
Dicen, los que viven en las rancherías de “el Astillero”, que cuando se les pierden sus animales y los hallan muertos en el monte, que se los ha comido “El Coyote”. No hablamos del depredador emparentado con los perros, si no que con ese nombre la gente agrupa en un símbolo bestial todo lo que no pueden justificar en lo salvaje de los bosques y que, ciertamente, año con año, diezma los corrales de la región. Esta criatura ha sido casi un mito desde la época de los abuelos y entonces, gracias a ella, se ha hecho costumbre tomar precauciones exageradas en cada finca de la población.
Recuerdo que con esa leyenda nos asustaban de niños y todo para que no jugáramos en la noche ni nos metiéramos a las arboledas. Aunque debo admitir que más que miedo sentíamos fascinación por la existencia de “El Coyote”. Nuestras fantasías nos hacían construirnos la imagen del monstruo y a veces hasta jugábamos a que nos perseguía. Nos acostumbramos a vivir con la idea de ese ser escondido en los alrededores más remotos pero conforme crecíamos también le fuimos olvidando. Solo que un día, muchos años después, el cuento se volvió realidad. En el pueblo había agitación: Don Alberto, el maestro de la escuela, había visto de cerca al animal. Me tocó escuchar la historia del encuentro:
<< Yo venía tarde de una fiesta en casa de Don Lázaro y para ahorrar camino decidí atravesar las milpas. Ya iba a la mitad cuando me puse nervioso porque en toda la pradera los perros aullaban y las borregas balaban escandalosas. Además, había un aroma rancio en el aire y parecía que crecía entre más avanzaba. Apresure el paso para llegar rápido a mi rancho. Luego, subí un pequeño monte y ahí fue cuando lo vi.
La cosa aquella estaba retozando en un pastizal. Corría alrededor de una vaca que tenía a medio comer. Su color era profundo; más negro que la noche. Se le veía famélico, apenas más grande que un perro desnutrido. El animal me tulló porque del espanto ya no me pude mover. Me aterró la idea de ver que una criatura tan seca había matado a la vaca; peor era darme cuenta que, a pesar de tener esas habilidades cazadoras, el animal tenía tan escasas proporciones. Las costillas se le veían feas en los costados y las patas parecían a punto de quebrarse. Su boca la llevaba abierta; la baba que le chorreaba de la lengua titilaba con el reflejo de la luna. Corría en círculos apuntando el hocico hacia la noche. Su mirada hueca no se detenía en las estrellas; ni en las nubes; ni en nada. Pero hacia arriba dirigía los ojos idiotas como burlándose de las alturas. Una voz inexpresiva y gruesa sonó de pronto y me terminó de romper los nervios. El eco metálico de cada palabra lo sentí como si me vaciaran una cubetada de hielos en el cuerpo. Entendí que la bestia había hablado:
“Mírame. Estoy aquí abajo en la tierra; tú, allá arriba en el cielo”.
Un grito salió de mi boca o más bien un intento porque se me ahogó el espanto en la garganta y fue como si me hubiera olvidado de cómo hablar. Aquella cosa se dio cuenta porque para mí desgracia vi como levantó las orejas y se giró hacia dónde yo estaba. Sentí mi corazón reventarse con lo que pasó después porque el animal se puso de pie y me clavó los ojos. Sentía que me moría, me agarró un temblor horrible y me quede viéndole como estúpido ¿Qué creen que hizo después? No lo podía creer: ¡La bestia comenzó a caminar en sus dos patas! y lo hacía sin dificultad. Sus pasos eran lentos pero firmes; comprendí que venía por mí. Quería correr y no podía; quería gritar pero la lengua se me enredaba. De mí solo salían unas súplicas que daban lástima. Recuerdo que empecé a rezar con desesperación mientras veía acercarse al horror con esos ojos amarillos que me traspasaban.
En la agitación de mis oraciones me mordí la lengua por accidente. Sentí el sangrerío en la boca y un dolor horrible ¡Eso me salvó! Por fin me pude mover y sin perder tiempo corrí como un loco no sin antes ver que aquella cosa también corría para alcanzarme. Ya no mire. Avancé hecho un rayo, y una carcajada inhumana sonó atrás de mí. Sabía que si volteaba vería algo con lo que mi cordura no podría lidiar; entonces seguí corriendo hasta que ya no pude. Caminé rápido sintiendo la nuca hecha una enredadera. En cuanto recobré el aliento volví a correr y así hasta llegar a la casa.
Una vez adentro, atranqué las puertas y prendí las veladoras de los santos. Traía un dolor de cabeza espantoso. Intenté dormir pero no pude hacerlo hasta que vomité varias veces. A la mañana siguiente me sentía extraño, como si todo lo vivido en la noche anterior nunca hubiera pasado; apenas y recordaba. Era como si todo hubiera sido un sueño. No sé, es difícil de explicar. Seguramente no me creerán y sé que iba tomado esa noche pero yo sé lo que vi. Esa cosa está allá afuera… >>
Así terminó la historia del viejo. Su aura sombría tenía a la audiencia sobrecogida. Estaba claro que era un trastornado y su aliento alcohólico no creo que haya ayudado mucho a la credibilidad de su relato. Su experiencia quedó como el delirio de un borracho; aunque todos tuvimos que reconocer que la narración fue extraordinaria.
Don Alberto empeoró después de aquel día; tuvieron que internarlo en un psiquiátrico dónde dicen que murió tras una estancia plagada de alucinaciones. Todos sentimos pena por el pobre. A pesar de su vicio, le reconocíamos como una persona culta y su amor por los niños nos conmovía a todos. La comunidad entera asistió al funeral. Los años han corrido y no hemos olvidado al Coyote. De vez en cuando encontramos los corrales de alguna casa deshechos. Nosotros le echamos la culpa a los otros coyotes; a los normales; a los que no nos dan miedo. Pero en el fondo todos reconocemos la antinaturalidad de las escenas; entonces, un escalofrío nos recorre la espalda y viene a nosotros aquella historia oscura y tenebrosa. Creo que la bestia ha anidado en los temores más profundos de nuestros corazones. Lo aceptamos: sabemos que somos vulnerables y él está ahí, morando en las noches quietas; esperando encontrarnos en la soledad de las veredas; esperando caminar a nosotros y consumirnos.