Vivir para morir

Hay una interrogante, una eterna herida de nuestra herencia humana, que siempre nos hemos de preguntar. Idea que podemos resumir en un simple ¿Para qué vivimos? Tres palabras que nos desconciertan, que encierran la incertidumbre del misterio de la vida y con certeza habremos de enfrentar en momentos difíciles.

Hablar de esos instantes, es hablar del tiempo… nuestro más grande enemigo, una entidad implacable y que no perdona. Nos hace nacer, vivir y sucumbir. En este axioma de la naturaleza se evidencia nuestra fragilidad. Tenemos un destino fatídico que solo revela nuestra insignificancia en el mundo. Pero aun así, sabiendo el final, buscamos una respuesta, aunque no sea nuestra. Adoptamos criterios establecidos y nos dejamos guiar por doctrinas morales, reglas que nos pretenden inculcar una motivación o propósito que nos dará ese sentido que necesitamos para alcanzar la plenitud. Las ciencias, las artes, la religión, quien puede más, de quien nos fiamos. La razón, la sensibilidad o la fe, que nos dicen que debemos perpetuar nuestra descendencia, trascender a través de nuestro legado o elevar nuestro espíritu a la eternidad. Pero, ¿Quién podría asegurarnos que estos son los caminos válidos a seguir? Es más, ¿Cómo saber si son los únicos caminos? Podríamos traer de su descanso a los más grandes hombres, los más sabios, nuestros más altos poetas, escritores, filósofos y científicos. Ellos hablarían del enigma del que viene todo, si hay algo después de morir, si vale la pena.

Creo que no nos tocará conocer esa respuesta, está por encima de nuestro entendimiento. Entre más avanzamos como humanidad, más aprendemos y más sabemos. Ese conocimiento que va, poco a poco, resolviendo incógnitas también nos desvela otras dudas más profundas. Las preguntas esenciales, las que nos acompañan desde el origen, parecen cada vez más imposibles de responder, o al menos ya no vemos tan necesario que se haga, han perdido importancia. La futilidad de la vida y la insensibilidad de nuestra sociedad nos ha puesto a todos en un plano materialista, dónde hemos de vivir para satisfacer a otros a través del éxito propio. La plenitud de conseguir ese estatus de admiración se supone suficiente para llenarnos. Pero eso no es alcanzar un ideal, es solo vanidad y soberbia. Hay que consumir rápido y buscar placer inmediato, lo etéreo, lo trascendental, es un lujo que solo buscarán los excéntricos y egoístas. O sea,  hay que ocuparnos de ser un perfecto engranaje en la maquinaria del mundo. No debemos aspirar a buscar para nosotros otra función, ni siquiera se puede pensar en negarnos la capacidad de ser una pieza útil en el rompecabezas.

Entonces, para que buscar un sentido. Es solo una pérdida de tiempo que nos distrae del presente. La existencia debe ser pragmática, centrada en la utilidad y provecho de nuestros actos. Meditar y hasta el acto de pensar en preguntas imposibles nos abruman por el peso que encierran. Si existe una verdad infinita, que traspase la filosofía humana, habría que llegarnos antes de desaparecer. Si se diera la oportunidad, haremos un ejercicio de conciencia, entonces la vida no nos parecerá tan vacía. Pero solo estoy suponiendo. Nadie quiere encontrarse inmerso en ese instante, al menos, no aún.

Pienso que no deberíamos agobiarnos con esta pregunta pero tampoco ignorarla. Hay que tener presente nuestra imperfección como personas pero tampoco despreciar el género humano ni mucho menos amargarnos en la misantropía. Vivir con empatía y calidez, sin caer en falsedades, ni clavarnos con la moralidad. Simplemente hacer las cosas porque nos nazcan, decir que si, decir que no, cuando queramos. Ser la mejor versión de nosotros y no esperar nada del mundo ni de nadie. Ni se han cantado todas las canciones ni escrito todos los versos, para afirmar que lo sabemos todo o que ya es tarde para descubrir nuevas cosas. Nunca hay que dejar de construirnos, así entre más experiencia y conocimiento, estaremos mejor preparados para nuestra hora más aciaga.

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