
En una noche fresca y ligera suena una preciosa línea de bajo acompañada de un piano. La música es tranquila, se mete en todos lados y hace vibrar cada rincón de la mansión en dónde está por celebrarse una fiesta. La entrada al lugar es de lo más elegante. Está conformada por unas altas columnas de mármol que enmarcan una limpia calzada de cantera. Al frente de la casa se ven proyectados los reflejos de las fuentes que no paran de rociar agua desde sus surtidores. El jardín está impecable y el cielo estrellado. El viento se mueve lento, como una caricia, y va llevando consigo los ecos de finos tacones que resuenan en los adoquines. Aguardando en la recepción, poco a poco, se van reuniendo innumerables parejas. Pronto, a todos les van dejando pasar. El suntuoso pasillo va vaciándose hasta quedar totalmente desierto. La fiesta da inicio. Adentro, en el salón principal, todo es vida y alegría, se escuchan risas, cristales de copas chocando, y un murmullo de conversaciones. La entrada termina por quedar abandonada, y solo se escucha al aire correteando en ella. Horas después, unos rumores de pasos vienen a romper la monotonía del portal. Una última pareja viene al evento.
A pesar de la hora, la velada sigue de ánimos. Es un desfile de vanidad y elegancia. Las mujeres están ataviadas con delicados vestidos, y los hombres a su vez, lucen trajes sobrios que realzan sus semblantes. Así, enfrascados cada uno en sus conversaciones fueron sorprendidos por la llegada de Alicia y Fernando.
De inmediato las miradas se posaron en ellos. Les veían con curiosidad mal disimulada. La nueva pareja avanzó hacia los diferentes círculos dónde se hallaban sus amistades y se presentaron. El porte que llevaban hacia armonía con la fina imagen de cada uno. Ella, iba en un ajustado vestido rojo que realzaba su formada silueta; él, en un traje chaqué ajustado a su atlética figura. Eran una pareja modelo. Cuando se acercaron a sus amigos, les recibieron con una cortesía un poco tosca. Como todos, ellos tenían pensamientos propios sobre Alicia y Fernando, el noviazgo más vistoso pero también el más lleno de rumores. No era difícil darse cuenta que eran el centro de la fiesta. Hacía Fernando iban las miradas de las mujeres y otras de desdén por parte de los caballeros. En cambio a ella, los hombres la veían con deseo pero las chicas lo hacían con compasión.
En esa mascara social de besos y abrazos, se escondían las intenciones y juicios de los presentes; se llenaba de halagos a una persona y dentro de sí se pensaba en lo contrario. Era el mundo en el que habían nacido; el mundo en que vivían; el mundo al que estaban acostumbrados. Nadie estaba a salvo de esa hipocresía asquerosa de ser señalado en voz baja y luego ser reconocido en voz alta; nadie, ni incluso la perfecta pareja de Alicia y Fernando.
La joven mujer fingía felicidad pero era claro que estaba incomoda. Se sentía observada, pero no por su belleza sino juzgada por todos. Sabía por qué. Con mucho dolor había escuchado rumores sobre su novio. El exitoso empresario; el talentoso orador; el atleta disciplinado; el refinado caballero; aquel al que le sobraban tantas cualidades también se decía que era el hombre más mujeriego de la ciudad. Ella trataba de ser indiferente a tantos ojos acosadores pero se le congelaba la sonrisa al ver la popularidad de su prometido entre las mujeres. Sufría cada abrazo, cada gesto de coquetería, y cada risa que Fernando conseguía. Es más, el estómago se le revolvía en cuanto identificaba cierta complicidad entre la mirada de su novio y la de algunas que decían llamarse sus amigas. Alicia se sentía mal; se preguntaba en como no lo había visto venir. Creía que sus ocupadas profesiones no eran impedimento para construir una relación. El poco tiempo libre que compartían lo aprovechaban lo más posible y ella enamorada abrazaba ilusiones infinitas con su amor idealizado. Ahora lo veía con enojo y tristeza; sin saber cómo resolver su problema. Alicia, no quiso exponer sus inseguridades a Fernando y entonces aguantó ver los roces de manos en el hombro de él, las sonrisas devueltas y todo el interés que giraba a su alrededor.
Para este punto la comida ya se había terminado y el vino era escaso. El lugar poco a poco iba perdiendo su luz. Fernando iba de conversación en conversación, provocando sonrisas, robando miradas, sembrando discordia. Le era natural hacerlo. Poseedor de un tacto impecable y de una refinada forma de tratar a cualquier persona, sabía hacerse un hueco dónde quería. Sus habilidades le daban el poder de estar por encima de cualquier situación. La pobre de Alicia iba detrás de él. Esperaba que su presencia sosegará la lujuriosa atracción que despertaba. La mujer se sentía humillada, ignorada por su prometido pero también con este título se consolaba a sí misma: “Si soy su pareja, es porque me ama a mí y solo a mí”.
Totalmente opacada en las conversaciones se esforzaba por sonreír y parecer animada pero no funcionaba. La chica comenzó a apagarse hasta que solo quedó el silencio sellado en sus labios rojos. Su timidez no era propia de su personalidad, ella era profesionista y exitosa; una chica inteligente y sensible; pero su tristeza repentina la tenía sin ánimos de hablar. Totalmente resignada se limitó a mirar a Fernando que como hábil orador, enredaba y deshacía las palabras para así orientar cualquier plática a su favor.
Alicia ya no soportaba y fue a buscar un baño con urgencia. Las náuseas se le amontonaron y sintió que devolvería en cualquier momento. Se tomó su tiempo, y se enjuagó con cuidado la cara luego se retocó el maquillaje maltratado. Al darse cuenta de la innegable belleza que poseía en esa noche se hizo a la idea de llamar la atención de su novio. Entonces, salió de nuevo a la fiesta con un ánimo renovado y el compromiso de disfrutar el resto de la velada.
Mientras buscaba a Fernando se sintió culpable por dudar de él; qué vergüenza experimentaba al juzgar a su prometido. Pensaba en que si él era tan encantador era obvio que le parecería atractivo a otras mujeres ¿Qué culpa podía tener él? Además, por algo tenían una relación. Tenían que ser suficientes para el otro, respetarse, y sobre todo estar seguros de sí mismos con respecto a otras personas. Sus reflexiones le regresaron la tranquilidad y más repuesta siguió buscándolo; pero por más que preguntaba por él nadie le supo dar razón. Los minutos pasaron y empezó a preocuparse; la duda anidó de nuevo en su corazón. Salió del salón a buscarlo: no lo hallo. Recorrió cada rincón y fue afuera donde alcanzó a escuchar una risa en el jardín. Se acercó con discreción. Creyó ver la silueta de dos personas que conversaban muy cerca una de la otra. Sintió un escalofrío en cuanto reconoció a Fernando con otra mujer.
La duda la agobiaba. Ir hacia ellos e interrumpirlos era su deseo pero también quería observar y darse cuenta por si misma de la verdadera cara de su novio. De pronto vio que él puso su mano sobre el hombro de ella. Alicia sentía el estómago hecho lumbre y el corazón estrujado. Debieron notarla, porque Fernando se giró para llamarla; se acercó a ellos. En un movimiento de lo más natural él quitó las manos del hombro de la desconocida. Con su cara inmutable le preguntó a Alicia sobre cómo se sentía; dudosa le contestó que mejor mientras no dejaba de ver a la mujer que tenía en frente: era bellísima. Traía un vestido negro que acentuaba con un escote envidiable y una figura voluptuosa. No le agradó la idea de una mujer así cerca de él. Alguien como ella no podía ser ignorada por ningún hombre incluso ni por Fernando; casi la odió en el instante en que se la presentó. La mujer le dijo que también ella se había sentido mal, y que Fernando le propuso salir a tomar aire. Argumentó que la comida había sido la culpable. Alicia, abrumada, aceptó todos los diálogos de su nueva enemiga. Fernando tomó con maestría el control de la plática y supo mediar en la incomodidad de la situación. Le dijo a Alicia que lo mejor sería marcharse para que descansaran. Ella asintió casi al instante, y se despidieron de la otra chica. Todavía Alicia tuvo que soportar las palabras de despedida de ella hacía Fernando: “Espero podamos continuar nuestra conversación en otro momento”. Él le sonrió de forma encantadora, y Alicia pensó que había algo de secreto en los gestos de ambos. Entraron de nuevo al salón. El sonriente y ella hecha un manojo de nervios. Se despidieron de todos y por fin salieron de la fiesta.
En el auto, y de regreso a la casa de ella. Fernando iba de lo más animado comentándole cuanto se había divertido. Le hablaba lo que había platicado con los otros invitados, de las cosas graciosas de la noche, de las críticas que se hacían sobre los otros asistentes. Se le escuchaba a gusto, tranquilo. Iba riendo y tratando de hacer reír a Alicia. Ella iba seria, hecha un hielo, tratando de ocultar su molestia pues no quería quedar como una insegura al admitir todo lo que no le había gustado de esa maldita noche. Fernando notó su actitud y con cariño le preguntó que tenía, ella contestó que nada y Fernando con paciencia le insistió a que le dijera. Poco a poco, ella se fue desahogando, le dijo que no le agradó verlo siempre rodeado de mujeres, y sentía celos de toda la atención que siempre conseguía, por último le comentó que sintió feo encontrarlo con la otra chica. Él lo tomó con humor y la tranquilizó diciéndole las cosas más bonitas y finalmente coronó sus palabras con un “te amo” tan firme que la convenció que se había equivocado con sus pensamientos negativos. Alicia se disculpó entre sollozos, y poco a poco se animó, comenzó a hablar del evento y luego empezaron a reír juntos, y así fueron todo el camino, disfrutando el viaje; sintiéndose compañeros de aventuras.
Cuando llegaron a su departamento, ya se sentía diferente. Llegó de la mano de él: de su novio, su hombre, su Fernando, el ser que más la apaciguaba. Para mejorarlo todo, él se disculpó por no ponerle suficiente atención en la noche y le aseguró que tendría más cuidado. Se sintió valorada y se dejó cubrir con sus caricias. Sintió la boca de él deslizándose por la mejilla, por el cuello, por los pechos. Se dejó llevar, y fue cediendo a las ganas que tenía de él. Mientras el la embestía y ella jadeaba, Alicia no dejaba de pensar en cuanto lo amaba y cuan dichosa era por tener a un hombre como él. Fernando, por su parte, disfrutaba sentirse adentro de ella, envuelto por sus piernas, y no dejaba de pensar que, en cuanto se pudiera, regresaría a la fiesta para poder concluir su conversación pendiente.