
Yo no conocí al hermano de Beto, es más, apenas y recuerdo como era. Beto era uno de mis “amigos” del barrio ─ supongo que así lo puedo llamar, aunque ese concepto sea superficial ─. Bueno, digamos que él era uno de los tantos niños que junto conmigo nos reuníamos en bola para jugar en las calles polvorientas de la colonia. Creo que nunca tuvimos un acercamiento como para dignarnos a saludar ahora que de adultos volvemos a coincidir en la calle. No sé, es raro que a veces los que considerabas los mejores amigos se vuelvan solo rostros familiares y personajes enteramente desconocidos.
Pero vuelvo en el tiempo, recuerdo que en esa pandilla éramos casi como una sociedad. Cada niño tenía cosas que lo distinguían del otro y eso ayudaba a abrir caminos a nuestras travesuras: David tenía VHS, Jesús Nintendo, en mi casa nunca había nadie. En fin, era natural que, con tanto tiempo libre y menos distracciones, las calles estuvieran llenas de nosotros. Casi siempre estábamos echando la reta con balones parchados y porterías improvisadas o, bien, inventando una nueva tontería para matar el tiempo. Hicimos guerras con pegarropas, con lodo, con bolitas de ricino, y hasta con piedras ─ así me descalabré ─. También, íbamos al cerro a buscar alacranes que metíamos en botellas o nidos de pajaritos en las ramas de los mezquites. Una vez casi quemamos el cuarto de mis papás; otra nos partimos el hocico acelerando avalanchas en las bajadas de la colonia. La mayoría fueron buenos ratos, aunque admito que hubo unos muy amargos, por ejemplo, un vecino mío perdió un dedo mientras jugaba con mi hermano, pero ya pararé, porque si sigo rememorando no terminaría pronto y esa no es la idea. De todo esto saco que a nuestro grupo lo respetábamos y lo valorábamos, pero no tanto como a la bolita de “los carnales”. Ahí estaban los hermanos mayores del grupo y unos héroes a nuestros ojos. Ellos eran los grandes, los que se sabían todos los trucos del trompo, los que la armaban en las maquinitas, los que bebían cerveza, los que tenían novias, los que incluso ya eran papás. Cabe mencionar que en ese círculo estaba el hermano de Beto.
Parecía que cada acción hecha por ellos era una prueba irrefutable de su prestigio. Una vez machacaron a pedradas una víbora y la colgaron en medio de un poste, luego la bajaron a balonazos, repitieron la operación hasta el cansancio ─ nosotros no dejamos de celebrarles ni mirar embobados─. Sus partidos de futbol dónde había golpes, mentadas de madre, y amenazas con groserías igual nos parecían el mejor espectáculo. Verlos pasearse con sus novias embarazadas era otra imagen fascinante para nosotros. No entendíamos nada del mundo y creíamos que ellos sí, y mejor aún, que lo dominaban ─ rio con esa última línea ─.
Nuestras calles eran de pura desolación. El viento corría libre, levantando remolinos de tepetate, y en medio de las polvaredas estábamos siempre jugando. Solo nos deteníamos para dejar pasar a los pocos autos que cruzaban por la «cancha»: «¡Niños, váyanse a la deportiva! Aquí no se juega», así nos gritaban. Los más valientes respondíamos: «¡La calle es libre y para todos!» Los adultos, contrariados por la falacia, nos dejaban continuar, pero maldiciendo nuestra altanería: «¡Pinches escuincles!», se iban murmurando mientras nosotros seguíamos perdidos en nuestros juegos. Eso era vivir a nuestros diez: la escuela, las caricaturas y la calle, sobre todo.
Un día Beto dejó de juntarse con nosotros. Los que le llegaron a ver cuentan que se veía apagado, así como toda su familia. Pronto se corrió la noticia: su hermano se había ahorcado. Recuerdo que llegué a ver una nota en el periódico, creo decía que todo había ocurrido en el trabajo del muchacho. Algo inmenso nos ensombreció de pronto: habíamos contemplado una pincelada oscura del vasto lienzo que es la vida. Entendimos que más allá de los juegos y la diversión había soledad, dolor y muerte. Todo eso existía y estaba más cerca de lo que imaginábamos. Creo que todos pensamos en él hermano de Beto y nos hicimos la misma pregunta: «¿Cómo decides a tus dieciséis que este mundo ya no tiene nada para ti?» Por unos momentos dejamos de ser niños, aunque después todo volviera a la normalidad.
Es curioso, a veces quien más pensamos que sabe vivir, más lo odia y le duele hacerlo. Creo que nunca nos vamos a entender.