
“Buenos días estimado Andrés Astillero
Le escribimos de parte de nuestro equipo para informarle nuestra decisión con respecto a la propuesta de publicación que, usted tan amablemente, nos ha proporcionado. Después de un estudio minucioso y hallando en su obra un valioso gesto de confianza por parte de usted, lamentamos informarle que declinamos la edición de su manuscrito. Sin embargo, en vista de su potencial talento narrativo, un editor se pondrá en contacto para ofrecerle la oportunidad de participar con nosotros para otro proyecto diferente.
Atentamente Grupo Editorial E.”
─ ¡Chelito! ¿Qué crees?!
─ ¿Qué pasó?
─ Pues que ya me contestaron de la editorial.
─ ¿Qué te dijeron?
─ Lo que me esperaba. Que no aceptaron mi manuscrito.
─ ¡Ay! No te desanimes. Ellos se lo pierden. Seguro habrá oportunidad en otro lado.
─ Supongo que sí. Aquí me dicen que alguien me contactará para ofrecerme una especie de oferta para colaborar con ellos.
─ ¿En serio? ¡Qué emoción! Ahí lo tienes…
─ Yo creo que es una mentira. Solo dijeron eso para no sonar tan crueles, así como te dicen que guardarán tu CV cuando no fuiste seleccionado para una vacante.
─ No seas tan negativo, Andrés. No creo que le digan lo mismo a cualquiera.
─ Es pura falsedad.
─ Ay, Andrés. Ya verás que pronto.
─ Ojalá, pero la verdad no creo ¿Qué haces?
─ Nada. Te quito lo amargado a besos. Hazme espacio, me quiero sentar arriba de ti.
─ A ver.
─ ¿Ya te sientes mejor?
─ Si, un poco ¡Gracias!
─ De nada.
─ ¿Si sabes que se te ven unas piernotas con ese vestido?
─ Sí. Lo sé.
─ Ja, ja. Mira, mira: Qué modesta.
─ Oye, Andy. Creo que te están marcando.
─ A ver, pásame mi celular.
Andrés Astillero, sostenía el celular que vibraba con la llamada entrante. No reconoció el número, y probablemente no hubiera contestado como le era costumbre, pero un extraño presentimiento lo hizo tomar la llamada con urgencia. Consuelo, su esposa, vio con curiosidad el rostro del hombre que se desmejoraba entre más discurría la conversación. Pronto la llamada la atrapó y las palabras que agarraba en el aire no le permitían descifrar nada en absoluto. Imaginando la seriedad de la situación, quitó los brazos del cuello de su marido y lentamente se incorporó. En el movimiento, la chica levantó un vientecillo y su perfume fue a parar al preocupado rostro de Andrés.
─ Si, entiendo… Si… Claro que me interesa participar… mañana en la noche… No, gracias a usted … Hasta luego.
El hombre colgó el teléfono y miró a la esposa quien con ansias aguardaba a que le explicara lo que sucedía. El la miraba embobado y por un momento la mujer se preocupó. De pronto la cara de su marido, le pareció irreconocible, tenía esa cara tan familiar que siempre la había intrigado y que el tanto evitaba mostrarle. Sin más le preguntó:
─ ¿Qué pasó, Andrés? Habla que me estás preocupando.
─ Eran los de la editorial.
─ ¿Y? Ay, Andrés, dime.
─ Pues que quieren que colabore con ellos, pero no con nada de lo que escribí. No les gustó, porque dicen que suena muy pesimista, y que así escriben todos. Pero que les gusta mi estilo y me ofrecieron colaborar en una nueva serie de cuentos que irán destinados a niños y adolescentes y, para ello, necesitan contenido más “optimista”. Me dijeron que para mañana en la noche les enviara un escrito de cinco páginas que tuviera buenos personajes y… un final feliz.
─ ¡Qué buena noticia! Ya viste que si era verdad.
─ Si. Supongo que sí.
─ No te veo muy emocionado ¿Si crees poder terminar en un día?
─ Pues yo creo que sí. Pero lo que me encargan no es lo que me gusta escribir… No sé si se vaya a poder.
─ Entiendo, pero a lo mejor ya iniciando puedes modelarlo con tu propio estilo y así ajustarlo también a lo que quiere la editorial.
─ Pues, puede ser. Lo voy a intentar. A ver qué pasa. También el proyecto no me convence, pero creo que si participo podría eso ser la llavecita para brincar a un mejor lugar después.
─ Me alegra escucharte así. Esa es la actitud, Andy.
─ Ya sólo reviso este correo que me mandaron de la oficina y veo que se me ocurre.
─ Seguro será algo bueno. Ya me voy a revisar mis pendientes del trabajo, regreso al rato.
─ Si, Chelito. Ve con cuidado.
La pareja se despidió con un beso y Andrés miró la bonita silueta de su mujer perderse en la puerta de entrada. Escuchó el rumor de un carro que se encendió y luego se alejó. Abrió el editor de textos en la laptop y con el cursor intermitente en la página en blanco, Andrés se perdió en sus pensamientos.
“Un cuento feliz; quieren que escriba un cuento feliz. Creo que nunca he hecho uno, o sea si pasajes alegres y momentos con emoción, pero siempre, al final, la realidad golpea el mundo de mis personajes y les acaba arrebatando sus posibilidades de plenitud. Creo que será un buen ejercicio; una buena prueba para enfrentarme a mis creencias. Como debería empezar. Imagino debería ser algo como los cuentos de Dickens, con una conclusión positiva conseguida sólo después de una vida de carencias, o mejor, atribulada, así como en las novelas de Dosto. Eso es, tiene que ser algo que, de esperanza, algo donde se consiga alcanzarla, si, algo así, pero ¿Qué?”
El hombre puso música, creyendo que en ella encontraría la serenidad para concentrarse y reunir a sus ideas, y aunque su cuerpo se relajaba con cada canción, su mente no consiguió hilar el argumento anhelado. Así pasaron diez, veinte y luego treinta minutos, y el cursor del mouse seguía igual, parpadeando sin variación en el documento vacío.
“Estoy en blanco ¿Qué pasa? En serio, me entusiasma la colaboración con la editorial, aunque no lo demuestre por mi orgullo asqueroso. Pero claro que es una buena oportunidad, antes de esto, no tengo nada. Hasta me emociona lo que la gente pensará cuando vean que estoy participando en este proyecto. Unos pocos me criticarán, eso es seguro, pero la mayoría también quedará impresionada. En el fondo ansío ese reconocimiento, aunque yo sepa que lo que hago, no es más, de lo que ellos podrían hacer si también tuvieran la oportunidad. Bueno, a lo mejor no del todo, exageré un poco con lo último. De todos modos, no sé para qué andas pensando en eso Andrés; otra vez te distrajiste y tu cabeza sigue toda revuelta. Mejor voy a revisar el correo que me mandaron. Ya ni la chingan, es sábado y aun así quieren que los ayude, pero bueno, a ver, haré esto rapidito y luego regresaré a inventarme el cuento.”
Después de hacer una breve llamada para explicar los puntos que detalló en el correo de respuesta a su empresa, Andrés quedó otra vez a merced de la ansiedad. Se levantaba de la computadora a cada rato, iba al refrigerador a hurgar por comida, se entretenía hojeando cualquier libro, agarraba el celular para distraerse en Facebook o Twitter, o simplemente se perdía contestando la oleada de mensajes que le llegaban. Luego, veía la laptop encendida con la página en blanco y de nuevo el hombre se estresaba.
Dio un vistazo en sus cuadernos de apuntes esperando hallar algo que ya estuviera acorde a lo necesitado. De la misma manera navegó en sus archivos respaldados, en los trabajos inconclusos y en los ─ eternos ─ bocetos de ideas “prometedoras”: nada de nada. No es que no pudiera adaptar algo de ello, o hasta incluso reciclar lo ya escrito, pero tenía tanta fe en esta primera oportunidad formal que él quería dejarse todo en el intento, y así su mente se hizo una enredadera de las mil situaciones que podía trazar para cada posible historia, para cada personaje, y para cada camino que resolvía al posible cuento que indudablemente terminaba encerrado en un fatalismo que parecía ser lo único que él pudiera escribir.
“Es que no me sale nada: no puedo ¿Y si realmente no se puede? ¡No! No seas negativo. Se tiene que poder, no hay nada de malo en que un personaje consiga ese cariño, o ese trabajo, o que llevé a cabo ese viaje, o que se cumplan sus sueños, a final de cuentas es un cuento, algo inventado que pueda ser creíble. Tengo que mirar hacia mis recuerdos, buscar un instante, algo tan puro y hermoso que desprenda emoción y se acerque a la alegría. Siempre me he aparecido curioso eso, el cómo la felicidad puede revivirse desde la nostalgia, y digo revivirse, porque al final solo queda una tristeza remota por algo que sabemos que ya no se repetirá ¿Por qué tendrá que ser tan efímero todo? Nuestras emociones nos hacen vibrar cuando nos desbordan y nos hacen sufrir cuando las vemos perdidas. Bueno, no debo atormentarme por eso ahorita, ya tendré todo la vida para resolverlo. Regresemos. Bien, entonces necesito un sentimiento, un pasaje o una escena poderosa que concentre algo digno de atesorarse, algo de eso que te entierras muy profundo para nunca perderlo. La soberbia y la vanidad nos hacen felices, pero es una felicidad egoísta y pasajera, eso no me sirve. El amor, creo es la clave de todo, en el descansa el consuelo de los hombres; es el alimento del alma y sin un alma no se puede existir. Solo que creo también este es peor de moldear o definir: necesidad afectiva o simple deseo ¡Ah! Estoy hecho una enredadera.”
Andrés Astillero apagó la laptop y en su cuaderno de notas esbozó todas las ideas que se le ocurrían. De entre todas escogió una que partía desde sus recuerdos y en ella combinó varios personajes de entre la realidad y su imaginación. Conforme redactaba el flujo de la historia, continuamente debía reformar su estructura pues parecía que sus personajes solo querían sufrir y solitos echaban a perder todo lo que deseaban. Halló un punto medio entre una resolución positiva y un contexto desolador que le permitió imprimir, dentro de lo que cabía, su propio sello y entrar al mismo tiempo en las especificaciones del texto que le habían encargado. Era algo sobre una señora que al final del día era sorprendida por su familia, y aunque su vida para nada era perfecta, la calidez que recibía de su gente le daba el suficiente impulso para continuar. Creyó que la idea tenía potencial y escribió el cuento de un tirón. Lo leyó, y se sintió satisfecho. Tenía esa emoción pasajera de quien ha terminado algo y está más tranquilo por desembarazarse de la obligación que por la perfección del contenido. Cuando lo releyó se desanimó un poco. Aún así lo capturó en la computadora y creyó que, con cada línea acomodada, este mejoraría en su construcción. Le dio varias pasadas con los ojos y aunque el final tenía un desenlace alegre para nada le pareció lo más natural. Lo releyó y editó hasta el cansancio, pero al final el resultado fue el mismo. Se desahogó un poco de la frustración al saber terminado el cuento y aunque se quedó con la mala espina de no estar convencido con la conclusión, así apagó la laptop para descansar y darle la oportunidad al día de que despejara su mente.
“Es que así es la vida. Es la proposición que creo casi como un axioma. La ficción no debe ir más allá de lo tangible del mundo, de su realidad, debe aspirar a esta y no a sobrepasarla, a menos que queramos una fantasía y según yo nadie prefiere vivir en una. No dudo que como en mi cuento, eso mismo pueda pasar en algún rincón del mundo, pero lo más probable es que no pase o que no vaya a suceder. Yo tengo la fe de que ojalá todo fuera de acuerdo a nuestras esperanzas, que cada día fuera como vivir en un milagro, pero tampoco puedo contradecir las circunstancias del mundo. Entonces creo que debería dejar el cuento tal y como está, algo así como una evidencia de la necesidad de creer en lo bueno, en lo bonito, como si fuera un testimonio de fe ¡Qué complicado es todo esto! Pues el cuento más o menos puede leerse y espero que el público para el que vaya no piense tanto como yo y le agrade. Ya no se me ocurre nada y lo más seguro es que lo vaya a dejar así. Mañana temprano veré si se me ocurre otra cosa.”
Andrés, un poco mas descansado de si mismo. Se distrajo con una película en la televisión. Luego llegó su esposa y después de conversar un poco sobre su día, salieron a cenar. Llegaron cansados y directo a la rutina de las noches: lavarse los dientes, desnudarse, acostarse, besarse y envolverse. El hombre acostumbrado a su eterno insomnio abrió los ojos en la madrugada. Miró el cuarto y luego se entregó a sus reflexiones para ver si así se agotaba lo suficiente como para poder conciliar el sueño de nuevo.
“Pues pasó todo el día y no se me ocurrió nada mejor. Creo que ya así lo mandaré. Es bien raro, se supone que lo tengo todo, pero aun así algo me falta, y no sé qué sea. Escribes como te sientes, eso es un hecho, pero no habría imaginado que necesitaba resolver tanto de mi para poder sacarlo al exterior ¿Cómo le hace la demás gente? ¿También vivirá así? ¿Como le haces tú para dormir bien? Te veo ahí con tu cara delicada, con ese cabello que te adorna, con todo lo que te sobra de bonito. Sé que tienes tus propios problemas que resolver, pero ¿Serán ellos parecidos a los míos? ¿Te aburrirás tu primero de mi o yo me sentiré solo antes de eso? Creo que estoy pensando mucho de nuevo: otra vez. Mandaré el escrito así. No quiero pelearme con el de nuevo. Ya solo mañana le daré una pulida. De mientras, recrearé toda la historia en mi cabeza…”
Al día siguiente el hombre trabajó en su cuento. Lo acomodó, borró y cambió hasta que quedó convencido de que no le sobraba ni le faltaba nada. La fluidez de su narrativa le trajo el pensamiento de que esta, tal vez, pudiera sobreponerse a lo flojo de su conclusión. En eso satisfizo un poco sus dudas y así dio los últimos repasos de la historia. Guardó el documento y armó el correo para hacer la entrega. Con ansiedad revisó cada detalle tanto en el escrito como en la redacción del envío y, con todos los nervios de sus manos sudorosas, completó la entrega del cuento. Al hacerlo, sintió que le habían quitado un peso de encima. Totalmente satisfecho de salir airoso de la situación ahora si se perdió en el ocio que le permitía la tranquilidad de ese sábado. Tan solo horas después de haber hecho el envío le llegaba a su bandeja el resultado de la editorial. Nunca hubiera imaginado que recibiría una respuesta tan rápida. Andrés estaba con su mujer cuando todo eso pasó.
─ Me acaba de llegar algo de la editorial.
─ ¿Qué dice?
─ A ver, deja veo.
─ Si.
─ ¡No manches! Dicen que si les gustó mi cuento y que lo publicarán en la edición de este mes. Me dejan adjunto un formulario para ingresar mis datos financieros para que así se me pague por su adquisición.
─ ¡Qué genial, Andy!¡Ya ves! Y tu siempre tan negativo. No sabes el gusto que me da escuchar eso ¡Tenemos que festejar!
─ Este… sí. La verdad no pensaba que me fueran a considerar, pero que bien que al final sí. Espera, me acaba de llegar otro correo de ellos.
─ ¿Qué dice?
─ Quieren que escriba otro cuento igual…
La mujer de Andrés lo miro emocionada y luego borró su sonrisa en cuanto vio el rostro descompuesto de su esposo. Luego este, entendiendo que su reacción había alarmado a su esposa, acomodó su gesto y fingió una emoción superficial que la otra tardó en asimilar, pero al final los dos supieron alegrarse mutuamente. Así el nuevo encargo de la editorial quedó momentáneamente ignorado y se centraron en el éxito aparente del hombre. Andrés se animó al pensar que ahora había despegado como escritor, no como hubiera querido, pero al fin de cuentas lo había hecho. Después se sintió mal por ese primer escrito, había modelado una idea que al final le quedó grande y no supo representar, luego la disfrazó de una historia cursi que difícilmente podría emparentarse con la naturalidad del mundo. El escritor se sintió como un mentiroso al exponer algo de lo que no estaba muy seguro y que no sentía suyo, ni mucho menos capaz de defender. Luego le cayó como un rayo la idea del segundo cuento. Un Andrés abrumado se quedó sonriéndole como idiota a su esposa emocionada.
Esta fue la historia del hombre que pudo y no pudo escribir un cuento feliz. Como quien suponemos que es y no lo es; o al revés, de quién creemos no es, pero sin saberlo está más cerca de ello que nosotros. Por dentro todos buscamos esa felicidad y por fuera solo somos un cuento. Tal vez no necesitamos cuantificar o moldear esa plenitud, si no solo dejar que la causalidad de existir nos invente los personajes, nos envista de esperanzas y nos llene de momentos precisos ¡Ojalá! Que a eso se resuma todo: en dejar que la vida nos escriba.