
¿Quién diría que un solo botón pudo ser capaz de provocar tanto alboroto? No exagero, a veces una sola cosa, puesta o ausente, puede ser el impulso que necesita determinada situación para volverse un caos. Será mejor que resuma la historia.
Liliana Rentería, estaba emocionada por la fiesta del pueblo. Dentro de la vida del campo y la adolescencia virginal, un evento así puede ser una fuente inagotable de expectativas con respecto al pretendiente con el que siempre se sueña. Liliana no estaba exenta de estas fantasías y veía en el vestido que planchaba la ventana a un mundo de posibilidades.
Llegado el día se puso el vestido, las medias y los tacones; se acomodó el peinado y se pintó la boca. Fue sonriendo todo el camino. Comió pastel, bebió cerveza y disfrutó de la noche. Se dejó llevar por la atención que su figura provocaba. Pero hubo algo más, algo que ella no notó y así pasó todo: un botón caído de su pecho, un escote que sugería sensualidad, una mirada indiscreta, la lujuria de un muchacho, un baile más o menos normal, la lujuria aumentada del muchacho, un atrevimiento, un beso no consentido, una cachetada, un silencio incomodo, un padre indignado, un puñetazo, otro padre indignado, otro puñetazo, una pistola, un balazo errado, una música detenida, una trifulca, una fiesta echada a perder, dos nuevos enemigos, una chica triste llorando. En fin.