
Lucy tiene dos días de retraso. Había planeado tener un tiempo libre en la ciudad para consentirse antes de su reunión, pero su actitud relajada la terminó demorando. Pablito le reclamó por teléfono, le dijo que debía apresurarse o cuando menos asegurar su asistencia. Se decidiría el curso del proyecto y era necesaria la presencia de todos para evitar inconformidades; incluso la presionó con la mención de que solo faltaba ella. Lucy, sin inmutarse y con su voz tan tranquila, le dijo que ya iba en camino.
Llegó el mismo día de la cita. Le avisó a Pablito y se dirigió a su casa. En efecto, sus demás compañeros ya estaban ahí. Había tensión, era la primera vez que se reunían desde la gira pasada; aún se guardaban resentimiento por lo accidentado que había sido el trabajo anterior. Lo primero que notó Lucy fue que su vestimenta no encajaba. Pareciera que el evento era algo conceptual y hubiera que vestirse de acuerdo a las pretensiones estéticas. Ella iba sencilla, más bien casual. Se sentía cómoda con unos jeans negros, el suéter color durazno y una boina blanca que cubría sus dorados cabellos. Se veía a sí misma como la persona más ordinaria y la única normal entre ellos.
A pesar de las diferencias se saludaron con afecto. Una cosa eran los roces profesionales y otra la estima personal. Con todo y que habían pasado muchos meses, a los ojos de Lucy se veían iguales, o más bien intuía que seguían respetando sus esencias. Ahí estaba Matt, rockero como siempre, con ese aire de estrella inalcanzable que le hacía tan popular; Belinda traía una cara seria que reforzaba con una vestimenta elegante y excéntrica; Rebeca, tan artística, conjuntaba su cuerpo delicado y lleno de tatuajes con un vestido corto y rígido que tenía los colores del arcoíris, seguramente representando una idea o alegoría que solo ella debía conocer. Por último estaba Mariana, su mejor amiga en la compañía; fanática de la moda de las divas de antaño, había elegido un estilo propio de los sesentas que la hacía lucir muy femenina: un fresco vestido ajustado realzaba sus generosos atributos y una cinta en la frente dejaba caer la cabellera castaña a través de los hombros. Lucy, ahora que miraba el radiante rostro de su amiga, se daba cuenta de todo lo que la extrañaba. En cuanto se vieron fueron a abrazarse, lo hicieron con efusión, llenándose de halagos. Comenzaron a hablar emocionadas de verse y poder ponerse al día. Ya solo faltaba el anfitrión por aparecer y la verdad era que nadie estaba muy al pendiente. Se sabía su manía por llegar en los momentos más inoportunos y esta vez no fue la excepción. Cuando bajó de su cuarto todos se llevaron una impresión.
Pablito había perdido el piso. Si antes su imagen era extravagante, ahora era exagerada. Tenía maquillaje blanco con sombras oscuras; un sombrero de mago atascado de colores; corbata roja y traje aún más deslumbrante que el de un payaso de mal gusto. Fiel a la idea de ser la personificación de su propio pensamiento, portaba con orgullo su disfraz que creía ser la imagen de su visión novedosa de las cosas. Los asistentes le miraron confusos y le saludaron. Él devolvió la cortesía con unos ademanes que a todas luces se veían ensayados. Disfrutaba de la atención y su cara evidenciaba el placer de sentirse observado; con una sonrisa forzada dio por iniciada la reunión.
Con el alcohol sobre la mesa se recortaron las distancias. Cada vez que chocaban las copas, las palabras fluían y las diferencias se hacían insignificantes. La incomodidad que había sembrado Pablito, se iba dejando de lado y hasta se le reconocía su cualidad por siempre saber hacerse notar. Realmente disfrutaban de la noche. Solo Pablito, el anfitrión, se mostraba reservado y con cierto recelo en unirse. Finalmente, cedió un poco, se dejó llevar pero sin dejar de lado la impresión de que traía cierta inquietud.
Todos llevaban ciertas aspiraciones sobre la velada: “¿Cuál podrá ser el anuncio de Pablito?” Él, como líder de la compañía, era el encargado de moverse y conseguir los contactos para coordinar las giras. Era cierto, apenas y había conseguido escenarios decentes, además el público siempre fue mediocre; pero, con todo y eso, estaban seguros que sin él no hubieran despegado nunca. Pablito no era el mejor negociador, pero si el más comprometido. Nadie dudaba de su amor por el teatro; con esa pasión que tenía, le era más fácil ascender en los círculos culturales del país. Fanático de la vanguardia y pendiente de la escena local e internacional, trataba siempre de ajustar las habilidades de la compañía a los ideales del actor moderno. Pero él tenía un defecto, llevaba la integridad artística a la máxima expresión, incluso más allá de su propio beneficio o de la comodidad de sus compañeros. Parte de los problemas anteriores fueron culpa de la melomanía de Pablito. Se cortó por lo sano y ahora tras el tiempo pasado, todos regresaban con una energía renovada.
El ritmo del convivio fue cayendo por la ansiedad de las esperadas noticias. Pablito se dio cuenta de esto e interrumpió las conversaciones para pedir la atención general. Los asistentes de la fiesta adoptaron sus posturas más serias, luego se hizo un silencio y Pablito habló.
─ Queridos compañeros, tengo importantes anuncios que hacerles. Como recordarán, el año pasado suspendimos las presentaciones por… cuestiones profesionales. A pesar de que ustedes se perdieron, de mi lado no he parado de buscar oportunidades para el crecimiento de nuestra compañía. Ha sido difícil pero lo que conseguí, si lo saben ver, les alegrará mucho. Es un plan a largo plazo. Saldremos de la ciudad, amigos. Nos iremos a la capital. Allí hay posibilidad de integrarnos con el elenco de “El camarín de locos”. He hecho el contacto con ellos, y, si nos reciben bien en las funciones, podríamos tener un lugar asegurado en el teatro metropolitano e incluso en el auditorio nacional. Las posibilidades son infinitas, amigos. Por donde sea que se le mire es algo que tenemos que aprovechar ¿Qué les parece?
Pablito había dejado un espacio prudencial para que el grupo digiriera las palabras que les daba. Estaba preparando el terreno para irse soltando de poco en poco, por qué las implicaciones del tema eran escabrosas. A punto de continuar estuvo cuando Belinda intervino.
─ No está mal. Aunque tengo dudas ¿Cómo le hiciste para convencerlos de que nos admitieran? Tengo entendido que el camarín es un grupo elitista y sus filtros son casi imposibles. Necesitas prestigio y estar muy recomendado para entrar. Se me hace raro que nosotros, un grupo tan local, podamos meternos ahí. Además, lo que menos me cuadró fue la parte que dijiste de “un plan a largo plazo” ¿Acaso no es seguro ahora?
Ella miraba a Pablito. Se le veía calmada a pesar de que la chalina de plumas que traía la hacía ver acalorada. Se hizo un murmullo en la sala. Lucy y Mariana se miraron con emoción; las palabras de Pablito las habían dejado impresionadas. Solo ellas parecían alegrarse con la noticia; los demás aguardaban a que Pablito respondiera la pregunta que había hecho Belinda. Matt intervino.
─ Suena muy bien, amigo, pero danos más detalles, no nos dejes así. Sin duda que nos conseguiste algo muy bueno. No cualquiera entra ahí, pero imagino habrá condiciones. Coincido con Belinda, así que nos dejen entrar a todos está muy cabrón ¿cómo fue que hiciste el contacto?
─ Si, Pablo. Danos más detalles, por favor ─, agregó Mariana que no quería quedarse atrás en la discusión.
─ Pues, miren. Les voy a contar ─ agregó Pablo ─. No me vayan a interrumpir, necesito decirles todo para que ustedes consideren si vale la pena correr el riesgo…
─ ¿El riesgo?…─, cortó Belinda levantando las cejas.
─ Dame chance de hablar ─, respondió irritado para después continuar. ─ Hace un mes me invitaron a una fiesta. Ahí me di cuenta que en ella había figuras destacadas del gremio. Entonces viendo que podía sacar provecho del lugar me puse a hacer contactos. Coincidí con gente bien colocada, y así di con un integrante importante del Camarín. Entre copa y copa nos hicimos amigos; le dije que tenía una compañía de teatro. El rio. Les hablé de ustedes, discutimos sobre el panorama actual de las artes escénicas y nos tratamos con la mayor de las confianzas. Sentí que la conversación ya había llegado a un nivel íntimo y así fue como el comenzó a hablarme del mundo histriónico de la capital. Le platiqué de mis objetivos con ustedes y de mis metas personales. Como sentí que la empatía era tanta y, además no quería dejar pasar la ocasión, me aventuré a proponerle que si tenía lugares libres nos diera una oportunidad. Me hizo una confidencia, de esas que no se le hacen a cualquier persona y entre muchas risas me dijo que le caía muy bien, y que si mi compañía estaba buscando lugares que él era la persona indicada. Nos reímos juntos de nuestra coincidencia. Entonces continuó explicándome que tenían planes de expansión y que realmente no era tan complicado entrar al Camarín, claro, si te sabías mover. Me dijo que obviamente, como en todo, las oportunidades no son para cualquiera. Había que echarle huevos, tener disciplina y siempre aguantar… El plan de crecimiento es para el otro año. Tienen organizado incrementar la plantilla de su elenco, y permitirse contratar… como decirlo, actores recurrentes. La finalidad de esto es que estas nuevas personas sirvan de apoyo cuando los artistas de la compañía central estén indispuestos. Me dijo que si lo hacíamos bien, quedaremos en la plantilla del Camarín y estaríamos afiliados al gremio; no solo seríamos un grupo de soporte. Eso pasará si nos animamos. Tenemos que buscarle por nuestra cuenta y luego reintegrarnos. Estando ahí y bien amarrados, será cuestión de tiempo que brinquemos a lugares y eventos más grandes, pero antes de pensar en eso tenemos que decidir si nos aventamos o no.
Pablito se detuvo. La excitación con la que había hablado le dejó con la boca seca. Estaba hecho, lo había soltado todo. Ahora debía aguardar las reacciones de sus compañeros.
─ Es cierto que la oportunidad no es para cualquiera. Amar el teatro sobre todo lo demás es algo que muy pocos entendemos. Me parecen justos los términos de la inclusión, pero, ¿mientras que haremos? ─, habló Rebeca, quien se había mantenido al margen de la conversación. Aparentaba indiferencia, aunque por dentro estuviera fascinada con la idea del proyecto. Tenía las piernas cruzadas y balanceaba con coquetería la punta del pie. Matt estaba inseguro, había entendido el trasfondo que implicaba la declaración de Pablito. Tomó la palabra.
─ Por lo que entiendo, ¿nos vamos a separar, verdad? Es una oportunidad abierta, tendremos que aplicar junto a cientos de actores del país por un lugar. Está muy feo eso, ya llevamos muchos años juntos, no se me hace tan necesario hacer un sacrificio tan grande. No veo porque no podemos seguir aquí en la ciudad ofreciendo obras este año, y así de poco a poco ir progresando.
─ ¡Esperen!, ¡Como que nos vamos a separar!, ¿Eso es cierto? ¿No se puede que entremos todos a la compañía esa? No había entendido bien lo que dijo, Pablo, algo se debe poder hacer ─, exclamó Lucy presa de una agitación exagerada. Se avergonzó un poco de su impulso y más por el hecho de ser la última en intuir el verdadero propósito detrás de las palabras del líder de la compañía.
Este último, exasperado, les alzó la voz a todos.
─ ¡No lo ven! , tenemos la oportunidad de ser una compañía estable, de dejar de ser un grupo de itinerantes aficionados. Tendremos más valor como artistas; más credibilidad. Eso no llegará de a gratis, tenemos que arriesgarnos. Si les interesa su desarrollo deberían tomar la oportunidad. En cuanto a seguir actuando aquí en la ciudad, debo decir que no. La verdad que lo he pensado y no le hallo caso. Estamos estancados. Ya estoy hasta la madre de ver vacías nuestras presentaciones; de estar negociando; de que no nos quieran pagar. Va en buena onda pero saben el pinche cansancio que es rogar para que nos den un espacio y terminemos haciendo siempre lo mismo. Comedia y nada más que comedia, corriente, sin sentido, solo para que se ría la gente pendeja. Yo no quiero vivir de eso. Es más, también me molesta la actitud que tienen ustedes. No veo compromiso. Sus actuaciones son malas y no hacen nada por mejorar. Llevan su doble vida dónde el teatro es solo un pasatiempo para ustedes. Soy el único que se chinga por esta compañía y todavía vienen a reclamarme que no nos separemos y que es muy arriesgado irnos de la ciudad. O sea, no mamen, si quieren ser actores mediocres no es mi pedo, arréglense ustedes, pero yo si quiero salir adelante.
─ Oye guey, cálmate, ─ le contestó Matt. ─ Entiendo tu frustración pero no es necesario que reclames ¿Que esperabas?, ¡Qué tomáramos el cambio así como si nada! Qué bueno que sale todo esto. Ya me siento que caímos en lo mismo del año pasado. Pensaba que ya estaba arreglado todo pero veo que aún tienes resentimiento. Mira, la neta, no está chido que hayas comprometido la compañía para saciar tu ambición personal, porque eso es, te valemos madre. Estás viendo tus logros a largo plazo y te somos un lastre porque, ¿cómo dices?, no estamos comprometidos. Nos avisas solo por cortesía, pero bien te va si nos animamos o no; tú ya decidiste. Nel, yo no le entro, prefiero irme moviendo aquí, a ver que sale.
Lucy estaba incómoda. Había llegado a la reunión con el miedo de que las cosas se pusieran de pleito. Tenía la esperanza de que realmente las diferencias se solucionarían. Ahora estaba confundida; no sabía que postura tomar. Aceptaba la declaración de Pablo, para ella el teatro era solo un pasatiempo; algo que sabía explotar para mejorar la proyección de su imagen ante los demás. Una chica atractiva que actuaba en obras, como no ser popular con esos atributos. No quería dejar de actuar en la ciudad pero tampoco le convencía eso de irse al Camarín. Quería decir algo para mediar la situación pero no se le ocurría nada.
El enfrentamiento entre Matt y el anfitrión había puesto nervioso el clima de la sala. Se armó una discusión de reclamos y señalamientos que les trajeron a las memorias de la temporada pasada. Belinda, se alzó sobre todos y habló.
─ No sé por qué estamos discutiendo ¿Qué no se dan cuenta? Este hombre no ha asegurado nada. Apuesto que es mentira todo. Estamos debatiendo sobre una supuesta oportunidad que le dijeron en medio de una borrachera. No se les hace sospechoso, que un mes después apenas nos haya contactado. A ver, “Pablito”, ¿cómo sabemos qué lo que dices es verdad y no quieres solamente deshacerte de nosotros porque te estorbamos?
─ ¡Cállate! ─ le recriminó furioso.─ ¿Cuándo les he mentido? Mi único error es tratar de suavizar las cosas cuando se las digo porque sé que son muy sensibles y no quiero ofenderlos. Todo lo que les he dicho es la verdad y si quieren una prueba, miren esto.
Pablito se sacó con desesperación la cartera del bolsillo. Rebuscó entre las credenciales y sacó una tarjeta que mostró con la mano a todos los presentes. En ella se leía “El Camarín de Locos : una compañía para ti”. Junto a la leyenda y el logotipo estaba anotado un número telefónico; apenas y se distinguían las letras.
─ Esta tarjeta de presentación me la dio la persona que les comento. Me dijo que con esto podríamos estar en contacto ¿Ahora si me creen? ─, así finalizó Pablito. Veía con ojos inquisidores a Belinda, con una sonrisa de triunfo le puso el papel casi en la frente a la mujer.
─ Si, si, ya vi ─, ella le hizo un ademán indicándole al otro que guardara su distancia, y luego, desafiante, lanzó su réplica. ─ Puedo preguntar: ¿cómo se llama esa persona?, es muy raro que ni una sola vez lo hayas mencionado. Siento que esto es un delirio tuyo y todo en esa noche afortunada que tuviste no fue más que la extrapolación de tus sueños. No dudo, que en efecto, haya pasado como dices. Lo cierto es que te conocemos. Tienes problemas para controlarte y te atascas de tantas sustancias y alcohol que no sabemos dónde empieza la verdad y dónde tus fantasías.
─ Pero, entonces ¿has hablado de nuevo con esa persona? ¿Verdad? ─ agregó Mariana, interrogando a Pablito.
Rebeca la vio con aprobación, estaba claro que quería hacer la misma pregunta. Las declaraciones de Belinda la habían ensombrecido, ya se había abrazado a futuros dónde ella era una reputada actriz del teatro metropolitano y de ahí brincaba a escenarios de clase mundial. La lógica que encerraba los argumentos de Belinda, la más inteligente que conocía, habían puesto en la incertidumbre todos esos planes.
Todos miraron a Pablito. Él trató de serenarse por que se había dado cuenta que había ido perdiendo la compostura.
─ No… no he platicado con él. Pero eso no es importante. Créanme cuando les digo que es seguro. Fue un ofrecimiento sincero entre compañeros; entre hermanos de profesión. Vi la verdad en sus ojos. Tengo el contacto, aquí está el número. En cualquier caso, saben cómo están ocupados ellos, es más hasta no dudo que sea el quien me contacte…
─ ¡Já!, ¡suficiente! ─ sentenció Belinda con una sonrisa burlona, mientras se levantaba. ─ Me retiro. Puras alucinaciones tuyas. No te preocupes, entrarás en esa compañía porque estás hecho para ella. Eres el mayor de los locos que conozco. Suerte. Compañeros, si alguno de ustedes le cree, no me queda más que desearle la mayor de las vibras. Me despido, buenas noches.
Se levantó la mujer y salió en un eco de tacones que dejó un silencio que nadie se atrevió a romper.
─ Entonces, ¿Quién se anima? ─, dijo Pablo, tratando de recuperar la conversación.
Nadie habló. Matt se despidió de todos; luego Mariana. Rebeca afirmó estar interesada y quedó de conversar con el después; Pablo indiferente le escuchó. Se quedó a solas con Lucy y fue hacia ella.
─ Oye, casi no has dicho nada en toda la noche ¿Como ves la propuesta? Mira, la verdad no te voy a mentir. Sé que este mundo para nada es el tuyo, has ido entrando de a poco, pero yo en ti veo mucho potencial. Tienes talento Lucy. Tu imagen es atractiva, y cada uno de tus movimientos encantadores. Con práctica podrías convertirte en una estrella con un brillo infinito. Deberías aceptar.
La chica rubia le miraba a los ojos. Le gustó oír las palabras tan dulces de Pablito; lo había juzgado mal. Tal vez podía ser muy estricto pero en el fondo era buena persona. La proposición la abrumó; se había creído cada uno de sus comentarios. A punto estaba de decir que sí, por la presión del momento, pero se puso tensa al notar que Pablito le acercaba la cara: él quería besarla. Ella alcanzó a desviar la boca y le ofreció la mejilla. Cuando volteó a verlo tenía el semblante desmejorado y el maquillaje corrido en el rostro. Alarmada, Lucy se despidió de él. Le dejó de pequeño consuelo un ─ lo voy a pensar ─, que sonó más apagado que el amor propio que tenía el hombre en ese momento.
Pablo, visionario y hombre excéntrico que amaba las artes, había sido rechazado por todos los que le importaban. Se había quedado solo en su departamento, mirando la mesa con los restos de la comida y el alcohol que sobraron. No podía creer que horas atrás estuvieran todos brindando por el éxito de la compañía. Hasta se había sentido feliz, en verdad feliz. No los detestaba como ellos pensaban, solo quería que compartieran sus anhelos, que estuvieran juntos. Se sabía a si mismo que era intratable pero que podía hacer. Se amargó en la soledad de su habitación. Marcó el número de la tarjeta; de nuevo nadie contestó. Se sintió desgraciado: “¡No pueden haberme engañado!”, pensó con frustración mientras apretaba los dientes.
Pasaba la tarjeta entre los dedos una y otra vez. Cansado de estar pendiente del teléfono busco distraerse. Abrió las revistas con las novedades del mundo escénico y comenzó a leer. No estaba concentrado, le daba vueltas todo lo del día. Estaba deprimido y la ansiedad le comía el estómago. Cuando estaba así, solo había una cosa que lo tranquilizaba, pero no quería hacer “eso”; pero era inevitable. Tomó la tarjeta y la roció con el poco ácido que le quedaba. El líquido se metió en el papel y cuando se secó, Pablito se lo pasó por la lengua. No tardó mucho en sentir los efectos. Los colores de la revista salieron de ella. Las percepciones del espacio y la profundidad se distorsionaron. Se rompieron las reglas del mundo, y todo se volvió texturas y formas que pulsaban al ritmo de los pensamientos de Pablito. Sonrió. Estaba olvidándose de sus tristezas y entonces miró la revista que tenía al lado. Había una fotografía de una alfombra roja; parecía que iban a inaugurar algo en un teatro importante. El joven miraba enfocando la atención en cada detalle. Comenzó a proyectar sus ideas en la imagen y poco a poco tomó forma. Su delirio convirtió el lugar en el escenario de sus sueños. Arriba en la marquesina se leía: “Compañía de teatro: Arte Nuevo”. La multitud se veía expectante. Intuía que esperaban a alguien, a quién más si no al protagonista de la obra: él mismo. Al frente de la alfombra había una mujer espectacular. Estaba entallada en un vestido rojo, dónde resaltaba un sensual escote y unas lindas piernas visibles a través de una raja en el muslo derecho. La dueña del cuerpo perfecto, definió poco a poco sus rasgos en una cara preciosa: era Lucy; estaba aguardando por él. Pablito empezó a reír, su risa sonaba desquiciada en la habitación pero para el eran las notas que testificaban la felicidad más pura. Su dicha era enorme. Estaba envuelto por esa febril visión, sintiendo que tenía todo lo que deseaba; todo lo que merecía.
Tan desdichado se sintió cuando las imágenes en sus ojos comenzaron a nublarse; no quería volver a la gris realidad donde era tan infeliz. Con urgencia buscó la tarjeta y en un impulso desesperado comenzó a lamerla hasta el hartazgo. Era inútil: la estrella se había ido y el fracasado había regresado.
La cabeza le punzaba horrible; se sentía agotado. Era de madrugada, la noche estaba tranquila. Se levantó con mucho esfuerzo del sillón y fue al baño. Se miró en el espejo; estaba hecho un desastre. Se lavó la cara, abrió los ojos y se volvió a mirar. Con decepción vio en el reflejo que la pintura seguía ahí. Se talló compulsivamente, esperando quitarla, pero nada: “solo soy un bufón”, se dijo, mientras regresaba a la sala.
Volvió a sentarse. Bebió un trago de tequila directo de una botella. La amargura en la garganta y el ardor en el estómago le quitaron lo aturdido. Buscó la tarjeta; se estremeció cuando la tuvo en sus manos. Acababa de notar que el número telefónico se había borrado. Apretó con furia el papel y lo dejo hecho un jirón en su puño. Siguió bebiendo hasta que se fastidió. Quedó dormido en el sofá, con la botella en una mano y las esperanzas muertas en la otra.