El camino de la carne

Hay demasiada actividad en la casa. Desde la mañana se ha ido llenando de personas. Se les ve felices; irradiados de una euforia que ya sabemos distinguir ¿Será alguno de los nuestros? Hay tensión en el rebaño. La fatalidad se ha prendado del grupo. Seguimos comiendo, llenando nuestros cuerpos de fresca pastura mientras permanecemos vigilantes.

Nos hemos amontonado, más por sentirnos en compañía que por la necesidad de protegernos. Estoy seguro que todos piensan lo mismo: “No quiero ser yo” ¡Ojalá que no me toque a mí! Aún tengo tanto por hacer. Estoy maravillado de este campo, de este sol ardiente, de esta vida pacifica que tengo. Pero me doy cuenta que esta fascinación ha sido mi condena. He estado tan ensimismado en mi rutinaria vida de bestia que no he notado el magnífico cuerpo que poseo. Ahora tengo la conciencia de que soy el más grande de todos. Temo que me escogerán a mí.

Me siento traicionado. He notado que el instinto aleja a mis compañeros de mi presencia; anticipan mi destino. Si algo pudiera hacer pero no hay a donde huir. Lo único que me queda es ofrecer resistencia ¡Eso será! El primero que intenté atraparme se las verá con la furia del peor de los animales. Respetarán mi lucha, se fastidiarán y entonces buscarán a otro. Lo sentiré por el desafortunado, pero qué se le ha de hacer: no quiero morir.

Estoy alerta. Ya escucho las voces que vienen. Están riendo; enseñando los colmillos en su excitación depredadora. También viene un niño. Así como los demás sostiene un lazo y no me deja de mirar. Algo le están diciendo. Avanzan todos para acorralarme. El pequeño toma la delantera y ondea su cuerda. Es ofensivo; estoy decidido a luchar y me mandan al más débil de ellos. La criatura agita su lazo y yo me preparo para embestir. Me da pena por él, pero necesito devolverles un poco de su crueldad. Inicio la carrera y bramo furioso. Los adultos se alarman, le gritan al niño y este pone una cara de espanto que me hace dudar, pero voy rápido; no hay vuelta atrás. Ya siento el aroma del pequeño y entonces un dolor horrible se atenaza de mi cuello. Caigo derribado; me ahogo. Intento incorporarme pero ya todas las personas me han inmovilizado. Me quieren levantar pero resisto con todas mis fuerzas. Consigo arrastrarlos. Lucho. Resisto. Doy guerra. Me canso. Caigo rendido. Termino resignándome y luego me dejó arrastrar hacia mi cadalso.

Me han amarrado a un tronco. Trato de zafarme pero es imposible. Quiero buscar una salida pero no se me ocurre nada. A lo lejos veo el rebaño. Delante de todos están mi hijo y mi compañera. El pequeño bala con un llamado que me estremece. Yo le respondo; me arde la garganta por el esfuerzo. Estos malditos me han puesto a la vista de él. Desde aquí todos serán testigos de mi sacrificio. Ni siquiera puedo tener la esperanza de sucumbir con algo de dignidad. Una puerta se abre. Ya vienen por mí.

El metal raspando al metal: el sonido más horrible que haya escuchado. Traen en la mano la herramienta que me ha de ultimar. La luz de aquella cosa me deslumbra. Es como la alta luna de las noches o el reflejo del sol en el agua: es el brillo de la muerte. Mientras se acercan un terror inefable se ha apoderado de mí. Decido que necesito resistirme pero estoy abrumado. Mis piernas responden mal y por mi confusión corro a lo idiota; acabo más enredado en la cuerda ¿Por qué no intenté escapar antes? Me castigo por mi pasividad. Balo desesperado. Pido clemencia; pido perdón; pido compasión. Es inútil porque me tumban al piso. Me sacudo con desesperación pero no sirve de mucho. Se acercan con el filo y entonces siento como rebanan mi garganta. Me escurre la sangre a chorros desde las venas palpitantes. Me debilito. Mientras se me va la vida en cada punzada pienso en todo lo que ya no he de hacer… ¡Qué injusticia! ¡Malditos! Una sucesión de recuerdos pasa en mi mente. Soy yo. Me siento ajeno a esas memorias porque son pasajes tan lejanos que ya creía olvidados. Me tranquilizan un poco. Ahora, ya solo puedo mover los ojos. Los veo retirarse. Me dejan tirado como un deshecho. Lanzo una última mirada de odio hacia ellos, pero también es de tristeza y sobre todo de frustración. Un coro de lamentos está en el aire. Siento sed, frío… miedo, luego nada. Está hecho, ya todo es negro.

No entiendo que pasa; no sé dónde estoy. Está oscuro. Solo soy yo y mis pensamientos. Percibo un roce fresco sobre mí aunque no sienta un cuerpo. Estoy muerto, supongo. Medito en el final que tuve. Fantaseo con las posibilidades de haber tenido un destino diferente. A momentos, me llevan a visiones de un futuro bello y prometedor. Mi hijo y mi compañera están conmigo. Vibramos de vida; somos felices. Luego regreso a este reino de sombras infinitas. Me siento miserable. Entonces, me vuelvo a perder en mis ilusiones y de nuevo término por regresar a esta realidad amarga ¿Cuánto tiempo he de estar así? ¿Acaso la eternidad? La idea me entristece. De la nada me llega un dolor atroz: me están arrancando algo. Arde, arde mucho. No tengo manera de evitarlo. Me escoce por todos lados. Es insoportable. Una cosa se está desprendiendo de mí y está pegada con fuerza. Siento como lo jalan y algo así como una capa interna de mí va quedando expuesta. Se detienen. Me siento hecho una masa pulsante. Me imagino desnudo, visible a una entidad que sabe que estoy vulnerable. Al menos ya me han dejado en paz. Tal vez solo por ahora.

Ya entiendo que está pasando ¿Cuan desgraciado debo ser antes de descansar? A pesar de ya no estar vivo debo resignarme a sentir como seccionan mi cuerpo. Primero me mataron; luego me desollaron y después han venido a descuartizarme. Me acostumbré a la dolorosa sensación de los cortes en mí ser. Aprendí a reconocerme solo con la imaginación. Así adivinaba, la forma y el relieve de mis restos y como estos me eran quitados en cada tajo. Primero las piernas. A mi cabeza me la arrebataron despacio. Luego, rajaron mi vientre, partieron mi pecho y me desparramaron los entrañas. Me fueron separando. Sabía que estaba disperso; regado en un número cada vez más grande de piezas. Aquí me perdí en un delirio de tormentos difíciles de explicar. El dolor de las torturas no puede ser medido en palabras. Me hicieron pedacitos, me aplastaron, me quemaron, me helaron. Lo peor fue sentir mi carne nadando en un líquido ardiente que me castigaba en cada nervio. La agonía no termina pronto. El tiempo me es eterno. Vivo, o más bien estoy navegando entre las sombras y el sufrimiento; padeciendo un suplicio que no sé si merezco o solo es el orden natural de las cosas.

Mis restos son triturados por miles de cosas diminutas. Luego, ya que soy solo una masa molida, paso a caer en el interior de algo y siento como me deshago. He ido perdiendo la conexión con esos pedazos míos. Cada vez soy menos; sé que me están devorando. Satisfago su hambre y mi cuerpo se vuelve entonces su cuerpo. Me percato de que aún tengo vínculos con lo que poco que prevalece de mí. Seguramente son los despojos del animal que era; unos desperdicios que se pudren en algún rincón de la tierra. Pronto vendrán los gusanos y las aves. y entonces sé ya no quedará nada: voy a desaparecer. De mí solo quedará una consciencia llena de pensamientos y esperanzas que nunca fueron.

Sigo aquí, en este plano de negruras inagotables. Yo. Solo yo. Sin nadie con quien conversar; sin algo en que distraerme; con el recuerdo lejano de la bestia que solía ser. Todo eso ha quedado atrás. A veces, cuando estoy aburrido, me imagino que estoy enterrado. Entonces me gusta fingir que soy una semilla. Lo prefiero así y no imaginarme como el árbol. Necesito sentir esa vulnerabilidad, esa insignificancia, pero también todo ese poder latente, aguardando, aprestándose a crecer en un ser deslumbrante y magnifico, con fuertes brazos abiertos al cielo y el tronco anclado a la tierra. La luz del sol coronará mi copa. Estaré afianzado al mundo; elevado como una maravilla llena de vitalidad. Seré refugio y soporte. Hasta pensaré en extenderme a través de mis propias semillas. Podría ser yo un bosque, una montaña, un continente; podría ser yo la tierra misma. Así me quiero ver. Dejar que el tiempo me germine y me construya, pero no debo adelantarme a ese futuro, debo enterrarme bien y resistir, porque de momento solo soy una semilla. Aunque, vuelvo al presente y resiento que no sea cierto. Creo que solo sueño con la idea de una segunda oportunidad.

En este letargo perpetuo me doy cuenta que he madurado; es natural, lo único que puedo hacer es meditar. Pienso mucho en mi vida pasada y también en la presente. Me he acostumbrado a la soledad. Es muy raro pero no tengo sentimientos negativos, ni aunque me esfuerce por sentirlos. Estoy cansado; me he desgastado muchísimo. Ya me da por entrar en lapsos dónde duermo mi mente. Estos periodos son cada vez más frecuentes y largos. Ya no encuentro tan necesario pensar pues no tengo nada nuevo para reflexionar o más bien no hallo la utilidad en buscarles sentido. Solo me fundo en esta oscuridad. Me estoy volviendo hacia la nada con un blanco en las ideas. Soy un remanente que desaparece. Quiero dormir y esta vez espero no despertar. Intentaré disolverme en este espacio absoluto. Soy, una esencia sin propósito; un éter invisible; un desperdicio de vida; algo que quiere descansar.

He encontrado la paz en el vacío. Yazco inerte y silencioso, esperando que mi ser sea absorbido por esta noche interminable. He perdido la noción del tiempo y la memoria me parece tan remota. A pesar de todo siento una bella resignación. El descanso ha sanado mi espíritu y estoy rebosante de energía; es como un milagro. Ahora sé que soy un alma, y en ella está el componente primordial de la vida. Tengo la consciencia de ser una aurora que se engrandece a cada instante y ya no quiero una segunda oportunidad ni me amargo con fantasías. Sólo soy y vivo siendo yo.

Deja un comentario