El acorde (Parte II)

Lentamente, el horizonte se aclaraba y el brillo de los luceros era mancillado por la próxima ascensión del sol. Como cualquier campesino que haya cierto sentido de propósito en la cotidianidad de su rutina se dirigió a iniciar las labores. Con paso seguro rodeó unos secos árboles de durazno; el perro le seguía sumiso. Hombre y bestia andaban con la cabeza inclinada porque el embravecido viento les pegaba de frente. Con la nariz y orejas entumidas llegaron a la puerta de los corrales. Adrián procedió a quitar los maderos que fungían como barrotes de la puerta. Cuando la salida estuvo abierta las gallinas salieron disparadas con gran estrépito entre aleteos y cacareos. El aviar de dispersó y la casa se llenó con la animada música de su algarabía.


La primera tarea del día estaba concluida; aun restaba mucho por hacerse. Ahora debía ir con los borregos. Al notar ellos la presencia del hombre balaron al unísono y posaron sus miradas idiotas sobre él. Así como hizo con las gallinas el viejo retiró los travesaños de la entrada. Entre balidos y sonido de pezuñas se fueron congregando los regordetes cuerpos. El rebaño inició su marcha después de un firme “úsha” exclamado por Adrián. Se dirigieron a la parte sur del rancho en un desfile interminable de figuras agazapadas. El sol ya despuntaba en los árboles y lo calentaba todo con su luminoso beso; solo un débil vaho en el aliento quedaba como resquicio de la fría mañana.


El rancho era sencillo de describir: bajo la casa había un área que había funcionado como jardín; al lado estaba una pequeña huerta de duraznos; debajo, un gran terreno donde se ubicaba la milpa. Al finalizar esta parcela y paralelo a los surcos, hallábase un arroyo que atravesaba el rancho por la mitad. Las riveras estaban bordeadas por arboles de muchas especies, siendo tejocotes, encinos y capulines la mayoría. Los magueyes, tan naturales en la región, también eran numerosos. Justo en la esquina de la milpa, a un lado del arroyo, fue donde hicieron la primera parada. Adrián, dejó andar con libertad a sus animales. Se sentó en una roca bajo la sombra de un encino. Estiró las piernas, relajándolas, mientras miraba como el rebaño iba en busca de su primordial alimento.

El tiempo se consumía y el pastor empezó a matarlo como pudo: recogía las bellotas que encontraba en el suelo; arrojaba piedras al arroyo; o arrancaba cuanto pasto podía. A veces se levantaba para asustar a una que otra borrega que se atrevía a intentar remover la barrera de espinas que cercaba la parcela. El acomedido perro también ayudaba pues ahuyentaba con los dientes a las que se alejaban demasiado. Cuando hubo pasado cerca de una hora las reunió para guiarlas por el andén resultante entre la rivera del arroyo y el maizal: había llegado el momento de pasar al otro lado. Caminaron hasta llegar a un sitio por el que se podía vadear. El calor ya era intenso y cuando cruzaron, todos parecieron deleitarse con el contacto del agua fresca que les corría entre las piernas. Fue breve este momento en el que el rebaño aprovechó para beber bajo el confortable refugio de los encinos. Pronto estuvieron del otro lado y sintieron de nuevo el calor que habían olvidado instantes atrás. El terreno que se extendía delante de ellos era casi tan vasto como la parcela principal. Adrián dejó que todas las borregas andasen libremente, pues todo estaba cercado con piedra. Mientras, él se dirigió a juntar leña. No tenía que ir muy lejos para ello: frente a él estaba una ladera cubierta de encinas. Este terreno era de apenas unas decenas de metros de altura pero tan larga hacia los lados que no alcanzaba a verse su final en ninguna de las dos direcciones. Los sonidos combinados de los ovinos más el plácido murmullo del arroyo, poco a poco se acallaron para abrir paso al ruido dominante de los árboles que se mecían en un delicado vaivén.

Adrián llegó a la puerta de troncos y alambres; del otro lado tomó un hacha y un saco. Luego anduvo por un sendero que se perdía entre la densa masa forestal. Llegó a un claro donde los arboles eran escasos; apenas alcanzaba a escuchar a sus animales. El arroyo se oía fuerte pues a esa altura se volvía caudaloso. Seguía andando y pronto llegó hasta donde estaba un infortunado capulín que había sido destrozado por un rayo. Se puso cerca del tronco, tomó con firmeza el hacha, y, sin despegar la vista del objetivo, la hundió en la madera con un golpe contundente. Sin piedad alguna, continuó martillando hasta que el tronco pareció estar despegado de la base. Luego lo impulsó con su pierna, este terminó por caer y rodó retumbando en el suelo. Ahora Adrián se dio a la tarea de partir el tronco en pedazos más manejables. Cuando hubo terminado, se sentó en el tocón y descansó unos momentos. Aprovechó para masajearse las adoloridas articulaciones que se le habían engarrotado por los impactos del hacha. Se quitó el sombrero, se limpió el sudor de la frente con la manga de su camisa y colocó los leños en el costal que usó como envoltorio. Se cargó el fardo, y retomo el camino de regreso. Llegó a la portezuela por la que había entrado; estaba agitado por el esfuerzo. Bajó la carga un momento para acomodar el hacha de nuevo en el árbol; alzó el montón de madera y salió. Con la carga a cuestas, atravesó el terreno donde estaban las ovejas. Le chifló al perro, quien entendiendo el significado de aquello, se apresuró a correr al lado de su amo. Juntos regresaron a la casa: pasando el arroyo, la parcela y el jardín. Cuando llegaron el perro se quedó afuera y Adrián entró a la casa con un jadeo escandaloso y un incómodo ardor en el cuerpo.

Adrián fue hasta la cocina y dejó en el piso la brazada de leña. Se dio un respiro. Aún no se acostumbraban sus ojos a la oscuridad. El cambio tan abrupto entre la luz de fuera y la oscuridad de dentro le había enceguecido. Regresó al comedor para sentarse a descansar; sentía mucha hambre. Calentó algo de carne junto a unas tortillas en el fogón. Minutos después con todo ya preparado tomó una de las piezas, la envolvió en una tortilla y salió de la casa. El perro se puso ansioso en cuanto vio el pedazo de carne que Adrián le colocó sobre una piedra; la devoró con placer. Su dueño le contempló indiferente mientras el animal le movía la cola en gesto de retribución. Adrián desvió la mirada hacia el “jardín” abandonado. Lo veía tan desagradable que le generaba repulsión. Antes, ahí se había levantado un magnifico jardín rebosante de rosales, alcatraces y pensamientos. Un rinconcito de tierra trabajado por Lucía y Adrián. Él lugar siempre había despertado la admiración de cada persona que les visitaba. Naturalmente les llenaba de orgullo haberlo construido. Que hermosa visión ofrecía aquello; tan magnifica. El bello espacio floral, la fachada de piedra cubierta de musgo, el blanco impecable que cubría las paredes, todo en conjunto le daba a la vivienda un aspecto tan altivo como confortable. Era difícil no sentirse deslumbrado ante el encanto de esa estampa. Modesto pero muy bien cuidado, ese hogar parecía ser una finca pequeña de aspecto señorial. Ahora para Adrián todo parecía la sombra de tiempos mejores. Su casa, de lejos podía compararse a como estaba antes. Como podían parecerse el alegre, limpio, y cuidado hogar que vivía en su memoria, con el solitario, polvoriento y ruinoso aspecto que ofrecía ahora. En un principio, el hombre se había empeñado en restaurar su casa conforme esta se deterioraba, pero al no hallar satisfacción suficiente, ni una justificación válida para hacerlo, simplemente dejó de ser constante en ello. Poco a poco, ese lugar al que Lucía estilizaba aún más con su figura se había ido transformando hasta tener la visión actual. Pareciese que toda la belleza de aquel lugar se hubiese extinguido junto con su mujer.

Un ladrido del perro lo sacó de su digresión; regresó de nuevo al comedor. Su almuerzo estaba frío, y así lo empezó a comer. Se sirvió pulque. Buscó entretener su mirada mientras hacía digestión; no halló mucho en que hacerlo. Solo atinó a ver los viejos calendarios entelarañados que colgaban de la pared. Los recorrió con la vista, desde las imágenes de las portadas, los títulos de los negocios, y hasta los nombres de los santos de cada día. Se preguntó si la gente conocería a toda esa gente bendita, su historia, sus acciones; se contestó asimismo que no. Siguió revisando los calendarios hasta la fecha actual, y ahí se detuvo. Sintió una punzada al reconocer la fecha: el cumpleaños de Lucía. Con incomodidad salió del comedor. Quedándose de pie en su pasillo intentó distraerse observando las borregas, la ladera, el arroyo, cualquier cosa, pero no consiguió pacificarse. Ahora llegaban a él los sucesos de la mañana de cuando había visto el retrato de Lucía. Ver esa fecha en los calendarios lo había dejado sensible. Ahora más que nunca una oleada de soledad le invadía. Últimamente Adrián se disminuía mucho, hasta podría decir que lo buscaba. Parecía que aceptaba que era merecedor de su situación actual. Después de todo ninguna cosa es perpetua, y la felicidad tampoco era excepción. Así el campesino se atormentaba en el más venenoso pesimismo.

Quien sabe por cuánto tiempo más Adrián pudo haber conllevado aquella personalidad tan gris; tal vez meses o años. Lo cierto es que ya no se pudo saber, porque de pronto el hombre vio algo que hizo estallar todos esos sentimientos ponzoñosos que llevaba reprimidos. Algo de súbito le irritó, y es que observando todos los adornos que tenía colgados en la pared del pasillo, concentró su atención en un cuadro religioso: ahí estaba un Cristo de facciones nórdicas. Tenía los dedos de las manos entrecruzados sobre los que descansaba un sereno rostro de ojos cerrados, y en gesto solemne denotaba la más honesta plegaria. El campesino veía aquella pose como una representación de una magnanimidad falsa e hipócrita. Esta imagen solo le molestaba ligeramente pero la verdadera causa de su furia era la leyenda que acompañaba al retrato.

“Sí todos los días encomiendas a Dios tus temores, tus esperanzas y tus sueños, tendrás paz”.

─ Tendrás paz ─, repitió ásperamente para sí.

Al morir está última palabra sintió que le corría lumbre por las venas. La mente de Adrián que hasta ese momento era como una mar llano y silente, ahora era uno agitado y convulso. Con la mirada hecha una llama fue hacia el cuadro y con frialdad lo descolgó de la pared. No le pareció suficiente; aún no estaba satisfecho: más santos, más estampas, más cruces estaban ahí, por todos lados… observándole. Continuando con el arrebato de cólera arrancó todos los crucifijos y santos que halló en la casa; los envolvió en un trapo y fue a su fogón. Ahí pretendía desquitarse contra aquel que le había separado de su mujer. Creyó que hallaría satisfacción con la inmolación de esas falsas alegorías del amor y la justicia. No cabía en su mente que la mujer más pura que había conocido, la más viva representación de la gracia, la bondad y la calidez, cayera bajo aquel atroz tormento. Lo consideraba el capricho de un Dios cruel, una divinidad castigadora, carente de compasión. Los ojos de Adrián relampagueaban en un ardiente frenesí, y a punto estuvo de arrojar los santos a la lumbre; pero se detuvo. Parecía sufrir un conflicto; una especie de encrucijada espiritual. Tuvo que reconocer que el sentía culpa. Aquellas figuras que quería fundir bajo el abrazo del fuego también le recordaban a Lucía pues ella les tenía devoción, la cual expresaba cuando las limpiaba y cuidaba con esmero. Algo dentro de sí le paralizaba, casi como una sensación de arrepentimiento anunciado por su reacción tan visceral; sensación que le impedía cumplir con el impulsivo propósito que se había trazado.


─ ¡Débil! ¡Cobarde! ─ se insultó.

Las figuras no fueron abrasadas por las llamas. Adrián las veía, y hasta le parecía que le devolvían una mirada de lástima y compasión. Salió de ahí para regresar al pasillo. Abrió la puerta de una habitación abandonada y arrojó dentro a toda aquella masa de ídolos. Cerró la puerta con violencia. El cuarto que por unos momentos había sido visible, ahora volvía de nuevo a la penumbra. Lo último que vio Adrián, fue una franja de luz que alcanzó a iluminar la cara de uno de los cristos. La imagen lo hizo estremecer.

Los muros lucían austeros ahora que las paredes no tenían adornos sobre ellas. Le agradaba esta nueva apariencia; además estaba rebosante de esa seguridad  de quien cree ganar al obrar impulsivamente. Salió de la casa; emprendió orgulloso el camino de regreso. Iba ensimismado contemplando la cerca de piedra. Miraba a los sargatones que exhibían sus escamosas espaldas. Parecían saludarle con sus lenguas viperinas y como consintiendo la despreciable acción que había hecho instantes atrás. Pronto llegó al arroyo y después de cruzarlo ya estaba con su ganado. La mayoría de los animales había terminado de comer y satisfechos reposaban bajo la sombra de los árboles. Solo una que otra borrega aún seguía mordisqueando. Mejor Adrián decidió esperar a que acabasen de comer todas. Se sentó junto con ellas, dándole la espalda a la ladera, y de tal forma que quedó a la vista su casa en el horizonte.

Durante el camino, había sentido un creciente malestar. Ahora con su hogar al alcance de los ojos, esa preocupación se había intensificado. Sabía que tenía que ver con la escena que había ocurrido en la casa: ¡se había atrevido a apostatar! Adrián nunca había sido muy religioso; se mantenía neutral al respecto. Era católico porque así se lo inculcaron sus padres. Asistía a misa por qué era la costumbre, pero jamás sintió elevación espiritual alguna. Como todos en el pueblo cada domingo iba a escuchar la lectura del sagrado libro; el mismo que tenían abandonado en sus propias casas. En las ceremonias mantenía junto con todos el mismo gesto de gravedad, como si lo que se les dijera fuera una verdad que solo a ellos se les revelaba. Con el tiempo, para el hombre, acudir a la capilla comenzó a parecerle más una obligación social que una necesidad moral. Nunca le compartió estas inquietudes a Lucía, las cuales seguramente la habrían herido. En todo eso era lo que pensaba ahora, y si de eso podía concluir algo, era que ya no tenía ningún compromiso con la religión. Entonces, ¿porque no estaba satisfecho? La sensación de triunfo se había desvanecido. Por supuesto que aún sostenía sus acciones, solo que ya no estaba tan orgulloso. Tal vez lo impulsivo de su reacción era lo que aún no lograba justificar.

Adrián se distrajo. Un ruido constante estaba empezando a fastidiarle. Se levantó para ver si podía averiguar el origen, y en efecto, descubrió la fuente: había olvidado cerrar la portezuela de la ladera cuando fue por leña. Fue a emparejarla correctamente. De regreso en su asiento, vio a las ovejas echadas en tierra. Ya era tiempo de regresarlas al corral. Se dejaron llevar por las órdenes de Adrián, y pronto recuperaron su cualidad de gregarias. Cruzando el arroyo y bordeando la milpa, fue cuando Adrián advirtió que sus ovejas lucían menos numerosas. Las contó, y sí, faltaban algunas, dos en específico, recontó otra vez para asegurarse pero el resultado fue el mismo.

─ ¿Dónde se habrán perdido?, se preguntó.

Le ordenó a su ganado detenerse, y en el acto lo abandonó. Caminando a grandes zancadas regresó al páramo donde habían estado pastando. Observó en todas direcciones pero no hubo señal de las desaparecidas. Entonces empezó a caminar por el perímetro de la cerca. Intentaba buscar algún hueco entre las piedras por el que hubiesen escapado; pero nada. Incluso buscó en la rivera del arroyo con el presentimiento de que tal vez se hubieran ahogado. Adrián se halló frustrado y con la frente empapada de sudor. Se quitó el sombrero, exhaló un suspiro pesado y regresó con las borregas a las que había dejado a mitad de la milpa. Se apresuró porque no quería que se le fueran a regar. Solo cuando hubo reunido al rebaño, y dado unos cuantos pasos, le llegó la respuesta.

Solo había un lugar posible por el que pudieron haber salido: la puerta de la ladera. Guardó al ganado en su recinto. Mandó al perro a que no le siguiera. Adrián siempre dejaba algunas herramientas encima de las tejas del corral, de ahí tomó dos pedazos de cuerda. A toda prisa regresó al prado, minutos después ya estaba en la ladera. Dudó hacia dónde dirigirse. El camino podría extenderse a la izquierda como a la derecha por muchas hectáreas. Algo era seguro, hacía arriba no habían ido, pues la cuesta estaba empinadísima. Se decidió por el sendero de la derecha, el mismo que por la mañana tomará para cortar la leña. Llegó al mismo claro aún sin señas de sus animales. Otra vez quedó desorientado, el claro también estaba cercado por paredes de piedra, y ya no había camino para seguir. La única parte sin protección era la rivera del arroyo que tenía poca profundidad a esa altura. Quizá lo habían cruzado. Fue hacía allá. Repentinamente se detuvo, por que escuchó un balido, otro similar se oyó como respuesta. Se mantuvo expectante por si escuchaba de nuevo, pero nada, solo silencio. Reanudó la marcha hacia el arroyo. Siguió por la orilla hasta que llegó al límite de su rancho.

Una valla hecha de palos y alambre indicaba el final. Había un poste anclado en cada rivera del arroyo. Aquí fue dónde Adrián vio un indicio que le avisó que estaba cerca de los animales: en la alambrada había hilachas de lana. La tierra al otro lado no era de nadie. A partir de ahí, esa zona sin reclamar se extendía por algunos kilómetros. Era un pequeño bastión para los animales salvajes. Adrián separó los alambres con las manos para pasar por el medio. Cuidando de no caerse al agua, siguió brincando sobre las piedras que parecían pequeñas islas de roca. Por fin vio a la primera de las borregas quien estaba saciando su sed en la frescura del rio. Cuando llegó con ella, le dio una patada, más para llamar su atención que por querer reprenderle. Cuando el animal sintió el golpe retrocedió en gesto sumiso y caminó hacia donde su dueño le indicó. El viejo sacó uno de los lazos y se lo ató al cuello. Fue hacía un arbolillo, y ahí la dejó en lo que buscaba a la otra. Se inclinó sobre el agua, y se mojó la cara y el cuello. Dejó escurrir el líquido sobre sus ropas y se deleitó con la sensación de humedad en la piel. Continuó la búsqueda.


Hacía mucho tiempo que Adrián no caminaba por ese lugar. Había crecido temiendo aquella zona, pues a todos los niños les prohibían ir. Incluso los adultos la evitaban. Continuó con tranquilidad siguiendo la orilla del rio. Más adelante el agua se precipitaba en una cascada, que iba a parar a una profunda poza con colosales paredes de piedra musgosa. El ruido que hacía al caer era atronador y, dada las condiciones del lugar, el eco realzaba su rugido incesante. Seguía atento a hallar la borrega que faltaba. El campesino se planteó la posibilidad de que tal vez se hubiese caído, ya que después de la poza la superficie se hacía más escarpada, de tal modo que en vez de río, se empezaba a abrir una garganta en la tierra misma. Las riveras habían cambiado por una especie de barrancas que se pronunciaban a cada vez mayor altura. En la margen opuesta, la arboleda de la ladera había aumentado tanto su volumen, que ya era todo lo que estaba del otro lado del arroyo. Seguía caminando por la orilla, o mejor dicho por un lado del precipicio cuando escuchó a la borrega que faltaba. Con la vista la localizó sin mucho esfuerzo. El animal estaba echado bajo la sombra de un maguey. No tardó en llegar con ella, y la amarro del cuello con la cuerda que le restaba. Se sorprendió de que hubiese llegado tan lejos, su rancho apenas y se veía. Desde la alambrada hasta este lugar, Adrián debió haber caminado muchos kilómetros. Se quedó de pie para recuperarse de la caminata, y luego se acercó al borde de la quebrada. Dio un vistazo al fondo, y luego pasó a contemplar la arboleda del otro lado. Al principio no pudo explicar porque, pero la vista de los arboles le causaba una profunda impresión negativa.

El hombre no atinaba a dar un calificativo más acertado a la arboleda que el de nefasta. Los arboles estaban escuálidos y demasiado apretados entre sí. Por alguna extraña razón, cuando más se mirase a la derecha, más enfermizos lucían. El cambio de árbol a árbol era apenas perceptible, subrepticio, pero mirándolos en conjunto era notorio. Junto a la borrega lazada caminó un poco sin despegar la vista de la extraña vegetación. Solo había dado unos pasos, cuando percibió un chispazo de luz en la esquina del ojo. Se detuvo y examinó el encinar para localizar a lo que emitió aquella fosforescencia; no vio nada. Retrocedió unos pasos sin dejar de observar, y se halló de nuevo con el destello. Ahí, junto a un gran árbol, estaba un punto titilante. El brillo encandilaba al hombre y le entretejía un pensamiento de codicia e interés. La luminosidad era inusual, semejante a la que producen los más preciados metales; aunque por más que se empeñó en descubrir la fuente del fulgor, la distancia le impidió identificarla. Adrián clavó los ojos en el enorme árbol bajo el que se hallaba la luz cegadora. No pudo exteriorizar algo más allá del desagrado. Indudablemente el árbol resaltaba no solo por su mayor tamaño, si no por lo podrido que lucía. Más marchito que los demás, tenía un aspecto lastimoso. Sus desnudas ramas dejaban entrever algo inusual, pues las puntas convergían hacía abajo, como si algún misterioso secreto las atrajera hacia la tierra. Seguramente el árbol debía estar muerto. Ahora que Adrián había caminado para poder ver el árbol de frente notó algo más peculiar. La enfermedad que parecía azotar a las plantas estaba concentrada en una única área. Lo más extraño era que el horrible árbol parecía ser el epicentro de toda la corrupción. Ver la arboleda tan sombría, más el intermitente destello del objeto desconocido, dejaron en Adrián una impresión llena de curiosidad y asombro. Conforme más examinaba la escena, más sentía una tristeza que le sobrecogía el interior. La soledad que sentía parecía reaccionar con aquella desolación, pues el sentimiento se había agudizado con solo estar en el lugar. Se sintió incómodo y para consuelo propio pensó que no estaba obligado a seguir ahí. Dio la vuelta y con su borrega lazada regresó por donde había venido. Caminando de forma maquinal, llegó con la otra borrega. Aguantando lo pesado del camino y bastante tiempo después llegaron a la alambrada del rancho. Se las arregló como pudo para que todos pasaran bajo las púas. Cruzaron el camino de regreso para llegar de nuevo a la casa. Fue a guardar las borregas rebeldes en el corral. Cuando atrancó la entrada fue directo a casa. Su perro estaba recostado en la puerta, y Adrián le movió con el pie para que le dejase entrar. El animal se levantó y metros más adelante reanudó el sueño.

Estando en el comedor, Adrián se dejó caer pesadamente en una silla. Pensaba en el destello, en la arboleda y sobre todo en el árbol enorme. Esas cosas, habían conseguido intrigarle y Adrián se deshacía en conjeturas sobre todo. Concluyo que tal vez todo eso no significaba nada. El destello no era nada más que un pedazo de chatarra, y la extraña enfermedad de los árboles, no podrían ser más que una plaga. Fue a la estufa, y sacó toda la cacerola que contenía la comida restante del almuerzo. El mismo ritual de siempre fue repetido, colocar leña, encenderla y calentar. Le llevo una pieza de carne al perro quien animado la recibió. De regreso, probó su comida, luego se levantó para servirse pulque. Mientras el ardiente néctar le calentaba el estómago había vuelto a pensar en la arboleda. No lo podía explicar, pero sentía un irrefrenable deseo por volver allá, y esta vez no quería hacerlo como espectador, si no que quería explorarla por su propio pie. Tenía que averiguar el origen del objeto que desprendía aquella luminiscencia; el fulgor dorado le había seducido. Un nuevo sentimiento estaba hallando cobijo en la mente de Adrián: las ganas de volver se contraponían al presentimiento de no hacerlo. No sabía cómo justificarlo, pero mientras había observado los árboles, y más preciso al dominante que estaba junto al destello, había percibido algo sobrenatural. No sabía cómo llamarlo, pero había sentido una “mala vibra”, quien sabe qué cosa estaba lastimando aquella tierra. Algo dentro del hombre le indicaba que debía desistir en sus intentos. El hombre sonrió para sí ante la posibilidad de que estuviera pasando algo que no quería admitir: “¿Acaso tengo miedo!?, se preguntó y se lo negó a sí mismo. Pensó que todo en la ladera era perfectamente explicable e ideó teorías para justificarlo todo. Halló tranquilidad en la lógica que encerraban sus explicaciones. Además, como iba a aceptar la idea de estar asustado, y más por algo relativo a una mera intuición; acaso no había negado a Dios, lo cual implicaba no solo desconocerlo a él, sino también a todas sus leyes y preceptos. Ya no debería tener la tentativa de hablar sobre cualquier cosa que fuese más allá de lo terrenal: lo etéreo, lo intangible, lo sobrenatural, todo eso no podía existir. El mundo y la vida misma, simplemente terminaban cuando uno moría. Por tanto, no debería haber nada en aquella arboleda que le asustara.

Permaneció dubitativo en el pasillo; fue derrotado por su inseguridad. Las ansias de aventura le ganaron y en el acto salió de la casa en dirección predecible. El perro, al ver a su dueño, no fingió su desconcierto. Conocía la rutina de Adrián, verlo salir cuando ya no debería hacerlo le provocó extrañeza. El hombre parecía prever aquel comportamiento  y le reconvenió a que no lo siguiera. El animal volvió a recostarse simulando entender lo ordenado, y con su ojo entreabierto fue observando la silueta de su amo que se perdía en los arboles de la ladera.

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