
Solo restaban unas
horas para que el sol se ocultara, Adrián debía apresurarse. Fue andando hasta
llegar a la parte más lejana del rancho. Escaló cuidadosamente la cerca de
piedra para pasarse al otro lado. Su idea era avanzar en línea recta, siempre
junto a la ladera, y así llegar al destino. Empezó a marchar por el terreno. Al
principio era sencillo, después ya no tanto. Nunca persona alguna había andado por
ahí, porque por ahí no se llegaba a ningún lado. Después ya era difícil
caminar, porque sin sendero definido, Adrián debía elegir el mejor camino para
atravesar. Todo era un enorme amasijo de árboles, matorrales, y arbustos que
dificultaban el paso. Lamentó Adrián no llevar un machete consigo, pero como
podía prever aquella maraña de vegetación. Al problema de la densidad de
plantas, se le añadió otro, y es que conforme avanzaba, el hombre podía sentir
el cambio del relieve bajo sus pies. La inclinación del suelo se hizo
pronunciada. Lo peligroso que empezaba a lucir el camino aconsejaba al
hombre que reconsiderará sus esfuerzos. Ladera y arroyo se habían convertido en
barranca y garganta respectivamente. El peligro no podía ser ignorado por Adrián,
quien se interrogaba si no se había apresurado a lanzarse allí. Se detuvo,
acalorado, pensando en cómo justificar su arrebato; la necedad por ver al
objeto del brillo misterioso. Era el capricho de un viejo; un deseo por romper
la monotonía que imperaba en su vida. Se vio tentado a dar la vuelta pero a la
distancia logró ver el maguey dónde había hallado uno de sus animales. Siguió
adelante. No pocas veces trastabilló haciéndose daño con troncos o matorrales
espinosos. Paulatinamente hizo el advertimiento del cambio que iba presentando
el bosque. El musgo empezó a escasear. Además la hojarasca se iba acumulando
tanto, que las botas de Adrián se hundían completamente en el suelo. Se
preocupó un poco por esto, ya que en una de esas, podría caer su pie sobre la madriguera
de alguna víbora; esto lo lastimaría y sería un gran problema dado su contexto
actual. Afortunadamente nada de eso sucedió.
La vegetación empezó a lucir un aspecto más penoso. Ya había entrado al área
dónde la arboleda estaba enferma. Tuvo que admitir que ahí pasaba algo que no
podía explicar. El soto era más lóbrego visto desde el interior. Un silencio
mortal reinaba. El único sonido era el que hacían sus botas al resquebrajar la
hojarasca del suelo y esté único ruido le estaba poniendo nervioso. Una nueva
característica vino a acentuar la enigmática apariencia de la masa de árboles:
había en el ambiente un olor fétido de podredumbre vegetal. El perfume acre,
más el ambiente cargado de humedad habían creado una atmósfera agobiante que
tenía abochornado al pobre viejo. La pendiente del suelo ahora se había
pronunciado tanto, que debía inclinar su peso en el lado izquierdo para
mantener el equilibrio. Ahora más que nunca caminaba con cuidado e iba tan
agachado que se le acalambró el cuello. La repulsión por el terreno ya era
tanta que se le renovaron las ganas de regresar pero por fin consiguió
vislumbrar al árbol. Al fin había llegado. Vio un lugar lo suficientemente
apacible donde creyó poder permanecer de pie, y ahí se dirigió.
Estaba tan agitado que se sentó para reposar. Se sentía terrible. La presión se
le había bajado, la cabeza le pesaba y las piernas le temblaban por el
esfuerzo. Un sudor caliente, como cera, le resbalaba por el cuerpo; le escocía en los rasguños hechos durante el
recorrido. Sin olvidar el porque estaba ahí recorrió con la mirada el suelo que
rodeaba al árbol sombrío buscando con la vista al objeto que había incentivado
el viaje; no lo consiguió ver. Pero ¡Ay!, que rugido tan horrible se escuchó de
pronto; hizo estremecer por completo a Adrián quien se sacudió en un violento
escalofrío y se incorporó casi de inmediato. Quedó pasmado por lo que veía: un
repentino y sorpresivo vendaval sacudía la arboleda, y las varas que tenían por
ramas, se sacudían con tanta violencia que se golpeaban unas con otras
ocasionando un estridente traqueteo. El espectáculo que ofrecían los arboles
convulsionándose era tan fascinante como aterrador. El polvo y las hojas fluían
por todos lados, castigando los ojos de Adrián. La visión más macabra la
ofrecía el árbol central. Éste se agitaba con más vigor que los demás y
sus secas ramas, con las puntas hacía abajo, le parecieron a Adrián las garras
de un horrible ente que le amenazaba y que solo en la inmundicia de esa
arboleda podía existir. El hombre estaba petrificado ante la escena. Sentía que
sus entrañas reventarían, pues sus venas palpitaban a tal
extremo, que las escuchaba al mismo ritmo que el castañeo de los árboles.
Al principio poco, después mucho, una angustia comenzó a oprimir su
descontrolado pecho. Le dio un bajón tremendo en todo su organismo. El cuerpo
empeoró rápido porque ahora ya no podía gobernarlo. Una pétrea pesadez le
impidió hacer cualquier movimiento. Conforme el peso le inmovilizaba, un frío
glaciar comenzó a recorrer su carne, empezando por sus pies y ascendiendo
lentamente. Un terror mortal se apoderó de él.
─ ¡Me voy a morir! ─, musitó.
El sobresfuerzo físico y recibir tan terrible susto habían terminado por
colapsar su débil corazón; en eso pensaba Adrián. Al sentir que se finiquitaba
todo, diversos pensamientos comenzaron a pasarle por la cabeza: ideas,
preguntas; un universo de dudas tan grande como la incertidumbre de sus
planteamientos. Las ramas de los arboles aún oscilaban en su frenesí. Adrián
las veía y sentía a su cuerpo que seguía sin responderle. Todo comenzó a
distorsionarse en unas imágenes abstractas y difusas.
─ ¡No, no puedo acabar… así!─ balbuceó.
Sus vidriosos ojos veían en todas direcciones, del terror estos pasaron a
expresar desesperación. Clamaba en sus pensamientos que alguien le ayudase;
sabía que era imposible. Sintiéndose completamente solo se dejó llevar por la
debilidad. No podía creer que todo fuera a terminar en un lugar tan espantoso.
Este pensamiento le hizo despertar una nueva emoción: la ira; una tan pura y
mayor al miedo que le poseía. Su mirada llameante era de desprecio a toda la
arboleda y al árbol enorme que tenía enfrente. Empezó a maldecirlo junto al
bosque. No iba a permitirse morir tan fácil; aunque su cuerpo se rindiera, su
voluntad no lo haría, si era el fin, al menos tendría esa última victoria para
su orgullo de hombre. Entre más iracundo se ponía podía percibir como un ardor
empezaba por recorrer su carne. Todo ocurría durante el vendaval que agitaba la
ladera. Por fin y no con poco esfuerzo, Adrián recuperó el control de su
cuerpo.
─ ¿Qué diablos fue eso? ─ se preguntó, mientras recuperaba el aliento a grandes
bocanadas.
Sus latidos y su cuerpo se reponían de ese evento casi fatal. Estaba al borde del
desmayo. Caminó unos pasos para recargarse en el tronco del árbol, y sintió que
pateó una cosa hueca. En el acto, bajó la mirada para ver que había golpeado, y
se quedó atónito, ¡Allí estaba la fuente del destello! : ¡Una gran moneda de
oro! Cuando la quiso agarrar notó que
estaba pegada a algo. Por más que jaló la moneda no cedió. Ansioso removió las
hojas para descubrir el objeto al que se adhería, y quedó aún más sorprendido:
allí había una guitarra. Removió la hojarasca que la cubría para sacarla de su
entierro. Una vez liberada la examinó. A simple vista se veía antiquísima. La
madera estaba desnuda y sin residuo de barniz o recubrimiento; lucía tan dañada
que parecía que se astillaría a la menor brisa. El hombre hizo presión sobre
ella; increíblemente aún se conservaba tenaz. La apariencia de fragilidad no
estaba solo limitada al cuerpo de la guitarra, tenía las clavijas oxidadas, el
mástil opaco y las cuerdas hechas de tripa de animal. Sin duda, estaba
fascinado. Solo le bastó con deslizar el pulgar sobre la moneda para restaurar
parte su belleza. Adrián no era un experto en numismática pero sabía lo que
había hallado: un centenario de oro puro; totalmente autentico. Su brillo de
fuego alumbraba como un sol, y atento le miraba hipnotizado. Empezó por
examinar más a detalle, ahí estaba esculpida una alegoría de su patria: un
águila devoraba a una serpiente; el ave estaba posada sobre un nopal rodeado de
laureles, y ceñido por las letras del nombre del país al que había dado
génesis. Aquella representación, era una especie de visión quimérica de la
gloria del origen de su nación. Con su rostro inmutable Adrián terminó por
sacudir la guitarra lo mejor que pudo. Pronto todas las hojas que había tragado
empezaron a salir por la boca del instrumento. Después la giró y la contempló
junto a la moneda; luego lanzó una mirada de escrutinio a toda la arboleda.
─ ¿Cómo habría llegado esto a parar aquí?
El campesino quiso buscar un indicio, algo que estableciera alguna clase de
cohesión entre la guitarra y la infestación de los árboles. El nuevo hallazgo
no hacía más que realzar el aura de misterio que desplegaba el bosquecillo.
Naturalmente, la desconfianza que sentía por el lugar se intensificó. Adrián
decidió que ya había tenido suficiente. Era difícil saber que le alegraba más,
admirar la guitarra y la moneda en la tranquilidad de su casa, o simplemente
abandonar ese lugar tan despreciable. Antes de irse, lanzó un último vistazo al
árbol enorme, lo recorrió desde su tronco hasta su copa.
─ Que despojo tan tenebroso.
Detuvo su vista en un detalle que había omitido. Arriba en uno de los brazos
más altos algo se bamboleaba. Un pedazo de grueso mecate se mecía con el
viento. La cuerda se veía tan raída que se camuflaba perfectamente con el color
del árbol. Lentamente la mente del hombre se fue ausentando, como si
reconociera la causa de porque la cuerda estaba ahí.
Empezó a recordar
las historias que le contaba su viejo. Más de medio siglo atrás, la región
había sido testigo de oleadas y oleadas de violencia. Primero fue el
bandolerismo haciendo peligrosos los caminos; luego vino la revolución, y el
hierro se derramó sobre la tierra ya fuera de balas como de sangre. Por el
pueblo e incluso el rancho pasaron soldados y rebeldes que con los mortales
ruidos de sus campañas terminaron por mancillar la paz del tranquilo campesino.
<<─ Fueron años tormentosos ─>>, recordaba las palabras de su
madre. Las milpas fueron quemadas, las casas saqueadas y las mujeres
ultrajadas. Los hombres no corrían mejor suerte pues eran a veces asesinados
sin motivo, o “reclutados en el nombre de
la causa”. Estas guerras les llevaron penas amargas a gente, que de por sí,
ya llevaban una existencia abyecta. La tranquilidad llegó después, frágil,
endeble, pero ahí estaba. Se intentó continuar. Poco a poco se restableció la
cotidianidad. El maíz volvió a germinar, los animales pastaban y las familias
reían. Pero no, aún no era el tiempo de la paz. Por qué otra vez se oyeron
rumores de disparos en los cerros. Ahora llegaba la Cristiada. Las carrilleras
volvieron a ser necesarias. Esta vez el pueblo tomó las armas para luchar en
algo más homogéneo. Hombres y mujeres; algunos engañados; otros comprometidos
con su fe salieron a pelear por su iglesia indefensa. En el nombre de Cristo
mataron y también por él se hicieron mártires. Pero esta vez el dolor en las
familias fue más grande porque los niños también lucharon. Ellos cambiaron sus
risas inocentes por otras más siniestras, pues sabían lo que era asesinar y de
niños ya no tenían nada. Generaciones enteras se perdieron. Murieron muchos
apellidos. La gente seguía con su cruzada, no sabían de armas ni de guerras, y
aun así creían que ganarían ¿Y por qué no habrían de hacerlo?, después de todo peleaban bajo la bandera del
eterno padre. Pero el enemigo era implacable, y las victorias no se veían.
Ellos no luchaban solo por su iglesia, ahora aprovechaban para hacerlo por otra
causa, una demanda ancestral, la eterna herida del campesino marginado: la
tierra. Muchos fueron ahorcados sin juicios ni procesos. Una cuerda buena, un
árbol firme, y el mortal cadalso quedaba listo. Los impíos soldados añadían
todavía un matiz de ironía a sus ejecuciones, pues amarraban una bolsa de
tierra a los pies de los desgraciados, además de escribirles el más cínico de
los epitafios: “Allí está tu tierra” Tanta barbarie hacía ansiar la tregua. Por
fortuna, toda aquella lucha también tendría que acabar. Se aplacó el
movimiento. Tiempo después nacería Adrián, y el recordaba como le decía su
padre, que ojalá nunca viviese algo como en aquellos tiempos. Ahora en el
presente, él veía la cuerda que se mecía en lo alto de las ramas del árbol
enorme, se preguntaba porque había traído para si todas aquellas historias tan
fatalistas que le contaron sus padres.
El ocaso ya estaba cerca, la temperatura descendía y el viento se vigorizaba.
Adrián no quería que la noche le sorprendiera en ese lugar. Otra vez se halló
caminando agachado entre arbustos y ramas de árbol. Naturalmente, le era más
difícil salir de ahí pues llevaba la guitarra consigo. Aunque, un trecho
después, el camino de regreso empezó a lucir menos complicado. Al parecer,
Adrián había adquirido habilidad en reconocer los mejores lugares para pisar. Cuando
creyó ir a la mitad del camino se detuvo para descansar. La vegetación había
empezado a normalizarse; clara señal de que había dejado atrás la arboleda. Por
unos instantes, palpó satisfecho con sus callosos dedos su nueva guitarra, pero
dejó de hacerlo porque una ráfaga de aire le puso en alerta. Un escalofrió hizo
estremecer a Adrián, porque ese aire le hizo revivir el rugido de viento que le
había paralizado. Continuó caminando nervioso. Tenía a veces la idea de que
alguien le seguía y más de una vez volteó solo para no ver nada. Continuó
andando con un incómodo hormigueo en la nuca
El murmullo de la poza se acrecentaba. Minutos después ya podía ver la cerca de piedra que delimitaba el claro. Cuando llegó a ella, arrojó la guitarra con mucho cuidado para que cayera sobre la yerba; luego paso Adrián. Por fin estaba en su rancho. Mientras iba andado Adrián notaba que, bajo el tornasol de la tarde, la guitarra estaba cambiada a cuando la vio por primera vez. Tal vez no era tan vieja, “quizá funcionaría sin hacerle reparaciones”, pensaba el hombre. Ahora que la veía diferente, se preguntaba si su soledad y su edad no le habrían provocado alguna clase de sugestión. Entre tantas reflexiones el campesino ya había atravesado el rancho, y estaba próximo a llegar a casa.