Rajaz

Ya no siento la cara, tampoco mi cuerpo. No quiero pensar en mis pies, estaban desfigurados hasta hace poco. Fue la arena…  ¡Esta maldita arena!, que con su aspereza me ha hecho daño. Tanto, como que cada paso que doy, en lugar de huella deja una pasta sanguinolenta en el suelo. Me estoy deshaciendo en cada pisada tratando de sobrellevar la incomodidad y resistir el dolor que castiga, pero es difícil, el relieve no ayuda, solo lo hace la voluntad. Aunque lleve tanto así, no puedo presumir el trecho recorrido ni orgullecerme de lo soportado. No hice esto por vanidad ¡Quiero llegar! ¡Deseo llegar! Realmente anhelo alcanzar ese lugar. Un sitio que no sé dónde está, pero sé que existe. Eso quiero creer.

A veces no sé si voy bien, es más, ni siquiera sé si voy. Estoy perdido en este reino de polvo y viento, donde los remolinos azotan y la luz enceguece. Es un imperio desnudo donde el cielo siempre se ve igual y del mismo color de la tierra: un rojizo deprimente que no se sabe si está amaneciendo o atardeciendo. Uno diría: “mira a lo lejos para poder orientarte”. Eso intenté en un principio, pero solo se ve el tornasol del horizonte. Me veo atravesando un mar dorado y las dunas son las olas, unas crestas laminadas que se alzan imponentes en la aridez infinita.

El aire lastima; es una tortura. Entrecierro mis ojos para protegerlos de las corrientes que quieren despellejarme. Tal vez debería bajar la mirada para evitar la molestia, pero tengo miedo de descubrir que mis entrañas ya fueron devoradas por aquellos animales: las bestias de las que vengo huyendo. Una pregunta surge en mi cabeza, ¿qué haría  sí quisiera mirar mi torso, y en lugar de él, hallará solo un enorme hueco? Un agujero por el que pudiese mirar a través de mí, y de él que cuyas comisuras asomaran los horrores que llevo acarreando desde hace tanto ¿Podría lidiar con aquello?, ¿Sería tarde para resarcir el daño? Porque yo sé que se puede, entre más consigo caminar, más siento como algunas de las alimañas se desprenden de mí, lo sé, porque entonces puedo andar más rápido.

Como extraño a mi hogar; a mi familia; mis amigos y sobre todo a ella. Que no daría por dormir acurrucado en su cuerpo; por amanecer con su cabello en mi cara; por envolverla en mis brazos. La nostalgia arde en este hoyo que tengo en el pecho. Me pude haber quedado allá pero no había futuro para mí. Recuerdo lo agradable que era ese lugar y hasta podría decir perfecto para vivir. Los primeros años fueron alegres y rebosantes de las emociones más dulces. Desde que vi la primera luz, se me enseñó todo; solo que nací esclavo del más vil atavismo. Tuve que crecer regido por una doctrina moral; una guía con la que se pretendía dirigirnos. Se afirmaba que al estar aprobada por esa sociedad, tú, como persona, lograrías conseguir lo que necesitabas como hombre: el respeto y la dignidad como miembro de todo aquello. Así que, me amoldé a sus expectativas y fui perfecto dentro de lo que cabe. En serio que pude seguir viviendo en ese lugar, e incluso podría volver ahora, pero lo pienso porque sé que allá están esos parásitos.

 No supe de ellos hasta que abandoné la más tierna infancia. Un día descubrí a unos insectos escondidos en los vientres de los mayores. Todos, sin excepción, tenían a estas criaturas dispuestas sobre los cuerpos. El tema parecía casi como un tabú. Se le minimizaba, se evitaba hablar de él, pero lo cierto es que era el peor de los males. Una vez infectada la persona, esta caía en un pánico desesperado que trataba de curar con los remedios más inútiles. Se sabía todo de la enfermedad pero nada de la cura. Charlatanes y sabios falsos, predicaban conocer el antídoto definitivo contra la plaga y la gente se dejaba llevar despilfarrando recursos con la esperanza de sanar; era inútil. Nadie conocía la causa del suplicio y menos aún la querían estudiar hasta las raíces. Faltaba la disciplina y el esfuerzo para emprender esa tarea; tal vez, temían contagiarse o empeorar su situación. Como el padecimiento no era esencialmente mortal en cuanto al lado físico, las personas terminaban por resignarse. Lidiaban con la enfermedad apoyándose en sus rutinas; conviviendo con sus seres queridos. Así los animales aprovechaban esta cercanía y hallaban nuevos huéspedes. Tal vez era fácil para ellos, pues la mayoría basaba su seguridad en todo lo que recibían, y terminaban olvidándose de sí mismas, y en cuanto se veían despojados de todo lo que les proporcionara plenitud, caían en depresión. Entonces, los bichos despertaban de su letargo, y se abalanzaban sobre la gente para alimentarse de sus dudas e inseguridades. Pronto la afección del pueblo pasó a ser una infestación de horrores que con su hambre depredadora solo dejaban carcasas en lugar de personas.

La primera vez que se me subió uno no me di cuenta. Al ir creciendo, empecé a enfrentarme al peso de la vida y recibí mis primeras decepciones. Mis penas adolescentes me tenían tan abstraído que ese primer arácnido comenzó a roerme sin que le notara. Sus heridas eran insignificantes, pero gradualmente, las llagas crecieron y se volvieron dolorosas. Más y más animales fueron prendándose de mí. Empecé a abrumarme. Intenté tantos remedios como me sugirieron; nada funcionó. Comencé a sentir un vacío amargo en mi voluntad. Me fui rindiendo y dejé que la plaga me invadiera. Para consolarme me hice a la idea de que era normal, a fin de cuentas los demás también tenían; pero lo cierto era que el tamaño y cantidad de los míos era exagerada. Para desconsuelo propio, observaba que aquellos de alrededor podían deshacerse de los suyos con facilidad siempre imitando las maneras de sus mayores. Terminé por temer, algo estaba mal conmigo porque yo no podía quitármelos.

En un principio podía hacerlo. Era superficial, frívolo; un hedonista cualquiera que sanaba los estigmas propios con el narcisismo del reconocimiento ajeno. Así me llenaba de satisfacción personal. No lo veía malo, era así como se pretendía que viviéramos. Después, caí en cuenta de las diferencias entre ellos y yo. No sabía cómo explicarlo pero en mi había una necesidad por vivir más ligada a lo espiritual que a lo emocional. Tal vez esto hacía que más y más parásitos se adhirieran a mi cuerpo, y que con su hambre voraz amenazaran con consumir mis esperanzas. Me sentía atrapado y más de una vez busqué desahogarme con la gente de mis círculos. En cuanto me abría a compartirles mis dudas, ellos argumentaban tener las mismas inquietudes; sabía que no era verdad. Era hipócrita de mi parte, pero debía ajustar mi opinión y adecuarla a la de ellos. Hacia esto todo el tiempo, incluso me callaba cuando querían influenciarme. Poco a poco fui encumbrando el valor de mi criterio. Cuando alguien intentaba hablar de conceptos más inmensos, mejor me apartaba, me resultaba penoso verlos fingir una sabiduría que no armonizaba con su carácter. Elegí mantener reprimido mi universo interior. Para consuelo propio conocí gente bajo mi misma condición. Eran personas que compartían una arquitectura igual a la mía. Con esta gente que respetaba la empatía era suficiente como para hablar sin inhibiciones de opiniones, críticas y sueños; todo sobre lo misterioso de la existencia. En nuestras conversaciones, solo se nos ofrecía una solución: debíamos abandonar aquel lugar. Quedarse allá era como anclar el espíritu a la secreta agonía de la ignorancia, y eso era lo que más temíamos, más que la plaga que nos asolaba.

Así que dejé a mi familia, a mi compañera y amigos. Antes de marcharme, me apropié de un rol que no me correspondía e intenté imponerme en la mente de ellos con mis ideas. Solo conseguí frustrarme a pesar de conseguir algunas victorias. Yo tratando de ilustrar cuando me falta tanto por saber ¡Que idiota fui! Espero que ellos sigan sus propios pasos, incluso por un sendero diferente al mío. Yo, aquí sigo, continuando esta peregrinación. Animándome a seguir están mis hermanos de causa. Algunos de ellos salieron antes. Hasta me parece que no podré alcanzarlos, pero eso me alienta a avanzar. A veces nos encontramos en el camino, nos saludamos, conversamos hasta secarnos los alientos, y luego continuamos por la ruta que mejor creemos nos conducirá al ansiado destino. Eso me reconforta, ver siluetas a lo lejos en todos mis horizontes. Somos ánimas caminando por impulso de una fuerza secreta; penitentes que vamos a un destierro que nosotros elegimos. Entre más avanzamos, más nos acercamos. Ya no se siente tanto la soledad. Supongo que así como yo, ellos tienen también a sus propios ídolos en los que confían han alcanzado lo que nosotros deseamos.

Alguna vez llegaron a decirme cuando aún vivía allá, que lucía como alguien que cargaba con el mundo en los hombros. No estaban equivocados. Por supuesto que llevo algo a cuestas: mis dudas, mis deseos… mis esperanzas, todas ellas son tan grandes como el mundo mismo. Así que en cierta forma tiene razón. Llevo esos anhelos conmigo, son como una canción en mi mente, mi propia “Rajaz“, y tarareándola atravieso estas arenas con una fe más ardiente que este infinito desierto. Seguiré andando porque quiero llegar. Vivo con el deseo.

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