
Destruir, desaparecer y escribir: fue la sentencia final del consejo. Ninguna sorpresa para nosotros, solo el protocolo que sostenía la fuerza de nuestra justicia.
Nos reunimos frente al comandante, se nos dividió en equipos, cargamos las mazas y después salimos hacia dónde se iba a consumar la conspiración.
Cuando la tanqueta irrumpió en el escondite de “la resistencia” ellos nos recibieron con punzadores infrasónicos. Entonces devolvimos el fuego y arrasamos con los disidentes, luego completamos la tarea encomendada: destruimos las instalaciones de su campamento, desaparecimos la propaganda subversiva y, por último, escribimos una nueva victoria para el estado.
Mientras caminaba por los restos de la carnicería vi un panfleto atorado bajo la bota de un muerto. Me agaché rápido, lo hice bolita y me lo guardé en una bolsa. Lo hice porque tenía la curiosidad de saber más sobre las ideas peligrosas de nuestro enemigo. No considero malo este arrebato: yo sólo quiero entender a la sociedad que se atreve a oponerse a “la quinta trasformación”, y encontrar con ello la justificación a toda esta violencia desmedida.