
En estos tiempos es difícil hallar pueblo sobre el que la mano torcida de la globalización no deje su rastro. No es que sea del todo malo, pero esto inevitablemente empieza a minar la esencia mágica de cualquier provincia. En el peor de los casos su identidad histórica queda a la deriva de la explotación y una suerte de sitio sin alma queda en su lugar. Ya me ha tocado verlo en otros atractivos turísticos y esperaba que a dónde iba fuera la excepción.
Estaba con rumbo a Tequila, Jalisco. Lugar castigado por el sol y bendecido por el encanto de su bebida homónima. Mis ansias por conocerle estaban disparadas y el largo viaje no hacía más que acrecentar las cavilaciones sobre lo que allá vería. De momento disfrutaba contemplando cuadros y paisajes de cerros agrestes envueltos entre horizontes amarillos. De vez en cuando admiraba también la dulce cara de mi acompañante quien plácidamente descansaba en mi hombro. Me dejé llevar como ella y pronto sucumbí a las mareas de un sueño embriagador mientras veía el infinito azul de los campos desvanecerse a lo lejos de la carretera.
Cuando desperté, ya estábamos en el poblado, e íbamos avanzando por sus angostas calles que vibraban de luz y fulgor. Por fin bajamos del autobús y al hacerlo sentimos un calor ardiente que se abrazó a nosotros, tan cálido como el bullicio que ya desprendía esa pequeña ciudad. Habíamos llegado. El pueblo era más pequeño de lo que esperaba, pero aun así presentaba escenas preciosas para la vista. Calzadas coloniales, casonas de estilo señorial, jardines impecables, andadores cubiertos de gente y un mundo de vida girando alrededor de su amarga miel nativa.
El folclore se alzaba de cada tienda, de cada comercio y un aroma a tradición estaba en el aire. Después de una visita a la fábrica de Orendain se nos dejó con libertad en el centro del pueblo. Debo decir que tengo cierta fascinación por la arquitectura colonial. Me parece interesante estudiar aquellos testigos materiales, cómplices de nuestra historia. Mi sensibilidad estética queda vislumbrada en cuanto conozco el interior de un pueblo. Especialmente le tenía deseos a este porque Tequila es uno de los primeros fundados en el país. Coloridos puestos llenos de exóticas artesanías de agave y obsidiana lo inundaban todo. Cada cosa parecía ser una sátira del vicio provocado por el dulce néctar local. Con viva curiosidad recorríamos y nos deteníamos en cada lugar. Después de hacer una caminata alrededor del jardín principal decidimos ir a la parroquia. Su sencilla fachada de estilo barroco evidenciaba una antigüedad respetable. En efecto, la iglesia de Santiago Apóstol fue fundada en el siglo XVI y dentro de algunas décadas cumplirá medio milenio. Decidimos entrar.
Tuvimos la suerte de estar en una celebración de misa. Afortunados porque normalmente el templo permanece cerrado sí está desocupado. Una vez dentro, le dimos un escrutinio a la bella edificación. Tratamos de hacerlo lo más respetuoso posible y en el mejor de los silencios. La verdad es que era como cualquier iglesia en cualquier centro histórico en México. Los objetos tales como retablos, alabastros, candelabros, iconos y estatuas, estaban debidamente cuidados y deslumbraban por su perfección. Con gesto indiferente nos dirijimos a la salida, pero antes pasamos al fondo del santuario dónde se veía un pequeño cuarto con un altar en su interior.
Este pequeño salón no lucía en absoluto especial. Al acercarme para leer las placas vi que el altar estaba dedicado a un Santo propio de la región. Incluso había allí una urna con parte de sus restos mortales. Quede algo sorprendido con este descubrimiento. Hasta dónde sé, no cualquier persona se convierte en Santo pues el proceso es complicado. No basta haber sido íntegro y comprometido a la veneración del padre eterno. Incluso el martirio no garantiza tener tan elevado título. Hace falta demostrar que el nombre de esa persona tiene el poder suficiente para intervenir, positivamente en este mundo hacia quién le confié su devoción. El nombre de la persona era: Santo Toribio Romo. Mientras veíamos la urna y leíamos sobre él, una mujer se acercó a nosotros.
— Este santo es muy milagroso — nos dijo.
En un principio no reparamos en ella porque no esperábamos que alguien se dirigiera nosotros. Volteamos por impulso solo para descubrir a esta señora observándonos. Ella repitió la misma frase y con cortesía asentimos con la cabeza. Nos clavó su mirada y continuó hablando mientras la veíamos confundidos.
— Yo tuve un accidente muchachos. Me caí y me quebré la mano ¡Pero bien quebrada! Miren.
La señora no acababa de pronunciar estas palabras cuando ya estaba descubriendo su brazo. Se subió la blusa hasta el hombro y se acercó para enseñarnos. Nos dio un escalofrío. Fue una visión horrible. El brazo no era más que una pieza de adorno porque colgaba inútilmente de un hombro dislocado. Ese aspecto antinatural produjo en mí una punzada y una penosa sensación de repulsión. Estaba viendo ahí, aquel miembro sin vida bambolearse como un tétrico péndulo. La mujer jamás fue al médico. Su hueso jamás soldó y de alguna forma había conseguido salir adelante con aquella extremidad inanimada.
La señora continúo hablando mientras seguíamos impresionados.
— Quedé inútil y ya no podía trabajar. Me estaba desesperando y como no fui con el doctor a que me pusieran el este fierro para enderezarme, así me tuve que aguantar. Nada más que seguía sin poder mover la mano y esta me dolía mucho, pero mucho. Entonces una señora me dijo que viniera a rezarle aquí a Santo Toribio, que era muy milagroso y si me animé a venir. Seguido me paseaba por acá y siempre venía a decirle su oración y traerle su veladorcita. En mi casa estaban mándeme y mándeme al doctor, ya hasta tenía miedo que me fueran a quitar la mano. Porque cuando fui me decían que solo con operación me la podían arreglar, pero no les hice caso y seguía viniendo porque tenía la esperanza ¿y que creen? que si se me hizo el milagro. Los doctores decían que no pero entonces… miren… a ver ¿por qué puedo mover la mano?
A esta última palabra, le siguió algo que no esperábamos. En efecto la señora, en un movimiento anormal, engarruñó su puño y lo arqueo contra su hombro varias veces. El brazo seguía con esa misma apariencia inerte, pero entre la extremidad descompuesta y su mano había comunicación. Aquella oscilación era impactante. Nos tenía desconcertados por el asombro. A la vista era como una polea de carne que sostenía, con el hueso partido en dos, todo el peso de su infortunado miembro. Retrocedimos un paso y mientras la señora se nos quedó observando a través de sus vidriados ojos.
Incómodos y sorprendidos por la visión estremecedora de aquella mano rota, no atinamos otra cosa que volverle a asentir y salir de la iglesia. Nos comentamos lo impresionado que nos dejó el encuentro y con su imagen azotando nuestra cabeza nos perdimos de nuevo en el centro de la plaza.
Podrá parecer un evento cualquiera de cualquier pueblo dónde la gente es sencilla y no se deslumbran mucho de la vida diaria. Incluso por más interesante que nos pareciera la rutina de su cotidianidad. Solo sé que jamás olvidaré la escena de aquel brazo colgando y de su misterioso movimiento. No podría. Me impresionó demasiado pero no tanto como la voz de la señora. La voz de alguien que tenía fe, una mujer con voluntad.
¡Bendita seas Señora! por pensar en lo etéreo, por tener la convicción de que creer sana, restaura, redime. Esa dulzura, ese anhelo de esperanzas nos alegra a nosotros, a todos los que nos hemos alejado de ese camino. Ustedes nos hacen dudar, nos hacen desear. ¡Bendita seas señora y benditos sean todos aquellos que creen en milagros!