
Afuera de la casa estaba el diablo aullando. Al menos eso parecía por el ruido de la tormenta pues el aire bramaba como un coro de bestias. La nieve, con su fina espesura, se abría paso entre aquel murmullo salvaje y lo abrazaba todo llevando un frío glacial consigo. Desafiando la ventisca se elevaba desde la casa un escandaloso rumor de voces, carcajadas y groserías. Los sonidos de una velada en Rusia: era el cumpleaños de Alekséi.
Adentro, en una sala decorada con muebles de abedul, había un grupo de personas alrededor de una mesa. Con sus aletargados semblantes y sus duras figuras hacían intentos por avivar la conversación, sin embargo, esta disminuía en intensidad. La noche se había discurrido y no quedaban más que pálidas caras y miradas errantes entre los asistentes. Ya no había comida, pero aún sobraban muchas botellas de alcohol. Suficiente motivo para que la fiesta continuara.
Dimitri había notado esta situación, también cayó en cuenta que la música había cesado y todos llevaban tiempo entretenidos en la misma bebida. Indiferente, él paseó la vista sobre la habitación hasta que sus ojos se detuvieron sobre una galería de cuadros: ahí estaban los grandes de la patria. Se quedó contemplándolos, admirando sus imponente semblantes, sus gallardas figuras. Tal vez era el momento en que se podían abordar temas más profundos, más importantes. Además, tenía ganas de conversar con Alekséi, quien en tiempos pasados fuera su mejor amigo. Así que aprovechando el silencio, se dirigió a él y tocándole con firmeza el hombro, le hizo la siguiente pregunta.
— Alex… Imagínate esto. Sí el mismísimo Lenin… el padre Lenin, fuera un invitado en esta reunión ¿Crees que estaría contento de ver en lo que se ha convertido Rusia?
Cuando terminó de hablar notó contrariedad en el rostro de su amigo y después una mirada acompañada de una leve sonrisa. La pregunta le había inquietado ya que había adoptado una expresión seria y cavilante.
— No lo sé Dimitri. Es una pregunta difícil — le replicó con sinceridad y con cierto gesto reprimido. Tal vez creyó que aquel giro a la conversación no convenía para ese lugar y hora en específico.
— Jajaja ¿No lo esperabas?, ¿verdad? Mira te voy a ayudar Alex. Observa esta mesa ¿Qué es esto? ¿Que estamos haciendo? Nuestras ropas de marcas extranjeras, Coca Cola en todos lados, cigarros americanos, vodka importado de Ucrania. ¡Maldita sea! ¡Ahora resulta que los ucranianos son mejores que nosotros! Nos ha sesgado la vanidad de consumir. Ya no preferimos lo ruso. ¿Acaso dudamos de todo lo hecho por nuestra gente? ¿Que ya no creemos en la grandeza de nuestra patria? Tú sabes, hace décadas el mundo nos temía, nos respetaba. Ahora mucho de eso se ha ido. Hemos perdido casi toda nuestra identidad… ¿No lo crees?
Con esta retadora pregunta finalizó Dimitri. Quiso disimular un poco su presencia, pues se dio cuenta de que se había exaltado demasiado. Lo había hecho tanto, que su cuerpo se había inclinado con gesto amenazador sobre la figura de su amigo. Discretamente retomó la postura, ahora la atención de la sala estaba en Alekséi y en como respondería. Los dos eran respetados por sus personalidades cultas y elevadas y ver un duelo de opiniones entre espíritus que fluyen entre el razonamiento y la introspección, es siempre fascinante a los oídos. Además, ambos eran conocidos por sus caracteres explosivos y un escenario dónde reafirmaran sus argumentos a base de puñetazos se dibujó con fascinación en la mente de todos.
Un silencio se hizo en el lugar. Tal vez, todos pensaron que el peso de las afirmaciones de Dimitri había abrumado a Alekséi y que por eso no atinaba a decir nada sensato. Solo su interlocutor sabía que no era así, entendía perfectamente que estaba meditando, reflexionando sus propias conclusiones.
La audiencia no supo qué hacer con la espera y con una torpeza mal fingida trataron de volver a sus actividades. Unos hablaron temas más superficiales, otros renovaron el interés por las bebidas y algunos más se perdieron mirando sus celulares, todos sin dejar de cuidar con la mirada el diálogo de los dos amigos.
Alekséi bebió del trago que tenía en su mano y, con el semblante relajado y la mirada fija, le respondió a Dimitri.
— Claro. Hay mucha razón en lo que dices. Por supuesto que nuestra amada Rusia se ha degradado. Ha sido absorbida por esta enorme entidad que es el mundo, y hemos perdido bastante con tal de hacernos un país plural; pero fíjate que no es del todo malo. Ahora tenemos cosas que no podíamos ni soñar antes. Nos volvimos más frívolos y libertinos, para bien o para mal, y entre estas dos cosas algo podemos sacar: libertad y albedrío. Éramos hijos del estado, ahora podemos ser todo lo contrario. Hacer lo que se nos dé en gana sin que nuestro país nos persiga o juzgue por ello, siempre que respetemos nuestras propias reglas. Dime, por ejemplo ¿Recuerdas este llavero? Me lo diste antes de partir a Canadá. Aún recuerdo tu alegría, tus ansias por conocer aquel país ¿Crees que ese viaje habría sido posible en los tiempos soviéticos? No o bueno, ¿Quién sabe? Pero lo cierto es que ahora tenemos más autonomía como pueblo que en el pasado. Justo eso era lo que perseguía Lenin, tal vez si estuviera aquí y viera todo este progreso nuestro…
Alekséi se detuvo y miró a todos los invitados, pues habían posado sus miradas morbosas sobre él. Esto le irritó. Dimitri, por su parte, entendió que seguramente no se podría continuar la conversación con el mismo ritmo. Se dirigió a todos con una sonrisa burlona.
— ¿Qué miran idiotas?
— ¡Qué muera el capitalismo! — dijo uno de los asistentes.
— Jajaja. Estúpido — le respondió Dimitri.
Todo mundo echó a reír y eso relajó de nuevo la reunión. El resto de los presentes se sentaron a la mesa y poco a poco se integraron a la conversación. Comenzaron a hablar, a rememorar anécdotas y sobre todo a seguir bebiendo. Platicaban de la grandeza de Rusia, de sus héroes, de su historia, de sus victorias y de todo lo que les enorgullecía. Lo hacían con tal ardor que parecía como si la fiesta acabase de comenzar. Se les veía felices, resucitando la memoria de los viejos tiempos, pero sobre todo a Alekséi y Dimitri. Solo una pregunta y una respuesta bastaron para que supieran que seguían siendo tan amigos como antes. Un vivo entusiasmo se desprendía del salón. El júbilo de las risas agitaba las volutas de humo de los cigarros y entre esta neblina todos intercambiaban miradas de empatía y aprobación. Alekséi se sentía encantado con su fiesta, aun así, se dio un momento para meditar. Se sirvió medio vaso de vodka, y mientras lo hacía, se le ocurrió la idea de rellenarlo con Coca-Cola. Ante la ironía de esta combinación una ligera sonrisa adornó su rostro. Tomó el vaso y lo sostuvo en sus manos rollizas para mirar como las burbujas del licor se mezclaban con las del refresco. Por último, levantó el vaso en dirección al retrato de Lenin y, acto seguido, lo apuró despacio sin dejar de contemplar los ojos escrutadores del enigmático líder.