
Cuando te conocí todo en ti me fascinaba. Tú vibrabas de pensamiento y armonía; yo te guardaba como un tesoro. En tu mente veía una nube: vasta, pura, deslumbrante. Vivía para ti y era todo perfecto. Luego descubrí que aquella nube tuya podía volverse gris a veces; con disimulada tranquilidad lo acepté: error mío. De la calidez y el cariño pasamos a la frialdad y el desprecio. Lo peor era que tu nube lanzaba su lluvia sobre mí; yo recibía todo eso con resignación esperando que la tormenta de reclamos y palabras terminara pronto y entonces volviera la blanca nube que tanto quería. Para bien o para mal esa nube ya no volvió, entonces tuve que seguir con la cabeza hecha un paraguas aguantando la borrasca que vaciabas sobre mí. Soy fuerte, lo sé, resisto bien pero tengo miedo que de esa nube tuya ya no salga lluvia y un día me arrojes un rayo que me parta en dos y me deje todo deshecho y chamuscado.