
¿Algún día dejará de morir la gente? Es lo que me pregunto mientras preparo los cuerpos en la sala. Gracias a Dios que existe la muerte, porque si no ¿Qué sería de mí? No puedo creer lo aburrido que ya me parece preservarlos y luego vestirlos. Nunca fue así, de hecho, nunca pensé que terminaría así, pero bueno de algo se tiene que vivir, y para bien o para mal esta fue mi suerte.
“Octavia, eres muy bonita”, eso era lo que siempre me decía Gabriel. Yo no me lo creía, pero debo admitir que me divertían los cumplidos de ese canalla. Esas cuatro palabras era toda la ternura que podía salir de su tieso corazón. Con ellas quería hacerse de mi favor, solo eso, de mi cariño no tenía ningún deseo. Cuando se dio cuenta de que no podría conquistarme, me escaló con mi padre. Ahí lo enredó de palabrería ─ que para eso si era bueno el condenado ─ y lo acabó convenciendo. Me entregaron pues a ese hombre, a ese viejo regordete, dueño de la única funeraria en el pueblo. Pude haber hecho el berrinche para evitarlo, pero la parte idiota de mi me contuvo, tenía 35, era una quedada, y la verdad, no quería morir sola.
Así empezó mi vida en “el eterno descanso”, o más bien, en “el eterno trabajo”. Gabriel, sinvergüenza, estúpido, todos los días se iba de juerga a las cantinas y regresaba en la noche oliendo a tequila, tabaco y semen. En un principio eso me lastimó, más en los sentimientos que en mi orgullo de mujer; luego fue al revés. Le reclamé desde un principio que respetara cuando menos mi estatus en el pueblo, que hiciera sus chingaderas si quería, pero que fuera más recatado; siempre me contestaba con veneno. Decía que él era lo mejor que me había pasado, que a mi edad ya nadie más me querría, qué me callara y lo respetara, porque si no me iba a enseñar. Nunca le permití cumplir sus amenazas, aparte yo tenía la ventaja: era la única hija de “El general”: la leyenda de las campañas contra el Tigre de Alica. El nombre de mi padre aún resonaba en la región; su nombre me protegía.
Entonces, me acostumbré a la ausencia de Gabriel en la casa, pero al menos me escuchó un poco. Le bajó a sus aventuras, y en las pocas que se aventaba, trataba de llevarlas a escondidas para que mi papá no se diera cuenta: después de todo no quería poner en riesgo la valiosa dote que aún no recibía. Desde la primera noche quiso sembrarme ese hijo que añoraban sus ambiciones, no por que tuviera anhelos paternales, sino porque esa era la condición para ganarse las riquezas de la hacienda. Recuerdo que era un tosco haciendo el amor, no tenía tacto, ni el más mínimo sentido de la decencia conyugal. Terminaba cuando quería y me dejaba siempre insatisfecha: nunca pudo embarazarme. Creo que él ya lo sabía, pero en parte me usó para comprobarlo: era estéril; era inútil. Ya perdidas las esperanzas de la dote puso sus anhelos en la caridad que el general debería ofrecer para el único yerno que tenía. Luego, cuando también se rindió con eso, volvió de nuevo a las parrandas. Yo me ajusté a esa rutina desordenada, poco a poco, y de tanto mirar, fui familiarizándome con el negocio, aunque aún no participaba en el: a mí los muertos me daban asco. Yo era feliz ─ dentro de lo que cabe ─ manteniendo el suntuoso jardín de la casa y distrayéndome con mis recetas de repostería, pero en el fondo sabía que no podría seguir llevando la vida mimada con la que había nacido.
Con ese ritmo turbulento fui absorbiendo las obligaciones de la funeraria. Primero fue el envío de una caja a la casa de un enfermo, después me tocó vestir un niño ahogado y al final ya estaba embalsamando a los fugados de las levas del gobierno. Luego se dejó venir la guerra, la maldita guerra. Gabriel murió en el primer año, se le ocurrió meterse con la escogida de un tenientillo cuyo regimiento estaba apostado en el pueblo. En consecuencia, le retacaron de plomo el corazón ─ aunque no sé porque se murió, si era claro que ahí no tenía nada ─, luego ajusticiaron a la soldadera. Mi padre no movió ni un dedo, creo que sintió que le quitaron un peso de encima. Así quede viuda y en la certeza total de mi soledad, yo con treinta y siete, y con una funeraria llena de cadáveres pudriéndose en las gavetas.
Ahora que pienso, es muy poco el resentimiento que le guardó a Gabriel. Después de todo tuvimos buenos recuerdos, y cuando tienes una o dos memorias buenas, estas le pueden a todas las malas. Su fallecimiento fue el inicio de unos años horribles. Las pilas de muertos llegaban en decenas. Por todo el pueblo había gritos, chillidos y balazos: era un desorden de locos. Contraté algunos mozos para que me ayudaran, creo que sin ellos no habría podido sobrellevar el trabajo. A veces, cuando sentía que me llevaba el diablo, agarraba a alguno de ellos y me lo enterraba entre las piernas. Naturalmente me volví rica, en verdad rica. Primero me pagaron con centenarios de plata y luego con lo que se pudo: caballos, gallinas, y hasta pedazos de tierra. Todo lo supe administrar y me volví una especie de celebridad en la región. Confieso que tengo bonitos recuerdos de aquellos días, los más movidos de mi vida y en los que disfruté lo poco que me quedaba de juventud. Contra toda la muerte y la locura de aquella época, conseguí salir adelante y, regresé después a dirigir yo sola mi funeraria.
Mi padre nunca pudo casarme de nuevo; yo ya no lo dejé. A él me tocó enterrarlo hace diez años con las orgullosas insignias que le dio el “Señor Díaz”. Luego vinieron las repartos agrarios, y los cobros de favores. A mí me quitaron parte de las tierras de la hacienda. Pude haberlas peleado como hacían los demás dueños de la zona, pero ya no me interesaban; había hecho tan mía la funeraria que ya era todo lo que me importaba.
Me hice de fama: era la señora Octavia, la hija del general, la embalsamadora de muertos. Así me resigné a la vida. Me habitué a zurcir agujeros de balas, a que mis vestidos olieran a formol y a modelar con resina las caras descompuestas; me acostumbré a todo eso y más; me acostumbré a la muerte.
Hoy cumplo cincuenta y tres. Es 1927 y la gente y la radio no dejan de decir que se vienen los mejores tiempos para el país. Se habla de progreso, de avances científicos, de reformas populares y sobre todo de un gobierno bueno. Yo no lo creo, aquí siguen llegando los muertos de siempre; asesinados por las mismas razones de antes. Tal vez este mundo bendito nunca cambie, creo que hay que resignarnos a eso y a todo. Por ejemplo, yo ya me hice la idea de morir sola. No tengo a nadie y todo lo bueno que hago acaba bajo la tierra. Aunque ya no le tema ni espere nada del tiempo, una duda si me atraviesa de vez en cuando: ¿Quién seguirá arreglando a los muertos después de que me muera?