La tierra es roja

─ Compadre ¡No se duerma!

─ Perdón, perdón, compa. Me estaba ganando el sueño. Ya sabe: la edad.

─ No se apure ¿De qué le estaba platicando?

─ ‘Pereme. Dejé hago memoria. Creo que me quería contar algo, pero no me acuerdo qué.

─ Ah ya me acordé ¿Se acuerda de Néstor Sánchez?

─ Si, como no ¿Que’brá sido de’l?

─ Me dijeron hace poquito que se acaba de morir. Lo enterraron la semana pasada.

─ Pero, ¿Cómo? Sí no hace mucho lo vi dándole a la yunta. Se veía güeno de salud.

─ Pues sí, se veía. Por’ai escuché que se cayó de su casa y se pegó en la cabeza. Luego se complicó en el hospital y pus ya no la libró ¿Cómo ve?

─ ¡Ah! Pues que mal. Dios lo tenga en su gloria. Si era bien trabajador ese Néstor. Me acuerdo que hizo que prendiera el maiz en esa tierra piedrosa que tenía.

─ Si, también me acuerdo. Cuando uno sacaba las camionetadas llenas de mazorcas, el apenas y le rascaba lo suficiente para aguantar; no le quedaba nada para vender. Uno pasaba al lado de su rancho y hasta se ponía tiriciento de ver sus pabellones secos aguantando l’aigre.

─ ¿Habrá arreglado sus tierras? Como que si estaba larga la tira que le correspondía. Me acuerdo que sus linderos acababan dónde empezaba lo de Julián Torres.

─ Yo digo que no. Aquí nadie arregla nada. Ya verán sus hijos que hacer con el terreno del difunto. A ver si se respetan y no se dan guerra entre ellos.

─ Si, ojalá.

ei

─ Sí le conté que una vez me espantaron por su casa.

─ ¿Por la casa de quién?

─ Pues, por la de Néstor Sánchez.

─ ¡Ahh! No. Creo que no me había contado.

─ Si. Fue abajito de su casa, por dónde resbalaba el agua de la carretera para las laderas. Ahí merito fue.

─ ¿Cuándo fue eso?

─ Ya hace mucho. Deje le echo el cuento.

─ Échele, compadre.

─ Yo estaba todavía shirgo; tenía pue’que unos catorce. Estaba con mi carnal, el Jushe. Habíamos ido junto a mi jefe a sacar el aguamiel de unos magueyes que le estábamos rentando a don Andrés Zepeda. Traíamos bien cargado al burro, como con unas dos garrafas de veinte litros en cada costado. Veníamos así tranquilitos cuando se soltó el aguacero. Ya era tarde, casi estaba anocheciendo. No quisimos arriesgarnos a irnos así a la casa, porque nos dio pendiente de que se cayera el animal. Entonces vimos un tejabán medio derrumbado y allá le corrimos para atajarnos l’agua. Si nos dimos una buena mojada en lo que llegamos y como ya andaba fuerte l’aigre, pues nos entumimos. Luego pasó algo bien raro. Estábamos bien calladitos, viendo la lluvia, cuando escuchamos las voces de unos niños, pero estaban bien chistosas porque aparecieron de la nada. Haga de cuenta como si usted hubiera prendido una grabadora y luego le subiera despacito el volumen, y cuando estuviera en lo más alto, lo hubiera bajado hasta que se quedara todo bien silencito. Pues así pasó, de la nada todo bien tranquilo y luego se escucharon las voces de los niños, que ni les entendíamos lo que decían, y primero así bien quedito y luego hasta le punzaban a uno los oídos con el murmullo, y se lo juro, así bien clarito sentíamos que las voces salían de dónde estábamos nosotros. Todo duró como unos segundos. A lo mejor no suena tan de espanto, pero créame compadre, a uno se le enchinaba la piel con esas vocecillas tan raras, y luego, cuando mi carnal y yo, nos dimos cuenta que también se espantó mi jefe pues más miedo nos dio. Es que si hasta uno le piensa: pues ya era noche, no había casas cerca, y aparte estaba lloviendo: qué hubiera niños por ahí paseando para nada nos cuadró. Luego leguito que paró l’agua nos fuimos a la casa con cuidado, pero si medio nerviosos ¿Cómo ve, compadre?

─ No, pues si está raro, y es que por aquí si espantan mucho: como allá abajo por dónde le dicen “el salto”, allí en la poza dónde se junta el agua del arroyo y nadan las tortugas.

─ A si, ¿Verdad? Dicen que por allí están escondidos los centenarios.

─ Si. Por ahí dicen que los soldados de antes enterraban las ollitas con el dinero.

─ Sepa si será cierto, aunque si le dan ganas a uno de irle a buscar.

─ Si es cierto, compadre ¿Usted conoció a mi abuelita?

─ ¿Cuál? ¿La que se murió de lepra?

─ ¡Esa mera! Haga de cuenta que mi abuelita tenía harta sangre española. Me acuerdo que tenía los ojos bien azules y a ella le tocó vivir de todo. Nos contó que cuando era niña, todo por aquí pasaban los rebeldes con sus uniformes. Entraban en los ranchos pidiendo de comer y también dinero para ayudar a la “república”. Decía la abuela que luego llegaban todos ensangrentados y muriéndose del hambre que hasta se tragaban las bolas de masa. Eran bien canijos según, y siempre los señores escondían a las mujeres que por que los soldados se las robaban. Bueno, el chiste, es que, pues de tanta pedidera los guerrilleros siempre tenían más de lo que se sobraba, y vaya a no saber Dios, que hasta se lo robaban a las malas. Dicen que todo el dinero que juntaban lo enterraban en cazuelas o lo metían en las cuevas de las alicantes para que no se los quitaran mientras luchaban y ya luego regresaban por el después.

─ Creo acá arriba por “la laguna” se encontraron algo así.

─ Ah sí, el ese señor de “el rincón”, ¿Verdad?

─ Si, dicen que siempre pasaba con su caballo llevando nidos de jilgueros que bajaba de la sierra y luego se los iba a vender a Amealco. Cabalgaba todas las madrugadas por el camino principal, y siempre entre un montón de encinos escuchaba el sonido de un tintineo o de algo que se arrastraba, Espéreme, compadre. Le voy a hablar a la señora, ella es de allá y se sabe mejor la historia ¡Chabela! ¿Dónde andas?

─ ¡Acá estoy en la cocina!

─ ¡Puedes venir tantito, vieja! ¡El compadre quiere escuchar del que se jalló el dinero!

─ ¿Del “chaguillo”? ¡Si, ‘perame, ahorita voy!

─ ¡Sale, pero apúrale!

─ Buenas noches de nuevo, compadre.

─ Buenas noches, comadre. Pues aquí dice este señor que usted se sabe la historia del que se encontró los centenarios en la Laguna.

─ Ah, sí, me la sé porque pasó cuando yo era niña. Pues hágase de cuenta que, a medio camino de Laguna de Servín, por la avenida principal, había unos encinos que decíamos todos que estaban embrujados. Es que, por ahí, dicen que mataron mucha gente antes, y se quedaron las ánimas viviendo ¡Ay! ¡Qué miedo nos daba pasar en la noche cuando veníamos de la iglesia de rezar! Luego, cuando íbamos a la escuela, ese pedazo estaba tan tapado de árboles ─ nombre ─ que siempre se veía oscuro; hasta en los días soleados se veía oscuro. La gente que se arriesgaba a pasar por ahí en las madrugadas escuchaba ruidos de cadenas o de fierros arrastrándose. El “chaguillo” ─ creo se llamaba Santiago ─ andaba por ahí todas las noches y dicen que era quien más escuchaba cosas, hasta creo que platicó que un día se encontró un viejo pelón enroscado en medio de los árboles. Luego dejamos de verlo por el pueblo. Un día nos enteramos que ya no vendía pajaritos y que tenía ranchazos por todos lados. Se hizo rico el Chaguillo, pues sepa quién lo habrá visto pero dicen que les escarbó a los árboles y que se encontró unas jarritas llenas de monedas. Después mandó tirar los encinos y puso un altarcito y les pagó a los vecinos para que siempre le pusieran veladoras. Ese altarcito es el que está ahí en la avenida, el mismo que to’vía sigue. Después, que el lugar quedó como bendecido, la gente dejó de escuchar ruidos, y nosotros ya no tuvimos miedo de pasar por ahí. Hasta nos gustaba jugar alrededor, y nosotros que nos emocionábamos tanto con las frutas que crecían por ahí. Una vez no fui a la escuela porque vi tantas panchiguas, que me subí al árbol y me puse a cortarlas y luego me regresé pa´la casa. Estaban rositas, así, güenas, dulces… ¡Ay! Creo que ya empecé a hablar de otras cosas.

─ Creo que si comadre. Ja, ja, ja. Pero estuvo muy buena la historia ¿No se quiere sentar de una vez para que platiquemos todos mejor?

─ No compadre. Gracias, pero debo regresar a la cocina, cuando termine me vengo a sentar un ratito.

─ Bueno.

─ ¿Como vio la historia, compadre?

─ No, pues si estaba interesante. Creo hay de todo por aquí sabiéndole buscar.

─ Si, verdad ¿Cuánto no ha de haber enterrado? Si, dicen que antes había más dinero que ahorita.

ei. Pero creo que ya no queda nadie que se acuerde de esos tiempos en que todo rendía más.

─ Si, de nuestra gente ya solo estaremos unos poquitos, y hasta de esos que sobramos, ya muchos andan giros y ya ni se pude platicar con ellos.

─ Creo que así anda el Espiridión.

─ ¿por qué?

─ El otro día lo vi. Yo iba para la iglesia porque era el domingo de ramos y de camino lo vi en su milpa echándole pastura a los güeyes. Le grité: “¡Espiridión, vámonos a misa!”. Él me dijo: “¡No puedo! ¡No tengo quien me cuide los animales!”. “¡Dios te los cuida! ¡Tú vente!”, le dije, y así lo convencí. Pues llegamos a la bendita capilla y como a la mitad el padre nos dijo: “El señor está aquí adentro de esta iglesia con todos ustedes.”, y luego el loco de Espiridión se paró y se salió de las bancas. Lo alcancé y le pregunté que qué traía, y me dijo: “Si Dios está aquí, quién me va a cuidar mis animales”. Ya no lo pude atajar y nadamas salió de la puerta, lo vi que se echó a correr.

─ ¡Ah! ¡Ja, ja, ja! ¡Ese Espiridión no está loco! Ese siempre ha sido así. El si está bien ciscado de las alimañas. Ahí donde vive tiene cerquita la ladera. Si me acuerdo que cada rato lo desgallinaban los coyotes.

─ Eso sí. Esa ladera parece una selva ¿Se acuerda del tigre que me encontré ahí?

─ ¿El que se desnarizó al “pepillo”?

─ ¡Ándele! Si, hasta uno diría que los animales son mas vivos que uno, pero creo hasta están más pendejos.

─ ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo anduvo eso ese día?

─ Ya tiene mucho. Me acuerdo que fue en esos tiempos de la crisis y la sequía. Ese año casi no se dio el maiz, ni las habas, ni nada. No teníamos casi nada de comer, y la verdad yo ya estaba fastidiado de la sopa. Entonces se me ocurrió salir a las milpas de Espiridión a ver si me encontraba, aunque fuera unos nabos. Me llevé a los perros y la retrocarga por si me llegaban a atravesar las huilotas. No pues no jallé nada, compadre, y ya me andaba del hambre. Luego como andaba cerca de la ladera se me ocurrió meterme adentro. Pensé que a lo mejor me podía pepenar un armadillo o algo en el camino. No quería regresar vacío a la casa. Llegamos como a la mitad del arroyo y nada de nada. Me senté a descansar en una piedra, luego los perros se pusieron bien bravos, y se echaron a correr. Me paré para alcanzarlos y hasta como que me emocioné, porque pensé: “estos ya agarraron un conejo”. No, cual, compadre. Ahí tenían rodeado al pinche gato ese. Estaba grande, así como gris con manchitas negras. Estaba en lo alto de una piedra y desde ahí miraba a los perros que le ladraban, pero no les tenía miedo ni nada. Se bajó de un brinco y les gruñó. Chicos colmillotes que traía, compadre. Yo hasta me quedé tullido del espanto y que bueno que iba con los perros, por que de haber ido yo solo, si se me echaba encima. Bueno, pues el tigrillo se metió como si nada en una grieta, quien sabe si ahí vivía o ya conocía toda la ladera. Uno de los perros se fue para el hoyo y yo le grité que se esperara, pero no, ahí fue de curioso el pinche “pepillo”. No pues metió el hocico en la grieta y el otro animal le tiró el garrazo. Pepillo na’mas pegó el chillido y la carrera, ya cuando lo agarré traía colgando un cacho de nariz ¡Pobrecillo! Me lo llevé a lo casa y lo enjuagué. Anduvo con calenturas unos días y hasta lo metí en un cuarto para que no agarrara frío. Pues no se murió y ha sido el perro que mas me ha durado ¡Ah! Como estaba de bonito ese Pepillo, pero si, ese día la ignorancia le salió cara.

─ ¡De milagro no le salió el “coyote” ese día! Qué bueno que no’más quedó en el puro susto.

─ De milagro, compadre ¿Cree que siga habiendo animales ahí?

─ Yo digo que sí, y seguirá habiendo. Aquí nadie se quiere quedar a vivir. Solo estamos los viejitos y algún otro quedado que haya entre los hijos.

─Si ¿Verdad? Quien sabe que vaya a ser de este lugar después. No hay mucho que sacarle de ganancia. Nadie siembra ya y el ganado siempre está flaco en este yermo polvoriento. Hasta un día, igual y se acaba la tierra.

─ Que va a ser. La tierra es roja ahorita y después que nos muramos seguirá igual. Nosotros no somos nada contra ella. Hasta las animas se han de cansar de estar penando.

─ Eso sí.

─ Y hablando de eso ¿No tiene sueño compadre?

─ No. Fíjese que estoy bien.

─ Pues a mi como que me da de a ratos

─ Qué bonitos se ven los luceros arriba ¿No cree?

─ Si, hasta parecen luminarias.

─ Oiga, ¿Ya vio que viene alguien para acá?

─ Si, como que caminan para acá dos personas, pero con estos ojos no distingo nada.

─ ¡Viejo!¡Alguien viene por acá!

─ Ya vimos. Si quieres siéntate de una vez, vieja. Para ver bien quienes son y recibirlos.

─ Si.

─ …

─ ¡Hola, buenas noches! ¿Hay alguien en casa? Tuvimos un accidente y necesitamos ayuda.

─ ¡Amor, vámonos de regreso al coche!

─ Espérate, amor. Te juro que vi a alguien desde la carretera. Eran dos personas que estaban sentadas por aquí. Todavía que nos estábamos acercando escuché el murmullo de que platicaban.

─ Aquí no hay nadie ¡Ya vámonos!¡Por favor! No ves que aquí todo está derrumbado ¡En serio tengo miedo! ¡Y no camines lejos de mi!

─ ¡No mames! ¿Ya viste allá en ese patio? Se ve como algo en esas sillas rotas.

─ ¡No manches, si! Son como unas sombras de personas ¡Y nos están mirando!

─ ¡Vente vámonos a la chingada de aquí!

─ ¡Ay!

─ Córrele más rápido, amor. Desde aquí veo las luces que nos siguen mirando.

─ Dios mío.

─ …

─ ¿Si vio eso compadre?

─ Si. Estuvo muy raro. Yo no les pude ver la cara, solo vi como las siluetas.

─ Ni se les distinguían las palabras. Ni siquiera sé si de verdad estaban hablando ¿También los viste, vieja?

─ Si. Tengo mucho miedo. Yo creo eran animas. Deberíamos echarnos un rosario ¿No?

─ Ja, ja, ja. No creo que sea para tanto. Las animas no hacen nada, hasta creo nos tienen más miedo a los vivos.

─ ¡Ay, viejo! El rosario no era para nosotros.

─ ¡Ah! Pues al rato no lo echamos. Compadre ¿No tendrá otra cosa que platicarme? Porque me está agarrando un sueño y ya siento que ando cabeceando.

─ Fíjese, que ahora que lo dice. También me estoy durmiendo, pero déjeme le echo memoria.

─ Si me hace favor, compadre. Platicando uno de los recuerdos de antes se olvida hasta de las cosas del presente.

─ ¿Adiviné a quien me encontré el otro día?

─ ¿A quién?

─ Pues a don Daniel Soto. Ni se imagina lo que le pasó. Déjeme le echo el cuento.

─ A ver. A ver.

─ Pues yo venía el otro día …

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