El origen del animal

Basado en el cuento «El huésped» de Amparo Dávila

Otro viaje de trabajo; otro fin de semana fuera; otra mentira más. Es cierto, eran asuntos que requerían mi atención en este lugar y desde la ciudad me mandaron a resolverlos. Acepté el viaje propuesto y disimulé mi creciente ansiedad. Que coincidencia era venir aquí, justo dónde vive ella.

Recuerdo que al llegar a casa se lo comenté a mi esposa. Traté de mostrarme desinteresado. Ella aceptó la noticia con forzada resignación. Debía saber, cuando menos sospechar. Sin novedades entre nosotros llegó el día de mi salida. Un parco adiós y palabras huecas de buen viaje fue todo lo que recibí como despedida.

Es extraño no sentir culpa y hasta experimentar satisfacción en torturar su corazón. La verdad es que estoy fastidiado de ella, de la casa, de esa vida doméstica. No sé cómo acercarme a los niños, ni tengo interés en ser un buen marido. El trabajo me refugia, me distrae de esa vida de encierro y sometimiento. Pienso esto mientras veo la silueta de la otra sobre la cama. Duerme con la boca abierta, el cabello regado en la espalda y los brazos extendidos sobre las sábanas dónde nos desvelamos anoche. Ya no quiero estos encuentros fugaces, algo debe poder hacerse. Creo que es muy temprano para intentar resolverlo, mejor saldré a caminar para distraerme.

A la salida del hotel el portero me mira con curiosidad luego vuelve la cabeza sobre su revista. La avenida es un desierto; el aire barre las calles y el sol despunta en las torres. El eco de mis botas resuena en el adoquín y se acompasa a mis latidos. No hay mucho que ver; nada está abierto. Se escucha algo de ruido en algún sitio, pronto descubro de dónde viene el sonido: hay un callejón al fondo de la calle. Puestos de artesanías y fondas ya van abriendo a lo largo del pasillo. Nada de esto me hace detenerme. Pronto se acaban los comercios y al final solo queda un pajarero de aspecto miserable. No reparo en él, pero paseo la vista entre las jaulas. No es que me interese, pero de pronto recuerdo que no hay nada que mirar en otro lado.

Las calandrias, gorriones y cenzontles estremecen mis oídos con la sonoridad de su algarabía. Brincan de aquí a allá entre los barrotes de las jaulas. El pajarero me habla de precios; cree que estoy interesado. Realmente no es así, pienso que su oficio es cruel y deprimente. El hombre tiene una mirada penetrante, ve entre mi curiosidad y parece anticiparse a mis pensamientos: “Es mejor que estén así señor, cuando menos alegran un poco las casas, allá, en el campo nadie los escucha ¿Cuál se quiere llevar? “. No le respondo, solo asiento con la cabeza y sigo curioseando. De repente un ruido metálico me estremece. Con la piel enchinada adivino que el señor ha notado mi turbación, y lo veo sonreír victorioso para sí mismo. Atrás de mí un bulto se mueve dentro de una caja cubierta. El sonido vuelve a repetirse, metálico, estridente, totalmente desagradable a los oídos. — ¿Qué tiene ahí, señor? —, le pregunto. El viejo comerciante duda un poco. Por fin se decide y quita el trapo para descubrir una jaula con un ave enorme en su interior. El animal vuelve a graznar; me acerco fascinado para mirarle de cerca. Unos ojos amarillos me observan con gesto malicioso.

Fascinado, por la visión de la criatura, recorro con atención los detalles que adornan los misterios de su cuerpo. Tiene un plumaje plomizo, salpicado de manchas. De él se extienden unas espléndidas alas. Está parado con firmeza sobre una vara; enclaustrado en su negra cárcel desde la que lanza una mirada torva e inquisidora. — ¿Éste en cuánto lo vende? —, pregunto. El señor duda, posiblemente no esperaba esto. Observa la bestia con desprecio y me contesta: — No está a la venta, señor. Me lo traje desde la casa. Mi esposa le tiene miedo y ya no lo aguanta —. Sigo contemplando al ave, sus ojos me tienen atrapado en un sortilegio. Los dos puntos en su cara alumbran como un sol y se clavan profundo sobre mí. Hay algo, casi como entendimiento, en su forma de verme. Desprende un aire de perversidad que me traspasa y reacciona a mi propia vileza.

Disimulando mi atracción sobre el animal insisto de nuevo y le ofrezco una cantidad exagerada. El hombre por un momento se ve abrumado, está claro que necesita el dinero; casi lo veo impulsado a vendérmelo en el acto. Un arrebato de conciencia le hace replicarme un comentario: — Es qué… este animal no está muy bien criado… le gusta molestar a la gente… y, ¿sabe qué?, aparte no vuela. A mi mujer la tenía al borde del delirio con su presencia, parecía divertirse con acosarla. Tiene mala sombra, señor —. Lejos de hacerme recapacitar, esta última descripción aumenta mi interés. El hombre por fin acepta y me da con cuidado la jaula. Entrego el dinero y doy la vuelta, antes de irme me hace una última observación, o más bien una advertencia: — solo come carne, señor. Y también le iba a decir… que, si de repente ya no lo quiere, no le vaya a hacer daño porque es de mala suerte, y no intenté dejarlo en libertad, porque siempre regresará. Si llegase el caso de que le molestará a usted o a los suyos. Métalo de nuevo en la jaula y déselo a otra persona y dígale lo mismo que yo le dije —. Este comentario me deja confundido, agradezco las palabras del viejo y regreso al hotel. El pájaro mira por última vez al comerciante. Veo al vendedor sacudirse en un escalofrío mientras me alejo con la jaula entre las manos.

Llego al hotel. Me veo obligado a dejar la jaula en la recepción. Cuando entro a la habitación veo que ella ya no está. Sobre la cama deshecha me ha dejado un recado con la promesa de vernos semanas después. Lo aceptó con una sonrisa: “ya es tiempo de volver a casa”. En el aeropuerto tengo contratiempos para abordar el ave. Por fin despegamos y tiempo después ya estamos en dirección a dónde vivo. Estoy satisfecho, pienso que el animal le dará un aire de novedad a la casa. Seguro que mi mujer se va a molestar cuando yo llegue con esta cosa en las manos; casi saboreo la expresión en su cara. Al fin, atravieso el jardín y tocó la puerta. Me recibe como siempre, indiferente, amargada, luego pone cara de espanto; me increpa el por qué he llevado esa bestia tan fea. Le digo que lo vea como un regalo. Me reclama, luego me ruega llevármelo. Me deleito con sus suplicas, — Se va a quedar —, sentenció con firmeza. Lo liberó en un cuarto y revolotea para posarse en un cortinero. Entre graznidos y las quejas de mi esposa concilio el sueño, imaginándome los pensamientos de aquel horrendo animal.

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