
Eugenia tenía muchos sueños, algunos, acaso alcanzables; otros parecían más fantasías que deseos. Entre todos ellos había uno por el que se había esforzado demasiado, tanto, que ya estaba al tiro de sus posibilidades. A ella le encantaba el rock y el metal, y, asistir al Wacken Open Air, en Alemania ─ el festival más respetado e importante del género ─ le hacia una ilusión infinita.
Eugenia se hallaba desempleada. Venía saliendo de un trabajo dónde más o menos había ahorrado una buena cantidad de dinero. Precisamente, en ese manojo de billetes tenía puestos los anhelos. Sabía que la suma era apenas la suficiente y que debía planificar todo con mucho cuidado. Separó los gastos esenciales para sobrevivir en la turbulenta ciudad y con el resto hizo una agenda para organizar su frágil economía. Puso cosas necesarias y cosas a considerar. Se emocionó al caer en cuenta que no había nada para impedir el viaje salvo el estrés de saberse viajando sola y por primera vez a otro país y cultura diferentes.
Entre todo lo requerido colocó como primer elemento el conseguirse una buena chamarra de cuero. Creyó que tener esa prenda era el primer paso para materializar su decisión. Dejó de pensar en los boletos de avión, en el hospedaje, en los pases del concierto o en el pasaporte; eso lo vería después. De momento solo importaba conseguir el mejor abrigo de piel, después de todo que es ir a un concierto sin tener la imagen adecuada al evento.
Se hizo de reservaciones y trasporte para una pequeña escapada a León, famoso por su distrito peletero. Con ansias tachó en el calendario la fecha del viaje. Mientras, se dio el lujo de descansar y darse el espacio que su anterior empleo le había cerrado. A diario, la joven explotaba su pasividad, navegando en portales y páginas web con información del festival, que cierto, era lejano aún, pero ya no dejaba de ser para ella un hecho latente. Todo lo mantuvo en secreto. No quería lidiar con la presión de sus conocidos en cuanto a sus avances. Era algo que hacía para ella, algo que sabía que únicamente disfrutaría en la soledad de sus veintisiete.
Se llegó el día en León. Dio vueltas por los distintos negocios y se sorprendió un poco de los precios tan elevados y decepcionada salía de cada local pues no hallaba nada que la vislumbrara. Eso sí, se hizo de muñequeras, cadenas y correas que a sus ojos quedarían como los complementos perfectos para la imagen que ya entretejía en sus fantasías. La tarde se dejó caer y apagó un poco el calor seco de las calles grises. Eugenia, pendiente de su objetivo, seguía recorriendo los distintos negocios. Fue en un pequeño taller, totalmente oculto de las principales avenidas, dónde vio la chamarra perfecta. Entró a la tienda y preguntó por la prenda. En el espejo quedó hipnotizada por la visión de ella envuelta en aquel manto oscuro: era perfecto. Vestida, con el abrigo, se imaginó rodeada de gente y entre una música llena de energía. Si, ya faltaba poco para sentir los riffs pesados, las guitarras agudas, las baterías atronadoras; faltaba poco para sentir toda la armonía del mundo hecha una estampida de poder y distorsión. Eugenia se emocionó de nuevo, pagó la chamarra y con alegría fue a tomar el autobús para volver a su ciudad.
Una vez en casa guardó con cuidado su adquisición: “Ahora si va en serio todo”, pensó mientras la acomodaba en el fondo del closet. Le dio un pequeño ataque de ansiedad al plantearse el siguiente paso, pero se tranquilizó con la idea de que aún faltaba mucho y que le quedaba el dinero suficiente para cubrir todo en su tiempo. Eugenia miró los posters de las bandas que adornaban el cuarto: Rainbow, Halloween y Saxon. Pronto los vería a todos. La chica se perdió escuchando el solo de “Crusader” y plácida descansó con las esperanzas de su próximo sueño cumplido.
Eugenia tenía una cajita en dónde guardaba todo su dinero. De ahí sacaba un billete cada vez que necesitaba salir o tenía que pagar algo pequeño. En un principio disponía de sus fondos con total libertad y se dejaba llevar por los antojos que se le atravesaban. Se atascaba de comida, compraba libros y sobre todo discos. Seguía confiando en sus contabilidades e imaginando que su presupuesto seguía perfectamente medido, pero lentamente se le fueron atravesando situaciones y pagos que para nada tenía contemplados. Primero una infracción, luego se le descompuso el refri y, por último, le tronaron los frenos del carro. Salió adelante de todo ello, pero al contar los billetes de la cajita quedó sorprendida por la cantidad que le sobraba. Sin duda alguna debía racionarse mejor.
Elaboró un nuevo plan y ahora si trató de calendarizar todo. Hizo un pacto para ya solo gastar en lo indispensable y por unos momentos se tranquilizó. Aún estaba con buenos números, de ella dependía sacar todo adelante. Tristemente, Eugenia descubriría que no todo puede anticiparse ni mucho menos medirse. Mas problemas le cayeron de improviso, más gastos y por consiguiente más deudas. Se arraigó en ella una tensión creciente que semana con semana le fue robando la tranquilidad de las noches. Comenzó a tener un miedo visceral por su cajita de ahorros; trataba de no verla, mucho menos abrirla. Sus pensamientos estaban ya siempre en torno al dinero que se le deshacía como agua en las manos. Eugenia realmente comenzaba a temer.
Llegó el día de la cita para sacar el pasaporte. Al ver los precios se agobió con el periodo por el que extendería su vigencia. Decidió hacerlo a un año, lo importante era asegurar el mero trámite para poder asistir al evento. Ya en casa, más tranquila y resuelta de concretar el viaje, empezó a revisar los vuelos. Una punzada la estremeció al ver que las tarifas habían incrementado de forma asquerosa; no compró nada. El deseo de conseguir algo más económico la hizo detenerse del impulso a apartar cualquier cosa. Además, le faltaba lo más importante: los boletos de entrada al festival; supuso que después vería como llegar. Ahora la muchacha estaba hecha un revoltijo de nervios; sentía su vida como una maraña de fracasos acumulados. Ir al concierto era todo lo que quería y eso no le parecía nada del otro mundo.
Las preventas de las entradas ya estaban próximas a lanzarse. Eugenia consiguió la tarjeta de crédito requerida y con el estrés de su riqueza inestable aguardó la fecha. Desde que se despertó la muchacha percibió que ese sería un día inusual. Una fuerte discusión con sus padres la hizo levantarse de un humor insoportable, el tema del pleito: su desidia a conseguir un nuevo empleo. Ahora la idea de comentarles el plan de su viaje la alarmaba más. Trató de darle la vuelta a sus ideas negativas y centrarse en la compra de los boletos. Esperó con impaciencia a la página de internet solo para desesperarse al intentar adquirir los pases. Por más intentos que hizo el sistema siempre la rechazó. Un mensaje de “Sin lugares disponibles” fue todo lo que obtuvo como respuesta. Fue un duro revés; ahora quedaba a merced de la apertura de nuevas fechas, pero, obvio, con peores lugares, y como no, más caros. Más contratiempos para variar como si Eugenia no tuviera los suficientes.
En un par de días la venta general se abriría al público. Eugenia ponderó sus circunstancias; la inquietud del inminente fracaso comenzaba a atormentarla. Después de un primer análisis se encontró rayando en el umbral de las probabilidades; apenas y estaba por encima del “todavía puedo”, claro, a excepción del minimo imprevisto. Lo que hasta ese entonces había parecido seguro ahora era un escenario inestable. Con resignación aceptó que había llegado el momento de abrir la caja de dinero y contarlo por completo; ensombreció con la suma final: ya no le alcanzaba para todo. Eugenia se amargó mientras esperaba la cuenta regresiva para desbloquear la compra de boletos. De pronto pensó: “tal vez si vendo algunas cosas aún sea posible. Algo debo poder hacer”. Vio los posters en su cuarto. Los estoperoles, el negro, las letras metálicas y sobre todo la ropa de cuero qué le recordaron a su nueva chamarra. Ver esas cosas le renovaron el ánimo, pero no lo suficiente como para apartar los sentimientos pesimistas de lo que sería de ella después del concierto. Tantas cosas traía la muchacha en la cabeza y todas estaban revueltas, peleándose y enredándose entre sí. La mujer salió de sus pensamientos; la alarma de su celular sonaba escandalosa avisándole que la venta de boletos había vuelto a abrirse.
Ya era Agosto; el ansiado agosto. Eugenia cerró los ojos; quería disfrutar el momento y atesorarlo en lo más profundo. Una voz melodiosa saludó a la multitud; el coro de respuesta fue ensordecedor. En la oscuridad percibía la euforia de los asistentes; imaginó el lazo invisible que los hermanaba a todos, que los apartaba de su soledad y que los volvía iguales. Los primeros acordes se dejaron oír, las ejecuciones rayaron la perfección. Unas guitarras se alzaron en contrapuntos alternando riffs y melodías; los bombos dobles taladraban los oídos. El vocalista se sacó desde adentro un hermoso vibrato que estremeció la sangre de Eugenia: así dio inicio el concierto. La energía, el virtuosismo y la sonoridad eran cosas que vibraban en los sentidos de la muchacha quien regocijada fue abriendo lentamente los ojos. Cuando lo hizo se halló con una computadora a su frente y, detrás de ella, con decenas de rostros cansados. La atmósfera de su oficina le cortó el viaje de golpe. Un mensaje en Skype terminó de matar sus ensoñaciones. Pausó la trasmisión del concierto y salió tronando los tacones sobre los mosaicos encerados del pasillo.
Mientras miraba los diagramas en el monitor ella pensaba en si no había hecho lo necesario para asistir al festival. Se halló de nuevo en aquel día dónde la realidad la había azotado; dónde apagó la computadora afligida por los precios exagerados que le cortaron las alas que ya la llevaban por las dulces visiones de sentirse afuera del hoyo en que vivía. De pronto, alguien le habló y distraída trató de meterse en la conversación. Aunque sostenía el hilo de lo dicho en la reunión no dejaba de pensar en la frustración de encontrarse de nuevo así: trabajando por necesidad ─ por una eterna necesidad ─. Se hizo el juramento de que debía volver a intentarlo el año siguiente. Al menos ya tenía la chamarra de cuero, la cual vestía con vanidad en ese día. El aroma de la prenda de algún modo la animaba pues mantenía encendida la chispa de un futuro prometedor. Supuso que sería más fácil tratar adelante; después de todo había aprendido mucho de esta experiencia. Cuando pensó en el final de su intento fallido fue inevitable su hundimiento al verse rebasada por la promesa incumplida ─ promesa que no era la primera vez que traicionaba─. Encerrada en paredes, con un horizonte de vidrio y concreto, Eugenia, había vuelto a recordar algo que ya sabía pero que siempre olvidaba: hay que emocionarse por los hechos, no por las posibilidades.