Sacrificio

Basado en el cuento «el cerdito» de Juan Carlos Onetti

“¿Sabes?, te pareces mucho a mi nieto.”

─ Emilio, ¿ya supiste?

─ ¿Qué?, ¿Qué pasa? No me espantes

─ Pues que la maldita vieja no se murió. La encontraron ayer y le hablaron a la policía. Luego, se la llevaron al hospital y dicen que está inconsciente.

─ ¡No estés jugando con eso, Guido! Sabes que es imposible, tu viste como le pegamos. No debería haber manera.

─ No es broma ni nada, te lo juro que es verdad. Me lo dijo mi mamá en la mañana.

─ ¿Habrá dicho algo?

─ Te digo que está inconsciente. Ponme atención, Emilio. Quita tu cara de pendejo y dime mejor: ¿qué vamos a hacer? Siento que nos van a buscar.

─ ¿por qué?… digo, no creo. Ayer lo hicimos todo bien. Nos metimos a su casa cuando nadie veía e igual salimos bien escondidos… ¿Juan ya sabe?

─ No lo he encontrado. Tenemos que buscarlo. Sabes cómo es de cobarde ese idiota y si a alguien se le ocurre preguntarle seguro nos delata.

─ Cálmate, Guido. Espérate tantito. Déjame pensar. Si actuamos mal nos vamos a ahorcar solitos.

─ No sé porque le piensas tanto si ya sabes lo que tenemos que hacer.

Los dos niños se miraron. Las palabras de Guido habían sembrado las implicaciones de una tarea oscura pero ineludible. Emilio escuchaba el plan improvisado para ultimar a la viejecilla; parecía lo suficientemente astuto como para llevarse a cabo. Pronto, Emilio, sucumbió a la frialdad de su compañero y se encontró asintiéndole sumiso a todo lo que decía. Acordaron hacerlo el día siguiente; aprovecharían el turno de la noche y la poca vigilancia. El muchacho ya no replicó y una vez concluida la planificación, acompañó a Guido a la puerta y se despidió de él. Pálido, con una ansiedad horrible y los nervios destrozados, Emilio, se recostó en la cama.

“¿Sabes?, te pareces mucho a mi nieto.”

Emilio, amaneció con las vísceras apretadas: era el día. Aún no se sobreponía de los hechos del primer intento y su cabeza vacilaba entre las dudas y los escenarios de él consumándose ─ otra vez ─ como un asesino . Llegó la hora; Guido apareció con una puntualidad desafortunada. Comenzaron a buscar las herramientas necesarias, repasaron el plan y luego se acostaron para “dormir”. Avanzada la madrugada se levantaron despacio y salieron por una ventana de la casucha. Las sombras de los dos muchachos se perdieron en los abismos de la noche.

─ Oye… Guido. He estado pensando y creo que esto es muy arriesgado.

─ Ya sé. Pero sabes que no tenemos de otra.

─ Si, pero no has pensado que a lo mejor y no es necesario que vayamos nosotros a ya sabes…

─ ¡Habla bien, Emilio! No te quedes callado.

─ Pues, que ni siquiera sabemos si la vieja va a sobrevivir. Además, en el caso de que lo hiciera ¿tú crees que alguien le va a creer y más sin pruebas?

─ ¿Y para que corremos el riesgo? ¿No te estarás rajando, Emilio? ¡Apúrale, hay que caminar más rápido!

─ No… lo que pasa es que… bueno, solo era una idea y ya.

─ Bueno. Eso espero. Mira ya se ve el hospital.

─ Si …

“¿Sabes?, te pareces mucho a mi nieto.”

Al despertar Emilio, inmediatamente percibió la agitación del pueblo. Trató de serenarse porque intuía que pronto le darían la noticia y quería verse con el gesto más natural posible. Sabía que debería expresar tristeza, pena o algo parecido, así, definitivamente, quedaría descartado de cualquier señalamiento y por fin comenzaría a gastarse el botín conseguido en el primer asalto. Vio el manojo de billetes entre la cama y se imaginó rico por un momento, pero la culpa lo volvió a la realidad. El remordimiento le roía los pellejos y se le metía tan adentro que casi se vio tentado a agarrar el dinero manchado y arrojarlo por la ventana. Salió a la calle.

Todos hablaban de lo mismo; el muchacho sintió una punzada al reconocer en los murmullos de la gente las esperadas ─ y temidas ─ palabras: “Han matado a alguien en el hospital”. Emilio se sintió miserable. Estuvo dando vueltas entre las personas, escuchando como descargaban su ira. De cada lengua salían maldiciones para el asesino que estremecían al muchacho; sabía que cada desprecio, que cada grosería era por y para él. Se imaginó peor que la basura, que la mierda, que toda la pobreza asquerosa en la que vivía. Ya no pudo; decidió regresar a su casa.

Emilio estaba recostado en la cama, preso de un sopor derivado de la desvelada de la noche anterior. Se quedó meditando en todo lo acontecido desde aquella visita a la casa de la vieja. El sueño lo comenzó a dominar, luego lanzó un suspiro y musitó para sí: “¿En dónde estarás, Juan?”. Acto seguido, se quedó dormido pensando en el piso del hospital dónde había dejado todo lo que le quedaba de tranquilidad y la cabeza reventada de Guido.

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