Brisa

El hombre miraba el mar, apenas visible en la oscuridad apagada. Los sonidos de las olas rompiéndose era todo lo que se oía. Él estaba refugiado en unas matas de plátano y con ansiedad acariciaba la pistola inservible entre sus dedos. Lo habían engañado y se sentía desgraciado; por lo mismo, apenas y se consideraba un remedo de persona. No había sido fácil aceptar aquel empleo, se echó una mala suerte encima para soñar con traerse otra buena después, pero se equivocó de forma tan vergonzosa durante el “trabajito” que hasta le parecía una broma. Ahora, veía a “sus amigos” a lo lejos; a los leales compañeros que le habían ofrecido defenderlo en caso de que cualquier cosa saliera mal, pero resultaron ser palabras vacías y ahora lo buscaban para callarlo. Al frente del grupo venía Alan, el vendedor de armas: el que le había tendido el cuatro. Lo escuchaba reírse, seguramente confiado de que al final de la noche tendría la vida resuelta y todo gracias a él: al pendejo de René; seguro eso pensaba el maldito. El hombre luchaba contra el pánico de ver a los perseguidores más cerca, ellos avanzaban despacio como ya sabiendo a dónde ir. Él se creía oculto, o más bien, así se consolaba; fue cuando cayó en cuenta que había sido descubierto. Indefenso, sin protección, observó impotente al grupo que caminaba hacia él. La luz de las linternas le dio en la cara; quedó ciego unos momentos. Mientras forcejeaba con los criminales, con el sabor de la sangre y el miedo en su boca, un pensamiento le llegó a la cabeza: en esa playa nudista amanecería el cuerpo vestido de un hombre.

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