilla para que me refrescara el aire, pero afuera el hedor era asqueroso. Sin duda las cañerías seguían podridas de quien sabe que porquería. Avanzamos por las alcantarillas humeantes y pronto llegué a mi casa. Caí en la cama como un árbol derribado.

Nunca había dormido peor en mi vida. Me revolqué toda la noche, tuve pesadillas y soñé despierto; todo en medio de un frio endemoniado. Luego recuerdo que me cobijaba y sentía que hervía en sudor. Si, creo que estoy enfermo. Diría que me duele todo, tanto como amarte Lucy. Creo hubiera sido peor que nada de ayer saliera como salió. Es mejor tener un corazón bien roto, pero sin esperanzas, que, todo lo contrario. Pues a veces hasta la más ínfima llama de fe nos lleva a consumirnos en un sufrimiento que nunca hemos de apagar o que, una vez, negado el anhelo, nos hace caer en un abismo monstruoso del que difícilmente podremos salir. Ahora, Lucy, ¿Qué debo hacer? Por unos minutos hubo un nosotros, y luego todo se evaporó ¿Y que fue todo eso que me dijiste? Me quieres tanto como yo te quiero ¿Que más necesitamos? ¿Cómo podría fallar todo eso? Vas a ser madre, todo tu mundo va a cambiar de aquí en adelante. Aun así, con todo y eso, me gustaría estar contigo. Este hedor que hay en el aire, no sé si lo estoy alucinando o realmente está aquí. Pues el olor a gasolina me trae los pasajes de mi carrito añorado, ese Golf del ochenta que siempre quise de niño. Ahora que he madurado, ya no me atrae tanto como si lo hacen la paz y el cariño que ayer nos dimos. Con gusto sacrificaría todo lo que he ahorrado para que sigamos teniendo mas momentos iguales. No sé si también hayas pensado esa posibilidad. Además, cuando esté en la fábrica ahorraré más. Si, haré eso hoy que te vea, te buscaré y te diré todo esto. Podemos estar juntos, podemos tratar de intentarlo, pero ¿Y qué hay del otro? Nunca te pregunté por él y ahora tengo más dudas. Bueno, eso ya no me importa, ocupo saber que al menos por una vez me adueñé de mis deseos y tomé la iniciativa. Si, no importa que todo sea un fracaso. Es mejor una derrota con certeza que una victoria con incertidumbre. Qué día es hoy, a ver el calendario: es el veintidós. Ciertamente, es el último en tantos sentidos: en el trabajo, en mi vida pasiva y en mi soledad. Siento que se ha abierto un nuevo camino para mi totalmente ajeno a lo que ya creía destinado para mí. Tú, Lucy, estás ahí vibrando con tu aurora, invitándome a madurar como hombre, sembrando la idea de una vida contra la desesperanza. Son apenas las diez con tres de la mañana, sigue siendo muy temprano y si todo esto lo descubrí con un beso no me quiero imaginar que será de mi con todo lo que nos falta. Gracias…

Un trueno… escombros… polvo… dolor… Lucy…

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