
Daniel ¿Estás ahí? Hace tiempo que no vienes y eso que tú sabes mejor que nadie dónde encontrarme. Aquí ya solo vive el viento, el agua y la tierra: los elementos que tú trajiste. De los otros, de los que necesitas ayuda para conseguir, no hemos visto nada en bastante tiempo; supongo que por ahora no es tu prioridad buscarlos. No es que nos hagan falta, pero tú sabes cómo vibro cuando estoy completo.
Recuerdo cuando empezaste a construir a mis alrededores. Venías de tan lejos cargando tus herramientas. Fue entonces que hallaste el laberinto y diste un recorrido por las murallas. Las entradas y la oscuridad de adentro te intimidaron, pero no huiste. Te quedaste analizando la intricada galería, evaluando si era buena idea explorarla. Entonces, hiciste un intento por entrar, pero también notaste que las marañas en los pasillos no se podían arrancar con facilidad y peor aún que te lastimaban. Regresaste frustrado a la entrada y decepcionado de tus pocos avances y de lo imposible que parecía el camino al interior… Desapareciste.
No te culpé porque te entendí. Se què nadie resuelve sus laberintos a la primera, es más la mayoría ni siquiera los logra descubrir. Es un desafío para toda una vida, lo único que hay que hacer es creer y tratar.
Volviste después y pasó lo mismo. Caímos en un ciclo de visitas y ausencias ─ varias veces temí que ya no aparecerías de nuevo ─. Pero ahí estabas de vuelta cada cierto tiempo, intentado resolver el dédalo impenetrable que soy. Intuiste mi importancia y el privilegio que implicaba para ti mi existencia, así fue cuando iniciaste de a poco la edificación de El Templo. En el umbral del laberinto hiciste primero un portón, de ahí continuaste con un mamposteo que usaste como cimientos. Luego alzaste despacio, y con muchos trabajos, unas paredes de mármol y granito. Por último, coronaste el techo con una bóveda y cercaste con columnas el perímetro de la estructura. Al ver el cascarón de la obra te sentiste realizado y, por qué no decirlo, también yo: era como si te prepararas a arraigarte junto conmigo.
Así inició nuestra sociedad ─ algo parecido a una simbiosis─. En cada visita le hacías algo extra al templo y luego te adentrabas en el laberinto al que ya solo se podía acceder desde el interior de la construcción. Comenzaste a decorar el edificio con materiales que traías desde afuera. Adornaste las paredes con mil cosas: glifos, triquetas, letras y arabescos. Esculpiste todos los símbolos y frases que representaban las ideas y conceptos en que creías. Entonces caí en cuenta que el templo lo hiciste para mí como una alegoría del compromiso en descubrir el secreto de mis profundidades. Empecé a ver el templo como algo mío. Yo era él y el laberinto; pero no era del templo, él fue hecho para el laberinto.
Las noches discurrieron. A mi alrededor creció un bosque todo lleno de encinas, magueyes y pinos. En el interior del edificio abriste el suelo y creaste un jardín: en su centro formaste un estanque. Afuera, los prados se llenaron de hierba. Así se podría decir que quedó finalizado el lugar de tus anhelos.
Desde tu primera visita cambió todo ─ creo que para bien ─. Antes no corría el viento; ahora este sacude la hierba y la hace lucir como un mar. En su camino lleva los aromas y los sonidos que me envuelven: el barullo de las hojas que se mecen, el perfume de la tierra mojada, el agua crepitando entre las rocas, el olor salvaje de un bosque. No cabe duda que engrandeces el lugar con tu presencia, con todo y que no hayas resuelto sus misterios.
Pasaron los años, y poco a poco empezaron a llegar desconocidos. Supongo que descubrieron el camino y algo de ti también tuvo que gustarles para que te siguieran. La mayoría llegaron hasta el templo, lo vieron por fuera satisfechos y luego salieron para ya no regresar; algunos si volvieron. Tu a veces quisiste mostrarles el interior y aunque lo apreciaron, seguro supiste que a ellos solo les interesaba admirar el exterior, solo eso y nadamas. Aún así, valoraste a cada invitado, algunos incluso te llevaron a sus propios templos. Por primera vez, concebiste la idea de que tal vez, no tenías que cuidar solo de tu santuario, y que también, tú no tenías que cuidar solo del tuyo.
Pero también con el tiempo llegaron mas siluetas a los alrededores; estas no eran bienvenidas a diferencia de las que traías. Eran horrores negros, de ojos brillantes, cuerpos escuálidos y dientes horribles. Al principio se escondían en las fronteras de los bosques, y entre más se fortalecían más se acercaban, totalmente seguros de su poder. Recuerdo la pelea con el primero de ellos. Lo dejaste acercarse demasiado porque estabas temeroso de enfrentarlo. Cuando eso estuvo a un lado del templo, tiró varias columnas de un zarpazo, entonces enfureciste y te fuiste contra él: te venció con facilidad ─ no confiabas ─. De hecho, lo hizo varias veces, así que te rendiste y escapaste. Después, en tu exilio, maldijiste tu cobardía y te acordaste del templo. La idea de aquella cosa deshaciendo lo que habías construido te pegó en lo más hondo: regresaste. La sombra esa ya era enorme y derrumbaba con placer cada ladrillo y cada pieza que habías erigido. Tuviste que hallar el valor para retarlo y cuando descubriste la firmeza de tu carácter aquel monstruo se encogió. Luego vino una pelea encarnizada; pero tenías ventaja, venías preparado: traías más seguridad y experiencia contigo. Sometiste al invasor y lo metiste al templo: ahí lo ahogaste en el estanque.
Desde esa batalla. Han llegado infinidad de ellos. Algunos los has vencido fácil pero otros tantos te han derrotado y hecho daño; peor aún, muchos de ellos se van y luego vuelven más fuertes. Todos viven en los alrededores morando en el bosque y aguardando su oportunidad. Son interminables, nunca descansan y están esperando a que te descuides para lanzarse con todo y destruirme. Tristemente, he notado que cada vez que vuelves, aunque parezcas más fuerte también te ves enfermo. Tus ojos se miran cansados y te cuesta mucho mantener la sonrisa. Entonces llegas el Santuario, y ya ni siquiera lo defiendes. Solo confías en el temple de sus muros que, para resistir los asedios de las bestias, has ido reforzando con el tiempo. Lo sabes, no puedes encerrarte para siempre: en algún punto debes purgar todas las amenazas ─ por más imposible que parezca ─. Seguro los has visto, allá lejos, en el horizonte, masas umbrías del tamaño de cerros que arrasan todo a su paso, y que no son nada comparado a lo que ya has enfrentado. Muchos de ellos ya están cerca: sabes que vienen hacia acá.
Necesitamos fuego, su ausencia nos debilita. No podemos vivir solo del éter que desprende tu aurora, aunque con el hayas formado una barrera para protegerme mejor. Fue bueno cuando llegaste con él; cuando condensaste todo tu conocimiento, todo lo roto de tu corazón y toda tu armonía en una esencia que se prendó a tu aura. Llegaste aquí y de inmediato lo absorbí, luego, te diste cuenta que entonces podías avanzar más rápido dentro del laberinto: eso te motivó. Pero el éter es limitado, vive de la virtud de los otros elementos y de ellos el fuego es el más esencial de todos.
¿Recuerdas la primera mujer que llegó al templo?, pero que pregunta ¡Claro que la recuerdas! Estarás de acuerdo que ese día algo aquí se sintió diferente. Adentro del santuario cada alabastro se volvió luminaria. El interior bulló de vida. La dulce figura de aquella chica asustó a los horrores de los bosques y te trajo a ti las ganas para abrir nuevos caminos. Se sentía bien ─ realmente bien ─ que alguien llegara y te hiciera saber que todo le fascinaba. Lo mejor era verte a ti guiarla por el edificio, platicarle cada detalle y, aun así, mirarla emocionada de conocer el lugar y de estar contigo. Creo que tanto tu como yo nos confiamos ─ me siento un poco responsable de eso ─. Nos acostumbramos a ella, a su cariño, a envolvernos, a sentirnos uno. Tal vez pensamos que en su presencia estaban las esperanzas y las claves para salvaguardar el templo. Luego, aquella chica se fue, nos dolió mucho, pero supongo que era necesario. Aprendimos a la mala a creer más en nosotros y a dar sin esperar recibir.
Vinieron más y con ellas más lumbre. Se dejaban llevar por la fachada del edificio y el interior. Te hacían sentir valorado y amado. Hasta alguien realmente te convenció de que se quedaría, como sea todo siempre terminaba igual: con sus bellos espíritus admirando el templo desde afuera pero nunca desde adentro. Es más, a veces ni entendían la presencia del laberinto en el interior, peor era cuando abiertamente mostraban su desprecio por su existencia y hasta sé que llegaste a mortificarte por esa desconexión entre ustedes. Pensaste que era tu culpa, y reconozcámoslo, dejaste tu amor propio de lado para evitar que se fueran y pospusiste lo inevitable ─ eso fue peor para ti ─. Saliste adelante porque entendiste que cuando las cosas no fluyen ya nada se puede hacer. Me alegro de saber que no guardaste resentimiento y cada memoria y momento bonito lo atesoras en lo más profundo. Eso nos ayuda, y aprovecho para contarte que de ahí viene el éter, por si querías saber.
La soledad te atormenta, lo sé. Por eso te cuesta hacer vínculos y por eso también te cuesta abandonarlos. Aprecias las uniones, te fortalecen, pero también ya te disté cuenta que perderlas te desmoronan. Es ahí cuando mi vida y la del templo peligran. Cada vez que te arrancas los sentimientos del pecho, todo el suelo aquí se estremece. Se derrumban las paredes, se agitan las aguas de los surtidores y se vuelven densas las enredaderas del laberinto. Luego las bestias del bosque atacan, y me dejan todo lleno de heridas, y de ti lastimado más yo derrumbándome, sabemos que nada bueno puede resultar para los dos.
Por eso te digo que no tengas miedo, has conseguido mucho. La idea de una vida vacía te atribula y básicamente es tu principal motivación para desentrañarme, pero también una vida solitaria es lo que temes. No en el sentido de no poder compartir físicamente, sino de todo lo demás, lo que no se sabe ni se puede explicar ¿Has pensado que tal vez naciste para morir solo? Yo no veo nada de malo en ello, tal vez así tenga que ser para ti. Quizá ese sea el precio para que consigas lo que realmente quieres. Preferiría que no te agobiaras mucho por eso, te quedan tus mejores tiempos y en su transcurso todo te puede pasar.
Creo que está bien que te vayas ─ siempre y cuando regreses después ─ ¡No te rindas! Necesitamos más árboles en el bosque, más aguas en el pozo, y mas armonía para el santuario. Sigue intentando, tal vez algún día desenredes la enredadera. Daniel, vuelve a tu centro.