
Garra de Jade amaneció trabajando otra vez. Los ojos hinchados y la cara una calavera. Un descuido de figura en palabras de la gente quienes le apoyaban pero no entendían como alguien podía vivir así; sin duda estaba bendecido. Apenas y comía, y hasta había días en que no pronunciaba palabra. Sus hábiles manos, como ramas secas de huizache, se movían con habilidad alrededor de la labor y la mente indescifrable de aquel hombre, apenas consciente del tiempo en que vivía, estaba abstraída en el ídolo al que daba forma. Parecía que un propósito, sus convicciones y la piedra era todo lo que necesitaba.
Cuando los trabajadores de la cantera descubrieron al gran bloque de basalto en la cima de un promontorio supieron al instante que estaba destinado a convertirse en algo grande. El jefe de la mina ordenó llevar la mole a la capital, entonces se armó una cuadrilla de gente venida desde las provincias. Con cuerdas de henequén, tablas y troncos inició el traslado de la pieza. El trabajo fue un tormento para los pobres aldeanos que se privaron de comida y descanso para obedecer a los caciques. Se les había prometido riquezas y con devoción llevaron la carga que iba dejando su huella por donde le arrastraban. El carácter indomable de la roca acrecentó la idea de su misticismo. Su peso incontrolable provocó muchos accidentes que dejaron embarrado en el suelo la pulpa palpitante de muchos desgraciados. Era natural; conseguir la efigie del mito primigenio no podía ser fácil, y la cuota de sangre hasta parecía un reclamo necesario. Día y noche, sin descanso, caminó la interminable caravana junto a la futura representación de la deidad; los trabajadores iban encorvados, jalando el peso de su fe, con los hombros musculosos y las carnes abiertas por los hilos de los mecates; los jefes de las aldeas veían orgullosos el lento avance de sus gentes a través de las nopaleras. El aire era humo de copal y sonidos de conchas, silbidos de flauta y llamados de cenzontles. Así inicio la historia del Dios de estuco; la entidad que tanto adoraría Garra de Jade.
Los ciclos del calendario discurrieron; la tarea se volvió interminable. Pronto, el suceso del hallazgo se extendió en la región y la gente acudía a testificar aquella proeza de fuerza y constancia. No pasaron pocos solsticios antes de que se divisara el caserío de la capital. Alzada sobre un espejo cristalino se erguía el bastión de su cultura y el futuro recinto de la maravilla que llevaban a cuestas. Atravesaron la ancha calzada cuidando que el rodamiento de la piedra fuera impecable. Cuando llegaron a la plaza central toda la ciudad les estaba esperando. En la cima del templo principal, coronado con un vistoso tocado y ataviado de joyas, estaba el emperador. Clamó oraciones a las nubes y bajo a contemplar la piedra; la multitud le admiraba hechizada. Cuando el rito de bendición estuvo concluido Piedra de Jade fue llamado: él era el escultor y el sacerdote más importante del reino. Se le encomendó la tarea de construir la imagen más magnifica que se hubiese hecho jamás. El primer hijo, el gran señor oscuro, exigía una representación digna de su magnanimidad. Piedra de Jade aceptó la tarea solemne, agradeció a su rey y dio las instrucciones de llevar la roca a su taller.
En ese entonces el hechicero estaba en la flor de su madurez. De sus negros cabellos ya asomaban unas hebras grises como ceniza de volcán. Con esa nueva imagen, ahora más que nunca, era la voz de la sabiduría del imperio y respetado por cada hombre. Cada persona se abría paso para dejarle caminar y las expectativas de la obra cuando estuviera terminada estaban en boca de todos. Al estar la piedra en su taller mandó a que la llevaran a su fragua más subterránea. El encargo fue complicado; las forjas de Piedra de Jade yacían dentro de un sistema de cuevas entre los cerros. Algo de tiempo después, el traslado quedó concluido, y el artesano ordenó que le dejaran a solas con la roca; necesitaba entrar en comunión con el monolito para así sentir el relieve y la forma que esculpiría sobre él.
Permaneció en soledad; encerrado con la piedra y sus ideas. Así estuvo varios días: callado, pasando hambres, y desvelado. Cuando estuvo listo tomó la cuña y su cincel; comenzó a martillear la pieza. La iba seccionando con cuidado porque el trabajo tenía que ser perfecto. Un solo rasguño, un solo golpe mal dado echaría a perder para siempre la visión que ya se había formado del espejo negro que humea: la divinidad que más respetaba y también la que más amaba. Se sentía honrado por tener esa responsabilidad. Lo primero que hizo Garra de Jade fue definir el cuerpo. Quitó los excesos de material hasta dejar las proporciones correctas. Una vez formada la base, comenzó a afilar los rasgos de su creación; quedó inmejorable. No cabía duda que el resultado final sería impresionante; los ayudantes y las visitas quedaban maravillados por la creciente perfección de la escultura. Pronto, el compromiso con su rutina le comenzó a consumir y del taller fue difícil sacarle. Siguió con los detalles que adornarían la desnudez del Dios. Le vistió con un precioso traje de guerrero; en las pecheras le esculpió glifos; en la cabeza le puso un penacho. Continuó con las muñequeras, el calzado, el escudo y la espada. Solo en la mente de Piedra de Jade estaba el boceto final de la arquitectura del monumento.
Días, semanas, meses, años, el tiempo se deshacía como la juventud del viejo chamán. Fue adelgazando hasta volverse algo más que un pellejo. El cabello se volvió una maraña gris. La espalda se le había encorvado tanto que parecía que apenas y le podía sostener la cabez. Era un esqueleto pero aun así sus manos cubiertas de cicatrices seguían trabajando con un frenesí que no mermaba ni un momento. Incluso su prestigio lo tenía a salvo de los llamados del emperador quien, molesto por que Garra de Jade faltaba a sus obligaciones en la ciudad, iba a visitarlo para recriminarle su irresponsabilidad; pero en cuanto entraba al taller y veía los avances de la obra quedaba pasmado con la belleza del Dios. Entonces regresaba satisfecho a su palacio y le encargaba con más fervor que se dedicara a la tarea de la construcción.
La ocupación de Piedra de Jade ya era una obsesión. Se olvidó del mundo, de que tenía mujer, de que tenía hijos y de que tenía una vida. Su amor por el Dios era todo lo que le llenaba. Ya había terminado el cuerpo y estaba empezando la decoración. Lo bañó de estuco y luego usó los matices más exóticos para conseguir las tonalidades deseadas. Añil, axiote, grana y palo del sur; uno a uno se fueron agregando. La vivacidad de los colores iba dotando de brillo a la estatua. Ya en sí misma, la piedra era una alegoría que deslumbraba por su belleza pero para el anciano no era suficiente: debía cubrirla con lo mejor de la tierra. Se agradecía de su fortuna por que no escatimaría en gastarla para darle al Dios una imagen digna de su poder. Entonces empezó a armarlo, le engarzó al cuerpo los adornos más bonitos: turquesa más azul que el cielo; nácar más blanco que el hueso. En las cuencas de los ojos insertó finas esmeraldas; bañó de oro las pecheras y los aretes; colocó zafiros, rubíes y topacios; no hubo gema conocida que no estuviera embebida en el traje del Dios de estuco. Luego, le coronó con las plumas de las aves más codiciadas. Por último decoró el equipo de guerra: cuero fino para el escudo y obsidiana para el macahuitl. Fiera e imponente, la obra estaba casi terminada y orgulloso veía el hombre los avances de su creación aunque una espina se le enterraba con profundidad después de cada día. Al principio ignoraba el malestar pero Piedra de Jade tuvo que reconocer que al final de cada jornada se veía más libre de ideas para plasmarlas sobre el ser de su Dios.
Después de años de labor los suministros comenzaron a escasear así como su personal. Había agitación en los sirvientes de Piedra de Jade: caminaban tensos; presos de un terror que los traía entorpecidos. El dueño del taller, ocupado en la tarea del Dios, no se enteraba de nada, continuaba con su política de cero interrupciones bajo estrictos castigos. Totalmente ajeno al exterior, los días se iban entre los nervios de sus sirvientes y el ensimismamiento del hombre. Una noche, la más movida de todas, tuvo una mala corazonada y con el pecho apretado pidió noticias del mundo: el imperio se desmoronaba. Arriba, se libraba una guerra, o al menos, un intento de ella, porque los ejércitos reales marchaban para ser masacrados por un nuevo invasor. Las comunicaciones se habían cortado y la ciudad estaba sitiada. Poco a poco la elite del reino sucumbía junto a las milicias. Esa noche salió a su mirador para verlo todo: ya no había reino. La ciudad ardía en llamas, las lenguas de fuego se elevaban altas como luminarias sacrificadas a la noche y el aire apestaba a derrota. De lejos se escuchaban unos alaridos que se enterraban en el alma. Miró el resplandor del incendio y entró de a su taller sin decir ninguna palabra. Mandó atrancar las entradas.
Aquí es dónde Piedra de Jade se perdió. Entró a la fragua y se quedó admirando al Dios de estuco; lamentando en silencio la desgracia de su pueblo y el orgullo de su vida que no sería recompensado con devoción. Le hería pensar en ese final para su obra. Él pensaba en la leyenda que decía que un guardián labrado en piedra, hacía quinientas vueltas de sol, había ayudado a liberar al pueblo peregrino del que venían sus ancestros. Antes de eso, había permanecido dormido otras quinientas vueltas y casualmente había despertado justo en el éxodo de los antiguos ayudándolos así a huir de dónde eran esclavos. Después ese grupo fugitivo encontraría su hogar en el lago y luego formarían el próspero país que eran en el presente. Pensó entonces que la idea del Dios de estuco cobrando vida le seducía profundamente; esa fascinación siempre la había tenido en cuenta. Que no daría porque ese ser que tenía enfrente se levantara, viera la pena de su pueblo y avanzara furioso contra los extranjeros que venían a alterar la paz de sus hijos. Pero sabía que así no funcionaban las cosas, el entendimiento de todo lo superior no estaba a su alcance, era un simple mortal, un niño a los ojos de los creadores.
Después de varios días resolvió que hacer. Avanzó a su obra e imprimió los detalles finales. Esa misma noche rompió su silencio; llamó a la servidumbre. Los peones se asustaron; había un gesto de misterio en la cara de su amo. Su mirada helada traspasaba los ojos. Una dureza y una mueca de superioridad envolvían la figura del viejo. A su lado estaba un prodigio hecho escultura: el más descomunal atlante que se hubiese construido estaba ahí, envuelto en un aura apoteósica de inefable belleza. Los hombres quedaron boquiabiertos. De inmediato presentaron sus respetos y se inclinaron con los ojos vidriosos; conmovidos por el encanto de la estampa ante ellos. El sabio anciano habló:
“Hermanos míos, el mundo está deshecho, los niños muertos y sus padres regados en la tierra. Nuestro glorioso reino ya no será más. Ya no habrá sol para los templos ni aguas limpias para los jardines y esto no lo he visto afuera, he mirado a nuestro señor oscuro y he bebido esta verdad amarga desde sus ojos. Algo así, como una chispa en el centro de la piedra, me ha hecho saber que estamos solos y que así las cosas deben ser. He sido fulminado por las implicaciones de esta enseñanza y como un niño he escuchado el eco de las entrañas del inframundo ¡Que ignorantes hemos sido! Ahora pienso y medito que hay una interrogante, una eterna herida de nuestra herencia humana, que siempre nos hemos preguntado. Idea que podemos resumir en un simple ¿Para qué vivimos? Tres palabras que nos desconciertan, que encierran la incertidumbre del misterio de la vida y con certeza habremos de enfrentar en momentos difíciles.
Hablar de esos instantes, es hablar del tiempo… nuestro más grande enemigo: una entidad implacable y que no perdona. Nos hace nacer, vivir y sucumbir. En este axioma de la naturaleza se evidencia nuestra fragilidad. Tenemos un destino fatídico que solo revela nuestra insignificancia en el mundo. Pero aun así, sabiendo el final, buscamos una respuesta, aunque no sea nuestra. Adoptamos criterios establecidos y nos dejamos guiar por doctrinas morales; reglas que nos pretenden inculcar una motivación o propósito que nos dará ese sentido que necesitamos para alcanzar la plenitud. Las ciencias, las artes, la religión, ¿quién puede más?, ¿de quién nos fiamos? La razón, la sensibilidad o la fe, que nos dicen que debemos perpetuar nuestra descendencia, trascender a través de nuestro legado o elevar nuestro espíritu a la eternidad. Pero, ¿quién podría asegurarnos que estos son los caminos válidos a seguir? Es más, ¿Cómo saber si son los únicos caminos? Podríamos traer de su descanso a los más grandes hombres, los más sabios, nuestros más altos poetas, escritores, filósofos e ingenieros. Ellos hablarían del enigma del que viene todo, si hay algo después de morir, si vale la pena.
Por décadas se me ha considerado la mente mas valiosa del reino. Debo admitir que hasta yo me lo he creído. En mi vida llena de meditación he descubierto preguntas mas profundas de las que alguna vez me plantearon mis maestros. Yo, creyente de que me acercaba a la verdad única que abre las puertas de la luz y que nos está destinada por ser los elementos finales de la creación, me quedé ciego por la vanidad y el amor propio. No soy nada, no soy mejor que nadie, y peor aún es que no he aprendido gran cosa sobre los misterios que me afligen. Tuve el propósito; tengo el propósito. Solo quería llegar a dónde los hombres quieren llegar, ese punto de paz y plenitud: la grandeza humana, la aurora más elevada, el espíritu de lo bello, la unión con el alma. Todo eso que siempre perseguimos me temo no existe. Es una idealización para hacer mas llevadera nuestra existencia, para no agobiarnos con el vacío de nuestras vidas desperdiciadas. Aunque pienso que tal vez hallar esa trasmutación de esencia podría ser posible solo si negamos nuestra humanidad en el sentido de ya no sobreponer nuestra forma de vivir y nuestra moral contra la naturaleza bestial de la que venimos. Nuestra conexión con la tierra, con las cosas que pululan sobre ella, con la armonía del mundo, con todo eso está rota. La superioridad que nos colgamos de la cabeza es nuestro principal enemigo. Dominamos todo lo que se nos atraviesa por que lo creemos un derecho pero debemos recordar que también somos animales y como ellos seguimos sujetos al rigor del universo. El habernos trazado un destino bajo nuestros propios preceptos de la eternidad no nos garantiza que se nos cumpla; mucho menos que nos acerquemos a él. La prueba es que la duda siempre prevalece; nunca se acorta la distancia. Después de todo hemos elegido un camino artificial construido a partir de nuestras relaciones sociales, y si este sendero por el que nos dejamos llevar es una manipulación influenciada por el idealismo de lo que deberíamos ser, creo que entonces la meta final o el destino también es falso.
Entonces, sobre esa pregunta, creo que no nos tocará conocer esa respuesta, está por encima de nuestro entendimiento. Entre más avanzamos como humanidad, más aprendemos y más sabemos. Ese conocimiento que va, poco a poco, resolviendo incógnitas también nos desvela otras dudas más profundas. Las preguntas esenciales, las que nos acompañan desde el origen, parecen cada vez más imposibles de responder, o al menos ya no vemos tan necesario que se haga; han perdido importancia. La futilidad de la vida y la insensibilidad de nuestra sociedad nos ha puesto a todos en un plano materialista, dónde hemos de vivir para satisfacer a otros a través del éxito propio. La plenitud de conseguir ese estatus de admiración se supone suficiente para llenarnos. Pero eso no es alcanzar un ideal, es solo vanidad y soberbia. Hay que consumir rápido y buscar placer inmediato, lo etéreo, lo trascendental, es un lujo que solo buscarán los excéntricos y egoístas. O sea, hay que ocuparnos de ser un perfecto componente en la maquinaria del mundo. No debemos aspirar a buscar para nosotros otra función, ni siquiera se puede pensar en negarnos la capacidad de ser una pieza útil en el rompecabezas.
Entonces, para que buscar un sentido. Es solo una pérdida de tiempo que nos distrae del presente. La existencia debe ser pragmática, centrada en la utilidad y provecho de nuestros actos. Meditar y hasta el acto de pensar en preguntas imposibles nos abruman por el peso que encierran. Si existe una verdad infinita, que traspase la filosofía humana, habría que llegarnos antes de desaparecer. Si se diera la oportunidad haríamos un ejercicio de conciencia; entonces la vida no nos parecerá tan vacía. Pero solo estoy suponiendo. Nadie quiere encontrarse inmerso en ese instante, al menos, no aún; aunque ya estemos sobre él.
Pienso que no deberíamos agobiarnos con esta pregunta pero tampoco ignorarla. Hay que tener presente nuestra imperfección como personas pero tampoco despreciar el género humano ni mucho menos amargarnos en la misantropía. Hemos elegido existir de un modo pero cuando menos procuremos vivir con empatía y calidez, sin caer en falsedades, ni clavarnos con la moralidad. Simplemente hacer las cosas porque nos nazcan, decir que si, decir que no, cuando queramos. Ser la mejor versión de nosotros y no esperar nada del mundo ni de nadie. Ni se han cantado todas las canciones ni escrito todos los versos, para afirmar que lo sabemos todo o que ya es tarde para descubrir nuevas cosas. Nunca hay que dejar de construirnos, así entre más experiencia y conocimiento, estaremos mejor preparados para nuestra hora más aciaga. La mía, más por fortuna que por desgracia, ha llegado ¡Necesito saber! Necesito volver al origen y para ellos tengo un favor que pedir…”
Se hizo un silencio; luego el viejo chamán habló. Los criados quedaron sorprendidos con la petición de su señor quien les exigió cumplir el mandato. Estos se miraron confundidos y resignados asintieron. Subieron a las habitaciones y al poco tiempo regresaron con herramientas y una sombra de fatalidad en la cara.
Piedra de Jade sintió el pedernal hundiéndose en su carne. Mientras la cardioectomía se llevaba a cabo, él pensaba en lo injusta que era la vida del hombre; tan plana; tan carente de esperanzas; tan efímera. Al menos se sentía agradecido porque había elegido su final. Su luz se apagaba mientras la sangre le chorreaba por las costillas. El frágil cuerpo del viejo se retorció y luego dejó de moverse. Pusieron el corazón arrancado en el hueco que tenía en el pecho el guerrero de piedra. Sacaron los despojos y luego sellaron la cámara con una loza. En la entrada de las cuevas resquebrajaron las paredes hasta que se vinieron encima. La fragua quedó sepultada, y junto a ella la maravilla que había valido la vida de tantos hombres. En algún plano lejano del mundo la conciencia de Garra de Jade aún titilaba, una fracción infinitesimal de tiempo le bastó para saber que todo había resultado: él era ahora el Dios de estuco.