Basado en el guión cinematográfico “Mil Noches en Vela” de Jorge Eduardo Franco

Isabel se dio un momento entre sus ocupaciones para descansar. Quedó recargada en el portón de la casa, arropada por la armonía del campo. El viento le mecía los negros cabellos; el sol le bañaba la piel morena. Sus ojos se hallaban traspasando los colores del día y de pronto se encuentran con algo que le pinta una sonrisa. La mujer se pierde en el instante: ha encontrado un momento de calma que atesora en lo más profundo. En la cabeza de la muchacha es todo tranquilidad y entonces le llegan los ecos de unas memorias remotas: un murmullo infantil comienza a vibrar. El rumor se hace creciente y termina por apagar los sonidos del exterior. Repentinamente esa paz se quiebra, un ruido ha distraído a la muchacha y esta voltea para averiguar la fuente.
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La noche está muriendo, las estrellas titilan débiles, agónicas. El horizonte parece cubierto de un manto encendido: un resplandor rojo se va abriendo desde la lejanía de los cerros. Los animales van despertando, claman al cielo y luego bajan a las praderas cobijadas de neblina.
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La arboleda está retumbando. Unos golpes secos resuenan y alborotan a las aves que están en las alturas. A pesar de ser temprano Jaciel ya está metido en sus tareas. Azota el hacha con fuerza contra los árboles; les va arrancando los brazos. Sus manos apilan la leña mientras el calor del día se va prendando de él. El tiempo no lo ha perdonado y con dificultad sobrelleva el esfuerzo en su cuerpo envejecido. El sudor se le escurre por las arrugas y va a parar a esos ojos que tiene, fríos, cansados, más afilados que la herramienta entre sus puños. Su respiración agitada parece el resoplido de un animal, la espalda le quema y tiene las articulaciones engarrotadas por los impactos, pero con todo y eso el hombre continua la labor. Cuando ve que el montón de madera es suficiente lo acomoda para manejarlo. Aprovecha unos momentos para descansar mientras se masajea los dedos callosos. Se limpia la frente con la manga de su camisa, luego, acomoda el fardo de madera en un costal y se lo carga en el hombro.
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Isabel está en la cocina preparando el almuerzo; algunas brasas de la mañana brillan aún. Ella sopla a través del fogón de piedra y una nube gris sale alborotada junto a unas chispas que se pierden en el techo cochambroso. Las varas comienzan a crepitar ahí dónde la lumbre va naciendo. La mujer busca entre los estantes los ingredientes de la comida: no son muchos los elegidos, está claro que la alimentación es apenas una eventualidad. Va colocando los recipientes magullados sobre el comal pero parece que el calor no es suficiente, parpadea a punto del sofoco y entonces el fuego se apaga. Isabel intenta reavivar las llamas: es inútil. Sale resignada de la habitación.
Atraviesa el pasillo de la casa con rumbo al almacén. Desatranca la vieja puerta para descubrir solo un vacío en el interior. Frustrada, cierra la puerta.
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Jaciel lleva el montón de leña en la espalda que vigorosa resiste. Las carnes le punzan por los rasguños y la fatiga lo incita a descansar, pero lo piensa, no quiere bajar el peso de sus hombros, teme no poder subirlo después. Además, lleva el doble del peso normal y es que por terminar rápido se echó toda la madera en el lomo. Ahora con todo el camino recorrido el sobreesfuerzo lo amenaza con tirarlo; pero el hombre es fuerte, aguanta bien. Camina despacio, resquebrajando la hojarasca bajo sus botas, acompasando sus pasos al ritmo del vaivén en que se mecen los árboles. De repente pisa una piedra con musgo que le hace resbalar y trastabilla haciéndose daño. El tercio de varas sale disparado y queda traqueteando en el piso dónde Jaciel ha quedado acostado.
Se da la vuelta despacio; teme que lo aparatosa de su caída lo haya lastimado. Se revisa el cuerpo: no le ha pasado nada. Entonces se queda ahí en el suelo mirando hacia las copas de los árboles. La luz se filtra por el denso follaje, baja en unos rayos etéreos que alumbran la oscuridad del bosquecillo. Jaciel no lo ha notado pero una lluvia de hojas cae intermitente desde las alturas y aunque los árboles vibran de vida parece como si se estuvieran deshaciendo. Él mira al cielo que se ve a través de los huecos; las sombras le bailan en la cara
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La silueta de Isabel se va perdiendo entre los magueyales y agazapada va recogiendo las ramitas que encuentra en el camino; poco a poco va formando una brazada. Se dirige a un grupo de encinos en dónde cree poder terminar de reunir la leña que le falta. Los árboles se bambolean con el viento de la tarde, son testigos de la calma del campo, de la tranquilidad de la chica y de una sombra que la vigila. Ella no se ha dado cuenta, pero unos ojos vidriosos la están cuidando con malicia. Los dientes amarrillos de la bestia se escabullen por detrás de la muchacha y, cuando esta menos se lo espera, una dentellada se le hunde en la garganta. Isabel cae herida de muerte sobre la hojarasca de los encinos. No dice ni hace nada, ya todo está hecho, lo sabe, y resignada espera. Queda mirando al cielo a través de los huecos en las copas de los árboles; las luces le bailan en la cara. La vida se le vacía a chorros mientras el horror le profana el cuerpo con sus colmillos podridos.
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Jaciel ha terminado de subir los montones de leña a la camioneta. Es una bronco azul del 82, tiene un foco fundido, la puntura rayada y le falta un cristal; pero aun así trabaja de maravilla. Sube al vehículo y lo enciende, este hace el esfuerzo por arrancar, pero truena. Después de unos minutos, la camioneta enciende y Jaciel acelera dejando una estela de polvo detrás. Está exhausto: solo quiere llegar a casa.
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La camioneta va a través de los caminos de la ranchería. A veces se pierde entre los remolinos que sacuden las arboledas. El paisaje es triste y, aunque deslumbre por el verde de la vegetación, la tierra luce seca, rajada y marchita. El polvo parece una mortaja apretada contra el suelo, que se prenda de todo y que quiere sofocar a cada cosa que se le atraviesa. Jaciel, con la vista imperturbable, va poniendo atención en los hoyos de la carretera que sortea con habilidad. El sol ya se alza en las alturas, lo acalora todo, y más al hombre que libra una guerra en su cabeza.
Poco a poco van apareciendo casas a los lados del camino. A lo lejos Jaciel divisa las bardas que cercan el edificio al que se dirige. El hombre aminora la marcha y detiene la camioneta junto a un árbol enorme. Camina despacio y atraviesa la entrada: ha llegado al panteón. La tierra roja es testigo de las dificultades del hombre por abrirse paso entre las marañas de pasto y arbustos que hay en el camino. En el cementerio ─ que apenas y puede decírsele así ─ corre suelto el aire que agita la hierba como si fuera una marea verde. En el rincón unas lápidas ruinosas apenas y se alzan sobre el suelo que amenaza con tragárselas. Las garras de ropas y de hombre que lleva Jaciel consigo se detienen en una tumba.
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En la cocina el fogón está apagado. La mujer entra presurosa a la estancia, revuelve los estantes buscando lo que necesita para preparar la comida. Entonces nota que la leña del rincón ya se ha terminado y sale hacia la despensa. Al abrir la puerta del cuartucho una brisa le sacude el cabello, el frescor de la habitación le enchina la piel. Agarra un manojo de varas y regresa a la cocina.
Las chispas de la leña se agitan cada vez que Mariel sopla sobre el fuego. Las cenizas salen revueltas y se le posan en el vestido. Su espalda sinuosa se arquea en cada intento por levantar la lumbre que se resiste a nacer. Por fin crece una llamarada y Mariel continúa preparando la comida. La habitación es fría y solo el fuego y Mariel dan luz al lugar solitario.
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Jaciel está harto del día; agradece que ya se esté terminando. Añora la paz del descanso merecido después de un día de rutina. Ahora, ya nada le impide ir a casa. Con sus obligaciones terminadas lo único que le queda por hacer es cenar y disfrutar de la noche, pero él no se dirige a su rancho aún: necesita tiempo para él; necesita pensar. Lleva tiempo con ideas extrañas que cada vez se le clavan más profundo; el hombre sufre. Aunque tenga compañía en casa, la soledad y un deseo peligroso se le entierran más y más en ese corazón enfermo que tiene. El sentimiento se le encarna a cada día y teme que su vejez no resista más y estalle en una locura que no pueda perdonarse después.
Distrae su perversidad con el atardecer inminente, los rojos rayos del sol salpican las nubes de matices. La oscuridad va devorando todo con sus sombras y Jaciel, con la cara como una piedra, mira al horizonte que se deshace y en dónde resalta, insignificante, una casita con algo de humo saliendo de su chimenea.
Jaciel camina con un montón de leña entre los brazos. Abre la puerta de la despensa y la apila junto a la demás. Entra a la cocina, en absoluto silencio, y se deja caer en la primer silla que encuentra. Mariel le mira expectante, sin dejar de atender la comida: no dicen nada. El hombre se levanta y se va a su habitación. La mujer le mira confundida y un nudo se le hace en la garganta.
Jaciel se sienta en su cama. Aprieta los puños y se clava las uñas en las rodillas. La noche ya ha caído y el viejo enciende una vela. La flama bailotea con la corriente del cuarto y el viejo se ve tentado a pararse para cerrar la puerta, pero un rumor de pasos lo hace detenerse: Jaciel se estremece.
Mariel entra a la habitación; se le ve nerviosa. Trae un pocillo que emana vapor. Camina insegura, titubeante, como determinada a hacer algo que no quiere, pero sabe que debe. Se acerca al hombre y se detiene para hablarle:
“¿Otra vez no vas a comer?”
El hombre alza despacio la cabeza y la mira a los ojos. La cara de ella la reconforta, pero también le duele, le trae las memorias de unas escenas que le pegan en el alma. No le responde, en vez de eso, baja la mirada. Ella duda, pero después se acerca y se sienta junto a él. En el movimiento, el vestido se mueve como una bandera y el perfume dulce de la chica le pega en el rostro a Jaciel. La muchacha no sabe que decir, siente la tensión de la figura a su lado y no sabe por qué o si es mayor a la que siente ella. Coloca la bebida en el piso y pone sus manos nerviosas en los muslos.
─ ¿Fuiste a verla?, ¿Verdad?
─ …
─ Al menos me puedes contar como era…
Mariel está frustrada, el corazón le late con fuerza y el silencio de Jaciel la atormenta. La indecisión le es un agobio. El hombre no hace nada, solo se queda ahí, percibiendo el calor de Mariel y la tensión latente del momento. Sin querer se descubre mirando el cuerpo de la muchacha, la falda de ella le envuelve con armonía las piernas; su forma resalta entre la delgadez de la tela que la viste. El hombre sube la vista por las caderas sinuosas, por la cintura pequeña, por los pechos que asoman su relieve en la blusa ajustada. Se siente abrumado por el cuerpo de mujer que posee Mariel. La belleza de ella le recuerda la razón de su desgracia. Parece como si la chica adivinará la aflicción del hombre y deseara hacer algo para calmarlo: entonces sin mediar palabra lo abraza con fuerza.
Jaciel, se deja llevar por la sensación del cuerpo de ella apretándose contra el suyo. La ciñe despacio con sus brazos musculosos. Corresponde el gesto de la muchacha. Ella le frota con torpeza la espalda, luego los brazos, y por último le pone la mano en la cara. El hombre siente como la sangre se le turba y como comienza a llenarle de vigor el cuerpo. Siente eso y la piel de la chica… tan suave… tan caliente. Él la estrecha con ternura; Mariel se deshace en un gemido que intenta reprimir. Un beso tímido truena en el cuello de Jasiel. A este le siguen más, explota todo en suspiros. Se recuestan despacio sobre la cama. Se dejan llevar por las ansias; por las ganas del otro que van estallando en una respiración contenida. No dicen nada, están inmersos en un revoltijo de sensaciones de dedos que acarician, de bocas anhelantes, de durezas y humedades que van descubriendo. Las manos de él se hunden en la falda de ella; las manos de ella le acarician el pecho y lento van descendiendo. Se quedan en la calidez de las sabanas envolviéndose, juntando la piel cada vez más, sabiendo que ya son del otro y que a partir de esa noche les sobrará el remordimiento y una cama.
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Una niña corre alegre entre la hojarasca que disfruta tronar bajo sus piecitos. Su risa alegra a su madre que se acerca para alzarla. La joven voltea y ve detrás suyo a un muchacho; la sonrisa en su cara se vuelve más grande. Jaciel camina tranquilo mientras se acerca a su familia.