Ojos color lumbre

Un alarido inhumano rasgó la noche. A este le siguieron varios más, junto al ruido de unos ladridos que llegaron hasta la ranchería vecina dónde se celebraba una reunión. A pesar de que era de madrugada aún estaban despiertos en esa casa: era el rancho de don Néstor Sánchez. Ese día tenía visitas y para aquel punto el patriarca ya estaba dormido. Sus hijos veían morir la velada junto a sus esposas y alrededor de una fogata trataban de hallar las fuerzas para continuar. Estaban en total silencio pues llevaban horas atascándose de carne y alcohol, y hasta pereza les daba iniciar conversación. Así estaban cuando les llegaron los gritos. Alzaron la cabeza y quedaron asustados con la desesperación embebida en los alaridos. Sin dudarlo, todos pensaron que algo malo sucedía.

─ ¿Qué es eso, viejo? ─, preguntó alarmada una de las señoras.

─ No sé. Alguien está gritando ─ contestó el hombre sin reparar mucho en la pregunta.

─ Pero están gritando muy feo ¿No será que a alguien le está pasando algo? ─ volvió a preguntar la mujer.

─ No sé ─, le contestó en seco el hombre; era claro que estaba sobrecogido por el espanto al igual que los demás.

Nadie se movía y un sentimiento de desgracia se cobijaba en la mente de los señores. Tuvo que salir don Néstor, con su semblante lleno de tranquilidad, para que los demás mostraran mayor disposición.

─ ¿Qué es eso, muchachos? ─ preguntó el anciano con una curiosidad tan natural que les devolvió algo de calma a los adultos.

─ No sabemos, Papá. Alguien está gritando. ─, dijo otro de los hermanos.

─ A lo mejor son los muchachos de Joaquín. Ya vez que luego hacen fiestas y tomados se ponen medio locos─, inquirió el último de los hermanos.

─ Los muchachos de Joaquín ya no viven aquí ─ cortó el anciano.

El viejo rodeó el patio para salir al exterior y así escuchar mejor. Solo cuando vieron que él se movía, los demás optaron por seguirle. Los gritos aún se oían y estremecían la piel por la urgencia que reclamaban. Don Néstor era el único que parecía tomar todo con serenidad, y solo un gesto de extrañeza asomaba de su arrugada cara.

─ Los gritos vienen como del rancho de don Adrián, hasta me parece que es su voz y los ladridos son los de su perro ─, afirmó el anciano quién dijo esto después de estudiar el horizonte.

Hubo silencio por que la opinión de don Néstor implicaba actuar en consecuencia y los muchachos estaban muy asustados como para concebir la idea.

─ Yo creo que mejor vamos a ver qué pasa. A lo mejor se le metió un animal en la casa y le está dando guerra al pobre ─, continuó.

─ Pero Papá… este… puede ser peligroso. ─, dijo el menor de los hijos.

─ No sabemos. Qué tal que Don Adrián necesita que lo socorran y nosotros estamos más cerca. Por si las dudas me voy a llevar la retrocarga. Espérenme aquí ─, finalizó el anciano.

Segundos después ya estaba de vuelta con el arma y un par de linternas. El viejo arrastró los pies hasta la puerta y la desatrancó; aguardó por sus hijos quienes les estaban avisando a las mujeres. Ellas les reconvinieron a no ir, y los hombres se veían tentados a obedecer, pero se apoyaron en las súplicas de las señoras para hacerse de una falsa valentía con la que se escudaron para acompañar a su viejo. Una vez que salieron, estas se encerraron junto a sus niños y los arrullaron pues se habían despertado al percibir la agitación del lugar. Abrazadas las señoras con los hijos esperaron el regreso de sus hombres.

Afuera de la casa y con rumbo al rancho de don Adrián se hallaban los muchachos junto al viejo Néstor. Al ir caminando detrás de la firme figura del anciano se sintieron niños otra vez. Andaban sin decirse nada, y sobre el alumbrado que ofrecían las linternas. La conjetura del anciano era correcta porque los lamentos se oían cada vez más cerca. La desesperación en ellos eran invitaciones abiertas para alejarse; indudablemente había un presagio de desgracia en las notas de cada alarido. El ritmo de los gritos se atenuó conforme avanzaron. Ahora parecían, más que cualquier cosa, quejidos; unos agónicos y dolorosos. Iban a la mitad del camino cuando los lamentos se detuvieron. Después de unos segundos preocupantes el sonido más horrible que hayan escuchado se les clavo en la espalda: un aullido que no parecía de persona terminó por alterar la paz de la campiña. Los señores se quedaron parados como idiotas y si no fuera porque su padre reanudó la marcha ellos se hubieron devuelto a su casa en el acto.

─ ¡Rápido, muchachos! ─, dijo don Néstor.

─ Lo de ahorita sonó como al diablo ─, dijo alguien.

Lo cierto fue que después del fatídico sonido ya no hubo más. La tensión liquida de la noche vaporosa acentuaba el misterio y la pesadumbre de su situación. Ya miraban en la lejanía a la casa de Don Adrián y con precaución se acercaron a la entrada. 

Con el corazón palpitante rodearon la fachada esperando ver cualquier cosa. Las luces estaban apagadas y la oscuridad profería a la vivienda un inquietante juego de sombras. Al pasar por el corral de las borregas vieron como estas estaban enloquecidas balando al unísono, además de estar apretujadas en señal de defensa. Al aluzarlas con la lámpara todavía ofrecieron un espectáculo más macabro pues a todas les brillaron los ojos. De lejos también se alcanzaba a oír un coro de gallinas que cacareaba en pánico de muerte. Ignoraron todo esto lo mejor que pudieron y siguieron a la entrada principal. Se quedaron frente a la casa, muda como sepulcro y solitaria como cueva. Estaba el más joven iluminando unos matorrales, cuando exclamó asustado: ─ ¡Ahí! ─ y señaló con su luz lo que había descubierto. Al instante todos voltearon a ver. Un movimiento de algo que corrió entre unas ramas les alertó. La fugaz silueta que se deslizó entre los matorrales casi los hizo caerse del susto. Uno de los hombres gritó, y luego se sintió avergonzado de su debilidad: solo era el perro de don Adrián escabulléndose entre las plantas. Estaba agazapado bajo un arrayán, los miraba con la cola entre las patas y dando chillidos casi silentes. Don Néstor le habló, y este le reconoció pues él era una de las pocas personas que frecuentaba a su dueño. Sin embargo, por más que el animal se sentía consolado por ver una cara familiar, no se movió de su sitio.

─ Este pobre anda bien espantado─, dijo.

─ Le voy a tocar en la puerta a ver si sale ─, prosiguió el viejo. Caminó con sus ropas que se agitaban como una bandera y llamó lo más fuerte que pudo ─ ¡Buenas noches, don Adrián! ¡Soy Néstor Sánchez!

Volvió a llamar; nadie salió. Tampoco hubo ruido en el interior que delatara que hubiera actividad adentro.

─ Vamos a pasarnos, muchachos. Déjenme ir adelante. No vaya a ser que don Adrián los desconozca.

─ Bueno Pa’ , aquí venimos atrasito de ti, por cualquier cosa.

Iluminaron el patio y llegaron a la entrada de las habitaciones. Don Néstor Sánchez llamó a su vecino dando las buenas noches y preguntando si estaba dentro. Como no obtuvo respuesta se quedó confundido. Se planteó tocar directamente en las habitaciones; les dijo a sus hijos que esperaran en el patio. El viejo entró al pasillo principal. Empezó a alumbrar y se quedó extrañado al ver derribadas las puertas del comedor y el cuarto principal; continuó andando. En el patio los hijos estaban preocupados por su padre. Miraban en todas direcciones pues sentían que estaban vulnerables a algo que les estudiaba desde la distancia; pero solo escuchaban los pasos de su viejo por la casa y como este detenía de vez en cuando para luego proseguir explorando. Esperaban que de un momento a otro les hiciese el llamado para que fueran con él; como previendo que estaban a punto de descubrir la escena de una tragedia. Sin embargo, el viejo no les habló, y a los pocos minutos ya estaba de regreso con ellos.

─ ¿Encontraste a don Adrián?, le preguntaron.

─ No. Pero yo creo que mejor nos vamos ya. ─ dijo con intranquilidad y un mal disimulado temor.

La forma en que habló puso nerviosos a los hombres que para nada estaban acostumbrados a escuchar la voz de su Papá sin su aplomo habitual.

─ ¿Ya? ¿Por qué?… ¿Viste algo?… ─ interrogaron al viejo. 

─ Pues… a ver… ¡Miren!, ¡Alúmbrenle ahí!, ¡Se ve algo! ─, don Néstor habló con exaltación. 

El menor de los muchachos dirigió la linterna a dónde su padre le indicó: allí, en la oscuridad, se alcanzaba a ver un bulto. Cuando la luz dio de lleno en el objetivo, el joven no pudo evitar un breve grito que se ahogó junto a los quejidos de sus hermanos. Todos retrocedieron, como si con alejarse esa distancia estarían seguros de lo que estaba frente a ellos. Ahí estaba don Adrián, sentado en una silla… observándoles.

Como era posible que no lo advirtieran desde que llegaron, es cierto que el patio era grande, pero era una casualidad enorme no haberlo descubierto mientras estaban alumbrando el patio. Más alarmante era la idea de que entraron, lo llamaron e incluso lo buscaron dentro de las habitaciones y el no respondió. Una sacudida de miedo les dio de tan solo pensar en que había estado ahí todo el tiempo mirándolos. El viejo Néstor se acercó con sus hijos detrás.

─ Buenas noches, don Adrián ─ le dijo y se acercó con la mano extendida para saludarle.

Adrián no devolvió la cortesía, ni dijo nada, solo les observaba con expresión enmudecida; su “respuesta” produjo un silencio incómodo. Don Néstor creyó prudente justificar porque estaban ahí; tal vez eso contrariaba a su vecino y por eso no devolvía el saludo. Supuso también que Adrián andaba enfermo y, por ende, sus sentidos estaban deteriorados; después de todo era tan viejo como él. Iba a continuar la plática, pero se dio cuenta que le asustaba la figura de su amigo. Ahora que le ponía atención lo veía tan desmejorado que daba lástima, además juraría que desde que lo vieron no se había movido ni un centímetro. Solo una tenue respiración delataba vida en su cuerpo marchito. La mirada y el gesto le perturbaban sobremanera, pues estos eran penetrantes e inquisitivos; quien sabe en qué pensaba cuando los veía.

─ Este… Don Adrián. Vine aquí con mis hijos por que escuchamos algunos ruidos que nos preocuparon y pensamos que tal vez estaba usted en problemas.

Al no obtener respuesta, Néstor trató de disimular la confusión y el temor que le abrumaba. Lanzó una pregunta más directa.

─ ¿Está usted bien?

Tampoco hubo respuesta, pero Adrián dio señales de movimiento: lento y con esfuerzo hizo un asentimiento que acompañó con una sonrisa cadavérica. Cuando dejó de asentir, no quitó la mueca y con mucho trabajo la desincorporó de su faz. Este ademán produjo una expresión de desagrado en los visitantes.

─ ¿Está usted seguro? Se ve un poco malo. Allá en la casa tenemos comida que nos sobró, si quiere puede usted acompañarnos.

El mismo gesto fue devuelto como respuesta, pero acompañado ahora de un movimiento negativo. Intuyendo que Adrián quería que se marcharan decidió despedirse de él. Un último asentimiento les fue devuelto, y todos fueron a la salida sin ser siquiera acompañados por Adrián. Sentir esa mirada en las espaldas les heló la nuca y discretamente todos aceleraron el paso.

Una vez afuera emprendieron la marcha hacia su rancho. El viento estaba embravecido y los tenía erguidos con las manos en los sombreros. La neblina corría a raudales y las linternas no podían atravesarla con su luz. Para colmo, ellos empezaron a escuchar una dulce melodía en la distancia. Los muchachos ya sospechaban de dónde venía la música; una música encantadora que los seguía. Conforme se alejaban, más sentían la tentación de voltear para confirmar las ideas que cada uno de ellos se habían planteado. Pero un sentido de cordura les indicaba que no hicieran nada de ello. Don Joaquín sabía el origen de la canción: venía de la guitarra que vio en el suelo de la habitación de Adrián; una guitarra vieja y con las cuerdas reventadas.

El camino se les hizo eterno. Ya estaban a punto de llegar y cada uno de los muchachos se regocijó al sentir tan próxima la seguridad de la casa paterna. Para romper el silencio y tratar de normalizar los ánimos, el mayor intentó hacer conversación. Tal vez con eso todos se pudieran tranquilizar y romper la sensación de irrealidad que les sometía.

─ ¿Crees que don Adrián esté bien, Papá? ─ dijo.

─ Escúchenme bien hijos míos. Cuando lleguemos al rancho se me van directo a acostar. Pero antes de hacerlo, agarren a sus señoras y pónganse a rezar, pero no solo por nosotros sino también por don Adrián. Ahí tengo algo de agua bendita en la casa… la voy a regar por si acaso. Pobre de aquel hombre. Me di cuenta en cuanto entré en esa habitación. Él rompió a Cristo… rompió lo que le quedaba de alma. Ustedes saben que lo que alguien desprecia otro más lo anhela. Pobre Lucía si supiera como acabó… Mañana mismo, temprano, regresaré con el santo cura para ver si se puede hacer algo.

Sus hijos quedaron confundidos por las palabras. Entendieron y relacionaron algunas ideas, pero mejor no preguntaron, ya que estaban cansados y temían también la respuesta de su padre. Cuando llegaron al rancho hicieron tal y como se les ordenó.

En la mañana el viejo cumplió la promesa. Fue con el cura quien sorprendido escuchó el relato y le dio prioridad a la petición de don Néstor. Una hora después ya estaban bajando al rancho; el perro, huraño, los recibió guardando su distancia. Nadie les contestó cuando llamaron y terminaron entrando sin permiso. Una vez dentro volvieron a llamar a Adrián, pero este nunca apareció. Lo buscaron; solo hallaron desorden. Decidieron esperarlo.

Dio el medio día y no hubo señales de él. El cura en ningún momento dudó de las palabras de don Néstor sobre lo sucedido en la noche anterior; le respetaba. Además de que pudo percibir como se desprendía una impresión de agonía desde el lugar. Acordaron iniciar la labor y comenzaron a bendecir la casa.

Horas después sellaron la ceremonia con sus oraciones y se fueron del lugar. Don Néstor se apiadó del perro y se lo llevó a su casa. Cuando llegaron dejó al animal junto a sus otros perros y lo alimentó; después invitó a comer al cura. Platicaron de Adrián y la guitarra. Le contó con detalle los sucesos de la noche anterior, pero ahora sin guardarse nada. El párroco se veía impresionado, pero le confesó que la historia le resultaba un poco familiar.

─ ¿Con que eso pasó? La verdad, como le decía, no es la primera vez que escucho algo así y menos por estas tierras ¿Don Néstor, alguna vez ha pensado en la “memoria de las cosas”? Se que suena raro, pero mire, no me dejará mentir que tanto usted como yo, así como cualquiera, tenemos objetos de los que acabamos encariñándonos: una fotografía, una prenda de ropa, una carta… un instrumento. No importa si es nuestro o ajeno, le digo que estos objetos a veces son tan importantes para las personas que una parte de ellas se adhiere a estos. Cuando los sentimientos son tan fuertes la esencia trasmitida perdura incluso después de que los portadores dejan el mundo; aunque realmente no se puede afirmar que lo dejan si parte de ellos aún prevalece ¿no cree? Sus frustraciones y esperanzas se van volviendo un aura que anida en los tesoros materiales de la gente, y ese éter se recicla a si mismo subsistiendo del puro recuerdo que sustenta la emoción original con la que fue impregnado. Se que suena difícil de concebir, pero hay algo de verdad en todo eso. Por ejemplo, nunca nos deshacemos de los regalos que nos hacen, o al menos no podemos hacerlo sin traer a nosotros una marea de emociones. Viene la sonrisa, el esfuerzo y la consideración de pensar en nosotros. Parte de todo eso va en el presente y eso lo reconocemos; por eso nos alegramos al sabernos apreciados. Pero creo que esta “vida de las cosas” es solo una parte. A nosotros los párrocos, las almas más inquietas nos consideran rígidos y cuadrados. No los culpo y hasta me alegro, están en su derecho y sus juicios no están muy lejos de los laberintos en que nosotros mismos nos encerramos para salir adelante con nuestra fe. Digamos que la regla general es que exista este mundo y el otro, pero para ser honesto creo que puede que también exista un mundo intermedio, secreto, lleno de moradores que se alimentan de energías invisibles, así como las que le digo que perduran en las cosas. Estos residentes están, por así decirlo, en una eterna búsqueda de emoción; obvio, no son lo suficientemente fuertes para meterse con los vivos, de eso Dios nos protege ─ lo mejor que puede ─; pero por si mismos se alimentan de esa memoria de las cosas, y si aquellas sustancias umbrías encuentran impresiones poderosas en esos objetos, entonces imagínese lo que pasaría. Solo piense en una sombra que no puede morir y que sea capaz de mantener vivo un recuerdo para alimentarse de él ─ aunque sea ajeno ─ y que lo pueda hacer por el infinito para así sobrevivir de esa memoria ¿ve a donde quiero llegar? Lo que se alimenta crece y lo que crece se hace fuerte. Hay una barrera entre nosotros y ellos, ¿pero sabe qué? las barreras se pueden romper si las azotan con fuerza y en sus puntos débiles. Aquí es lo mismo. Si alguien existe, pero sin vivir ni templar su alma, quedará indefenso a estas fuerzas ocultas. Don Adrián era un buen hombre en el fondo, pero se olvidó de tanto…

Don Néstor escuchó impresionado al cura. No había manera de que mintiera o inventara lo dicho, era la sabiduría hecha carne. La sugestión le ayudó a digerir la comida. Después del almuerzo acompañó al padre al pueblo. En el camino continuaron la charla. Para sorpresa de ambos les dijeron que Adrián había pasado por ahí en la mañana, que a nadie le habló y que se veía extraño, tanto que hasta daba miedo saludarlo. Al parecer llevaba una vieja guitarra consigo. El último de los testigos dijo que le vio dirigirse a los cerros con una extraña sonrisa en la cara y que allá desapareció.

En el pueblo se pensó que Adrián estaba enfermo, que había ido a curarse y volvería un día cualquiera; jamás regresó. La parcela se hizo paja y sus animales empezaron a morir masacrados por los depredadores. Se hizo un consenso popular y estos fueron repartidos. El perro del desgraciado ya se había acomodado a don Néstor Sánchez quien encontró en él una valiosa compañía.

El viejo campesino seguía trabajando en el campo, sabía que lo haría hasta que le faltasen las fuerzas. Lo aceptaba y estaba satisfecho de terminar su vida siendo uno solo con la tierra. Todos los días sobrellevaba su rutina con firme resolución. Nada en él había cambiado desde aquella noche a excepción de un detalle. Siempre le había gustado mirar la ladera cuando el ocaso despuntaba en el horizonte; ahora le daba miedo. Hacerlo le traía un sentimiento de horror al reconocer en la luz aquel color tornasolado. Ello le traía a su mente el recuerdo de lo que vio en esa madrugada. No les dijo a sus hijos que fue lo que le perturbó cuando estuvo en las habitaciones buscando a Adrián en esa noche de gritos y ventiscas. Lo cierto era que el no dio con la guitarra en el piso por casualidad. Un brillo seductor lo atrajo; así dio con el centenario de oro. El resplandor le pareció tan innatural que de inmediato lo alumbró con su linterna: así descubrió la guitarra que se tocaba sola en un susurro que nada más el escuchaba. No pudo evitar el hilar una conexión entre el instrumento y todo lo que le pasó a su desafortunado vecino.

Ha pasado tiempo. Don Néstor como de costumbre está bajo la sombra de su pino. Desde ahí alcanza a ver la casa de don Adrián que ahora es menos que una edificación ruinosa: las vigas se han podrido; las tejas se han derrumbado; las paredes se resquebrajaron y el adobe es arrancado día a día por el viento. Los nombres de Adrián y Lucía ya están siendo olvidados en el pueblo.

Cuando el viejo nota que está a punto de atardecer regresa a su casa. Aun no supera ver al sol cuando tiene aquel aciago matiz. Siente los ojos color lumbre como en aquella velada; cuando se halló sondeando el reflejo dorado de una moneda desde la que creyó ver unos dedos danzando. El hombre se sacude en escalofríos, trata de distraerse y luego se levanta. En el camino de vuelta entreteje para sí un deseo.

“Ojalá que lo noche sea solo para nosotros. Que no haya misterios en ella. Que la única música que resuene sea la de los animales pastando, el follaje meciéndose y el agua corriendo entre las piedras. Que no se escuche en la oscuridad canción alguna, ni melodía que les quite la esperanza a los hombres. Que se queden enmudecidas en la tierra, muertas y en silencio, porque si llegan al viento: ¿qué será de nosotros? Que queden sepultadas y que de ahí no escape nada ni siquiera un acorde”.

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