El chapoteo

Estela y Javier, un par de campesinos, están como todas las mañanas tomando el desayuno. Sobre el suelo de tierra tienen regados los recipientes de la comida. La señora, con los ojos atarantados por el humo voltea las tortillas en el comal; el señor, descansa en un pedazo de madera, y de vez en cuando mete una vara para atizar la lumbre. Los sonidos de la leña crujiendo y el de los mascados es todo lo que se oye. Los hermanos estaban encorvados sobre su avena rancia cuando les llegaron los ladridos de los perros.

Salieron de la cocina para ver la causa del alboroto. Al parecer ambos creyeron que alguien había venido a visitarlos porque se dirigieron presurosos al recibidor. Cuál fue su decepción al ver que la entrada estaba vacía, aun así, los perros seguían gruñendo. Se internaron en los matorrales de fuera de la casa para sosegar a los animales. Quedaron petrificados al descubrir una criatura arrastrándose entre la hierba.

Ninguno de los dos atinó a hacer movimiento. Estaban ahí viendo al extraño bulto retorcerse. Tenía la espalda blanca y sinuosa, los brazos delicados y una cabellera negra que ocultaba lo demás. Pasaría por una mujer desnuda si todo fuera así de normal, pero lo raro ─ e inquietante ─ era lo que tenía debajo de la cintura. Por la distancia no se distinguía bien, pero su pantalón o falda ─ o lo que fuera ─ no dejaba verle los pies. En vez de eso el cuerpo terminaba en una extraña bifurcación que se bamboleaba como una cola. Javier no supo por qué, pero pensó en un renacuajo zangoloteándose.

Se acercaron temerosos, pero también movidos por la curiosidad. Estela iba pegada a Javier y cuando estuvieron a tan solo unos metros se detuvieron en seco. La rareza en el suelo notó su presencia y despacio levantó la cabeza para mirarlos: era una mujer ¡Pero qué mujer! Javier quedó absorto al instante: la cara más bonita que hubiese visto estaba frente a él. Se sintió rebasado: ojos oscuros, cabellos negros, piel blanca y deslumbrante, boca roja e hinchada y, debajo de todo, el torso exhibiendo unos magníficos senos. Eran maravillosos, no cabía duda para el hombre, quien no podía despegar la vista de sus generosas proporciones.

─ ¡Pero qué descaro! ─ exclamó de pronto Estela, quién sacó a Javier de su lujuria ─ ¡Muchacha!, ¿Qué haces aquí tirada? ─ continuó.

Al terminar la pregunta el miedo fue evidente en la campesina. El arrebato de moralidad seguramente la había motivado a romper la turbación en su mente. La señora miraba con morbo el cuerpo de la muchacha quien con visible esfuerzo trataba de sostener su postura.

─ ¡Ayúdenme, por favor! ─ dijo con voz suave y quejumbrosa. Cada palabra sonó tan perfectamente articulada y provista de sentimiento que conmovió a los dos hermanos, aun así, no respondieron.

─ ¡Ayúdenme por amor a Dios!

Meter a Dios ayudó a tranquilizar a los señores. La sola palabra había bastado para volverlos a la realidad. Juzgaron que solo era una chica que necesitaba ayuda, pero como explicar lo que traía por piernas: era horrendo. A pesar de todo, la mujercita inspiraba mucha compasión y el tono lastimoso de su suplica les había pegado en el interior.

─ ¿Está usted bien? ¿Qué necesita? ─ dijo Javier mientras se acercaba con precaución.

─ ¿Quiero sombra y … agua? ¿Ayúdame por favor?

Javier quedó hechizado por los ojos de la muchacha. La petición lo enterneció, pero también estaba asustado por el muñón bajo su cintura. Volteó a ver a su hermana esperando que ella resolviera su incertidumbre, después de todo ella era la mayor.

─ ¿De dónde vienes? ─ dijo Estela.

─ Vengo de por aquí cerca. Estoy perdida y no tengo a dónde ir ¡Ayúdenme, por favor! Y de esto … ─ dijo señalando a sus pies ─ es algo de nacimiento, no tienen de que asustarse.

─ Yo creo que mejor nos vamos adentro y allá nos cuentas todo ─ dijo Estela, insegura de la propuesta.

─ ¡Gracias! ¡Muchas gracias! ─ el rostro de la muchacha se iluminó y lució aún más radiante de lo que ya era ─ Solo que no puedo caminar ¿Podrían ayudarme a llegar? ─ continuó hablando casi enmudecida.

─ A ver, Javier, agárrala de ahí atrás; yo la levantaré de adelante ─ sentenció Estela mientras la tomaba de los brazos y miraba al pobre de Javier que sufría al no poder levantarle “las piernas” porque se le resbalaban en cada intento. En uno de los movimientos el hombre se cortó en la mano y la sangre comenzó a escurrirle entre los dedos. Se amarró un pañuelo que cargaba en el bolsillo, no sin dejar de mirar a la mujercita y a su hermana que estaba aún más alarmada que él. Por fin la pudo levantar y cargando el hermoso bulto se dirigieron de vuelta a la casa.

En el camino Javier iba prendado de la chica; no dejaba de admirarla. Tenía un perfil muy bonito, casi tan angelical como los retratos de los santos, pero para el hombre ella lo era más, porque era de verdad:  era más perfecta que cualquier imagen o escultura. Javier miraba la cara de a rato, y luego a los senos exquisitos, que se mecían con gracia resultado del vaivén producido por la caminata. Le parecían unas cúpulas de mármol coronadas de rosados chapiteles. Pero también miraba la cola ─ que ahora tenía la certeza de que era una ─. Brillaba con la luz del sol y su aspecto escamoso parecía ser todo lo opuesto a lo bello que tenía por arriba. Trató de ignorar la áspera, descolorida y babosa protuberancia y centrarse en su rostro y sobre todo en el pecho, pero después le vino el remordimiento, se supo disoluto y trató de centrarse en el camino para distraerse, aunque irremediablemente terminaba volviendo a lo mismo.

Mientras tanto, la muchacha no dejaba de mirarlo, y él lo notó. Se puso nervioso ante sus ojos luminosos y creyendo que había delatado sus turbios pensamientos, se avergonzó y trató de evadir la mirada, pero luego la correspondió y así quedaron los dos, mirándose en las luces del medio día. La chica lucía una sonrisa apenas perceptible mientras estudiaba al hombre, y él intentaba descifrar el enigma que era ella: una hermosa chica con cola de pescado ¿Cómo podía ser posible?

Llegaron a la casa y atravesaron el patio; ahí la bajaron con cuidado. Ella se incorporó dándoles las gracias. Luego se hizo el silencio, al parecer la incomodidad había surgido porque todos esperaban que alguien tomara la iniciativa. La muchacha habló:

─ Seguro tienen muchas preguntas. Primero que nada, les vuelvo a agradecer por invitarme a su casa. Me llamo Circe, tengo 20. Creo que, lo que más los inquieta, es esta deformidad que tengo en lugar de piernas. Verán, nací víctima de una enfermedad en los huesos y la piel, y no traten de disimular sus miradas: yo sé que es asquerosa. No conocí a mis padres y entonces quedé al cuidado de unos parientes quienes me maltrataron en un inicio y me dejaron casi en el olvido después. Fui tratada como un monstruo y no los culpo, al menos mi cara les era agradable y yo creo que por eso me soportaron tanto tiempo. En fin, hace poco nos mudaríamos a una nueva casa, pero ya no tuve la fortuna de conocerla. Decidieron que podían continuar sin mí. Entonces fueron y me arrojaron al rio y desde ahí había estado nadando, luego vi su casa y me arrastré hasta aquí. Por favor ¡Necesito que me ayuden! No tengo a dónde ir. Aquí yo les puedo ayudar, aunque sea un poco.

─ Pobre muchacha ─ contestó Estela ─ pero mira, nosotros apenas y podemos salir adelante ¿No sería mejor que buscáramos a algunos de tus parientes o que fuéramos al pueblo a pedir ayuda? A lo mejor el gobierno o la iglesia pueden socorrerte.

─ ¡No, eso no! ¡Nadie tiene que verme! En el pueblo seguramente no seré más que una criatura que humillarán con su lástima y su desprecio. No quiero arriesgarme; no lo soportaría. Los que me tiraron como un pedazo de basura eran la única familia que tenía. Si de alguna forma vuelvo con ellos estoy por seguro que se desharán de mí, pero esta vez será para siempre. Ellos son malos; malos en verdad ¡Déjenme quedarme! ¡Por favor!

Ella tenía un don. Su voz melodiosa parecía hacer música en vez de palabras. Cada frase envolvió las orejas de los señores y les trajeron el rumor de una pena que estaba en sus manos resolver. Javier se sentía casi obligado a decirle que si en el acto, pero ¿Qué pensaría su hermana? La chica comenzó a sollozar y la inocencia que desprendía se le desbordaba de su carita tan tierna.

─ Es que, muchacha, está muy difícil hacer lo que dices. No es tan así como de: “ya vive con nosotros”.

─ Puede ser un tiempo nadamas, y después si les sigo agradando deciden que hacer conmigo.

─ Mmmm, de momento creo que puedes quedarte por hoy con nosotros, y supongo que lo que queda de la semana también. El domingo que vayamos a misa y que venga el padre al pueblo, le hablaremos de ti, y que él nos ayude. De mientras, ahorita, te prepararemos el cuarto que era de nuestros papás. Por ahora descansa, pero no te acomodes del todo ¿Cómo ves el arreglo?

─ No está mal. En serio, muchas gracias. No se arrepentirán, lo sé ─ dijo esto mientras lanzaba una coqueta sonrisa a uno y luego al otro.

Javier miraba embobado a la chica. Apenas y contenía la emoción de saber que se quedaría en la misma casa. Ahora que la observaba bien, la cola para nada le pareció tan repulsiva a como la halló en el inicio. Casi podía decir que le gustaba. En conjunto al inmaculado aspecto de la muchacha, parecía dotarla de aun aire casi divino, como si fuera un enorme privilegio tener de cerca su presencia.

─ Javier, no te quedes ahí. Ayúdame a prepararle el cuarto. Tiende la cama con sábanas buenas, y dale una barridita al piso. Le voy a ayudar a lavarse a esta creatura, está que da lástima de lo empolvada. Luego, la voy a vestir. Apúrate por favor, ya has mirado mucho hoy.

El hombre no dijo nada, pero se sintió herido en el orgullo al ser regañado frente a la muchacha. Maldijo a su hermana para sus adentros, luego salió del patio y entró en la habitación que alguna vez fue de sus padres. Adentro olía a encerrado y las ratas correteaban entre las mazorcas roídas del piso. Se dio prisa, fantaseaba con el reconocimiento que le daría la muchacha por ordenarle la habitación. Quiso dejar todo perfecto para ella: tumbó las enredaderas de telarañas en las esquinas, pisó alimañas e insectos, se ahogó con el polvo que sacudía de cada rincón y tendió las mejores colchas sobre la cama. Al final quedó bastante presentable y contento se hizo con las ideas de ella presente en el cuarto.

Mientras tanto, Estela, ayudaba a limpiar a la joven. La señora se deshacía en envidia al contemplar a la chica. Lo dotado en cada parte de su cuerpo le recordaba todo lo que ella había dejado morir y que nunca había ofrecido a un hombre. Ahora con ese giro tan extraño de la vida, su rutina de solterona se veía provista de un nuevo brillo que hacía más interesante el aburrido circulo de su vejez. El baño terminó y luego le prestó unas blusas y un vestido. Quedó sorprendida al notar que la muchacha no sabía ponérselos. Ella acabó confesando que nunca había usado ropa. Estela la ayudó a vestirse sin dejar de pensar en la clase de vida que había podido tener la muchacha hasta ese entonces. Una vez lista llamó a Javier.

Cuando entró Javier al improvisado baño quedó encantado del aspecto de la chica. Cuan diferente lucía con ropa y, aunque fuera de lo más sencilla, se veía tan atractiva en esos trapos que realzaban su silueta. De la blusa ahora quedaba oculto el pecho y los atributos que lo habían hipnotizado. Una parte de él se sintió desgraciada porque sabía que la casualidad ya no volvería a ofrecerle la misma oportunidad. Se resignó y ayudó a su hermana a cargar a la muchacha hasta el nuevo cuarto.

La recostaron en la cama y ella quedó maravillada de la habitación. Los señores pensaron que exageraba la cortesía sólo para no desairarlos, pero luego tuvieron que admitir en su mente, que, visto el origen miserable de la chica, era posible que fuera mucho mejor a lo que siempre había tenido. Fueron conquistados por el agradecimiento y con modestia alabaron la educación de la muchacha. Luego, la dejaron a solas, no sin que antes Javier experimentara mucha satisfacción al recibir un cálido agradecimiento.

Javier fue a su cuarto. Se acostó en la cama: estaba exhausto. Una punzada en los dedos lo hizo sacudirse. Cuando vio la herida en su mano comenzó a recordar los sucesos del día ¡Qué extraño era todo, casi parecía un sueño! Entre todo el misterio de Circe y sus circunstancias, traía un revoltijo de imágenes, de todas ellas, la de la desnudez de la chica se sobreponía a las demás. No se podía sacar esas escenas de la cabeza, se le habían encarnado en un deseo, que crecía y se volvía más ardiente cada vez que rememoraba su sonrisa tan particular. Pensó en el domingo: “¿Qué dirá el Padre? Seguro nos sugerirá llevarla a uno de esos asilos dónde cuidan personas abandonadas. A lo mejor, si convenzo a Estela de que se quede, podríamos evitar eso. No quisiera que se fuera”. Así estaba Javier, divagando y dándole vuelo a sus ideas, y en medio de todas ellas estaba metida Circe; Circe y sus senos perfectos: los primeros senos que había visto en su vida. Javier cayó en un profundo sueño.

Estela tocó a la puerta de Javier quien salió con los cabellos revueltos: era la hora de almorzar. Avanzaron sin hablarse y llegaron a la cocina. Pasaron por el cuarto de la muchacha, pero ninguno hizo un comentario al respecto. Una vez dentro prepararon todo en silencio. Por unos segundos el hombre se inquietó por el hecho de que su hermana no mencionara a la chica; era como si nada hubiera pasado. Un pequeño escalofrío lo recorrió al imaginar la posibilidad, pero se tranquilizó cuando su hermana le extendió un plato que debía llevarle a Circe. El hombre disimuló la emoción y salió con rumbo a su cuarto. Llamó a la puerta; ella le susurró que entrara.

─ Te traje comida. No es mucho, pero es algo que te caerá bien ¿No sé si ya hayas almorzado?

 ─ No. No lo he hecho en todo el día. Te agradezco mucho, Javier ¿Así te llamas? ¿Verdad?

─ Si, así me llamo. Ahorita te traigo tantita agua, y, si quieres más comida o necesitas otra cosa, puedes pedirla con confianza.

Los ojos de Circe lo miraban con la misma sonrisa que recordaba Javier: era una sonrisa discreta, como proyectando una emoción oculta que solo quisiese mostrarle a él; él quedó hechizado de nuevo y le correspondió. Luego, ella por fin puso atención en la comida que le habían llevado y no pudo disimular el desagrado hacia el plato que humeaba.

─ Perdónenme, Javier. No les había dicho. Pero no como cosas así. A lo mejor les es difícil entenderlo, pero me gusta comer la carne cruda y, por receta médica para mi mal, así siempre lo he hecho.

─ ¿Como cruda? ─ dijo Javier, visiblemente sorprendido ─ ¿Estás segura? No te hace daño.

─ No, para nada. Si tuvieran carne así se los agradecería mucho, tanto si fuera pescado, pues mejor. Si pueden, sé que no estoy en posición de pedir y tampoco quiero causarles dificultades. Si esto es lo único que hay con gusto lo comeré.

─ No, espera. Creo tu salud es más importante. Si es lo normal para ti, supongo que está bien. En unos momentos vuelvo ¿Necesitas algo más?

─ Si, aprovechando tu pregunta. Fíjate que esta cola mía se deshidrata con facilidad y una vez reseca me hace propensa a que me debilite. Podrían proporcionarme algo grande con agua en su interior para que pueda sumergirme. Ahí dónde tomé el baño fue perfecto, pero podrían llenarlo con agua de manantial, así como la del pozo que tienen. Me da pena pedirlo, pero creo serían las únicas dos peticiones que les haría ¿Crees que habría problema con eso, Javier?

─ ah, ya… no creo. Ahorita desocupo la tina y traigo las cubetadas del pozo.

─ ¡Muchas gracias, Javier! Y no te preocupes yo te voy a pagar todo más adelante. Absolutamente todo. ─ dijo esto mientras arrastraba las palabras con su boca roja y miraba con profundidad al campesino.

Javier sintió una punzada en el estómago con la última frase de la chica. El gesto de Circe lo sedujo con ardor. Pensó que ella podría ordenarle lo que fuera en ese momento y él se lo cumpliría como un esclavo en el acto. Embobado se quedó admirándola, sin saber cómo responder. Después, fue obvio para el que ya se tenía que ir, pues al seguirla mirando estaba delatando sus pensamientos, pero ella también lo estaba observando, y eso también lo intrigaba. Por un momento se consoló con la idea de ser correspondido en su atracción, pero un acto de consciencia lo hizo descartar la idea.

─ Ahorita vuelvo ─ dijo mientras salía de la habitación.

“¿Qué significa todo? Obvio que no puede haber nada en mí que le atraiga. Soy un adulto llegando a la vejez, no tengo dinero, estoy lleno de arrugas y estos trapos rasgados seguro que menos ayudan a que me vea bien. Estás loco, Javier. Deja esos pensamientos horribles. Seguro solo se está aprovechando y tu caes redondito como un idiota. Por otro lado, me dio mucha desconfianza lo de la carne cruda y sobre todo lo de la tina, pero bueno ella sabe lo que hace, supongo.”

Al llegar a la cocina, el hombre le comentó a Estela las peticiones de la muchacha. La hermana, como era natural, quedó desconcertada con la rareza de los hábitos de la chica, pero al fin de cuentas a ella también le había tocado el corazón y accedió a proporcionarle lo que pedía. Estela salió de la cocina y se fue a su cuarto: sus telenovelas ya iban a empezar. Javier entró a la habitación de Circe llevando consigo varias piezas de pollo y una lata de atún. Trató de dejarlas sin mirar a la chica para evitar la tentación de sus malos pensamientos. Luego, salió a buscar la tina, la metió con la misma indiferencia y salió de la casa con una cubeta.

El pozo que tenían era su fuente principal de agua. No era ni cristalina ni revuelta, pero si lo suficientemente limpia para sobrevivir. Javier tomaba muchas precauciones en cuanto sacaba liquido de ahí. Jamás se le había hallado el fondo y este había sido protagonista de varios sucesos que nadie pudo explicar. Desde siempre le había tenido mucho respeto. Metió el borde del balde y revolvió la capa de limo del exterior, luego metió la cubeta y la sacó desbordada de agua, la coló para separar las larvas de mosquitos y los tejedores, así llenó varios botes, luego los puso en el aguantador y fue a la casa. Cada vez que entraba al cuarto, Circe lo miraba con curiosidad. Javier trataba de no reparar en ella y a cada vuelta regresaba más sudoroso y jadeante. Alcanzó a percibir que ella aún no había probado bocado y no entendió como podía estar tan tranquila sin haber comido en todo el día. Terminó de llenar la tina y solo así se animó a mirarla, pues la idea de ella expresándole gratitud lo emocionaba más de lo que admitía su cuerpo marchito.

─ Creo que ya quedó ¿Así está bien, Circe? ¿Necesitas algo más?

─ Así está bien ─ dijo ella con amabilidad mientras sostenía sobre Javier esa mirada tan especial ─ Ahora solo un último favor ¿Me ayudas a meterme en la tina?

─ ¿Yo?… ¿Ahorita?

─ ¡Si! ¡Tú! Yo solita no puedo ─ dijo en medio de una risa agradable que vibró en todo el cuerpo de Javier.

Se acercó y la ciñó en sus brazos. El campesino sintió el cuerpo de ella pegado al suyo. La sensación tan agradable la disfrutó en cada momento. La levantó con cuidado y luego ella se sacudió. La bajó.

─ ¿Qué haces?

─ Solo te quería ayudar, pensé que sería más fácil si te cargaba.

─ Si, pero no puedo entrar con ropa, se va a mojar.

Ella comenzó a desabotonarse la blusa sin dejar de mirarlo, y del relieve en la ajustada prenda, poco a poco fue descubriéndose el pálido cuerpo. Javier estaba absorto, presenciando a escasos centímetros de él, el cumplimiento de sus fantasías.

─ Listo, ahora sí, Javier.

Él la alzó sin decir palabra y entonces sus manos sintieron la cálida piel. La llevó hacia la tina, complacido de sentir el pecho de ella apretado contra el suyo. La bajó con cuidado y se deleitó en el tacto de deslizarle la mano a través de su espalda. Ahora que ella estaba sumergida pensó el hombre que ya había terminado todo. Circe hundió la cabeza en el fondo y luego la sacó del agua. Las gotas escurriendo por las curvas de su figura trazaban deliciosos caminos que como sortilegios embrujaban los ojos del hombre. Él, dudó en levantarse, quería seguir disfrutando de ella, aunque solo fuera observando. La reflexión de lo que era la desnudez para Circe lo atormentó. Ella era un ser inocente y el un viejo despreciable que ardía en pensamientos oscuros.

─ Gracias, Javier ─ le dijo ─ Él estaba a punto de irse, tratando de salir con dignidad de aquel lugar, pero ella volvió a hablar ─ espera, no te vayas aún, acércate.

Tomó la mano de él y despacio la llevó a su pecho, ahí la hizo presionarle un seno y luego le puso los dedos sobre la esfera rosada que Javier no sabía cómo nombrar. La chica sonrió y el hombre sintió una emoción que le prendió el cuerpo; el vigor de su excitación lo llenó de sangre: se sintió fuerte y vivo como nunca. La chica lo hizo acariciarla y luego le acercó la boca y le clavó un beso. Javier enrojeció, contuvo la respiración y se perdió en las húmedas sensaciones que lo invadían. Cuan placentero debió ser para él todo eso, porque toda su mente quedó en blanco. Luego, la chica despegó los labios y le quitó la mano de su pecho. Remató las caricias con una sonrisa abiertamente seductora y con todo el poder de su belleza.

─ Javier, quiero descansar, pero ven mañana temprano. Tengo algo muy importante que decirte ¿Sí?

Era todo. Se sintió tan de ella e invadido de calor que asintió y tras unos segundos salió de la habitación caminando de forma incomoda. No podía creer todo lo acontecido y así fue a encerrarse a su cuarto, totalmente extasiado de pensar en la chica y en las cosas que le provocaba sentirla cerca. Acostado en su cama la ansiedad lo dominó. Sentía vigoroso el cuerpo, como bullendo de emoción y todo era culpa de Circe. Que afortunado se sentía: “¿Pero que era ella?”, pensó de repente. El domingo se acercaba y los escenarios de ellos dos repitiendo escenas como la que había ocurrido hace un rato, se desvanecían. Le llegaron sus últimas palabras y repitió para sí: “si, mañana” y puso en su voz toda la esperanza de resolver la amenaza de perder a alguien de quien simplemente ya no podía separarse.

Las moscas en el cuarto revoloteaban de una viga a la otra. Javier, las miraba tan irreales, tan insignificantes, que por un momento las compadeció. Jamás ellas experimentarían algo como lo que él había vivido en ese día. Circe no se apartaba de sus ideas. De pronto, una chispa de lucidez le trajo a la memoria algo que había leído en una revista: era algo sobre mitología. Buscó entre la pila de libretas viejas y salmos, y allí en el fondo la encontró. Hojeó el librillo con curiosidad, viendo las láminas con indiferencia, hasta que llegó al artículo:

“Las sirenas eran la perdición de los marineros. Se cree que tenían el torso y la cara de una hermosa mujer, pero la mitad de abajo era una larga cola de pescado. Se supone que atraían a los hombres con sus encantos y su voz tan dulce como la miel, y así a través del engaño, acababan enredándolos hasta enamorarlos. Luego, cuando estos estaban perdidos, los arrastraban a las profundidades dónde los terminaban consumiendo.”

Javier se estremeció al finalizar de leer la descripción; le dolió reconocer la parte negativa de su significado. Aunque había aceptado las explicaciones de Circe, algo en su interior le decía que no era del todo sincera; no era tan ingenuo como su hermana, había algo espeluznante y antinatural en ella y ahora que el miedo se sobreponía a la lujuria, empezaban a aterrizarle mejor las ideas. Coincidía la cola de pescado, la belleza sensual, y sobre todo la voz suave y armoniosa. La idea de ella engañándolo lo lastimó y al mismo tiempo le aterró, pero, otra parte de él se reía de las creencias de que ella fuera alguna especie de monstruo cuyo objetivo era matarlo. Él tenía buen tino para presentir las malas intenciones, pero en ella no las había visto. Cada palabra, cada gesto y cada caricia lo había sentido tan honesto, tan genuino que se castigó por su desconfianza. Quiso intentar dormir, pero se dio cuenta que realmente estaba intranquilo. De vez en cuando le llegaban los sonidos de puertas abriéndose y entendió que su hermana salía de su cuarto y regresaba pasado el tiempo, probablemente asegurándose de que Circe estuviera bien. Afuera, por la ventana, todo se veía tan normal que Javier se tranquilizó un poco al reconocer que la realidad de afuera era la misma que la de adentro. Esas cosas sobrenaturales no existían. Circe era lo que había dicho y lo que él pensaba; nada más.

Javier despertó ─ o más bien fue despertado ─ por un ruido. Lo volvió a escuchar y algo así como un chapaleo se dejó oír en la noche silenciosa. Él hombre supo que fue ella. Se revolcó en la cama tratando de dormir, pero el insomnio lo atrapó. Salió a orinar, y se quedó mirando la noche cobijada de luceros. Un chapoteo lejano lo hizo escalofriarse. Seguro eran las tortugas que salían de noche y se aventaban al pozo. Javier siempre temblaba de espanto cuando las imaginaba.

Regresó y tuvo el antojo de un vaso de agua. Pasó junto al pasillo dónde estaba el cuarto de Circe. La tentación de entrar y dormir con ella le vino por unos segundos, pero se acordó del plan que tenían para la mañana siguiente y con eso pudo aguantarse las ansias. Se sirvió el agua y se deleitó con su frescura que le caía de maravilla en esa velada turbulenta. Inició el camino de regreso a su cuarto, pero tuvo que pararse en seco porque unos ruidos extraños lo sobresaltaron: venían del cuarto de Circe.

Javier se acercó para escuchar. Un sonido constante como de algo crepitando apenas y se elevaba de entre las negruras, luego, este se combinó con otros como de sorbidos y truenos, todos ellos ocultando el ruido ronco de un resoplido. A Javier los sonidos le recordaron a los animales cuando mascan los huesos. La idea de Circe devorando la comida cruda que le dejó en la tarde lo perturbó. Atrás de la puerta definitivamente había algo salvaje que comía con voracidad. No pudo concebir la idea de los perlados dientes de ella destrozando toda esa carne; además solo estaba suponiendo. Se alejó como una sombra del umbral y llegó a su dormitorio bañado en sudor. Cayó como piedra sobre la cama.

Javier descansaba en una calma que contrastaba con la preocupación que lo había asediado horas antes. Unos dedos fueron subiendo desde su pierna, dibujaron senderos por su vientre, por su pecho y llegaron hasta su rostro. Las cosquillas en la nariz lo hicieron despertar. Casi gritó, pero se contuvo: una cascada de cabello se precipitaba por su cara y, en medio de todo, estaban los ojos de Circe. Quiso hablar, pero ella le puso un dedo en los labios. Luego la muchacha se subió a la cama y se montó encima de él. Javier, azuzado por todo lo repentino, pero también emocionado, se dejó llevar por la pasión de ella. Le correspondió los besos largos y húmedos, luego, le rodeo la espalda con sus manos y comenzó a explorarla. Quiso saborear el cuerpo de la muchacha y despacio se fue levantando para besarle cada rincón: mejillas, cuello y pecho; ahí se detuvo, succionando las coronas de su feminidad. El hombre disfrutaba cada centímetro de las suavidades de su relieve. Ella gemía con los ojos cerrados, y se deshacía en suspiros ante cada caricia; Javier, orgulloso, se adjudicaba el protagonismo de todo ese placer. Luego ella le despegó la cara y lo recostó, fue abriéndole la camisa y deslizándole chupetones por la piel desnuda. Le abrió el pantalón y cuando la dureza de Javier emergió, ella la aprisionó con su boca. Javier nunca había experimentado algo así; era tan rica la sensación y en éxtasis miraba la cabeza de Circe que bajaba y subía por su virilidad. Era demasiado placer, y no sabía que lo emocionaba más: si la caliente saliva de ella, los ojos salvajes con que lo miraba, o sentir simplemente las ganas que tenía de él. No pudo más, fue sintiendo cada vez más dura su hombría hasta que hizo erupción en un líquido tibio y descontrolado. Circe lo miró y Javier se sintió tan atraído a ella que casi caía en el arranque de decirle que la amaba, pero algo se sentía extraño, la habitación comenzó a sacudirse. Ella alcanzó a susurrar: “mañana nos vemos”, luego Javier despertó.

Abrió los ojos y vio las moscas volando en el cuarto. No podía creerlo: “Todo fue un sueño ¡Un maldito sueño!”, pensó con frustración. Se sintió terriblemente decepcionado del curso de la realidad. Habría jurado que todo había sucedido de verdad, pero en su cuarto no había resquicios de ella ─ o eso creía ─. Cuando puso atención en el piso, notó un pequeño rastro de humedad, como si hubieran pasado un trapeador desde la entrada hasta su cama. El camino apenas y se notaba, y en el calor del día, aquella mancha fue evaporándose hasta sólo quedar de ella un discreto aroma salino. Javier quedó desconcertado, tratando de creer que hubiese algo más que sólo su imaginación jugando con el mientras estaba dormido. Se levantó; se cambió los pantalones y la ropa interior que traía manchada y con una incómoda sensación plegustiosa. Javier salió del cuarto aún más confundido.

Llegó a la cocina, preso de una ansiedad que apenas y podía ocultar de sus pasos. Adentro y desayunando percibió que su hermana lo miraba. Esto lo preocupó, tal vez sabía ya sus intenciones con la chica; seguro había platicado con ella o peor aún habría espiado en alguna de las escenas que tuvieron ayer. El trataba de disimular, y platicaba de temas ajenos a los que tenía en el corazón. Así, más o menos, las tensiones se disiparon. Trató de evitar el tema de la “sirena”, no sólo porque le era incomodo, sino porque también quería ocultar sus sentimientos, al menos, hasta que Circe le confiara aquello tan importante que necesitaba decirle. No pudo dejar de lado la extraña impresión que tenía Estela cuando lo miraba; le sobrecogía de cierta manera ¿Era lástima o desprecio? Javier se levantó diciendo que empezaría sus labores, pero que antes le llevaría de comer a la chica. Cuando mencionó a Circe su hermana abrió los ojos, como esperando decir algo, pero luego calló: “Si”, le contestó para seguir perdida con su desayuno.

“Está bien rara, Estela”, pensaba el atribulado Javier. El pecho le latía con violencia ahora que estaba por tocar en el cuarto de Circe. Abrió la puerta y la descubrió erguida sobre la cama. Ella había amanecido, tan bonita como siempre, y con esa bendita mirada ─ o tal vez maldita ─. Le dio los buenos días, que ella ignoró sin dejar de observarle, le puso la comida hedionda sobre una silla, y completamente enredado en sus ideas se acercó a ella.

─ ¿Que tal dormiste, Javier? ¿Tuviste lindos sueños? ─ lo interrogó.

Javier se volvió una estatua. Los ojos de Circe destellaban una emoción secreta que involucraba cierta complicidad entre lo dicho y los pensamientos del campesino. Esta coincidencia asustó al hombre. Le vino a la memoria los pasajes del sueño delicioso que tuvo con ella. Quedó aún más confundido.

─ ¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan callado? Ven, acércate.

Cuando estuvo cerca, ella lo sentó en la cama, ahí le puso los brazos en el cuello y luego lo besó. Le puso la mano sobre su rodilla y luego la subió hasta dejarla en su entrepierna. Circe continuó hablando:

─ Yo sé lo que quieres, Javier, y también sé, que es lo que sueñas. Lo sé, porque es lo mismo que yo deseo. Si, te quiero a ti, te deseo a ti, Javier. Me atraes demasiado. Quiero jugar con tu cuerpo y que también juegues con el mío. Estar nosotros juntos y pegados, disfrutándonos a cada oportunidad. No sabes cómo me emociona sentir tus manos y tu boca sobre mí y, al mismo tiempo me emociona a mi sentirte con mi boca. Pero… pero, tengo algo que decirte. No es tan fácil todo como de sólo entregarnos y ya. Tu hermana me da desconfianza: nos vigila. Está celosa de que tu puedas tener mi cariño. Le teme a la soledad. Debemos deshacernos de ella. Solo así podríamos ser felices nosotros; así nos daríamos todo ese placer que nos merecemos. Seguro intuyes que no soy una mujer ordinaria, y debo confesarte que estás en lo correcto. Digamos que tengo propiedades mágicas que ustedes nunca descubrirán, pero yo quiero compartirte todo eso. Es muy fácil, solo debes tomar una decisión, pasar unos momentos malos si quieres verlo así y después estarás conmigo hasta el fin de tus días, siendo cada uno de ellos tan delicioso y placentero como lo son tus sueños conmigo ¡Debes decidir, Javier! No hay manera de que me dedique a ti, si no nos deshacemos de Estela. Tienes todo el día de hoy para decidirlo. Si aceptas, ven a mi cuarto en la noche. Así yo me entregaré a ti en el momento, te daré todo lo que soy y vibrarás de placer como nunca has sentido; luego saldré a extinguir a tu hermana.

─ No, ¿Cómo? ¿Pero que me estás diciendo, Circe? Es imposible. No puedo creer lo que estoy escuchando, pero si ambos nos queremos porque no intentarlo así, yo se lo explicaré a mi hermana. No hay necesidad de hacer locuras. Podríamos casarnos, incluso. ─ Javier, quiso continuar, pero se quedó paralizado por la maldad evidente de la chica. Ella continuó:

─ No lo entiendes, Javier. Yo no vivo, ni podría vivir en el mundo de los humanos. Eso no está en mis planes. No hay forma de que sea de otra manera. Debes escoger. Ya lo he decidido yo. Mañana me iré temprano en caso de que tu elección no sea la correcta. Además, cuidado de decirle algo a tu hermana, en el momento que se lo cuentes, yo me daré cuenta y entonces me marcharé por mí misma, para que ninguno me vuelva a ver, y te quedes aquí con tu soledad, con tu eterna y triste soledad. Te estoy ofreciendo todo de mí, todo. Cada parte, cada deseo, cada sensación posible la tendrías de mi en el momento que tú quisieras. Solo nos separa de ello tu indecisión. Debes elegir…

─ Pero no puedo, Circe…

─ Debes elegir…

Con una fuerza sobre humana Circe separó a Javier de su cuerpo. Él quiso acercarse, pero no pudo vencer la barrera de sus manos. Esto lo hizo estremecerse, de dónde podía tener tal resistencia una mujer que solo desprendía fragilidad y dulzura de su semblante. Peor aún, los pensamientos y los designios oscuros de la muchacha le tenían paralizados ¿Como podía concebir ella una condición tan malvada? De pronto, la irrealidad lo dominó porque la idea de perpetuar sus fantasías implicaba un precio terrible. Salió del cuarto todo nervioso, no sin antes admirar la deslumbrante figura de la chica: la bella e inquisidora turbación de su alma.

Se fue a su cuarto con las palabras de Circe en la cabeza. Decidió empezar sus pendientes: llevó a pastar a los animales, juntó la leña para la casa, y revisó el crecimiento de las milpas. Entre cada actividad lograba distraerse lo suficiente como para olvidarse por unos momentos de su aflicción, pero luego llegaba con más fuerza el recuerdo de Circe y el de su belleza que le ardía en las entrañas. La deseaba demasiado, era exagerado el sentimiento, casi como un embrujo. También pensaba en su hermana y en cómo le había ocultado la propuesta de la chica. Ella, con todo y su amargura habitual, no merecía tal ingratitud. Estela, nunca se casó porque tuvo que trabajar para ayudar a sostener a la familia, y él, tampoco lo hizo porque simplemente cuando se hizo adulto, ya no quedaban mujeres en el pueblo. Entre los dos desarrollaron una relación para sobrellevar las actividades de la casa mientras sus padres envejecían, después ellos morirían dejándolos solos y a merced del otro. Salieron adelante, cada uno apoyado con sus actividades y rutinas, así sostuvieron al rancho. No es que fueran los hermanos que más se querían, pero la convivencia definitivamente los había estrechado en un lazo que era difícil de romper ─ o eso pensaban ─. Había llegado la tentación, materializada en una belleza mágica y misteriosa, y se había metido en todas las necesidades afectivas de Javier, en todo el amor que nunca tuvo y en toda la sexualidad que siempre anheló. Ponderó la implicación de la promesa de la chica, definitivamente, disfrutó cada frase de su declaración, pero de nuevo le pareció inconcebible el precio del ofrecimiento. Pensando con ardor en Circe y retorciéndose de culpa por Estela, así Javier volvió a casa.

Mientras los hermanos cenaban, Javier sufría en el más absoluto silencio. En todo el día no había visto a Circe, la había evitado a propósito. Estela se había encargado de ella. Ambos apenas y se miraban, y solo intercambiaron las palabras suficientes para terminar su comida con tranquilidad. El ambiente se sentía pesado en la estancia y era como si cada uno encerrara el peso de un secreto contra el que luchaban por contener. Javier se levantó para ir a su cuarto. Antes de que se fuera Estela le habló:

─ Javier …

─ ¿Qué?…

─ Buenas noches…

─ Buenas noches…

El campesino se fue azorado a su cuarto. Los ojos incandescentes de Estela se le habían quedado marcados. Juraría que quería decirle otra cosa, pero al final no se atrevió. Ver su mirada suplicante lo dejó más movido de lo que estaba. Entró a su habitación, triste y derrotado por el día. Arriba el resplandor de la tarde se apagaba mientras los estrellas asomaban en el cielo. Poco a poco comenzó a caer la noche y el seguía inmerso en una batalla contra la duda que no sabía cómo resolver.

La silueta de Circe danzaba en sus pensamientos: ella, la que podía ser suya. Ahora que meditaba, la muchacha había rechazado la posibilidad de un matrimonio; dio a entender que no le gustaban las costumbres humana. Entonces se agobió más con el acertijo de su origen, además las propiedades mágicas que mencionó, más su maldad escondida, la conjuraban en un ser misterioso y lleno de secretos. Dudó de la veracidad de muchas cosas dichas, y también se estremeció con que lo mismo aplicara para sus acciones. Pero él se hallaba tan embelesado, que se lo negó y puso en su cabeza todo lo bello que ella tenía y que estaba aguardando a por él.

Eran pasadas las diez cuando salió rumbo al cuarto de Circe, avanzaba despacio, temeroso de enfrentarse a la decisión que estaba a punto de materializar. Le pareció que vivir una vida sin cariño no era una vida, así que no tenía caso rechazar a Circe y seguir llevando una rutina vacía hasta el final; no quiso pensar en su hermana, lo hería. Se supo un ser despreciable pero que podía hacer, amaba a Circe con locura, sus sentidos no paraban de beber de sus fantasías con ella: la deseaban; la necesitaban. Al acercarse al umbral de la chica, unos sonidos extraños lo alarmaron. No quiso tocar porque había encontrado algo familiar en ellos, con precaución deslizó la puerta.

Javier no daba crédito a lo que veía: su hermana estaba sobre la cama, con las piernas desnudas y en medio de ellas la cabeza de Circe. La visión de la chica sondeando con su lengua el sexo de Estela le partió el corazón. Ella, con los ojos cerrados, estaba perdida en un delirio de placer y no paraba de gemir mientras acariciaba el pelo de la chica. Javier sintió que le reventaron el estómago, y unas nauseas horribles se le vinieron. Se sintió herido, engañado, pisoteado y aterrado a la vez. El acto en sí lo perturbaba, pero no tanto como el cambio que iba notando en la fisionomía de Circe. Su espalda se volvía escamosa a cada segundo, el cabello negro se le hacía una maraña gris y repulsiva, las manos delicadas que sostenían y acariciaban los muslos de Estela, ahora eran unas zarpas palmeadas con unas uñas enormes y tenebrosas. La cola era lo peor de todo, una hilera de espinas le fue apareciendo, primero tenues y luego eran tan grandes como puñales. Se sintió afortunado de no verle la cara a la muchacha. Javier se dominó porque reconoció las implicaciones de lo que pasaba: su hermana se le había adelantado, había sucumbido al deseo; Circe le había ofrecido lo mismo. Pensó en las consecuencias, una parte estaba cumplida y ahora faltaba la otra.

Javier cerró despacio la puerta; Estela ahora exclamaba, totalmente prisionera de las sensaciones que le producía la sirena. Cada gemido taladraba los oídos del hombre, pero también le comenzaron a llegar con menos frecuencia e imaginó que debía darse prisa. Abrió la puerta del rancho y huyó hacia el horizonte. Corrió sin saber a dónde ir; corrió sin tener a alguien a quien buscar. Al pasar por las otras casas el campesino se estremecía al escuchar chapoteos en cada pozo. Los imaginó conectados a todos. El recuerdo de su niñez dónde la policía sacaba el cuerpo ahogado de su padre le vino a la cabeza. El hombre ya no aguantó más y cayó de rodillas junto a un maguey: ahí le lloró a Circe y también a Estela. Javier derramó su pena sobre la tierra, y la vio tan vasta, tan grande, que se descompuso con el pensamiento de que en tanta infinidad ya no había, ni habría, nadie que lo quisiera.

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