
En el jardín de una casa residencial están desmontando un cobertizo. El polvo y las arañas salen corriendo para todos lados y ahí dónde va apilándose la madera, están los ojos fijos de una señora. Ella es doña Carmelita quien con curiosidad supervisa el trabajo que rompe la armonía del lugar. El montón de tablas fue haciéndose una pila y, en los pedazos, la mujer contempló la oportunidad que se le había ofrecido: la señora Dulce, su patrona, le había obsequiado ese montón como un acto de caridad.
Quizá, cualquiera no miraría algo más que desperdicio en el enorme cúmulo que se fue congregando en el patio, pero para Carmelita ahí estaba un poco del progreso y de la calidad de vida que quería darle a su familia. Cada madera polvorienta representaba para ella un nuevo espacio llenado, una nueva pared.
La mujer se puso a trapear el pasillo del jardín. Desde ahí continuó mirando la deconstrucción de la chocilla y también se aseguró de que no maltrataran sus tablitas. Cuando por fin el señor y su muchacho terminaron de desarmar el cobertizo, Carmelita, tímida, se acercó para recordarle a don Pedro, el jardinero responsable del trabajo, que sí podría llevarle la madera con su camioneta. Él le asintió amable y la señora quedó satisfecha. Miró al muchacho ─ el hijo del jardinero ─ que con su vigorosa jovialidad alzaba las primeras brazadas para irlas a depositar a la carrocería. Media hora después, el futuro de su casa estaba afianzado con unas cuerdas que don Pedro supo enredar. Carmelita estaba contenta, dentro de pronto llegaría al ansiado hogar con los materiales que lo investirían de vitalidad.
Por fin llegó la hora de salida. Carmelita aguardaba con impaciencia mientras don Pedro platicaba con el patrón de la casa. Ellos hablaban con soltura, desde el punto medio que sus diferentes condiciones sociales les permitían. La señora esperó a que terminarán la conversación sobre los arreglos del jardín, los chismes del gobernador y otras cosas de deportes. Más tarde que temprano, los dos hombres se despidieron y el señor encendió la camioneta. Salieron rumbo a la casa de Carmelita.
El viaje de regreso es de lo más satisfactorio en la rutina de un trabajador. Se va con los músculos vibrando, con el sudor seco en la cara, y con la esperanza de hallarse pronto en el hogar ante una cena y un baño revitalizador, y entre todo eso, a veces va también la certeza de un espíritu más tranquilo. Así iban las tres personas dentro de la camioneta: el padre, el hijo y la señora que sólo pensaba en sus tablitas. Fueron dejando atrás las residencias bañadas por el tornasol de la tarde, y a las decenas de personas que con sus cuerpos perfectos corrían por las banquetas disfrutando de una comodidad que no imaginaban que para otros era un privilegio.
La camioneta se acercó a las orillas de la caótica ciudad. Primero pavimento, luego empedrado y al final por tierra, así entraron a la colonia irregular en dónde vivía la señora Carmelita. Entre los oscuros caminos el conductor pasó esquivando los baches y los pedruscos y, por fin, en una calle que era poco menos que un pedazo de cerro, la camioneta hizo el alto. Todos bajaron del vehículo.
El hijo de don Pedro miraba con morbo la vivienda de doña Carmelita. La casa ─ si así podía llamársele ─ rayaba en la miseria más lastimosa. Sus paredes eran una mezcla de materiales, siendo de todos ellos el cartón y las tarimas los más decentes. Más sorprendente fue ver que de aquella chabola destartalada había salido un auténtico ejército de niños. Daba lástima mirarlos con sus camisitas manchadas y las caras llenas de mugre y mocos secos. El hijo de don Pedro habría contado entre seis o siete, no supo precisarlo por que como hormiguitas acudían a por las tablas, luego entraban de nuevo y regresaban como si fueran otros niños nuevos. Eso sí, los pequeños eran muy fuertes, en unos cuantos minutos el montón de madera quedó descargado en el patio de doña Carmelita. Luego salió el señor de la casa que intercambió unas breves palabras con el jardinero y le extendió un billete de cincuenta pesos como cortesía. El hombre dudó, porque estaba contrariado de la extrema necesidad que desprendía la vida de Carmelita. Se despidieron y dejaron atrás a la familia con su montón de tablas. A comparación de esta casa contra la suya, los jardineros imaginaron la propia como un castillo. Así se perdieron los dos en la negrura de la noche, pensando que había de pobrezas a pobrezas.
En la casa de doña Carmelita los niños estaban enérgicos. Sin dejar de sonreír paseaban por las maderas que inspeccionaban con curiosidad. “Allá van a ir los nuevos cuartos”, decía uno señalando al rincón del terreno; “Con estas chiquitas de aquí le haré una casa a los perritos”, decía otro; “Acá vamos a hacer nuestro cuartel”, sentenciaban los más grandes. Los señores se reían de las tonterías que decían sus hijos, pero también estaban alegres y de buen humor.
La mujer se sentía más satisfecha de lo que admitía su robusto semblante. Ahora que miraba que el material era mucho más del que había imaginado, las expectativas de su casa remodelada la emocionaban como no podía describir. Tuvo que salir de sus ilusiones porque el viento se alzó en grandes remolinos. Todos se refugiaron dentro de la pocilga.
Carmelita, vio el tiradero del interior, y resignada recogió las cosas en el suelo. Aventó los suéteres y los juguetes rotos a dónde no le estorbaran. Hizo el intento de regañar a sus hijos, pero estos ya estaban tan perdidos con la televisión que sus palabras murieron con el eco de las caricaturas. Fue a la cocina a preparar la cena. Sirvió los frijoles en los platos disparejos. Puso la mesa de a poco y llamó a los niños que acudieron en tropel para sentarse. El esposo, quien había estado acomodando las tablitas, entró por último y con toda la familia reunida tomaron la última comida.
Todo mundo comió a las prisas. La señora Carmelita les llamó la atención sin conseguir nada. Luego le preguntaron por su día y ella un poco extrañada trató de resumirlo, no encontrando otra cosa aparte de las tablitas que valiera la pena contar. Mientras hablaba sorprendió a su esposo haciéndose señas con algunos de los muchachos. Su turbación se volvió una sonrisa cuando anticipo las intenciones de su familia: “feliz cumpleaños”, exclamaron todos juntos.
En todo el día nadie la había felicitado, eso la había herido. Solo la novedad de las tablitas de alguna forma la había distraído lo suficiente. De todos modos, venía de una familia que no creía ni podía sostener esas tradiciones y de alguna forma sus hijos lo heredaron, por tal motivo no podía culpar a nadie ─ aunque si lamentarse─ ¡Pero que importaba eso ahora! Ahora estaba Carmelita viendo con sus ojos al pastel y la Pepsi que no sabía de dónde habían sacado. Encendieron unas velas y ella escuchó conmovida como le cantaron las mañanitas. Cada mirada puesta sobre ella la iluminó. Sopló y pidió un deseo ─ deseo que no pidió para sí misma ─, se repartieron el pastel que disfrutaron entre risas y alegrías. La señora supo que el lujo había costado muchas horas de trabajo por parte de todos y hasta el papá tullido había salido a colaborar. La dicha bullía de la señora en ese momento. La cara le dolía de sonreír, y así, con sus mejillas arrugadas y encendidas, se quedó disfrutando de su rebanada hasta que en la mesa solo quedaron las migajas.
Mientras Carmelita lavaba los trastes ella se entretenía mirando los restos de pastel que se deslavaban de cada plato; las boronas deslizándose le traían las memorias de los instantes vividos. Sintió tristeza al ver que lo que quedaba de esa felicidad desaparecía por el tubo de la cañería, pero luego se reconfortó con la idea de que lo importante no había sido la comida, si no la consideración que recibió. Sus hijos gritaban escandalosos sobre las camas revueltas, el esposo lavaba ropa y ella sonreía de nuevo al rememorar el pastel de cumpleaños que ahora solo existía como un recuerdo que se le iba prendando en lo más profundo. Carmelita miró por la ventana y vio las tablitas amontonadas afuera, luego pensó: “No. Pobres son los que viven sin amor”.