La estrella caída

Nunca, político alguno, se vio tan crucificado como lo fue Juan Hernández, carismático gobernador de Oaxaca mejor conocido con el apodo de “Juanito”. El escándalo con el que lidió su gobierno volteó hacia el la vista de los medios nacionales e internacionales: “un estado bárbaro”; “un gobierno tiránico”; “una autoridad desalmada”, solo por citar algunos de los señalamientos más suaves que llegó a enfrentar. Como sea que fuera el caso, su figura quedó a la cabeza de lo más podrido del sistema mexicano, y nadie imaginaría que en aquella rueda de prensa bastaran una pregunta y cinco palabras como respuesta para derribar la figura del servidor público más famoso del país.

Todo empezó con un video; una grabación que escondía un desafortunado suceso. Se le podría tachar de horrible, violento o infame, pero esas son etiquetas que describen los miles de crímenes en México y no aportan nada que lo haga diferir de otros casos. La violencia y brutalidad del acto trascendió fronteras y fue ahí cuando empezó el tramo final del calvario de Juanito Hernández.

Las imágenes de esta única prueba testimonial eran confusas, pero aun así, se apreciaba lo suficiente como para evidenciar la implicación de las fuerzas del gobierno.

<< Una camioneta hace un retén de rutina en una vía secundaria de la zona turística de Monte Albán. Es temporada baja y también mitad de semana. Los vehículos en el camino son ocasionales. A punto de terminar el video se ve a los soldados marcar el alto a una minivan que inspeccionan meticulosamente. En su interior viaja un grupo de señoritas. Pareciera todo estar en orden pero luego la grabación termina de forma abrupta. Las niñas fueron halladas después… con los torsos desnudos, mostrando unos senos que apenas florecían, los vestidos rasgados, las caras molidas a golpes, y los cabellos revueltos de tierra y sangre seca. Unos turistas dieron con el hallazgo cuando hacían senderismo en la selva. Tomaron fotografías y las difundieron al mundo. La noticia partía a la sociedad y la indignación más visceral se hacía presente. >>

Juanito Hernández, perfectamente instruido en la preservación de su figura, lucía ecuánime ante cualquier situación. Cada vez que se le veía, deslumbraba por sus trajes impecables y el peinado perfecto. Su sonrisa tan serena y sus respuestas siempre adecuadas, en un principio, le hacían ver como un funcionario comprometido con su puesto; alguien diferente que pudiera redimir la mala fama que tenían todos los de su condición. Juanito le dio prioridad al suceso, vio en el la oportunidad de utilizar sus habilidades para resolver el caso y terminar de encumbrar su personalidad. Si solo habláramos de imagen ya tenía la mitad de la batalla ganada: su tez morena, la complexión robusta y los rasgos poco agraciados le daban un porte humilde que cuadraba de maravilla con la fisionomía de su pueblo. No hubo campaña que se le resistiera; sabía tocar la sensibilidad de la gente. Su discurso era mordaz y junto a su remota herencia indígena era el candidato modelo. Utilizó su hábil lengua para asegurar que tremenda injusticia no quedaría impune. Se mostró afligido por el crimen que calificó de monstruoso, e hizo el compromiso de dar con los responsables. Pero desde el principio había algo turbulento en el expediente y Juanito fue el primero en notarlo. En una reunión urgente con su secretario de seguridad y el fiscal del estado dieron con el video completo de la detención de la minivan. La participación de los soldados lo agravaba todo. Exigió explicaciones a los generales quienes con nerviosismo le comunicaron que, en efecto, había sido obra de tropas en servicio. Juanito maldijo para sus adentros; se le venía algo grande. Dio instrucciones al secretario de resguardar la grabación y le sugirió editarla con el argumento de que bajo ningún motivo se podrían dar a conocer al público. Se hicieron varias versiones y en todas quedaba exculpada cualquier posible implicación en los asesinatos. Se destruyeron las fuentes originales pero nadie se dio cuenta que en el centro de monitoreo había quedado una copia respaldada.

Alguien halló ese archivo y vio la posibilidad de obtener una valiosa recompensa por su difusión. Pidiendo discreción y tomando medidas preventivas se vendió la cinta a un medio local e independiente. Pronto, ellos se vieron abrumados al conocer el contenido del video; sabían que necesitarían protección y seguridad en caso de decidir exponerlo. No había una agencia que por sí misma pudiera enfrentar la maquinaria implacable de todo un sistema, además se sabía que la presión federal sobre Juanito no dudaría en reprimir cualquier intento por dejar en entredicho la justicia que ofrecía el gobierno. La única estrategia posible era hacer un frente unido, y así, el video se compartió con todos los medios posibles. La magnitud de los hechos cimbró la estabilidad del mandato de Juanito. La estrategia que ya estaba en curso se desplomó. Ya se tenían a seis personas con las que se había pactado la culpabilidad. Había un esquema para dar declaraciones y con eso lograr cohesión con la evidencia física y la filmación de la carretera. Incluso se planeaba sembrar muestras de ADN de los imputados en la escena de los hechos. Era un plan perfecto pero cuando la bomba estalló y se evidenció el aparato militar como principal sospechoso, todo el país se tambaleó.

Juanito fue tomado por sorpresa; algo anormal en él. Estaba en el set de filmación de su prometida: la actriz y modelo Sofía Leoni. De rostro angelical y cuerpo hecho escultura, ella era la mujer con la que todos los hombres fantaseaban. Su relación era reciente, de solo meses, pero en las revistas exclusivas se hablaba de una unión sólida y una pareja envidiable que probablemente acabaría en matrimonio. Nadie dudaba que fuera una estrategia para consolidar la visión del político perfecto. Había algo de extrañeza en el noviazgo. Juanito siempre había sido reservado en su vida personal. Se le habían conocido pocas mujeres y antes de ella, llevaba varios años soltero, refugiado en el trabajo y su amor por México, como decía él en justificación. Se veían poco, y cuando andaban juntos, a la vista de todos, había algo de teatral en sus sonrisas y gestos. Normalmente estaban muy ocupados pero al parecer tenían lo suficiente para hacerlo funcionar. A Juanito se le veía seguro, incluso se rumoraba que era buen amigo del coprotagonista de la telenovela donde actuaba ella: Santiago Ponce, uno de los actores más cotizados de Latinoamérica. Algunas fotos de ellos tres saliendo dieron mucho de qué hablar en su momento. Ahora, en el presente, el gobernador tenía que liderar su nervioso gabinete quien le tuvo que comunicar la difusión del video. Su cara inmutable palidecía de pronto; era información sensible. Estaba preocupado por el hecho de que alguien lo había traicionado y tenía dudas sobre la mejor forma de actuar.

Comenzó a dormir hasta tarde y mal para variar. Se levantaba y lo primero que veía era noticias del caso, señalamientos en contra de él y críticas contra su régimen. La comida no le pasaba y sentía que se le quemaba el estómago. Le daba coraje verse en el espejo; lucía terrible. Tenía que solucionarlo a la de ya. Pensó en su primer plan, en si aún era aplicable: los sospechosos ya detenidos serían los falsos militares y todo mundo sabía que los criminales son seres desalmados y solo ellos podrían prestarse a una acción tan aberrante. Sí, así se podía resolver. Se presentó en la conferencia y esta fue la versión entregada a la sociedad. La declaración agitó aún más el ambiente y la presión se intensificó. Como respuesta él se dejó ver mostrando empatía con las familias de las víctimas. Cuando por fin estuvo solo en su residencia le regresaron las fuerzas. Se sentía seguro, liberado, daba por hecho que pronto llegaría la tranquilidad. Estaba orgulloso de haber salido adelante utilizando su ingenio. Entonces de nuevo se fortaleció su ambición desmedida. Se veía con su flamante esposa y el prestigio intacto, haciendo carrera para alcanzar el más alto cargo: el más elevado; uno digno de su persona. Pero también sentía miedo en llegar allá, porque ahora lo veía posible. Sabía que, llegado el momento, tendría que hacer un sacrificio, uno enorme, de algo o mejor dicho de alguien, y era en estos tiempos agitados donde más resentía la falta de esa persona. La necesitaba y se fue a dormir con la ansiedad en el pecho y el deseo en el corazón.

Que no daría por sentirse entre sus brazos, arrullarse con la calidez de la piel de su espalda presionada contra su pecho. Juntar las piernas y pegar el resto en un abrazo. Darse cuenta que no podrían dormir teniéndose tan cerca. La sangre les circularía por todo el cuerpo; los haría tensión y energía. Entonces se voltearían para verse y se descubrirían sondeándose los ojos en la oscuridad. Las manos explorarían la silueta mutua, lo harían despacio, jugando con las formas, reconociendo el cuerpo del ser que se ama. Acercarían la cara, sentirían la respiración anhelante del otro, unirían las bocas, presionarían los labios en un beso lento. Bajarían las manos por el pecho, palpando con los dedos el relieve, disfrutando cada centímetro, cada sensación, terminarían por esconderlas entre las sábanas. Acariciarían el calor, la suavidad y la dureza al mismo tiempo. Estallarían en un jadeo desenfrenado que les acompañaría hasta que en verdad pasaran a ser uno. Así durmió Juanito: confortado por sus ansias; distraído de sus preocupaciones.

Amaneció y el mundo lo volvió a la realidad; de nuevo arremetían contra él. Estaba claro que había subestimado la indignación de la gente. La noticia era una llaga abierta y dolorosa, tanto qué, empezaban a levantarse las primeras protestas, y no solo en su estado, la solidaridad del movimiento estaba replicándose en cada entidad e incluso fuera del país. El asunto era delicado; debía proceder con tacto, y hasta dónde era posible, no hacer contramedidas de ningún tipo. Quería dejar ese mensaje, que su gobierno estaba abierto a la crítica. Mientras, el proseguía con sus labores, ajustando perfectamente las evidencias con la coartada propuesta al público. Los medios locales ya le habían perdido el respeto, los medios nacionales e internacionales iban aún más lejos. Hacían sus propias indagaciones y ya salían los primeros reportes de que los detenidos si habían formado parte del ejército, y algunos otros no tenían historial delictivo. Se hablaba de sobornos y treguas hechas por la administración del gobernador. Entonces tuvo que acostumbrarse a que le dijeran asesino y ver su cara en los periódicos; lo peor era que notaba el desprecio de la gente cada vez que le veían, además su credibilidad estaba por los suelos y eso le agobiaba. Fueron días difíciles; la investigación parecía estancada. Lo cierto era que Juanito estaba dejando un tiempo prudencial para afianzar su versión y así el tema se fuera gastando lo suficiente como para que la gente se resignara a lo tangible de los hechos. En el transcurso de esa semana apenas y durmió, su condición desmejoró y sabía que era visible para cualquiera. Se le veía vulnerable, y tal vez eso daba pie a que la gente se envalentonara en cuestionar todo lo que hacía. Ahora más que nunca extrañaba a esa persona. Pensaba en si había alguna forma de verla, pero era muy arriesgado. No sabía que tanto le vigilaban; sería muy difícil evitar reflectores. No aguantó mucho, hizo el contacto y la cita quedó hecha. Canceló compromisos y se fue al lugar acordado para perderse con sus deseos más profundos.

El tiempo se le hacía infinito. En la intimidad de aquel lugar desahogó sus frustraciones. Disfrutó cada mirada, cada beso, cada caricia. No quería separarse; se sentía comprendido, deseado, amado. Atesoraba cada minuto porque sabía que al final del día se hallaría de nuevo en ese mundo hostil que aborrecía; un mundo cruel en el que no tenía cabida. Pero ya había elegido esa carrera y creía que con poder y habilidad podría superarlo. Ahora dudaba, sus ilusiones pasadas le parecían quimeras. La gente es la mayor bendición del político, claro, si la tienes a favor, pero es el peor de los enemigos cuando la tienes en contra. Por eso, mientras tanto, siguió dejándose llevar. Apagó el celular y se perdió en una marea de emoción y placer. Llego la hora temida: el momento de despedirse. Se sentía en una nube y de regreso en su residencia se le veía más vivo. No quiso amargarse con los problemas del trabajo y fue directo a acostarse.

En la mañana encendió su celular. Se alarmó al ver decenas de llamadas perdidas. Una punzada lo estremeció. A punto estuvo de devolver las llamadas cuando le avisaron que tenía una urgente desde palacio nacional. Se puso lívido y salió nervioso a su despacho para recibirla. Cuál fue su sorpresa al escuchar la voz del jefe máximo del país que, sin saludo protocolario, le exigió que explicara la pendejada que acababa de hacer. Juanito, alarmado, le replicó que no entendía que hablaba, y a su vez el mandatario lo mandó a que encendiera cualquier televisor. Cuando lo hizo, sintió que el corazón se le deshacía en el pecho. Ahí estaba el, en las noticias, junto a Santiago Ponce, con los torsos desnudos, envueltos en un abrazo y besándose con ardor. La cabeza se le nubló y el calor se le fue a la cara. Como una máquina escuchó al mandatario increparle que le valía madres su vida privada pero que se fijara cuando y donde hacer sus tonterías. El escuchó, se tragó los insultos y los regaños, respondió que entendía y como justificación dijo algo de que los medios habían llegado muy lejos para desprestigiarlo, que era un montaje cobarde y que castigaría a los responsables. No se escuchaba muy convencido y la llamada terminó tan golpeada como había iniciado. Sintió que se le desgajaba un cerro encima. Fue contestando los demás pendientes, y todos eran de lo mismo. Hasta sintió algo de alivio en cuanto algo tenía que ver con el caso de las niñas en lugar de él y Santiago. Acordó con sus asesores una conferencia de prensa dónde explicaría los femicidios. Esa mañana no salió, quedó encerrado en su casa, con miedo de hallarse afuera, entre la gente y el mundo que no le quería ¡Por fin lo habían descubierto! completamente demolido fue a bañarse y con la cara en la regadera maldijo a todos y de paso a sí mismo.

La presentación ya estaba lista. Juanito llegó escoltado por un fuerte equipo de seguridad. La asistencia fue extraordinaria y desde el primer momento lo enceguecieron los flashazos de las cámaras fotográficas. Al bajar, una marea de gente se le abalanzó, le llovieron preguntas atropelladas y todas eran sobre su relación con Santiago. Trató de evadirlas y de vez en cuando musitaba algo como de que todo era un montaje cobarde y que procedería contra los responsables. Llegó hasta su asiento al frente de la mesa; sintiendo todas las miradas clavadas en él. De vez en cuando le llegaban los ecos de unas exclamaciones que le llamaban “asesino” y también “joto” y “puñal”. Estos últimos dos lo herían profundamente. Trató de iniciar. Presentó el resumen de los hechos, la pesquisa de culpables, dio palabras a las madres, a la sociedad, habló y habló pero no se le notaba concentrado. Su voz se le quebraba y nadie podía dejar de mirar la tristeza que se le veía en sus ojos enrojecidos. La reunión se volvió incómoda y aunque la prensa solo era una audiencia presencial, se notaba la excitación de los medios por conseguir algo más que las palabras huecas de un discurso fabricado. Llegó la temida sección de preguntas y respuestas. Los medios grandes dispararon primero, sin orden ni paciencia le cuestionaron de Santiago, de sus preferencias sexuales, de su noviazgo falso, de las fotografías del día anterior. Juanito, estaba confundido, con la mente vacía, no sabía cómo responder, incluso las preguntas serias sobre las incongruencias del caso le parecían más fáciles de contestar. Trató de fingir serenidad y argumentó que se habían cometido errores imperdonables en el curso de la investigación. En cuanto a las preguntas personales refirió la historia del montaje y que todo se esclarecería, trataba de decirlo tranquilo pero no funcionaba; el encanto se le había ido. Daba pena ver al pobre hombre balbucear frases sin sentido y más de una vez el secretario y el fiscal tuvieron que intervenir. Juanito no soportaba, sentía la cara roja y a cada momento se abrumaba más. Su discurso se hizo errático, su dicción tan elocuente de siempre ahora le abandonaba. Los nervios lo invadían, y no dejaba de escuchar la palabra, “Santiago” y “homosexual” y a lo lejos que le gritaban “asesino”, “joto”, “puñal”. Revivieron viejos traumas de su infancia, las humillaciones que le había hecho pasar su papá. Le venían tantas memorias y en todas se hallaba deprimido, sintiéndose el más desgraciado de los hombres. Esa sensación horrible de vergüenza, que creía ya haber superado, era justo lo que experimentaba ahora. Quería huir, irse lejos a encerrarse en cualquier lado, que el mundo se hiciera polvo y nadie lo molestara, pero era el gobernador y tenía que dar la cara. Haciendo un ejercicio extraordinario de paciencia escuchó una última pregunta. Se le pidió que aclarará su relación con el coprotagonista de la telenovela de su novia. Se hizo un silencio. Él se sintió impotente y le dio de pronto mucho coraje, ¡como quería que lo dejaran en paz! Harto de soportar le ganaron las vísceras y exclamó con los ojos hechos una llama: “¡Es mi pareja! ¿Y qué?” y de inmediato la rueda de prensa se hizo una cacofonía de gritos, cuchicheos y palabras; todo junto en un murmullo ensordecedor que opacó la consecuente pregunta del medio que había hecho la interrogante de la discordia. Los asesores entraron al instante, hicieron una seña y sacaron a Juanito, dejaron a cargo a los otros servidores e indicaron que el gobernador se encontraba indispuesto. Se lo llevaron de ahí y el evento continuó hecho un escándalo.

Juanito llegó a su casa y se encerró en su habitación. Completamente derrumbado se vio en el espejo y se castigó con insultos por la estupidez que decía acababa de cometer. Le llamó a Santiago y para empeorar todo, este le reclamó que también le había arruinado con su confesión. Juanito se desmoronó por completo y el otro hombre se apiadó de él, le hizo la promesa de que todo se solucionaría y así quedaron en el teléfono, consolándose mutuamente.

Tuvo que interceder el gobierno federal para calmar las aguas. Disolvió las manifestaciones que ya habían escalado en una violencia incontenible. Luego amagaron con maestría las pruebas para disipar el interés general. El escándalo de Juanito, ya había hecho mucho del trabajo, había conseguido desviar la atención de los feminicidios que aparentemente quedaron resueltos. Una que otra captura de un capo importante, la conveniente visita del papa al país y varios video escándalos de actrices famosas hicieron el resto. La historia del gobernador de Oaxaca quedó como el bochorno de moda. En un principio el limitó sus apariciones públicas, y poco a poco fue recuperando su seguridad. Llevó el resto de su mandato de forma discreta; manteniendo al margen su vida personal. Trabajaba mucho, apostando por una agenda progresista que reviviera su carrera fracasada pero quedaba muy poco de su mítica figura: su brillo se había apagado. Ya no había nada de aquel caudillo del pueblo que se comparaba con Juárez y Cárdenas; el joven que había llevado el populismo a un nuevo nivel. En la cara se le veía la derrota que lo acompañaría toda su vida. Irónicamente se hizo más famoso y su sueño se cumplió, no como esperaba pero en el país todos lo conocían a él, a Juanito Hernández: al maricón que pudo ser presidente.

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