El acorde (Parte IV)

Capítulo IV

El perro salió a su encuentro solo que cuando vio la guitarra se detuvo. Para sorpresa de Adrián el animal enloqueció y comenzó a ladrar. Por más ─ ¡ Quieto perro ! ─ que le exclamó, este no se sosegó. Es más, sus blanquísimos dientes se hacían amenazadores a cada momento. Adrián debía ponerse firme, ─ ¡Quítate! ─, le dijo, y el perro obedeció, pero sin dejar de gruñir. Cuando el hombre estuvo a punto de abrir la puerta un dolor agudo se prendó de su pierna. Se volteó para descubrir al animal sacudiendo las fauces sobre su extremidad. No atinó a hacer otra cosa que azotarle la guitarra en la cabeza. Debió ser doloroso para el pobre perro porque salió disparado entre lastimosos chillidos. El hombre se arrepintió al instante de su reacción violenta; no iba a demostrarlo. Miró con extrañeza al animal: era la primera vez que se le revelaba. Estaba confundido tratando de hallar una explicación. Los dos se miraron en la distancia como estudiándose entre sí; pero también, desaprobándose mutuamente. Adrián optó por entrar a la casa.

Recargó la guitarra en una pared del patio. Fue al comedor y sacó una cubeta de maíz para las gallinas. Las alimentó y luego las llevó a los corrales. El perro no hizo el esfuerzo de acompañarlo: estaba resentido. De nuevo en la casa se sentó para tratar la guitarra. Con un trapo humedecido comenzó a limpiarla lo mejor que pudo. Cuando acabó, notó que estaba muy conservada y bastante bonita aún. Que decir de la moneda, cuan hermoso estaba el metal resplandeciente. Lo siguiente era probar si funcionaba el instrumento. Pero la luz del día ya se había esfumado; los luceros poco a poco se dejaban ver y la noche ya reclamaba todo con su tranquila oscuridad. Pensó Adrián que lo mejor sería continuar adentro.


Bajo la luz del foco parpadeante prosiguió la restauración de la guitarra. Al estar con las clavijas se sorprendió de que aún girarán los engranes; eso era buena señal. Así que haciendo uso de una destreza que poco a poco recordaba, tensó y destensó las cuerdas para afinarlas. Al estar probando que estuviesen correctos los tonos se había dado cuenta de que la calidad del sonido era excepcional. Acabó de ponerlo a punto, y rasgueó con su pulgar todas las cuerdas a la vez ¡Que música tan maravillosa! Todo su cuerpo vibró ante aquél único acorde. Estaba satisfecho porque el azar le hubiese llevado a descubrir aquel artilugio. El hombre no se reprimió de ninguna forma, y sus dedos danzaron tocando las frases de sus idolatradas canciones. En verdadero éxtasis escuchaba como hacía su propia música. Tantos años habían pasado desde la pérdida de Lucía; desde que abandonó la nobleza del arte ¡Como extrañaba hacer eso! Se sentía vivo y joven también. Toda esa alegría que le desbordaba era como un ariete que derrumbaba alguna gruesa muralla en el hombre. Como la suerte le había bendecido con un regalo tan melodioso, se abría para Adrián un nuevo orden de expectativas, y lo mejor de todo, es que podría cumplirlas si su voluntad así lo deseaba. “¿Y por qué no tocar de nuevo?”,” ¿Por qué no hacer un pequeño evento?” se le hizo increíble la cantidad de planes que concebía, solo porque lo había invadido la euforia. Mientras, seguía tocando con sincero placer la guitarra. Se vio forzado a detenerse pues su mano se le había fatigado. Aprovechó el descanso para amarrarle un pedazo de agujeta al clavijero y así poderla tener colgada de la pared.

Cuando creyó que la mano estaba lo suficientemente descansada se puso en posición. Apenas habían sentido sus dedos el tibio roce de las cuerdas, cuando sus manos ya no le respondieron. Otra vez: el terror.


La mano izquierda se le engarruñó con violencia sobre el mástil; la derecha, empuñada, se le apretó contra las cuerdas. Por más que las quiso controlar estas no se dejaron. Empezó a sentir pánico, más allá del terrible dolor que le provocaba la presión de los alambres contra la piel. Sus dedos se pusieron morados y creyó Adrián que le serían cercenados por la tensión. La parálisis se extendió a todo el cuerpo. Sentía las orejas y la cara palpitando al ritmo de su corazón enloquecido. Ahí fue cuando sintió aquel frío de nuevo, primero en los dedos, luego en los manos y después en los brazos.

─ ¡Es la guitarra! ¡Está maldita!, dijo con esfuerzo.

Un terror inefable se apoderó de él, mientras la sensación glacial ascendía por su carne. Un sentimiento ─ extrañamente familiar─ de angustia y tristeza empezó a crecer en su pecho. El ataque era insoportable. Adrián se debilitó rápido y fue dejándose consumir; sabía que su cuerpo de viejo no podría aguantar mucho. Dejó de resistir. Esperó aterrorizado mientras asimilaba lo obvio para él: la muerte venía a terminarlo todo con su caricia mortal. La sensación de separarse de su cuerpo le produjo una rara impresión. Imaginaba que pocas personas lo extrañarían de verdad. Más allá de las apariencias y de las máscaras sociales, pocos lo habían tratado lo suficiente como para respetarlo y valorarle con sinceridad: algunos familiares, su vecino Don Néstor, y otro puñado de gente en el pueblo. Con la vista hecha una humadera se preguntó si la gente descubriría su cadáver, sí lo enterrarían apropiadamente, o incluso si la noticia de su muerte provocaría lágrimas. Este último deseo le desgarró el interior. Empezó a pensar en Lucía. Se interrogó en si lo que sentía ahora también lo había experimentado ella en sus momentos finales. Lo cierto es, que ella permaneció impasible durante toda su enfermedad y ni por eso dejó de sonreír; la mujer se aferró a la vida en cada momento. Por supuesto que le entristecía abandonar el rancho y a su marido, y aun cuando supo que sus días estaban contados, jamás perdió la fe, tampoco aceptó su destino con pesimismo o con señas de reproche. “¿Por qué no puedo comportarme como ella?”, pensaba el viejo. La frustración se le clavó como una espina filosa en la mente de Adrián.

Empezó a resistir. Tensó el cuerpo y se esforzó con todas sus energías en deshacerse del objeto. Tenía que demostrar que era digno, fuerte como ella. Contrario a cualquier ápice de sentido común, presionó con más fuerzas sus dedos contra las cuerdas. Su intención parecía ser la de destrozar a la cosa embrujada. Adrián tenía deseos de repetir el milagro de la arboleda; cuando se sobrepuso al primer intento de posesión. No sabía cuánto tiempo podría seguir luchando. Sentía que sus arterias reventarían en el acto. Fueron segundos eternos , ¡Pero ahí estaba de nuevo! ¡El ardor salvador! Tal vez ese calor, sólo era su sangre que regresaba a infundirle vida a su frío cuerpo tal como lo haría el agua en el erial más desierto. Gradualmente el congelamiento se iba desvaneciendo y Adrián cada vez se sentía más eximido del peso opresor. El hombre había creído ver, desde que inició el trance, al centenario brillar hasta tener un color incandescente. Para esos momentos, la luminosidad de la moneda era tanta que le tenía completamente encandilado. Pero ahora, conforme el ataque se deshacía, el resplandor también se apagaba. Tan pronto sintió tener ventaja, hizo un esfuerzo con todo el aplomo que tenía: la guitarra salió despedida con furia, estrellándose en el piso y deslizándose por él hasta chocar con la pared, prodigando un fuerte ruido y dejando en el aire una efímera resonancia.

Mientras ganaba fuerzas, contemplaba aquella cosa con miedo. Las quijadas estaban acalambradas de tanto apretar los dientes. Su camisa estaba mojada de sudor, la cara le punzaba, y los dedos era un revoltijo de cosquillas y dolor; había ganado. Ahora que Adrián confiaba en su fortaleza fue hacia la guitarra y la levantó para colgarla en un clavo. No se le ocurrió nada más, aún estaba sobresaltado y pensó que por la mañana pensaría mejor en como deshacerse de ella. Por lo pronto, era de noche, estaba cansado y necesitaba dormir. Salió de ahí, no sin sentir un escalofrío al apagar la luz y cerrar lo puerta.

Entró a su habitación; ni siquiera encendió la luz. Se sentó en la cama, cavilando sobre lo ocurrido. Las escenas del día se agolpaban en su cabeza. Se levantó y atrancó la puerta. El cuarto quedó en penumbra. Fue a recostarse, completamente vestido; ni las botas se quitó. Permaneció con los ojos abiertos, observando el techo. Intentó dormir. Estaba ahogado en espanto, y sentía unas náuseas horribles, pero se hallaba tan exhausto que, poco a poco, se fue perdiendo en un profundo sueño.

En la habitación solo había negro y silencio. Una noche tranquila y apacible vivía el hombre ─ dentro de lo que cabe ─, pero para su desgracia aquella quietud se cortó de tajo. Repentinamente el campesino despertó, o más bien, le despertaron. El perro estaba aullando. Se estremeció. No es que nunca lo hubiera hecho, lo raro era que sus llamados sonaban diferentes a los emitidos a cuando un animal se acercaba a los corrales. Los alaridos le desconcertaban. Se preocupó por el perro, pero tenía mucho miedo de salir así que intentó ignorarlo. Trató de volver a dormir; ya no pudo hacerlo. Después de meditar un largo rato, y darle vueltas al asunto, se animó a levantarse con la intención de averiguar lo que sucedía. Ya iba camino a su puerta cuando distinguió un nuevo ruido. Era distante, ligero, y muy dulce al oído. Abrió la puerta despacio, y se quedó parado para ver si lo escuchaba de nuevo. Solo se oía la nada y el perro había enmudecido. Caminó por el pasillo y ya no llegó al patio porque no supo qué hacer con tanto silencio. Quedo indeciso en el mirador de la casa. Dio un vistazo a la lejana ladera; tan solitaria se veía bajo el cielo estrellado, donde la luna se alzaba misteriosa, alumbrándolo todo tal cual espejo de plata. Regresó, mudo como una sombra, a la seguridad de su cuarto y ya estaba por atrancar la puerta, cuando volvió a escuchar el sonido; volvió al pasillo. El rumor tan desconcertante se dejó oír de nuevo, Adrián lo escuchó tan claro, que sintió una punzada en el estómago cuando lo reconoció.

─ ¡Son las notas de una guitarra! ─, murmuró.

Los aullidos del perro volvieron a aparecer. Completamente absorto, Adrián trataba de resolver el enigma. Tuvo que descartar las explicaciones que acudieron a su mente. La radio no podía estar encendida; tampoco podía ser que la guitarra se estuviera tocando de manera incidental ─ ¿o sí? ─. Aquel sonido, tan hermoso al oído, eran cuatro notas escalonadas, después un rasgueo, y luego se apagaban, minutos después el ciclo se repetía. Adrián sintió como se acaloraba y se le aceleraban las arterias; él reconocía el arpegio y el rasgueo. Estos estaban ejecutados sobre el acorde de la séptima de SI. Este era difícil de tocar. Se necesitaba una determinada posición en los dedos para su ejecución, por eso, cualquier teoría de que la melodía estuviese tocándose por accidente quedaba desechada.

”Acaso, ¿Hay alguien al otro lado de la puerta? “, se planteó un Adrián confundido.

Estaba azorado: ¿quién había entrado?, ¿y cuándo? El perro le hubiera avisado en ese caso. Tal vez eso quería hacer, y no lo dejó ¡Eso era! ¡Claro, ahora todo se explicaba! Sintió remordimiento al pensar que había golpeado al animal solo porque este le quería advertir que dentro había un intruso. Se tranquilizó ante la plausibilidad de la explicación que creía resolver el misterio de la música. Pero esta calma solo podía ser poca, pues aún no existía garantía de que no hubiese peligro del otro lado.

Estaba satisfecho de haber salido con el mayor de los sigilos y decidido a irrumpir en el comedor para averiguar quién se había atrevido a entrar en la casa. Buscó con la vista un objeto que le ofreciera protección en caso de necesitarla. Miró y miró: ¡era perfecto! Descolgó una vieja oz de la pared, oxidada, pero con filo aún. Era la mejor de las armas que hubiese podido desear. Avanzó con cautela a través del pasillo. El invasor aún no notaba su presencia, esto lo juzgó Adrián, porque la guitarra seguía sonando sin variación. Al llegar a la puerta, el poco aplomo que había recuperado se terminó por derrumbar: la puerta estaba cerrada, tal y como la dejó.

Entonces, ¿Cómo podía haber alguien dentro? Incluso las posibilidades de que una persona hubiese estado todo el tiempo en el interior eran muy remotas. Dentro no había sitio para esconderse, pero, ¿realmente estaba seguro? Tal vez al momento de ir a la arboleda, alguien aprovechó la oportunidad para meterse y el perro lo notó. De nuevo pensó en la escena donde este le atacó, y asoció aquel comportamiento con esta nueva teoría. Aun así, no confiaba del todo en esta nueva proposición; la duda lo gobernaba. Finalmente se decidió a entrar. Con mucho cuidado, los temblorosos dedos desenredaron el nudo del cordel que mantenía cerrada la puerta. La abrió despacio, mientras una nueva iteración de la fatídica música empezaba a sonar. Cuando terminó de abrirla, a tientas y despacio, encendió la luz creyendo que estaría preparado para cualquier cosa… no era así.

Un grito salió de su garganta. Fue breve, pues este se ahogó por el espanto que le dominó: ¡Adentro no había nadie!, pero tampoco podía decirse que no pasaba nada. Que cosa tan macabra. Ahí estaba la guitarra: ¡moviéndose sola! Se balanceaba de un lado a otro, como un péndulo, y en sus oscilaciones el brillo de la moneda lucía más llamativo. Adrián estaba blanco de terror y no dominaba a hacer movimiento. La música ya no se oía desde que había encendido la luz. El único sonido en el cuarto era el que hacía la guitarra al raspar la pared. Para tranquilidad de los nervios del hombre, los movimientos del execrable objeto, poco a poco se fueron ralentizando, hasta que de nuevo este se halló en la posición vertical que debería tener. Sólo al quedar la habitación en completo silencio, fue cuando reaccionó Adrián. Rápido apagó la luz y salió de ahí, cerrando la puerta lo mejor que su perturbada mente le permitió. Fue a encerrarse en su cuarto. Aseguró la entrada con mucho cuidado, todavía le puso una silla y un contrapeso. Se sentó en la cama confundido, y tembloroso se preguntó qué era lo que iba a hacer.


Adrián estaba abstraído observando el piso de su cuarto. Las imágenes de la guitarra columpiándose le inundaban la cabeza. Sabía que no podía hacer nada. Lo único que le restaba era esperar a que terminara la noche. No dejaba de pensar en lo idiota que había sido por irse a meter en aquel lugar, y peor aún, haber traído esa cosa tan despreciable consigo. Deseaba que este último susto fuera precisamente eso, el último susto que recibiera no solo esa noche, sino en todo lo que le quedaba de vivo. Tenía por igual el anhelo, de que, a partir de ese momento, todo fuera normal, como siempre lo había sido. ¿Qué explicación podía darle a todo aquello?, ahora que se le habían presentado estas manifestaciones de un mundo tan ajeno a él, el hombre se sentía atemorizado en verdad. Ya ni por que se encontraba endiabladamente sediento se atrevió a salir del cuarto. Planeaba esperar hasta que amaneciera, pero empezó a notar que su cuerpo desmejoraba a cada minuto. Una débil fiebre había empezado a acosarle además de otros malestares como náuseas y dolores de cabeza. En calma y con la luz encendida, permaneció un largo rato, sintiendo como se le minaba la salud. Se animó a apagar el foco y fue a recostarse a la cama. Las ganas de vomitar le bajaron, pero la cabeza le taladraba, además de que la calentura le tenía entumido. El hombre metió las palmas de las manos entre sus muslos y se sumió en una temblorina incontrolable. Adrián intuía que no podría dormir en ese estado. Aún conservaba muy vivida la música de la guitarra en los oídos. En calma estuvo quien sabe cuántas horas ─ o minutos ─; el tiempo parecía eternidad. Contrario a sus predicciones lentamente sus ojos comenzaron a cerrarse. Quería dejarse llevar por el sueño que le asediaba, pero para desgracia suya, aún no llegaba el tiempo para descansar. Abrió los ojos de golpe, pues volvió a escuchar a la guitarra.

Las mismas notas: un arpegio y un rasgueo; música tenebrosa venida de quien sabe qué lugar maldito. En parte aguardaba esta nueva expresión paranormal, tal vez por eso creyó que sería prudente estar vestido. Se incorporó en el acto, y espero sentado con las manos agarradas a las rodillas. Se acostumbró, dentro de lo que cabe, a la melodía. Trataba de controlarse lo suficiente para que aquel miedo paralizante no lo dominara esta vez. La fiebre que le acosaba se había intensificado. Tal vez estaba alucinando; tal vez lo había hecho todo el día. La música de la guitarra crecía en volumen y repentinamente esta cambió a una progresión de notas nuevas: un nuevo arpegio se dejó oír. Adrián reconocía la armonía, ahí estaba el tritono: el temible «Diabulus in Musica«. La composición sonaba en este fatídico patrón. Era seductora, sensual, pero con una incómoda impresión de maldad. La melodía cambiaba su cadencia en un ritmo cada vez más descendente y su dulzura estaba cada vez más cerca de Adrián. La canción calló para sorpresa del hombre; luego se hizo un tenso silencio. De pronto, un golpe hizo estremecer al anciano. Luego vino otro aún más violento. Más golpes se dejaron oír. Cada uno le rajaba los nervios, y el campesino no hallaba otra cosa para hacer que lastimarse las uñas al apretarlas contra las rodillas. Los aullidos del perro volvieron a aparecer, haciendo a aquella cacofonía insoportable. De súbito, un fuerte ruido retumbó la noche. Algo muy pesado había caído. Adrián lo sintió como un latigazo en el corazón. No tuvo que pensar mucho para descifrar el origen: ¡la puerta del comedor había sido derribada!; lo que era peor, ahora el camino a su cuarto estaba completamente libre.


La música volvió a sonar; lo hacía cada vez más cerca. Por unos segundos Adrián estuvo tentado a salir de la habitación y echar a correr de la casa, pero temía enfrentarse a lo que había del otro lado. Todos sus pensamientos cesaron, quedó en blanco al entender que ahora habían golpeado su entrada. El golpe se vio seguido de más impactos. La puerta resistía bien, era lo único que le protegía de lo que sea que hubiera al otro lado y se consoló con la precaución de haber atrancado la puerta. A pesar de que estaba helado de espanto, intentó serenarse, sabía que solo así podría enfrentar al horror que aguardaba del otro lado del umbral. Los golpes, los aullidos del perro, las diversas escenas del día, absolutamente todo se arremolinaba en la cabeza de Adrián. La fiebre lo empeoraba todo, y creyó el hombre que se desquiciaría en cualquier momento. En el paroxismo de su delirio, cerró los ojos, y trató de controlar su respiración. La intensidad de la canción había llegado a su punto más alto. Mientras el asedio a su habitación continuaba, empezó a recordar los momentos gratos de su vida, se aferró a ellos en un intento por consolarse y hallar la fortaleza que toda su vida había ignorado.

Pensaba en sus padres, en la infancia, la época de guitarrista, su vida completa y sobre todo en Lucía. Comprendió que se le había ofrecido más satisfacciones y alegrías, que fracasos y tristezas; más de las que hubiera merecido por su propio esfuerzo. Si aquel era el fin, lo aceptaría, pero no con la cobarde resignación que experimentó cuando aquel embrujo lo quiso poseer. Ahora intentaría luchar con el mayor valor posible, haciendo afrenta en todo momento. Caminó hasta quedar de frente a la puerta. De un momento a otro esperaba que las tablas fueran arrojadas, y que aquella cosa se abalanzara sobre él, pero no fue así. Mientras Adrián permanecía de pie, tranquilizándose al rememorar sus recuerdos, las embestidas del otro lado se hicieron más débiles y esporádicas. De vez en cuando Adrián escuchaba otro sonido, como de algo que raspaba la puerta de su casa. Imaginó que era el perro quien la estaba arañando. Tal vez quería entrar para protegerle. Esta idea lo conmovió y le pegó en lo más hondo; se sintió desgraciado por haberlo tratado siempre con indiferencia. La idea de un amigo eterno y del amor incondicional le llegaron como un rayo. Lamentó tener que descubrir estas nociones tan tarde; se sintió un desperdicio asqueroso. “El tiempo lo es todo. Lo sabemos, pero no lo entendemos hasta que ya no lo tenemos”. Un adrián atribulado pensó en todo eso mientras la temperatura de la habitación descendía hasta tornarse de un clima gélido; la respiración del viejo se vaporizó en una blanca emanación, luego vino un golpe, apenas audible, y después un ruido sordo de algo que cayó al piso. El hombre solo alcanzó a percibir un eco que quedó muriéndose en la oscuridad; luego la puerta fue derribada.

Un alarido inhumano rasgó la noche.

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