
Ya nadie quiere pasar por aquella vereda, dicen que tiene mala sombra. Los que la han caminado regresan con historias de sensaciones que agobian y una honda tristeza en el pecho. Hay un reclamo de advertencia en ese lugar. El árbol se mueve con amenaza y la cerca de piedra se extiende misteriosa sobre el yermo. La gente comienza a temer.
De eso hablaban los hombres junto al fuego. Clavaban sus ojos en las llamas, tratando de hallar las palabras para forzar una conversación. Lo intentaban pero siempre se hacia el silencio y en el aire solo quedaban los sonidos de la leña crepitando y los sollozos de una mujer. Los lamentos herían a todos, les estrujaban el corazón: el llanto de una viuda tratando de desahogar la pena que le estremecía. Habían matado a su marido y ahí estaban todos en el velorio, mirando con compasión a la desconsolada muchacha que parecía haber nacido para llorar.
Dentro, en un cuarto, estaba la caja del muerto. Casi nadie le acompañaba, la mayoría se intimidaba con la faz del desgraciado y salían de la habitación con un gesto de horror dibujado en la cara. Quedaba poco del joven en ese cuerpo desfigurado. Una sensación de injusticia se desprendía de los infortunados restos.
Se dice que estuvo desaparecido muchos días, entonces salió su familia a buscarlo. Estuvieron preguntando de casa en casa, rancho por rancho, subiendo y bajando montes, atravesando ríos, y andando con la noble esperanza de encontrarlo. Por fin lo hicieron, lo hallaron antier, en el lugar del que todos hablan.
La última vez que le vieron había salido para llevar a pastar sus animales. En el camino se encontraría con un primo que llevaría los suyos. Después ya no se supo de ellos. Conforme pasaron los días un sentimiento de tragedia cayó sobre el poblado. Luego dieron con él desaparecido. Estaba recargado en un árbol, en medio de un reguero de sangre seca, con la cara y manos deshechas y el vientre agujerado. La escena produjo conmoción entre los que le encontraron. Hubo que llamar a la policía en la capital para que resolviera que hacer. Nunca habían asesinado en la región. Los forenses se impresionaron de las condiciones del cuerpo, tanta saña, tanta vileza envolvían el ataque. Una sombra de irrealidad oscurecía ese lugar y parecía como si la tierra se hubiese amargado con el sufrimiento del pobre muchacho.
El otro primo apareció después. Fue descubierto, en una ranchería lejana, ocultando una cantidad extraordinaria de ganado. Se le veía trastornado, sumido en una locura ominosa. En la cantina de ese pueblo se presentó una noche. Sería por distraer el remordimiento o liberarse de su bajeza, pero aquel día bebió hasta el delirio y comenzó a contar una historia. Dijo que había estado con su primo días atrás. Al estar con él, fue invadido por una extraña sed de ambición, tuvo el sentimiento de que la persona a su lado no era nadie en el mundo, que no le necesitaban, y podría quitarle todo para beneficio propio. Se hallaba borracho, al borde del desmayo, su primo le reconvino a que fuese más responsable y esto le terminó de enervar. En cuanto le dio la espalda, sacó su cuchillo y se lo clavó con furia. El aturdido joven se llevó las manos al chorreante estómago y trató de correr, para su desgracia el daño estaba hecho. Continúo agregando que se sintió animado por un placentero poder y con frialdad caminó hasta su presa desenfundado su oxidado machete. Veía el terror en los ojos del joven y se deleitaba con las suplicas que hacía desde su lánguida voz. Éste intentó poner sus manos como resistencia. La sangre y la carne salieron volando y aunque la figura del muchacho ya estaba inerte, su monstruoso pariente siguió azotándole un poco más. Cuando paró y vio su obra, se horrorizó. La locura se esfumó de su cuerpo y veía incrédulo la escena final de su demencia. Luego dijo que el viento se levantó y cuando tocó las ramas del árbol este profirió un susurro que se dejó oír como aullido. Asustado, escapó de ahí. Se deshizo de las ropas que le pudieran delatar y escondió los despojos de su primo para apartarlos de la vista. Se alejó del camino y llevó consigo su nuevo rebaño de animales. El aire ya no cesó y le parecía un coro clamando por la inocencia del exánime muchacho o mas bien un tétrico murmullo condenando su alma.
En la cantina todos quedaron absortos con la declaración del hombre, más del funesto desenlace. Sobrecogidos de su peligrosa figura, nadie atinó a detenerlo. Se conocía su fama de violento y todos dudaban o intentaban convencerse que lo dicho fueran las ocurrencias de un ebrio. El hombre apuró un último trago y se marchó para desvanecerse en las negruras de la noche.
Hoy fue el último rosario. Las caras cansadas de los asistentes se despiden cortésmente de la viuda. Ella con sus rosadas mejillas devuelve sonrisas discretas y agradecimientos sinceros. Ya siente la resignación del presente que se alza sobre la memoria del pasado. El dolor sigue ahí, lo seguirá estando, pero de alguna forma debe continuar. Poco a poco aquella casa se fue vaciando y todos regresaron a sus hogares . Se hace un poco de rutina, se cena y se dejan llevar por un sueño revitalizador.
Esa madrugada era especialmente tranquila. El viento estaba en calma y un calor seco acompañaba la quietud del campo. Se descansaba entre sueños apacibles que buscaban sobreponerse a los desesperanzados de los días anteriores. Pacíficos en sus camas reposaban hasta que fueron arrancados de cuajo de su armonía.
Un sonido horrible lastimó la noche despertando de súbito a todos los que alcanzó. Parecía un grito, un alarido que atenazaba al estómago con su anti naturalidad. Esa no era una voz de persona, pensaban los que oían. Las mujeres preguntaron a sus esposos que era eso y ellos lívidos del susto intentaban descifrarlo. El sonido se repitió de nuevo y el terror se prendó de todos quienes presurosos fueron a atrancar sus puertas. Los hombres no se atrevieron a salir. Había algo afuera que les hacía desconfiar. Las bestias en cada rancho se desesperaron y se deshacían en espantosos ruidos como si estuviesen en peligro de muerte. Esto hizo más insoportable el ambiente de la trémula velada. Los angustiosos clamores resonaban en las sombras y nadie adivinaba a saber su fuente ¿Qué era eso? Allí había algo del chillido de un puerco a punto del sacrificio, el resoplido de un animal furioso y el desolador lamento de alguien consumido por una agonía. Era un poco de todos estos sonidos, pero también no era ninguno. Las señoras se agarraron de sus rosarios y musitaban atropelladas oraciones; los señores aguardaban nerviosos y aferrados a la falsa seguridad de sus carabinas ¿Una persona o un animal? La pregunta en la cabeza de todos. Nadie quería concebir una tercera respuesta. Ese alguien o cosa, parecía andar en dos piernas. Cuando se acercaba a las casas, sus residentes creían distinguir el rumor de unas pisadas moviéndose. Pero el tiempo entre cada paso era anormalmente largo, como si andase a enormes zancadas. Lo más alarmante era que cuando se alejaba, lo hacía a una velocidad vertiginosa que desafiaba las explicaciones. El ruido de los lamentos podía desaparecer en cuestión de instantes de una casa y aparecer momentos después cerca de otra. Los aullidos eran sofocantes, rompían los nervios, pinchaban el espíritu y sus ecos recorrían la campiña llevando el presagio de una fatalidad inminente. El tiempo era tortuoso y se sentía infinito, pero, así como se hizo presente esta sinfonía terrible, así se esfumó.
No habían sido más de una docena de minutos. La gente tardó bastante en recuperar la serenidad necesaria para volver a dormir. A la mañana siguiente se habló de ello. Casi fue instintivo relacionar los sucesos de la noche anterior con toda la historia de los días pasados. Cada quien sacó sus propias conclusiones.
En el sitio donde encontraron al muchacho se ha erigido una cruz como recuerdo, incluso los párrocos locales accedieron a bendecir el lugar. La rutina se ha establecido en el campo y los años devoran los recuerdos de la gente. Dicen que la viuda se casará pronto, todos se alegran por ella. En su empatía traen como anécdota aquellas semanas de sonidos fatídicos y cotilleos aciagos. Aún le guardan respeto al sitio que originó todo. Ya no se camina por aquél sendero y también se evita mirar al árbol que parece estar siempre meciéndose en la lejanía. La visión de ese erial marchita la aurora de las personas ¿De ahí habrá salido la cosa de aquella noche? El alma desdichada del muerto, el alma corrompida del asesino o un horror nacido de la tierra misma en reclamo de haber sido perturbada de su equilibrio.