
Hoy mientras tendía mi cama encontré uno de tus cabellos. Había sobrevivido ahí desde la última vez que amanecimos juntos. Me alegré de llevar una vida desordenada porque solo así se me dio la oportunidad de encontrar ese tesoro. Tomé la delicada hebra con la punta de mis dedos y la contemplé. La brisa de mi cuarto la ondeaba y la hacía ver como un relámpago. En un descuido se me resbaló y la vi caer hasta el piso: me dolió verle ahí. Tu pelo siempre había estado en mis ojos; en mis manos; en mi cara; en mi cuerpo; no en el suelo sucio dónde estaba ahora. Lo recogí rápido y no supe que hacer con el: te pertenecía; no podía arrojarlo a la basura como haría con cualquier otro cabello. Entonces abrí un libro y lo metí ahí. Salí de mi habitación sabiendo que seguramente ya no volvería a abrir ese libro después.
Ningún fuego arde eternamente y el mío ya lleva ahogándose un buen rato. No importa lo alta que sea la llamarada siempre se volverá una brasa, luego el tiempo se la comerá y la escupirá como un polvo frío y apagado.