El nido

─ ¡Reséndiz! Deja de perder el tiempo con ese animal. Mejor vente a la patrulla, hace mucho calor allá afuera.

─ ¡Si, ahorita voy!

La oficial Nancy, miraba extrañada al búho que tenía delante de ella. Era pequeño, color café y con una mancha blanca en la frente. Su aparición había sido una agradable casualidad en la perezosa rutina de la chica. Ese día había comenzado la guardia sin novedades ─ como siempre ─, luego, cuando se halló cansada y con las piernas adoloridas salió a tomar aire: así descubrió al pajarillo en la distancia. Al principio lo miró con una curiosidad correspondida, después, se sorprendió al ver que el ave se acercaba por la carretera. Vino dando pequeños brinquitos, y luego se detuvo como inseguro de su decisión. Así, quedo al final, a sólo metros de distancia de ella y mirándola con fijeza; la policía, trató de no hacer ruido, se puso en cuclillas, y más por combatir el aburrimiento que por necesidad fue que comenzó a hablar con el animal.

El ave ignoró la galleta que gentilmente Nancy le había desboronado en una piedra. Luego, ella pensó que tenía sed, pero recordó que en la patrulla ya no había agua. Se quedó esperando los movimientos del pajarraco, aguardando a que desvelara un poco del misterio que traía encerrado en esa cabecita que adornaba con sus ojos amarillos.

El búho bajó la mirada sobre las migas en el suelo, y luego volvió a mirar a Nancy. Dio la vuelta y se alejó en una sucesión de saltitos. Cada cierto tramo volteaba a ver a la oficial, se detenía y luego continuaba. La chica entendió que quería que lo siguiera.

Dudó en ir tras él, pero sabiendo que no tenía nada mejor que hacer, atravesó la escasa decena de metros que lo separaba de la criatura. Cuando estuvo en la orilla de la carretera, dónde empezaban los primeros arboles del bosque, quedó sorprendida con la cosa a la que la había dirigido el animal: ahí, a un lado del camino terregoso estaba un nido tirado con unos polluelos regados. Eran feos, desplumados y estaban a total merced de su suerte. Apenas y delataban vida en sus cuerpos venosos, pero tenues y escondidas se veían las punzadas que les salían de los pechitos. Nancy se compadeció de las bolitas de carne que con los ojos cerrados intentaban sacudirse en el suelo. Luego miró al búho quien atento la seguía con sus ojos calculadores. El ave le graznó de nuevo, y la mujer creyó entender lo que le pedía.

Miró la copa del árbol del que juzgó habían caído, y luego pensó en si valdría la pena treparlo para regresar el nido a las alturas. El pino se bamboleaba en los aires frescos de ese marzo. Su imponente figura ponía en las ideas de la chica un reto que no había pedido. Vio el azul marino de su uniforme y luego, miró a los pollitos en el suelo: eran del mismo color. La frase de su placa decía: “Proteger y servir”. Las dos palabras le trajeron la certeza de una obligación que debía tener para todos los que le necesitaran. Además, los vivaces e inocentes ojos del búho la habían enternecido. Primero levantó el nido y colocó dentro a los polluelos, después, los puso arriba en la primera rama que encontró. Para su sorpresa el búho le graznó furioso y batió las alas en señal de amenaza; Nancy se sobresaltó y quedó confundida. Luego bajó el nido al suelo, pero igual el búho le volvió a exclamar. 

─ ¿Qué traes? ¿No era esto lo que querías?

La chica se quedó sin saber que hacer. Volteó a ver a la patrulla y descubrió a su compañero observándola. Miró de nuevo al búho quien ya se había sosegado y le gruñía con esos extraños ronroneos del principio, como si tratara de explicarle algo que ella no entendía. Una voz gruesa interrumpió sus pensamientos:

─ ¡Nancy! ¡Ya vámonos!¡Ya son las cuatro!

─ ¡Si, ya voy! ─ le contestó a su compañero.

Miró el nido en el piso y luego al búho suplicante quien la azuzaba con sus roncos llamados. Hizo el último intento de subir el nido, a expensas de casi recibir un picotazo. Cuando el animal se puso más bravo, bajó el nido de nuevo. Confundida y decepcionada se regresó a la patrulla mientras el ave gritaba escandalosa. Con todo y la culpa de abandonar a los pollitos, la camioneta salió de la terracería dejando un rastro de polvo detrás.

Su ronda había terminado por ese día y ella, exhausta, atravesaba la entrada de su casa. Ahí despidió a su hermana quien le había estado cuidando a los hijos. En cuanto los vio, los abrazó y los llenó de besos. Los niños le platicaron un millón de cosas, entre los juegos, las caricaturas y los pensamientos que habían tenido en el día. Ella les asentía mientras abría el refrigerador para prepararse algo de comer. Después se sentó junto con ellos para revisar las tareas y luego miraron televisión. Cenaron, tomaron todos un baño y se fueron a acostar.

En esa noche inquieta dónde bramaba el viento, Nancy no podía dormir. El sueño se le escapaba a cada minuto; su mente seguía muy activa. Lamentablemente, traía la ansiedad de toda la vida y ahora aterrizaba en las imágenes que había vivido con el pequeño búho. Ella trataba de desmenuzar los pensamientos del ave para así interpretar su conducta. Concluyó que la pequeña bestia necesitaba la ayuda de ella, pero al parecer la barrera humana y animal no podían traspasarse tan fácil. Entre todas las explicaciones imaginó que el nido no tenía nada que ver con el búho, pero no comprendió porque entonces estaba tan al pendiente de él. La idea de una solidaridad secreta entre todas las bestias la conmovió, a lo mejor, pensó que era algo propio de ellos, algo que nosotros nunca podríamos entender, después de todo no es raro saber de casos de animales que cuidan a bebés de otras especies. Pensó en si eso aplicaría con las gracia humana, pero se decepcionó al tratar de hallar una respuesta.

Entre tantas cosas, Nancy estaba revolcándose en la cama y seguía sin podía dormir. Pasó casi toda la noche en vela, entre sueños fugaces donde su sombra se perdía en los bosques y era perseguida por enjambres de búhos. Aquellos graznidos se le habían enterrado en los pensamientos. Eran casi como un embrujo; eran como esos sonidos que se graban en la memoria y se siguen reproduciendo en la cabeza a partir de los ínfimos ecos de un tañido.

Despertó con mal sabor de boca y una somnolencia castigadora. Miró a sus hijos en la cama. La ternura de sus caras le pegaba en lo más hondo. Nancy, no dejaba de pensar en cuanto los amaba y lo feliz que le hacía mirarlos tan tranquilos. Pensó en su amor de madre y, luego, pensó en lo bueno que le hacía al mundo ello. Pero se acordó de los pollitos, y las imágenes de los bebés indefensos la lastimaron. Pudo haber hecho algo más, y no lo hizo, todo porque le tuvo miedo a un búho. Pensó en que, si ese mismo instinto de proteger lo inocente estuviera arraigado en las personas, entonces el mundo sería diferente.

La mañana estaba helada ─ como lo tenía que estar siempre ─. El clima de la sierra era cruel y hostil. La idea de los pollitos resistiendo a la noche la entristeció. Ella pensó que, si por alguna razón se hubiera separado de sus hijos, por supuesto que pediría al cielo por un alma que se ofreciera a protegerlos. Es más, si ella encontrara igual a unos niños desamparados, seguro tomaría la misma decisión. Así Nancy idealizaba su maternidad, en parte para distraer la culpa que había sentido al dejar atrás el nido derrumbado.

Ese día Nancy haría labor de vigilancia en la entrada del bosque. Estaría como siempre cubriendo sus ocho horas de guardia para espantar a los talamontes. De pronto le vino la idea que lo resolvería todo. Fue hasta su patio y ahí, de entre todos los tiliches, sacó una jaula. Confiada en la decisión ya tomada, esperó a la patrulla que la llevaría hasta la corporación. Aguantó las burlas de sus compañeros y les siguió la corriente; en el fondo se sentía tranquila, así que era fácil ignorarlos. El escenario de ella, retornando al hogar en la noche y descubriendo a sus hijos sorprendidos por los nuevos animalitos en la casa, la animó bastante. Ya solo deseó, mientras iba de camino, que los pollitos hubieran resistido, lo cual consideró viable, dado que las bestias entienden mejor a la naturaleza y saben abrirse paso entre las dificultades, además de que los había dejado perfectamente cobijados en el nido. Así, Nancy se adentró con su patrulla en las cuestas polvorientas, con la gayola en la cajuela y una frágil ilusión en los labios.

Se estacionó en un amarrón que salpico de piedras el camino. Bajó presurosa con la jaula que sacó de la camioneta. Fue hasta el sitio que más o menos suponía. Anduvo despacio, removiendo las agujas de pino del piso, buscando pistas o signos de lo que fuera. Descubrió un montón de plumas revueltas por la zona. Mientras exploraba, el pecho le latía y el presagio de una tragedia la abrumaba. Vio una maraña sospechosa casi al pie de la carretera y, cuando se acercó, su cara apenas y disimuló la tristeza: allí estaba el nido completamente deshecho. De los pajaritos no halló nada. Un graznido la hizo incorporarse. Allá, frente a ella, estaba el búho mirándola. Sus ojos eran diferentes a los que recordaba, ahora, eran fríos, bestiales e iracundos. La mujer se sintió oprimida por la mirada salvaje del animal: “Perdón”, le susurró en un sonido casi apagado. El ave aleteó y fue a perderse en el cielo hasta volverse un punto en las cumbres remotas. Nancy lo vio alejarse mientras apretaba la jaula vacía en sus manos.

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