
Un viento, como soplo de demonio, azota todo lo que toca en una madrugada densa y polvorienta. La noche es un abismo; la luna se alza magnifica en aquella profundidad. Una lastimosa casa de adobe y tejas resiste a la tormenta; dentro, un anciano está durmiendo. De pronto, el lejano canto de un gallo le alcanza a despertar. El aturdido hombre se revuelca con pesadez y abre los ojos para intentar descifrar el tiempo. Como no ve nada, busca su reloj para averiguar la hora, pero al no hallarlo y encontrarse somnoliento se deja caer sobre el frío lecho. La torva oscuridad reina por un rato más junto a un silencio que no le es sumiso. Adentro la nada, y afuera, un remolino en la negrura vaporosa. El hombre que descansa no puede saberlo, ni siquiera imaginarlo, pero extrañará la tranquilidad de una noche así desde allí en adelante.
No pasó mucho tiempo hasta que el ruido del exterior le volvió a despertar. Creyendo que era tarde se levantó a encender una vela. El helado piso de cemento le obligó a calzarse las botas rápidamente. El anciano, cuyo nombre era Adrián, comenzó por abrigarse. Se dirigió al apagador del cuarto y encendió la luz. Regresó a sentarse en la cama. Con los brazos caídos y la espalda encorvada miró las reliquias que olvidadas y sucias se desmoronaban en la pared. Adrián pasaba la vista en los objetos, los veía con indiferencia, y entonces su mirada se cruzó con un cuadro: un viejo retrato enmarcado en cartón. Se quedó ensimismado; observando la fotografía. Luego se acercó despacio y la bajó con cuidado.
El hombre veía el retrato casi con devoción. Al principio no exteriorizó nada más allá de indiferencia, resultado de la casualidad con la que había descubierto la fotografía. Ahora, consciente del objeto en sus manos, su seriedad se transformó en una débil sonrisa. Un gesto que suavizó las ásperas facciones del cuero arrugado que tenía por rostro. En la foto estaba una mujer retratada.
El hombre veía el fino cabello arreglado en un peinado sencillo; era lacio y se curvaba a partir de los hombros. La cabellera tan negrísima parecía un dócil rio de obsidiana bañado por rayos etéreos. La belleza se realzaba al combinarse con la imagen de la piel de la mujer. Radiante, aunque un poco maltratada como resultado de la exposición a la dura vida del campo, la mujer exhibía un delicado manto como rostro. La atención del hombre ahora pasaba hacia la nariz. No pudo evitar el acariciar la fotografía con su dedo pulgar, como si con ese movimiento pudiese sentir la suavidad de su relieve. Acto seguido comenzó a admirar la boca donde los labios esbozaban una sonrisa que hacía armonía con la resuelta expresión de la mirada. La viva emoción que destellaban los ojos lograba traspasar a Adrián quien se enorgullecía al reconocer que aquella mirada era solo para él.
Tantas memorias venían a él, infinitas como sus sentimientos de ese momento. Adrián no lo advirtió en un principio pero algo comenzó a sucederle al retrato. Una sombra comenzó a difuminar la fotografía, y pronto, su luz se apagó. Más tétrico fue el cambio en la imagen de la mujer porque ahora la tez se veía decolorada. Este no era el único cambio también había sufrido una alarmante transformación en sus proporciones: se había vuelto tan delgada que solo se veía huesos y piel. Unas venas moradas se transparentaron en las mejillas, luego se convirtieron en grietas que rajaron con arrugas el rostro. El hombre luchaba por sostener el retrato; aun así seguía mirando. El cabello había cambiado por uno descuidado donde varios mechones grises eclipsaban la antigua belleza de la cabellera. Los labios tampoco se salvaban de la metamorfosis pues su color saludable se volvió un morado enfermizo, y ahora estaban juntos, reflejando un entumecimiento profundo. Enormes manchas habían hallado refugio debajo de los ojos que, carentes de brillo alguno, lucían mortalmente cansados. La dulce expresión de antes ahora era una mirada gélida, espectral, que veía de forma errática perdida en algún punto fuera de toda realidad. Aquellos ojos tristes parecían reflejar un hondo dolor y una amarga resignación por un fatal destino que no se deseaba, ni mucho menos se aceptaba.
Adrián sintió un golpe en el estómago; una punzada terrible. Luego opresión en
el pecho, y esta pareció contagiarse a sus ojos. Lo entendía todo. Había estado
tan ensimismado admirando a su mujer que no había podido evitar atraer para sí
el último recuerdo que tenía de ella. Una triste imagen de la decadencia que
padeció. La marchita visión de la fotografía, la que turbó el alma de Adrián,
solo había sido la proyección que este hizo del recuerdo de cuando la miró por
última vez.
Pocas cosas en este mundo son tan hirientes al alma como el cadáver de una memoria. Ahora, en el corazón de Adrián, había cientos de estas agolpándose. Todas ellas que deberían ser las ventanas a escenas llenas de dicha y plenitud, en ese momento no eran más que visiones de un pasado lejano e irretornable: la figura del ser amado que se desvanece en la mente; que es solo una proyección de imágenes remotas en el cerebro. Como la extrañaba, que no daría por un minuto con ella, por un abrazo, por un beso.
Un ruido terminó por sacar al hombre de sus pensamientos. Adrián giró la cabeza
y alcanzó a ver la enorme cola de una rata que se deslizaba entre las vigas que
en su apresurado paso removió algunas de las tejas. Con la misma
indiferencia con que había volteado se volvió a mirar el retrato de Lucía. Ya
había recuperado parte de su aplomo habitual, y estaba más repuesto de la macabra
trasposición de imágenes. La luz comenzaba a filtrarse por debajo de la puerta;
entendió que se estaba haciendo tarde. Regresó el retrato a la pared; lo hizo
con más cuidado del que usó cuando lo bajó. Tomó su sombrero y se dirigió a la
puerta para desatrancarla. Descorrió el cerrojo ─ si así se le podría llamar a
un cordón enredado sobre un oxidado, pero firme clavo chueco ─, al ceder la
puerta, las bisagras rechinaron, la madera crujió y un soplo de aire frío le
mordió la cara.
Con el andar pesado de un anciano atravesó el pasillo que iba desde la
habitación hasta la otra pieza de la casa. Llegó a la rudimentaria entrada
del comedor: una pieza oscura, sofocante y fría; la humedad era agobiante. La
austera estancia contenía muy poco mobiliario. La mayoría de estas cosas no
habían sido movidas en décadas, y su abandono le daba a la habitación un olor a
triste senectud.
El campesino fue a la mesa; en una bolsa halló pan duro. Tomó un mallugado
pocillo con café y se dirigió a la cocina. Agarró unas ramas de la pila de leña
y las encendió; colocó su bebida sobre el fogón. El lugar empezó a calentarse
al ritmo de la madera que crujía y siseaba. Errantes brasas se desvanecían al
tocar el techo donde el hollín de decenas de años se había acumulado en una cochambrosa
capa. La habitación estaba lejos de calentarse. La luz de las llamas hacía un
vano intento por existir; por darle algo de calor a ese lugar muerto, porque
más allá de unos débiles destellos, el fuego siempre terminaba
consumiéndose quién sabe si por la oscuridad o por la misma presencia de
Adrián. Fue necesario reavivar las llamas en un lento ejercicio de paciencia y
constancia para levantar la lumbre. Cuando creyó que el café estaba listo,
lo retiró del fuego y apagó todo. Regresó al comedor y desayunó en silencio. El
café rancio le quitaba el sueño; el pan duro le calmaba el hambre; era todo lo
que necesitaba. Su figura, amoldada en su silla, parecía mimetizarlo junto a
las reliquias que le rodeaban.
Mientras comía, encendió la radio que tenía en la mesa. En la habitación se hizo un eco consistente de efímeras canciones y voces acompañadas de distorsión. Un tanto desilusionado, el hombre recorría las estaciones con la esperanza de hallar algo, ya si no de su agrado por lo menos tolerable, pero el solo escuchaba ruido e idioteces sin sentido. Sin duda alguna no entendía la música contemporánea. Le irritaba profundamente.
— ¿Dónde está la armonía? ¿Ya no existe música bonita en estos tiempos?
Estas preguntas no eran la retórica de un viejo amargado. Aunque nació en el
rancho destinado a ser campesino. Un regalo le ayudó a plantearse otras
expectativas. Un familiar de él le dio una vieja guitarra cuando era niño.
Quedó fascinado con aquel objeto enigmático. Entonces se planteó extraños
escenarios dónde la vida en el campo ya no existía para él. La generosidad de
su pariente no acabó ahí porque también le enseñó a tocar. Desde el primer
acorde desafinado hasta la cadencia más sonora, esa guitarra siempre lo
acompañó. Practicando poco a poco, año tras año, Adrián se había vuelto lo
suficientemente diestro como para estar en posibilidades de llevar una vida
independiente como músico; así pasó. Cuando Adrián ya era muchacho se convirtió
en el guitarrista de un grupo local. Tocaba en eventos familiares y lugares
cercanos a casa. No ganaba una fortuna por ello, pero le daba lo suficiente
para apoyar a sus padres, salir con Lucía, y además le tranquilizaba el
espíritu.
Adrián pensaba en estos recuerdos mientras exploraba las estaciones de la
radio. Escuchó algo familiar y subió el volumen. Se levantó para ir al pasillo
de la casa; desde ahí podía contemplar su rancho. Mirando las verdes lejanía se
perdió con la canción que sonaba.
Que emoción sintió cuando empezó a escuchar esa música tan cargada de nostalgia.
Se dejó llevar con la letra; su cuerpo vibró por unos minutos. Envuelto en esa paz
embriagadora descansó sus ojos en el horizonte. Fue breve esa tranquilidad
porque la canción terminó y Adrían volvió al mundo. Como ya había terminado su
café y la estación ahora estaba en comerciales, regresó a su vieja mesa. Dejo
el pocillo, desconectó la radio y apagó la luz. Salió al patio empedrado,
bordeo unos enormes rosales, y abrió la puerta exterior de la casa. Llamó a su
perro; juntos iniciaron la rutina.